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La jauría perdida
—Esto no lo compró nadie en una ferretería —dijo, pasando los dedos por el metal—. Esto está reforzado a propósito.
—Para contener a algo que se transforma —dijo Rafael, con la voz tensa—. Un candado normal no aguantaría la fuerza de un licántropo en pleno cambio. Quien construyó esto sabía exactamente con qué estaba trabajando.
Carla avanzó hacia la siguiente jaula, más pequeña, y sintió que el estómago se le encogía al calcular las dimensiones exactas: apenas metro y medio de largo, poco más de un metro de alto. Ningún adulto podría estar de pie dentro de ella. Ni siquiera un niño de la edad aparente del que habían encontrado esa noche podría estirarse del todo.
—Hay tamaños distintos —dijo, en voz alta, más para sí misma que para los demás—. Como si estuvieran clasificados por edad. O por fase de desarrollo.
—O por ambas cosas a la vez —añadió Daniel, iluminando con su linterna una hilera de jaulas todavía más pequeñas al fondo del sótano, apenas del tamaño necesario para un bebé.
Nadie dijo nada durante un largo rato. El único sonido en el sótano era el goteo constante de las tuberías oxidadas y la respiración de los tres, más pesada de lo normal, como si el propio aire del lugar se resistiera a entrar en los pulmones con facilidad.
—Carla.
La voz de Rafael sonó extrañamente contenida, y cuando Carla se giró hacia él, lo encontró arrodillado frente a una de las jaulas más pequeñas, con una mano apoyada sobre los barrotes.
—¿Qué pasa?
—Mira las paredes.
Carla se acercó, iluminando con su linterna el interior de la jaula. En la pared de cemento, justo al alcance de un niño pequeño sentado en el suelo, había marcas. Líneas cortas, agrupadas de cinco en cinco, arañadas en la superficie con algo afilado, tal vez una uña, tal vez un trozo de metal encontrado por casualidad.
—Está contando los días —dijo Carla, sintiendo cómo la voz se le quebraba ligeramente—. Alguien encerrado aquí estaba contando los días.
Contó los grupos de marcas, perdiendo la cuenta varias veces antes de completar el recorrido visual de toda la pared. Más de cien. Fácilmente más de cien días marcados en aquella pared por alguien, probablemente un niño, que no tenía ninguna otra manera de medir el paso del tiempo salvo arañando piedra con las uñas.
Daniel se había quedado atrás, iluminando otra sección del sótano con su propia linterna, y su voz llegó desde la oscuridad con un tono que Carla no le había escuchado nunca en todos los años que llevaban trabajando juntos.
—Aquí hay más.
Se acercaron juntos hacia donde Daniel había encontrado algo, y Carla percibió que el aire se le atascaba en la garganta al ver lo que iluminaba su linterna: una mesa de trabajo improvisada, cubierta de instrumental médico oxidado, jeringuillas usadas, frascos vacíos sin etiquetar.
Siguieron explorando el sótano en silencio, documentando cada hallazgo con las cámaras que Daniel había bajado consigo, fotografiando las jaulas, las marcas en las paredes, la mesa de instrumental oxidado. Cerca de la mesa, apoyado contra la pared, había un pizarrón blanco cubierto de anotaciones escritas con rotulador, la mayoría ya borrosas por la humedad acumulada durante meses, ilegibles casi por completo salvo por algún trazo suelto que no llegaba a formar ninguna palabra reconocible.
—Vamos a necesitar que un especialista en restauración forense revise esto —dijo Daniel, fotografiando el pizarrón desde varios ángulos—. Si hay algo escrito debajo de la humedad, tal vez puedan recuperarlo con luz ultravioleta.
En una esquina alejada, Carla encontró lo que parecía ser una zona de almacenamiento distinta, con cajas de cartón húmedo apiladas contra la pared, la mayoría deshechas por el tiempo, vacías o con restos irreconocibles en su interior. Ninguna ofrecía ninguna pista inmediata, pero el simple volumen de cajas, docenas de ellas, sugería un uso prolongado del espacio que iba mucho más allá de un incidente aislado.
Cerca de las cajas, medio enterrado bajo un montón de trapos viejos, encontró algo que la detuvo en seco: un pequeño montón de juguetes improvisados, hechos a mano con materiales que no deberían haber estado disponibles en un lugar como aquel. Una figura tosca tallada en un trozo de madera, con forma vagamente animal. Un nudo de cuerda deshilachada, doblado una y otra vez hasta formar una especie de una pelota. Un botón perdido, pulido por el roce constante de dedos pequeños, como si alguien lo hubiera llevado consigo durante mucho tiempo, guardándolo como un tesoro diminuto en un lugar donde nada más le pertenecía.
—Rafael.
Su voz debió de transmitir algo distinto esta vez, porque Rafael se acercó de inmediato, deteniéndose junto a ella para observar el pequeño montón de objetos improvisados.
—Alguien intentaba hacerles la vida un poco más soportable —dijo, arrodillándose para examinar la figura tallada sin llegar a tocarla—. Esto no lo hizo ningún científico frío pensando solo en resultados. Esto lo hizo alguien con algo de corazón todavía intacto.
—O algún niño, para otro niño.
Rafael levantó la vista hacia ella, con una expresión que Carla no supo interpretar del todo, mezcla de esperanza cautelosa y un dolor que no intentaba disimular.
—Eso sería casi peor, ¿no crees? Que ellos mismos tuvieran que consolarse entre sí, sin que ningún adulto se molestara en hacerlo por ellos.
Carla no respondió, incapaz de encontrar ninguna palabra que sirviera de consuelo ante algo así. Guardó los objetos con cuidado en una bolsa de evidencia aparte, separándolos mentalmente de todo lo demás encontrado en aquel sótano, como si merecieran un trato distinto, más delicado, que el resto de las pruebas frías de un crimen sistemático.
—Esto no es un experimento de un solo intento —dijo Rafael, todavía arrodillado junto a una de las jaulas más pequeñas, pasando los dedos sobre las marcas contadas en la pared—. Esto lleva años funcionando.
—¿Puedes calcular cuántos, por el desgaste de las jaulas?
Rafael examinó el óxido acumulado sobre los barrotes metálicos, la profundidad de las marcas de garras visibles en algunos de ellos, el nivel de deterioro general de las cadenas ancladas al suelo.
—Al menos cinco años. Probablemente más. Las jaulas más viejas del fondo tienen un desgaste que no se consigue en menos tiempo.
—Cinco años de niños contando días en la oscuridad.
—Cinco años, como mínimo.
—¿Estás bien? —preguntó Carla, acercándose.
—No. —Rafael se puso de pie, con los puños apretados a los lados del cuerpo—. Y no creo que vaya a estarlo hasta que encontremos a quien hizo esto y me asegure personalmente de que no pueda volver a hacerlo nunca más.
—Vamos a encontrarlos.
—Eso espero, Carla. Porque cada minuto que pasa, pienso en cuántos más como él puede que sigan ahí fuera, en algún lugar parecido a este, contando días en una pared que nadie más va a ver.
Daniel se acercó a ambos, guardando su cámara en la funda con un cuidado que contrastaba con la brusquedad de sus movimientos anteriores.
—Voy a necesitar que los dos hagáis declaraciones formales antes de que termine el día. Y Carla, el capitán va a querer hablar contigo directamente sobre el niño. Con un caso de esta magnitud, va a haber presión desde arriba para trasladarlo a custodia estatal.
—Eso no va a pasar.
—No depende de ti, y tampoco depende completamente de mí. Hay protocolos para menores en casos sobrenaturales, y ahora mismo, técnicamente, él encaja en varias categorías a la vez: posible víctima, posible testigo, y dado lo que pasó con el agente que mordió, posible amenaza.
—No es una amenaza. Es una víctima que no ha tenido más remedio que defenderse de la única manera que le enseñaron.
—Lo sé, Carla. Pero convencer de eso a un comité de servicios sociales que nunca ha visto nada parecido va a ser mucho más difícil de lo que crees.
Carla percibió que la frustración se le acumulaba en el pecho, mezclada con el cansancio de casi veinticuatro horas sin dormir y el peso todavía fresco de todo lo que acababan de descubrir en aquel sótano. Pensó en el niño, dormido en la habitación del hospital, con Angel a su lado enseñándole un zorro de peluche, ajeno enteramente a las decisiones burocráticas que ya empezaban a tejerse alrededor de su futuro.
—Voy a luchar por él, Daniel. Con o sin protocolo.
—No esperaba menos de ti.
Se quedaron los tres en silencio un momento, rodeando la trampilla todavía abierta, mientras los técnicos forenses empezaban a montar el equipo necesario para procesar aquel sótano con el nivel de detalle que merecía. Carla observó cómo colocaban marcadores numerados junto a cada jaula, cómo fotografiaban cada centímetro de las paredes cubiertas de marcas de conteo, cómo todo aquel horror empezaba a transformarse, pieza por pieza, en evidencia catalogada dentro de un sistema que, con suerte, terminaría haciendo justicia a quienes habían sufrido allí abajo.
Subieron de nuevo a la superficie casi dos horas después, cargados de bolsas de evidencia, fotografías, y una certeza cada vez más sólida de que aquello que habían encontrado en la gasolinera abandonada era solo la punta visible de algo mucho más grande, algo que llevaba años operando en las sombras de una ciudad que ni siquiera sospechaba su existencia. El sol de la tarde caía ya inclinado sobre el horizonte cuando Carla se detuvo un momento junto al coche, mirando hacia el edificio derruido que apenas unas horas antes le había parecido simplemente el escenario de un crimen más.
Ya no.
Ahora sabía que bajo aquel suelo agrietado, generaciones de niños habían contado días en la oscuridad, esperando algo que la mayoría probablemente nunca llegó a recibir. Y en algún lugar de la ciudad, o tal vez mucho más lejos, la persona responsable de todo aquello seguía libre, seguía trabajando, seguía añadiendo números a una lista que Carla apenas empezaba a intuir.
Rafael se acercó al coche, todavía con los restos de tensión visibles en cada línea de su cuerpo, y se apoyó contra la puerta del copiloto sin llegar a entrar.
—Voy a hacer esa llamada ahora —dijo—. Después de esto, ya no puedo permitirme seguir posponiéndola.
—¿Vas a contarle todo lo que encontramos?
—Tengo que hacerlo. Si hay más sótanos como este, repartidos quién sabe dónde, necesitamos más gente buscando, y necesitamos empezar ya. —Rafael se pasó una mano por el pelo, con un gesto cansado que Carla reconocía cada vez con más frecuencia en sí misma últimamente—. Solo espero que la ayuda que consigamos no termine costando más de lo que aporta.
—¿Tan mal te cae esa persona?
—No es que me caiga mal. Es que representa una forma de pensar sobre los licántropos que yo llevo toda mi vida intentando evitar que se imponga en mi propia manada. Jerarquías rígidas, control estricto, desconfianza automática hacia cualquiera que no encaje en el molde. —Hizo una pausa, mirando hacia el edificio derruido de la gasolinera, ya iluminado por los últimos rayos de sol de la tarde—. Y me preocupa mucho cómo va a reaccionar exactamente ante un niño como este, criado fuera de cualquier molde reconocible.
Carla no supo qué responder a eso, así que simplemente asintió, guardando aquella preocupación junto a todas las demás que se habían ido acumulando a lo largo del día. Subió al coche, esperó a que Rafael hiciera lo mismo, y arrancó de vuelta hacia el hospital, dejando atrás la gasolinera abandonada y todo lo que su sótano había revelado, aunque sabía, con una certeza que no necesitaba ninguna confirmación adicional, que aquello no era ni de lejos el final de lo que estaban a punto de descubrir.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. Bajo la gasolinera encontraron un espacio ______ oculto bajo una trampilla.
2. Alineadas contra la pared había varias ______ de distintos tamaños.
3. La entrada al sótano estaba oculta bajo una ______ metálica cubierta de escombros.
4. Algunas jaulas tenían ______ ancladas a argollas en el suelo.
5. Uno de los ______ reforzados sugería que estaba diseñado para contener a algo fuerte.
6. En la pared, alguien había empezado a ______ líneas para contar los días.
7. El ______ que subía desde el sótano hizo retroceder incluso a Daniel.
8. Las jaulas más pequeñas mostraban signos de haber estado ______ durante mucho tiempo.
9. La ______ acumulada durante años había dañado buena parte del instrumental médico.
10. Cada nuevo hallazgo se convertía en una pieza más de ______ para el caso.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. el eco: a) содрогнуться
2. estremecerse: b) эхо
3. el instrumental: c) износ
4. el desgaste: d) инструментарий
5. hacinado: e) скученный, набитый
Gramática: Expresar probabilidad y suposición
Durante la investigación del sótano, Carla y Rafael no tienen certezas absolutas: solo pueden calcular, suponer, estimar. El español ofrece varias estructuras específicas para expresar ese grado de probabilidad, y este capítulo las usa constantemente.
1. Deber de + infinitivo
Se usa para expresar una suposición lógica, casi una deducción. Equivale a «probablemente» o «debe ser que».
Ejemplo del texto: «Debía de medir casi dos metros» (en el libro anterior); en este capítulo: la profundidad de las marcas «debía de» corresponder a años de uso.
2. El futuro de probabilidad
En español, el tiempo futuro no siempre habla del futuro real: también sirve para expresar una suposición sobre el presente.
¿Cuántos años tendrá? = No lo sé con certeza, pero calculo su edad. Tendrá seis o siete años.
3. Verbos y expresiones de estimación
Calcular, sospechar, suponer, probablemente, seguramente, con suerte. Todas estas palabras aparecen repetidamente en este capítulo porque ninguno de los personajes tiene todavía pruebas definitivas, solo indicios que hay que interpretar con cuidado.
Ejemplo del texto: «Probablemente hace dos o tres años», «con suerte, alguna huella», «sospecho que esto apenas empieza».
Respuestas
Ejercicio 1:
1. subterráneo · 2. jaulas · 3. trampilla · 4. cadenas · 5. candados · 6. arañar · 7. hedor · 8. hacinadas · 9. humedad · 10. evidencia
Ejercicio 2:
1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e
Capítulo 5. Número treinta y siete

Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
la placa (de identificación) — жетон, идентификационная табличка
grabar (un nombre) — гравировать, выбивать (имя)
viable — жизнеспособный
el registro (de datos) — реестр, журнал учёта
codificado / codificada — закодированный
la carpeta (de documentos) — папка (с документами)
el suministro — снабжение, поставка
la tapadera — прикрытие, ширма
la orden (judicial) — (судебный) ордер
el rastro (profesional) — след (профессиональный, документальный)
la fachada (profesional) — внешний облик, фасад (профессиональный)
la afinidad — родство душ, симпатия
catalogar — каталогизировать
el indicio — признак, намёк
reconocer (a alguien) — узнавать, признавать (кого-то)
Rafael se alejó unos metros del coche para hacer la llamada, aunque no lo suficiente como para que Carla dejara de escuchar fragmentos sueltos de la conversación, arrastrados por el viento caliente de la tarde.
—Necesito que me escuches, no que me interrumpas... Sí, sé exactamente lo que estoy pidiendo... No, no puedo esperar hasta mañana.
Hubo un silencio largo, durante el cual Rafael se pasó la mano libre por el pelo, un gesto de tensión acumulada que Carla ya había aprendido a reconocer en él a lo largo de los años. Cuando volvió a hablar, su voz había bajado de volumen, aunque no de intensidad.
—No me importa lo que pienses de mi manada. Esto va más allá de cualquier rivalidad territorial que tengamos pendiente. Hay niños de por medio, Gabriel. Niños de verdad, no abstracciones políticas sobre las que discutir en una reunión de líderes.
Carla sintió que se le erizaba la piel al escuchar aquel nombre por primera vez, aunque no supo todavía qué significaba exactamente, ni por qué Rafael lo pronunciaba con tanta tensión contenida.
Colgó unos minutos después, con la mandíbula todavía tensa, y volvió hacia el coche sin ofrecer ningún detalle sobre lo que se había dicho.
—¿Y bien? —preguntó Carla.
—Viene de camino. Llegará esta noche o mañana a primera hora.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo sé.
—¿Gabriel?
Rafael la miró, sorprendido de que hubiera escuchado el nombre, aunque no pareció especialmente molesto por ello.
—Gabriel Navarro. Alfa de una manada mucho más grande que la mía, con territorio que se extiende bastante más allá de San Antonio. Tiene recursos que nosotros no tenemos, contactos que nosotros no tenemos, y una forma de resolver problemas que no siempre coincide con la mía.
—¿Debería preocuparme?
—Deberías estar preparada. Eso es distinto a preocuparte, aunque a veces la línea entre ambas cosas es más fina de lo que me gustaría.
No añadió nada más, y Carla decidió no insistir, sabiendo que Rafael necesitaba tiempo para procesar lo que aquella llamada implicaba, tanto para el caso como para él mismo. Condujeron de vuelta hacia la gasolinera, donde el equipo forense había ampliado bastante su presencia en las últimas horas: más furgonetas, más luces portátiles iluminando el interior del sótano, más técnicos moviéndose con la eficiencia metódica de quienes sabían que cada hora que pasaba aumentaba el riesgo de perder pruebas cruciales.
Daniel los recibió junto a la trampilla, con un rostro que Carla ya empezaba a asociar con malas noticias.
—Encontramos algo más. Necesito que lo veáis antes de que lo catalogemos oficialmente.
Los condujo de vuelta hacia el interior del sótano, ahora mucho mejor iluminado gracias a los focos portátiles instalados por el equipo forense, hacia una mesa plegable donde varios objetos pequeños habían sido colocados sobre un paño blanco, cada uno con su propio número de evidencia junto a él.
—Estaban en una caja separada del resto —explicó Daniel, señalando hacia un pequeño montón de placas metálicas, similares entre sí, cada una con un número grabado—. Parecen etiquetas de identificación. Las estábamos catalogando cuando encontramos esto.
Levantó con cuidado, usando pinzas forenses, una de las placas, y la giró para que Carla pudiera ver ambas caras bajo la luz de los focos.
M-37.
Carla notó que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
—Es el mismo formato que las demás —continuó Daniel, con la voz cuidadosamente neutral, del tipo que empleaba cuando necesitaba mantener la objetividad profesional frente a algo que claramente lo estaba afectando también a él—. Pero mira el reverso.
Le dio la vuelta a la placa con las pinzas, y Carla se inclinó para observar de cerca. Grabado a mano, con trazos irregulares que sugerían prisa, tal vez miedo a ser descubierto, había un nombre.
Teo.
—¿Puede ser una coincidencia? —preguntó, aunque sabía que la pregunta era prácticamente retórica—. ¿Otro niño con el mismo número?
—Encontramos otras treinta y seis placas en la misma caja —dijo Daniel, señalando hacia el resto de los objetos alineados sobre la mesa—. Numeradas del uno al treinta y seis. Ninguna de las otras tiene ningún nombre grabado. Solo esta.
Rafael se acercó también, observando la placa con un horror que apenas lograba contener bajo una furia que Carla nunca le había visto expresar hasta ese momento.
—Treinta y seis intentos antes de él —dijo, en voz baja—. Y solo el número treinta y siete llegó lo bastante lejos como para que alguien se atreviera a ponerle nombre.
—Eso no significa necesariamente que los otros treinta y seis murieran —dijo Carla, aunque la esperanza en su propia voz sonaba débil incluso a sus propios oídos—. Podrían haber sido transferidos, vendidos, cualquier otra cosa.
—Podría ser. —Daniel no sonaba convencido—. Pero dado lo que hemos encontrado aquí, las jaulas, las cadenas, el instrumental médico, no me parece la explicación más probable.
—Alguien intentaba hacerles la vida un poco más soportable —había dicho Rafael el día anterior, frente a los juguetes improvisados del sótano, y aquellas palabras volvieron ahora a la mente de Carla con un peso distinto, más concreto, al ver la placa con el nombre grabado a escondidas.
Carla tomó la placa entre sus propios dedos enguantados, sintiendo su peso pequeño y frío, pensando en el niño dormido en el hospital, en sus cicatrices, en la marca del grillete en el tobillo, en la manera en que había apoyado la frente contra la mano de Rafael horas antes, en aquel gesto de confianza tan frágil y tan valiente al mismo tiempo. Treinta y siete. No un nombre desde el principio, sino un número, hasta que alguien, en algún momento de aquel proceso sistemático y monstruoso, había decidido que aquel niño concreto merecía algo más.
—Voy a encontrar a quien hizo esto —dijo, con una calma que no sentía en absoluto, una calma que reconocía como la fachada bajo la cual guardaba la furia más pura que había sentido en mucho tiempo—. Y no me va a importar en absoluto lo que digan sus abogados sobre sus derechos.
—Carla...
—No, Daniel. No necesito que me recuerdes los límites legales ahora mismo. Necesito un minuto para sentir esto antes de volver a ser profesional.
Daniel no dijo nada más, y Rafael se quedó a su lado, en un silencio que Carla agradeció más de lo que habría sabido expresar en voz alta. Se permitió, durante unos segundos, sostener toda la rabia y el dolor que llevaba conteniendo desde la noche anterior, desde el momento exacto en que había visto aquellos ojos ambarinos mirándola desde debajo de una furgoneta abandonada. Después, respiró hondo, devolvió la placa a la mesa con el mismo cuidado con el que la había tomado, y volvió a ponerse la máscara profesional que necesitaba para seguir adelante.
—¿Qué más hay en esa caja? —preguntó.
—Documentos, en su mayoría ilegibles por la humedad. Un par de fotografías, también dañadas. Y esto.
Daniel levantó una carpeta de plástico transparente, protegida de alguna manera del deterioro general del sótano, probablemente porque alguien la había guardado en un contenedor hermético que solo recientemente había empezado a fallar. Dentro, Carla distinguió páginas mecanografiadas, algunas todavía legibles a pesar del daño por humedad en los bordes.
—¿Puedo?
—Con cuidado. Los técnicos todavía necesitan fotografiarlo todo antes de que salga del sótano.
Carla abrió la carpeta con manos temblorosas, pasando las primeras páginas con la atención meticulosa de alguien acostumbrada a leer informes forenses, aunque nada en su entrenamiento la había preparado del todo para el contenido de aquellas páginas concretas. Tablas de datos, columnas de números que correspondían, según pudo deducir, a fechas de nacimiento estimadas, líneas genéticas combinadas, resultados de transformaciones registrados con una frialdad clínica que le revolvió el estómago.









