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La jauría perdida
—Hola —dijo Rafael, sin moverse de su sitio en el suelo, con la voz baja y firme—. No voy a acercarme más de lo que tú quieras.
El niño ladeó la cabeza, un gesto que a Carla le recordó extrañamente a un perro estudiando un sonido desconocido. Olfateó el aire en dirección a Rafael, con las fosas nasales moviéndose de forma visible, y por primera vez desde que Carla lo conocía, algo similar a la tensión de su cuerpo cedió, aunque fuera solo un poco.
—Le hueles familiar —dijo Carla, casi sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
—Puede ser. Los licántropos reconocemos a otros licántropos por el olor, incluso a través de líneas distintas. Para él, aunque yo sea coyote y él sea quién sabe cuántas cosas a la vez, sigo siendo algo parecido a él. Más parecido, seguramente, que cualquier humano que se le haya acercado hasta ahora.
Rafael se acercó unos centímetros, despacio, sin dejar de hablar en aquel tono bajo y constante, y el niño lo dejó acercarse sin gruñir, aunque sus ojos no se apartaron de él en ningún momento. Cuando finalmente estuvo lo bastante cerca, Rafael extendió una mano, con la palma hacia arriba, exactamente de la misma manera en que Carla lo había hecho horas antes junto a la furgoneta.
El niño olfateó los dedos de Rafael durante varios segundos, con una concentración absoluta, y después, para sorpresa de ambos adultos, apoyó brevemente la frente contra el dorso de su mano, un gesto tan rápido que casi pareció accidental.
—Eso es una señal de confianza —dijo Rafael, con la voz cargada de una emoción que no intentó disimular—. Entre cachorros, es una manera de pedir protección a un adulto de la manada.
—¿Te está pidiendo protección?
—Creo que sí. O al menos está comprobando si puede pedírtela.
El niño se apartó después de aquel gesto, retrocediendo hacia Carla y aferrándose de nuevo a su brazo, aunque esta vez sin la urgencia desesperada de las primeras horas. Carla sintió algo removerse dentro de su pecho, algo a medio camino entre alivio y de una tristeza que no supo nombrar sin reservas, al ver cómo aquel niño pequeño calculaba, incluso en medio del terror, quién en la habitación podía representar seguridad y quién no.
—¿Tú tuviste manada cuando eras pequeño? —preguntó Carla, casi sin pensarlo, observando la forma en que Rafael seguía mirando al niño con una atención que parecía ir mucho más allá de lo profesional.
—Toda mi vida. Nací dentro de la manada del río, igual que mis padres y mis abuelos. —Rafael se apoyó contra la pared, con los brazos cruzados, la mirada perdida por un instante en algún recuerdo que Carla no podía ver—. Mi primera transformación completa la hice rodeado de doce personas que llevaban generaciones haciendo exactamente lo mismo. Alguien sujetó mis manos cuando empezó a doler. Alguien me enseñó a respirar para no perder la cabeza del todo. Alguien se quedó despierto toda la noche siguiente, por si algo salía mal.
Señaló con la barbilla hacia el niño, todavía aferrado al brazo de Carla.
—Él no tuvo nada de eso. Y con tres líneas mezcladas, dudo mucho que su primera transformación fuera guiada por nadie que le quisiera bien.
El silencio que siguió a aquellas palabras pesó más que cualquier explicación clínica que la doctora Vázquez pudiera haber ofrecido horas antes. Carla bajó la vista hacia el niño, hacia sus manos pequeñas todavía aferradas a la tela de su camiseta, y sintió que la rabia que llevaba conteniendo desde la gasolinera empezaba a transformarse en algo más frío, más concentrado, una determinación fría con la que solía enfrentarse a cualquier caso que amenazara a quienes no podían defenderse solos.
—Necesito ver el lugar donde lo encontraron —dijo Rafael, poniéndose de pie con el mismo cuidado con el que se había sentado—. La gasolinera. Necesito olerlo yo mismo, ver si hay algo más que los humanos no habrían notado.
—Daniel todavía tiene el área acordonada. Puedo llevarte.
—¿Y él?
Carla miró al niño, que seguía aferrado a su brazo, con los ojos entrecerrados de nuevo, agotado por la tensión acumulada de las últimas horas.
—La doctora Vázquez dijo que iba a preparar una habitación para que me quedara esta noche. Voy a dejarlo descansar aquí. Angel puede venir a quedarse con él si yo tengo que salir.
—¿Angel? ¿La vas a meter en esto?
—Angel tiene más paciencia que cualquiera de nosotros dos juntos, y este niño necesita a alguien que sepa estar con él sin exigirle nada. —Carla se pasó una mano por el pelo, sintiendo el cansancio acumulado de una noche entera sin dormir—. Además, después de lo que pasó con Elena, dudo que se conforme con quedarse fuera de esto.
Rafael asintió, aunque su expresión seguía cargada de una preocupación que no terminaba de disolverse.
—Hay algo más que necesitas saber antes de que vayamos a la gasolinera.
—¿Qué?
—Las líneas de licántropos no se mezclan así porque sí, Carla. No es solo un accidente biológico poco común. Cualquier manada respetable evita esos cruces precisamente porque los resultados, cuando se dan de forma natural, suelen ser trágicos. Que alguien haya conseguido, deliberadamente, que esto funcione, con éxito, en al menos un individuo...
—Significa que ha habido muchos fracasos antes.
—Significa que ha habido muchos cachorros muertos antes de llegar a él. —Rafael bajó la vista hacia el niño dormido, con una mirada que Carla no le había visto nunca, ni siquiera en los peores casos que habían compartido a lo largo de los años—. Y significa que quien sea que esté haciendo esto, lleva mucho tiempo perfeccionando el proceso. Lo cual quiere decir que probablemente sigue haciéndolo ahora mismo, en algún lugar que todavía no hemos encontrado.
La idea se asentó entre ambos con el peso de una certeza que ninguno de los dos quería confirmar todavía, pero que tampoco podían permitirse ignorar. Carla pensó en las palabras de la doctora Vázquez, en la seguridad clínica con la que había afirmado que aquello no podía ser un caso aislado, y tuvo la sensación de que el nudo que llevaba horas formándose en su estómago se apretaba un poco más.
—Voy a llamar a Daniel —dijo, sacando el teléfono—. Necesitamos refuerzos en esa gasolinera antes de que se pierda cualquier prueba que todavía quede. Y necesito que revise si hay denuncias de niños desaparecidos en los últimos años que encajen con su edad aproximada. Alguien tiene que estar buscándolo.
—¿Y si nadie lo busca?
La pregunta de Rafael quedó suspendida entre ambos, más pesada que cualquier otra cosa que hubieran dicho hasta entonces esa mañana.
—Entonces vamos a tener que ser nosotros quienes lo encontremos primero a él, en lugar de esperar a que alguien lo reclame.
—Y yo necesito hacer una llamada también.
—¿A quién?
Rafael dudó un instante, con una mirada que Carla no supo interpretar del todo, algo entre la resignación y la incomodidad.
—A alguien que conoce mejor que yo la política de las manadas grandes. Si esto es tan serio como parece, no vamos a poder manejarlo solos, con los recursos de mi manada. Va a necesitar más gente, más territorio cubierto, más ojos vigilando.
—¿Confías en esa persona?
—No especialmente. Pero conoce el terreno mejor que cualquiera que yo pueda ofrecerte, y si de verdad hay más niños como este ahí fuera, no puedo permitirme el lujo de dejar mi orgullo por delante de encontrarlos a tiempo.
—¿Va a querer ayudar?
—Va a querer controlar la situación, que no es exactamente lo mismo. —Rafael suspiró, pasándose una mano por el pelo—. Las manadas grandes tienen una manera muy particular de ver este tipo de problemas. Para ellos, cualquier cosa que amenace con exponer a los licántropos ante los humanos es una amenaza existencial, más allá de cuántas vidas estén en juego. No me sorprendería que la primera reacción sea querer silenciar todo esto antes que resolverlo.
—Eso no me tranquiliza nada.
—No pretendía tranquilizarte. Pretendía que supieras con qué nos vamos a encontrar antes de que llegue.
Carla asintió, aunque algo en el tono de Rafael, aquella tensión apenas disimulada al mencionar a la persona en cuestión, le dijo que aquella llamada no iba a ser sencilla para ninguno de los dos. Miró al niño una vez más, dormido contra su costado, ajeno por completo a la conversación que decidía, en ese mismo instante, cuántas personas más iban a involucrarse en la búsqueda de la verdad sobre su origen.
—Antes de que hagas esa llamada —dijo, deteniendo a Rafael cuando ya se dirigía hacia la puerta—. ¿Tiene nombre tu línea? La tuya, quiero decir. ¿Cómo se llama la línea a la que perteneces?
Rafael se detuvo, con una media sonrisa que no llegó del todo a sus ojos.
—Los coyotes de esta región nos llamamos a nosotros mismos la manada del río. Somos pequeños, discretos, no nos metemos en política si podemos evitarlo. Por eso confío en que este niño se sienta más seguro cerca de nosotros que cerca de cualquier manada más grande.
—¿Y la persona a la que vas a llamar?
—Pertenece a una manada mucho más grande, mucho más antigua, y mucho menos discreta. —Rafael se quedó un momento en el umbral de la puerta, con la mano apoyada en el marco—. Si te preguntas por qué dudo tanto en llamarlo, es porque sé exactamente lo que va a decir en cuanto vea a este niño. Y no creo que a ti te vaya a gustar su respuesta.
Salió de la habitación antes de que Carla pudiera preguntar nada más, dejándola sola con el niño dormido y con una sensación creciente de que aquella noche, que había empezado con una simple llamada de Daniel a las cuatro y media de la madrugada, apenas estaba empezando a revelar la verdadera magnitud de lo que tenían por delante.
Se quedó sentada junto a la camilla durante un largo rato, escuchando la respiración tranquila del niño, preguntándose cuántas manadas, cuántas líneas genéticas, cuántos laboratorios secretos iban a tener que descubrir antes de encontrar a la persona responsable de todo aquello. Por la ventana, el sol de la mañana ya se colaba entre las persianas medio cerradas, iluminando con una luz dorada y completamente indiferente el rostro dormido de un niño que todavía no tenía nombre, ni pasado conocido, ni ninguna certeza sobre su futuro más allá de la mano que ahora mismo lo sostenía.
Angel llegó poco antes del mediodía, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una bolsa de tela cargada de cosas que a Carla, en un primer momento, le parecieron por entero fuera de lugar en un hospital: un peluche pequeño con forma de zorro, un par de libros de cartón con dibujos simples, una manta suave de color amarillo.
—No sabía qué le podría gustar —dijo Angel, dejando la bolsa sobre una silla, con una sonrisa que no lograba ocultar del todo la preocupación en sus ojos—. Así que traje de todo un poco.
—Angel...
—No me digas que no hacía falta, Carla. Claro que hacía falta. —Se acercó despacio a la camilla, con el mismo cuidado instintivo que todos parecían haber aprendido a emplear alrededor del niño, y se sentó en una silla cercana, sin intentar tocarlo—. Hola, pequeño. Me llamo Angel. Voy a quedarme un rato contigo, si te parece bien.
El niño abrió los ojos, observándola con la misma cautela reservada que dedicaba a cualquier desconocido, aunque esta vez, tras una noche entera de descubrimientos, algo en su postura parecía ligeramente menos tenso que antes.
—Voy a la gasolinera con Rafael —dijo Carla, recogiendo su chaqueta del respaldo de otra silla—. No debería tardar más de dos horas.
—Ve. Nosotros vamos a estar bien aquí, ¿verdad? —Angel le dedicó al niño una sonrisa amplia, del tipo que Carla la había visto usar con niños asustados en la sala de espera de la central de emergencias donde trabajaba, una sonrisa que prometía normalidad sin exigir nada a cambio—. Le voy a enseñar este zorro tan tonto que traje. A lo mejor hasta te cae bien.
Carla se detuvo en la puerta, mirando atrás una última vez. El niño seguía observando a Angel con desconfianza, pero no había gruñido, y sus manos, por primera vez desde que Carla lo conocía, no estaban aferradas a nada ni a nadie.
Quizás, pensó, aquello también era una forma de progreso.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. Cada manada protege celosamente la pureza de su ______ genética.
2. ______ dos líneas distintas de licántropos casi nunca funciona de forma natural.
3. Un ______ normal aprende a controlar el cambio guiado por su manada.
4. Rafael pertenece a la ______ del río, un grupo pequeño y discreto.
5. Los rasgos físicos de cada línea se transmiten de generación en generación: se han ______.
6. Muy pocos híbridos naturales logran ______ a la primera transformación completa.
7. Un ______ genético tan complejo como el del niño es extremadamente raro.
8. Alguien parece haber logrado ______ una transformación en un cuerpo que no estaba preparado.
9. Rafael no tiene el ______ total sobre a quién va a llamar, pero confía en su conocimiento.
10. Carla teme que la manada grande solo quiera ______ el caso, en lugar de resolverlo.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. la protección: a) территория
2. el territorio: b) предательство
3. la traición: c) заявить права, потребовать
4. reclamar: d) защита
5. confiar: e) доверять
Gramática: Oraciones condicionales
En este capítulo, Rafael y Carla construyen varias hipótesis sobre el origen del niño usando estructuras condicionales. Vamos a repasar los dos tipos más importantes para este nivel.
1. Condicional real (tipo 1)
Se usa para hablar de condiciones posibles o probables, con consecuencias reales o muy plausibles. Estructura: Si + presente de indicativo, futuro o presente.
Ejemplo del texto: «Si alguien ha conseguido que un cuerpo con tres líneas mezcladas sobreviva, eso significa años de experimentación». Aquí la condición ya se considera prácticamente confirmada, así que se usa el indicativo.
2. Condicional hipotético (tipo 2)
Se usa para hablar de situaciones poco probables o puramente imaginarias en el presente. Estructura: Si + imperfecto de subjuntivo, condicional simple.
Ejemplo: Si este niño hubiera tenido una manada, habría aprendido a controlar el cambio poco a poco. (En realidad no tuvo manada, así que la condición es contraria a la realidad conocida.)
3. Cómo distinguirlos en la práctica
Pregúntate si la condición es todavía posible o si ya sabemos que no se cumplió. «Si nadie lo busca, vamos a tener que encontrarlo nosotros» describe una posibilidad real y abierta: tipo 1. «Si hubiera crecido en una manada, sería distinto» describe algo que ya no puede cambiar: tipo 2, con pluscuamperfecto de subjuntivo en la condición.
Respuestas
Ejercicio 1:
1. línea · 2. mezclar · 3. cachorro · 4. manada · 5. heredado · 6. sobrevivir · 7. híbrido · 8. forzar · 9. control · 10. silenciar
Ejercicio 2:
1-d, 2-a, 3-b, 4-c, 5-e
Capítulo 4. La jaula
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
el sótano / subterráneo — подвал / подземный
la jaula — клетка
la trampilla — люк
las cadenas — цепи
el candado — навесной замок
arañar (las paredes) — царапать (стены)
la marca (de conteo) — засечка, отметка (для счёта)
el hedor — зловоние
hacinado / hacinada — скученный, набитый
la humedad — сырость
el eco — эхо
estremecerse — содрогнуться
la evidencia (forense) — улика (криминалистическая)
el instrumental (médico) — (медицинский) инструментарий
el desgaste — износ
La gasolinera abandonada se veía distinta bajo la luz del mediodía.
De noche, con las luces azules y rojas de los coches patrulla pintando las paredes derruidas, el lugar había tenido algo de escenario, casi de pesadilla organizada. Ahora, bajo el sol implacable de Texas, era solo un edificio viejo y olvidado, con el asfalto agrietado y la maleza creciendo entre las grietas, indiferente del todo a la violencia que había presenciado unas horas antes.
Daniel los esperaba junto a la cinta policial, con una taza de café que probablemente ya se había enfriado por segunda vez esa mañana.
—Los forenses terminaron con el cuerpo hace una hora —dijo, mientras Carla y Rafael se acercaban—. Pero hay algo que no encajaba, así que les pedí que esperaran antes de cerrar la escena por completo.
—¿Qué es?
—Mejor os lo enseño.
Los condujo hacia un lateral del edificio principal, donde una puerta metálica medio oxidada colgaba de una sola bisagra, dando acceso a lo que en su día había sido probablemente un almacén de mercancía o un cuarto de mantenimiento. El interior olía a humedad, a óxido, y a algo más que Carla no lograba identificar por completo, algo denso y desagradable que le recordó vagamente al olor de una perrera mal cuidada.
El sol de mediodía apenas lograba colarse por las ventanas rotas del almacén, dejando la mayor parte del interior sumido en una penumbra polvorienta que los obligó a encender las linternas incluso antes de terminar de cruzar el umbral. Estanterías metálicas oxidadas, volcadas en su mayoría, ocupaban buena parte del espacio disponible, y el suelo estaba cubierto de una capa gruesa de escombros que crujía bajo cada paso.
Rafael se detuvo en el umbral, con el cuerpo entero en tensión, olfateando el aire con una concentración que Carla ya había aprendido a reconocer como una señal de alarma.
—Aquí hay más que uno —dijo, en voz baja—. Mucho más que uno.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que este sitio ha tenido más ocupantes de los que puedas imaginar. El olor está superpuesto, capas y capas de él, algunas más viejas, algunas recientes. Días, semanas, meses. No sé cuánto tiempo exactamente, pero desde luego más de lo que cualquiera querría creer.
Carla se quedó mirando el interior oscuro del almacén, sintiendo cómo el calor del mediodía texano contrastaba de manera casi obscena con la sensación de frío que le recorría la espalda. Pensó en todas las veces que había entrado en escenas de crimen a lo largo de los años, en todos los cadáveres que había levantado, en todas las verdades incómodas que su trabajo la había obligado a presenciar sin quitar los ojos de encima. Nada de eso la había preparado del todo para lo que Rafael acababa de describir con tanta naturalidad clínica.
—¿Puedes distinguir cuántos olores distintos hay? —preguntó, obligándose a mantener un tono profesional que no sentía completamente.
—Todavía no con precisión. Necesito acercarme más. Pero si tuviera que dar un número aproximado ahora mismo, diría que no menos de una docena, y probablemente muchos más.
Daniel encendió una linterna, aunque la luz del día se colaba parcialmente por una claraboya rota en el techo, e iluminó un tramo de suelo cubierto de escombros y basura acumulada durante años de abandono.
—Ahí —dijo, señalando hacia una esquina donde parte del suelo de cemento parecía distinto al resto, más nuevo, con las juntas marcadas de una manera que no encajaba con el resto de la estructura original.
Carla se acercó, apartando con cuidado los escombros que cubrían parcialmente la zona, hasta que sus dedos encontraron el borde metálico de lo que resultó ser una trampilla, prácticamente invisible bajo capas de polvo y suciedad acumulada.
—Esto no es parte de la gasolinera original —dijo, pasando los dedos por el metal frío—. Alguien la instaló después.
—Los forenses la encontraron hace dos horas, cuando movieron unos palés viejos para revisar el resto del almacén —explicó Daniel—. La abrimos, bajamos lo suficiente para confirmar que había algo ahí abajo, y volvimos a subir. Quería que lo vierais con vuestros propios ojos antes de que entrara nadie más.
Rafael se acercó también, arrodillándose junto a la trampilla, con la mandíbula tensa.
—¿Bajamos?
—Espera. —Daniel levantó una mano—. Antes de bajar, quiero que sepáis algo. Llamé a la central en cuanto confirmamos que había algo ahí debajo. Van a mandar un equipo completo de investigación en cuanto terminemos la inspección inicial. Esto ya no es solo nuestro caso.
—¿De quién es, entonces?
—Todavía no lo sé. Pero algo me dice que en cuanto vean lo que hay ahí abajo, va a subir de categoría muy rápido.
Carla tuvo la sensación de que el nudo en su estómago se apretaba un poco más ante la idea de perder el control de la investigación justo cuando empezaban a entender la magnitud de lo que tenían delante. Pero asintió, porque sabía que Daniel tenía razón, y porque en el fondo, una parte de ella quería que hubiera más gente buscando respuestas, aunque eso significara compartir el caso con desconocidos.
—Mientras siga teniendo acceso al niño, no me importa quién más se involucre.
—Eso no depende de mí tampoco, Carla.
—Entonces vamos a asegurarnos de que dependa de la persona correcta.
Entre los tres levantaron la trampilla, revelando una escalera metálica estrecha que descendía hacia la oscuridad, y un olor que subió hacia ellos con una intensidad que hizo que incluso Daniel, acostumbrado a dos décadas de escenas de crimen, retrocediera un paso instintivo.
—Dios —murmuró.
—No es Dios quien hizo esto —dijo Carla, con una frialdad que no sentía completamente—. Vamos.
Descendieron uno tras otro, con las linternas encendidas cortando la oscuridad del sótano en franjas estrechas de luz. El espacio resultó ser más grande de lo que Carla había esperado, extendiéndose bajo buena parte del edificio principal, con el techo lo bastante bajo como para que Rafael tuviera que agachar ligeramente la cabeza.
El suelo de cemento estaba cubierto de una capa fina de polvo y suciedad acumulada, salpicado de manchas oscuras que ninguno de los tres necesitó comentar en voz alta para reconocer. En las paredes, tuberías oxidadas corrían de un extremo a otro del sótano, algunas goteando todavía un hilo constante de agua que se acumulaba en pequeños charcos sobre el cemento agrietado. El aire resultaba denso, casi sólido, cargado de un olor que ninguno de los tres iba a olvidar fácilmente.
Y entonces las vio.
Jaulas.
Alineadas contra la pared del fondo, construidas con barrotes metálicos soldados a mano, sin ningún tipo de precisión industrial, como si alguien las hubiera fabricado él mismo, una por una, a lo largo de mucho tiempo. Algunas eran del tamaño adecuado para un animal grande. Otras, la mayoría, eran mucho más pequeñas.
Demasiado pequeñas para cualquier animal adulto.
Carla se quedó inmóvil, con la linterna temblando ligeramente en su mano, mientras contaba mentalmente el número de jaulas visibles desde su posición. Ocho. Nueve, contando una medio oculta detrás de un pilar de soporte. Cada una equipada con un cuenco de metal oxidado, una manta raída, y en el suelo de varias de ellas, cadenas cortas ancladas a argollas empotradas en el propio cemento.
Se acercó a la primera jaula, la más grande de todas, y examinó el candado que todavía colgaba de la puerta, oxidado pero intacto. No era un candado cualquiera. Tenía un mecanismo de doble cierre, del tipo que se usaría para contener algo con fuerza suficiente para romper cerraduras normales.









