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La jauría perdida

La jauría perdida
Глава

Capítulo 1. El niño que mordía
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
la gasolinera abandonada — заброшенная заправка
destrozado / destrozada — растерзанный, изуродованный
las garras — когти
gruñir — рычать
morder / la mordedura — кусать / укус
agazapado / agazapada — притаившийся, припавший к земле
el instinto animal — животный инстинкт
asilvestrado / asilvestrada — одичавший
aferrarse (a alguien) — вцепиться (в кого-то)
retroceder — отступать, пятиться
temblar — дрожать
la cicatriz — шрам
el grillete — кандалы, кольцо-оковы
el frenesí — исступление, неистовство
el refugio (improvisado) — убежище (импровизированное)
El teléfono de Carla sonó a las cuatro y media de la madrugada, cuando el calor de la noche texana todavía no había empezado a ceder.
Era Daniel.
—Necesito que vengas a la gasolinera abandonada de la Ruta 16, cerca del cruce con Loop 410. Trae tu equipo completo.
Carla ya estaba sentada en la cama, buscando sus botas con el pie.
—¿Vampiro?
—No sé qué es esto, Ávila. Nunca había visto algo así.
Colgó sin despedirse, lo cual, tratándose de Daniel, era casi peor que cualquier explicación que pudiera haberle dado.
Se vistió en cuatro minutos, con la rapidez mecánica de diez años de práctica: jeans negros, camiseta negra, botas de suela gruesa, la funda con la pistola al cinturón, y la bolsa de tela con su equipo ritual colgada al hombro. Antes de salir, se detuvo un segundo frente al espejo del baño para recogerse el pelo en una trenza gruesa, apartándolo de la cara. La cruz de plata de su abuela le golpeó el pecho cuando se inclinó a atarse las botas.
San Antonio a esa hora era una ciudad vacía, iluminada solo por los letreros de neón de los pocos negocios abiertos toda la noche y por las farolas que zumbaban a lo largo de la autopista. Carla condujo con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente le despejara los restos del sueño interrumpido.
La gasolinera abandonada apareció al final de un desvío polvoriento, rodeada de coches patrulla cuyas luces azules y rojas pintaban las paredes derruidas del edificio principal. Habían cerrado ese negocio hacía años, cuando construyeron la nueva autopista un kilómetro más al norte, y desde entonces la estructura se había ido pudriendo lentamente bajo el sol de Texas: cristales rotos, un letrero caído, malas hierbas creciendo entre las grietas del asfalto.
Daniel la esperaba junto a la cinta policial, con un gesto que Carla no le había visto nunca, ni siquiera en las peores escenas de los últimos años.
—Está detrás de los surtidores —dijo, sin preámbulos—. Te aviso ahora: no es bonito.
—Nunca lo es.
—Esto es distinto.
Caminaron juntos hacia la parte trasera de la gasolinera. El olor llegó antes que la imagen: sangre, mucha sangre, mezclada con algo más, un olor animal, denso, que a Carla le recordó vagamente al de una perrera mal ventilada.
El cuerpo estaba tendido junto a uno de los surtidores oxidados. Había sido un hombre de mediana edad, a juzgar por la ropa que todavía le cubría parte del torso. El resto resultaba difícil de describir con precisión clínica. No había sido apuñalado, ni disparado, ni decapitado con la precisión quirúrgica que Carla conocía tan bien de los vampiros. Lo habían desgarrado. Las heridas tenían la anchura y la profundidad de garras, no de ningún arma que ella pudiera nombrar de memoria.
—¿Licántropo? —preguntó, aunque ya sospechaba la respuesta y no le gustaba nada.
—Eso pensamos al principio. Pero mira el patrón de las heridas.
Carla se puso los guantes y se arrodilló junto al cuerpo, examinando los cortes con la misma atención que aplicaba a cualquier escena. Los licántropos que conocía, Rafael entre ellos, mataban con una precisión funcional cuando mataban: heridas limpias, dirigidas, casi siempre en el cuello o el vientre. Esto era distinto. Las heridas se repetían, superpuestas, como si algo hubiera atacado una y otra vez sin ningún control, sin ninguna intención más allá de la violencia misma.
—Esto no es un ataque —dijo Carla, en voz baja—. Es un frenesí.
—Hay más.
Daniel la condujo hacia un lateral del edificio, donde un grupo de agentes formaba un semicírculo alrededor de algo que Carla no alcanzaba a ver desde su posición. Uno de ellos, un hombre joven que Carla no reconoció, sujetaba su propio antebrazo con una mueca de dolor evidente.
—¿Qué ha pasado?
—Hay un crío ahí debajo —dijo el agente herido, señalando con la barbilla hacia los bajos de una furgoneta abandonada, aparcada entre la maleza—. Intenté sacarlo. Me mordió.
Carla se acercó despacio, con las manos abiertas y visibles, un gesto que había aprendido a usar con cualquier criatura asustada, humana o no. Se agachó junto a la furgoneta y miró hacia la oscuridad debajo del vehículo.
Dos ojos la miraron desde allí. Grandes, oscuros, con un anillo ámbar alrededor de la pupila que no debería existir en ningún ojo humano normal. El resto del niño era apenas visible entre las sombras: un cuerpo pequeño y delgado, encogido contra el eje trasero de la furgoneta, temblando.
—Eh —dijo Carla, sin acercarse más—. No voy a hacerte daño.
El niño gruñó. No fue un sonido infantil, ni un gimoteo asustado. Fue un gruñido bajo, gutural, el tipo de advertencia que un animal acorralado emite justo antes de atacar o de huir.
—Lleva ahí más de una hora —dijo Daniel, en voz baja, detrás de ella—. No responde a nada. Ni a su nombre, si es que tiene uno. Ni a ninguna instrucción. Intentamos ofrecerle agua y casi le arranca los dedos al agente que se la acercó.
Carla se quedó inmóvil, estudiando al niño con la misma paciencia clínica que reservaba para las consciencias recién levantadas, esos primeros minutos frágiles en los que cualquier movimiento brusco podía romper el contacto para siempre. El niño no apartaba la vista de ella, aunque tampoco la sostenía del todo: sus ojos se movían constantemente hacia los bordes de su campo de visión, vigilando cualquier amenaza posible, incapaz de quedarse quieto ni un segundo.
Tenía el pelo negro, espeso y enredado, cayéndole sobre la frente en mechones sucios. La piel morena estaba cubierta de suciedad y, bajo ella, Carla distinguió lo que parecían cicatrices antiguas, demasiadas para un niño de esa edad. En un tobillo, apenas visible entre la sombra, algo brillaba: una marca circular, como si llevara años sujeto a algo metálico.
—Voy a acercarme un poco —dijo Carla, sin dejar de mirar al niño—. Que nadie más se mueva.
—Carla…
—Nadie más, Daniel.
Se tumbó boca abajo sobre el asfalto agrietado, algo que sabía que ningún protocolo policial habría aprobado, y avanzó centímetro a centímetro hacia la furgoneta, manteniendo las manos abiertas frente a ella, lejos de cualquier gesto que pudiera interpretarse como amenaza. El niño retrocedió todo lo que el espacio le permitía, pegando la espalda contra el eje trasero, gruñendo con más fuerza.
—Ya sé —murmuró Carla, casi para sí misma—. Da miedo. Todo esto da miedo.
Siguió hablando en voz baja, sin decir nada en particular, solo dejando que el sonido de su voz llenara el espacio entre ambos de una manera que no exigiera respuesta. Había aprendido, trabajando con los muertos durante tantos años, que la voz humana podía funcionar como un ancla incluso cuando las palabras en sí no significaban nada para quien las escuchaba.
Poco a poco, el gruñido del niño empezó a perder intensidad. No desapareció por completo, pero se convirtió en algo más parecido a un quejido bajo, continuo, como el zumbido de un animal que ya no sabe si debe atacar o rendirse.
Carla extendió la mano, muy despacio, sin llegar a tocarlo todavía. El niño la observó, con el cuerpo entero en tensión, listo para morder. Y entonces, algo cambió. Carla lo notó en el instante exacto en que ocurrió: el niño inclinó la cabeza hacia su mano extendida, olfateando el aire entre ambos con una fuerza que no tenía nada de humano.
—Eso es —dijo Carla, sin mover un músculo—. Solo eso.
El niño se acercó un centímetro. Luego otro. Y entonces, con un movimiento tan rápido que Carla apenas tuvo tiempo de reaccionar, salió de debajo de la furgoneta y se lanzó directamente hacia ella, aferrándose a la parte delantera de su camiseta con ambas manos, hundiendo la cara contra su hombro.
Carla se quedó por entero inmóvil, sintiendo el cuerpo pequeño y tembloroso pegado al suyo, los dedos del niño clavándose en la tela con una fuerza que no encajaba con su tamaño. Detrás de ella, escuchó a Daniel soltar el aire que llevaba conteniendo, y a los demás agentes murmurar algo que no llegó a entender del todo.
—No te voy a soltar —dijo, aunque no sabía muy bien a quién se lo estaba prometiendo, si al niño o a sí misma—. Está bien. Ya está.
Se incorporó despacio, con el niño todavía aferrado a ella, las piernas pequeñas rodeándole la cintura con la misma fuerza desesperada que sus manos. Pesaba menos de lo que debería para su edad aparente, y bajo la ropa sucia y rota, Carla notó las costillas marcadas contra su propio brazo.
—Necesita un médico —dijo, girándose hacia Daniel—. Ahora mismo.
—La ambulancia está esperando. Pero Carla…
—¿Qué?
Daniel dudó antes de continuar, mirando al niño con una preocupación que no lograba disimular completamente.
—El agente al que mordió va a necesitar una serie completa de pruebas. La herida no parece normal.
Carla bajó la vista hacia el niño, que seguía con la cara escondida contra su hombro, sin intención aparente de soltarla. Le apartó con cuidado un mechón de pelo sucio de la frente, y el niño se estremeció ante el contacto, pero no se apartó.
—¿Cómo de normal esperabas que fuera, Daniel? Este niño acaba de sobrevivir a lo que sea que pasó aquí esta noche.
—No estoy diciendo que sea su culpa. Estoy diciendo que necesitamos saber qué es exactamente.
Los técnicos forenses ya trabajaban alrededor del cuerpo junto a los surtidores, fotografiando cada ángulo de las heridas, recogiendo muestras que probablemente tardarían días en analizarse por completo. Carla caminó hacia la ambulancia que esperaba al final del camino de entrada, todavía con el niño pegado a ella, sintiendo cómo la tensión de su pequeño cuerpo no cedía ni un poco, como si en cualquier momento esperara que aquel breve refugio desapareciera.
Los paramédicos intentaron acercarse en cuanto la vieron llegar, y el niño reaccionó de inmediato, con un gruñido tan violento que ambos retrocedieron instintivamente.
—Dadme un minuto —dijo Carla, sentándose en el borde trasero de la ambulancia sin soltar al niño—. Dejadme intentarlo primero.
Habló con los paramédicos en voz baja mientras el niño permanecía aferrado a ella, explicándoles lo poco que sabía, que no hablaba, que no toleraba que lo tocaran, que probablemente atacaría a cualquiera que se le acercara demasiado rápido. Uno de los paramédicos, una mujer de mediana edad con una paciencia que Carla agradeció en silencio, se ofreció a examinar al niño solo con la voz y la vista, sin tocarlo todavía, mientras Carla seguía sosteniéndolo.
—Voy a mirar tus brazos —dijo la paramédico, despacio, con la misma cautela que Carla había empleado minutos antes—. Solo mirar. No voy a tocarte.
El niño no respondió, por supuesto, pero tampoco atacó cuando la mujer se acercó lo suficiente para examinar, sin tocar, las marcas visibles en sus brazos y piernas. Cicatrices viejas, algunas ya blancas por el tiempo, otras más recientes. Marcas de cuerda o cadena en ambas muñecas. Y aquella extraña señal circular en el tobillo, que de cerca parecía la marca dejada por años de un grillete metálico ajustado demasiado apretado para un cuerpo en crecimiento.
—Va a necesitar ir al hospital —dijo la paramédico finalmente, con la voz llena de una furia contenida que Carla reconoció como propia—. Hay un centro especializado en casos sobrenaturales complicados, cerca del centro. Van a necesitar sedarlo para poder examinarlo bien, me temo.
—No.
—Carla, necesita atención médica real. Esto va mucho más allá de lo que podemos hacer aquí.
Carla miró al niño, que seguía con la cara escondida contra su hombro, la respiración todavía agitada contra su cuello. Sabía que la paramédico tenía razón. Sabía que aquel niño necesitaba cuidados que ella no podía proporcionarle en la parte trasera de una ambulancia aparcada frente a una gasolinera abandonada. Y sin embargo, algo en su interior se resistía con una fuerza que la sorprendió a ella misma.
—Voy con él —dijo finalmente—. A donde sea que lo lleven, voy con él.
—Eso no depende de mí.
—Entonces vamos a averiguar de quién depende, porque no pienso soltarlo hasta saberlo.
El sol ya empezaba a asomar por el horizonte cuando finalmente subieron al niño a la ambulancia, con Carla sentada a su lado, la mano del pequeño todavía cerrada con fuerza alrededor de su muñeca. Por la ventanilla trasera, Carla vio cómo Daniel se quedaba de pie junto a los surtidores, hablando por teléfono con alguien, con la expresión de un hombre que sabía que aquella noche acababa de convertirse en algo mucho más grande de lo que había imaginado al hacer la primera llamada.
El niño, agotado por fin, cerró los ojos contra su hombro, aunque sus dedos no aflojaron ni un momento su agarre. Carla se quedó mirándolo mientras la ambulancia arrancaba, preguntándose quién era, de dónde había salido, y qué clase de mundo había construido a un niño capaz de gruñir como un animal acorralado, pero también capaz de buscar refugio en los brazos de una completa desconocida en el peor momento posible de su vida.
No tenía ninguna respuesta todavía. Pero mientras la gasolinera abandonada desaparecía detrás de ellos, Carla ya sabía que no iba a dejar de buscarlas hasta encontrarlas todas.
El trayecto hasta el hospital duró casi veinte minutos, y durante todo ese tiempo el niño no volvió a abrir los ojos, aunque tampoco llegó a dormirse completamente. Carla lo notaba en la forma en que su cuerpo seguía tenso contra el suyo, en la manera en que se sobresaltaba cada vez que la ambulancia pasaba sobre un bache o giraba demasiado rápido en una curva. Era el sueño ligero de alguien acostumbrado a despertar ante el más mínimo peligro, un sueño que probablemente llevaba años sin permitirse relajar del todo.
La paramédico, sentada frente a ellos, observaba al niño con una combinación de preocupación profesional y algo más personal que no intentaba disimular.
—Llevo doce años en esto —dijo, en voz baja, como si no quisiera despertar a nadie—. Nunca había visto marcas como las suyas en un niño tan pequeño.
—¿Cuántos años le calculas?
—Es difícil saberlo. El tamaño sugiere seis o siete años, pero la desnutrición podría estar afectando el desarrollo. Podría ser mayor de lo que aparenta.
Carla bajó la vista hacia la cabeza despeinada apoyada contra su hombro, hacia las manos pequeñas que seguían aferradas a su muñeca incluso en aquel estado de duermevela. Pensó en Angel, en lo mucho que necesitaría contarle todo aquello en cuanto tuviera un minuto libre, y en lo poco preparada que se sentía para lo que fuera que estuviera a punto de descubrir sobre el origen de aquel niño.
El teléfono le vibró en el bolsillo. Un mensaje de Daniel.
Forense confirma: garras, no arma. Buscando coincidencias en la base de datos. Te llamo en cuanto sepa algo.
Carla escribió una respuesta breve con una sola mano, sin soltar al niño, y guardó el teléfono de nuevo. Por la ventanilla, los primeros edificios del centro de la ciudad empezaban a definirse contra el cielo ya claro, y en algún lugar detrás de ellos, la gasolinera abandonada seguía siendo escenario de un crimen que ninguno de los presentes sabía todavía cómo empezar a explicar.
Cuando la ambulancia por fin se detuvo frente a la entrada de urgencias, el niño abrió los ojos de golpe, y el gruñido volvió, bajo pero constante, como si su cuerpo entero hubiera decidido, incluso medio dormido, que aquel nuevo lugar representaba una amenaza que había que vigilar de cerca.
—Vamos a entrar juntos —le dijo Carla, aunque sabía que no podía entenderla—. No te voy a dejar solo.
El niño no respondió, por supuesto. Pero cuando las puertas de la ambulancia se abrieron y la luz artificial del hospital cayó sobre ambos, sus dedos se cerraron todavía con más fuerza alrededor de la muñeca de Carla, como si aquel gesto fuera la única promesa que necesitaba entender.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. El cuerpo apareció junto a los surtidores de la ______ abandonada.
2. Las heridas del hombre parecían hechas por ______, no por ningún arma conocida.
3. El cadáver estaba completamente ______, como si algo lo hubiera atacado sin control.
4. Al ver que se acercaban, el niño empezó a ______ como un animal acorralado.
5. Cuando el agente intentó tocarlo, el niño lo ______ en el brazo.
6. El niño permanecía ______ bajo la furgoneta, sin atreverse a salir.
7. Carla reconoció en sus movimientos algo similar al ______, más que al miedo humano normal.
8. Nadie sabía si un niño así, criado en esas condiciones, podía considerarse sin reservas ______.
9. En cuanto Carla se acercó, el niño se ______ a su camiseta con las dos manos.
10. Al ver que no podía escapar, el agente joven ______ un paso, asustado.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. la cicatriz: a) кандалы, кольцо-оковы
2. el grillete: b) шрам
3. el frenesí: c) дрожать
4. temblar: d) убежище
5. el refugio: e) исступление, неистовство
Gramática: El pretérito pluscuamperfecto
En este capítulo aparece con mucha frecuencia un tiempo verbal que todavía no habíamos comentado en detalle: el pretérito pluscuamperfecto (в русском языке — предпрошедшее время). Se usa para hablar de una acción pasada que ocurrió antes de otra acción también pasada.
1. Formación
Se forma con el verbo haber en pretérito imperfecto + participio pasado del verbo principal:
había / habías / había / habíamos / habíais / habían + trabajado, vivido, hecho, dicho...
2. Por qué es tan importante en este capítulo
La historia de Teo se cuenta en dos capas de tiempo: lo que está pasando esta noche (pretérito indefinido: sonó, condujo, se agachó) y todo lo que le pasó antes, antes de que Carla lo encontrara (pluscuamperfecto: había aprendido, habían capturado, había sobrevivido). Este segundo nivel temporal es el que sugiere, sin explicarlo todavía, que la historia del niño empezó mucho antes de esta noche.
Ejemplos del texto: «había aprendido que la voz humana podía funcionar como un ancla», «llevaba años sin permitirse relajar del todo», «lo habían desgarrado».
3. Diferencia con el indefinido simple
Compara estas dos frases:
Carla llegó a la gasolinera. (acción simple, pretérito indefinido)
Cuando Carla llegó, el niño ya se había escondido bajo la furgoneta. (dos acciones pasadas, una anterior a la otra: pluscuamperfecto + indefinido)
El pluscuamperfecto siempre describe la acción que ocurrió primero, la más antigua de las dos, aunque en la frase aparezca en segundo lugar.
Respuestas
Ejercicio 1:
1. gasolinera · 2. garras · 3. destrozado · 4. gruñir · 5. mordió · 6. agazapado · 7. instinto animal · 8. asilvestrado · 9. aferró · 10. retrocedió
Ejercicio 2:
1-b, 2-a, 3-e, 4-c, 5-d
Capítulo 2. Sin nombre
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
la sala de urgencias — приёмный покой, отделение экстренной помощи
sedar / el sedante — давать успокоительное / седативное средство
la fractura (mal curada) — (неправильно сросшийся) перелом
la radiografía — рентген
el análisis de sangre — анализ крови
la desnutrición — истощение, недоедание
el examen físico — медицинский осмотр
resistirse (a algo) — сопротивляться (чему-то)
la camilla — каталка, кушетка
el expediente médico — медицинская карта
inusual — необычный
la fisiología — физиология
el diagnóstico — диагноз
contener (a alguien) — сдерживать, удерживать (кого-то)
consolidarse (un hueso) — срастаться (о кости)
El Hospital Ángeles de Misericordia no aparecía en ningún mapa turístico de San Antonio, ni en ninguna guía médica convencional. Ocupaba un edificio bajo y discreto a las afueras del centro, sin ningún letrero visible desde la calle, financiado en parte por el ayuntamiento y en parte por donaciones privadas de familias sobrenaturales que preferían mantener el anonimato. Era el único centro de la ciudad preparado para tratar heridas de garra, mordeduras de licántropo, quemaduras de plata y cualquier otra dolencia que un hospital normal no supiera ni por dónde empezar a clasificar.
Carla ya había estado allí antes, aunque nunca en aquellas circunstancias. Recordaba haber acompañado a Rafael en una ocasión, años atrás, cuando un miembro joven de su manada había recibido un disparo durante una patrulla nocturna que había salido mal. Recordaba también lo silencioso que era el edificio por dentro, un silencio distinto al de los hospitales normales, como si todos los que trabajaban allí hubieran aprendido, con el tiempo, a moverse sin hacer ruido innecesario alrededor de pacientes que ya tenían suficiente con lo que les había llevado hasta esas puertas.
El niño seguía aferrado a ella cuando cruzaron las puertas automáticas de urgencias, y la luz blanca y uniforme del pasillo pareció asustarlo todavía más que la ambulancia. Escondió la cara contra el cuello de Carla, temblando, y sus dedos se clavaron con más fuerza en la tela de su camiseta.
—Tranquilo. Ya casi estamos.
Una mujer los esperaba junto al mostrador de admisión, con una tablilla sujetapapeles en una mano y unas gafas finas apoyadas en la punta de la nariz. Era de estatura media, con el pelo negro cortado muy corto, casi al estilo militar, y una bata blanca impecable sobre un uniforme quirúrgico también blanco. Zapatillas deportivas blancas completaban la imagen de alguien que se había vestido esa mañana pensando exclusivamente en la eficiencia.
—Doctora Vázquez —se presentó, sin ofrecer la mano, algo que Carla agradeció en silencio dado que las suyas seguían ocupadas sosteniendo al niño—. Usted debe de ser la nigromante.
—Carla Ávila.
—Me han informado del caso. Necesito examinarlo cuanto antes.
—Va a ser complicado. No deja que nadie lo toque.
La doctora Vázquez la miró por encima de las gafas, con un gesto que no era exactamente hostil, pero tampoco especialmente cálido.









