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La jauría perdida
—Esto es un registro completo —dijo, pasando las páginas cada vez más rápido—. Un registro de todo el programa.
—¿Hay nombres de responsables?
—Todavía no he encontrado ninguno. Todo está codificado, iniciales, tal vez, o algún tipo de sistema de referencia que no reconozco. —Carla llegó a la última página legible, donde una tabla incompleta mostraba los últimos registros antes de que la humedad hubiera destruido el resto del documento—. Pero mira esto.
Señaló una fila concreta, donde el número 37 aparecía junto a una serie de anotaciones parcialmente ilegibles: fecha, línea genética, y una palabra que sí se distinguía con claridad entre el resto del texto dañado.
Viable.
—Lo consideraban un éxito —dijo Rafael, con un tono cargado de un desprecio que no intentó disimular—. Un resultado viable. Como si fuera un cultivo de laboratorio, no un ser humano.
—Necesito llevarme copias de todo esto —dijo Carla, dirigiéndose a Daniel—. Necesito que la doctora Vázquez lo vea. Podría ayudarla a entender mejor la fisiología del niño, y tal vez encontrar alguna pista sobre quién estuvo detrás del programa.
—Voy a pedir que se escaneen todas las páginas legibles esta misma tarde. Tendrás copias antes de que anochezca.
Carla asintió, devolviendo la carpeta a Daniel con el mismo cuidado con el que la había tomado, y se quedó un momento más observando la mesa cubierta de evidencia: las treinta y siete placas numeradas, los frascos vacíos, las jeringuillas oxidadas, todo el instrumental frío de un sistema que había tratado a niños como productos de un experimento prolongado. Se preguntó cuántas manos distintas habían pasado por aquella mesa a lo largo de los años, cuántas personas habían sabido lo que ocurría allí abajo y habían decidido, por la razón que fuera, mirar hacia otro lado.
—Hay algo más que deberías saber —dijo Daniel, bajando la voz aunque no había nadie más cerca lo bastante como para escucharlos—. Uno de los técnicos encontró restos de correspondencia comercial entre las cajas más dañadas. Facturas, recibos de compra de material. Nada con nombres completos todavía, pero sí con el nombre de una empresa que aparece repetida varias veces.
—¿Qué empresa?
—Suministros Veterinarios del Sur. Con sede registrada en algún lugar de las afueras de la ciudad. Voy a solicitar una orden para investigarla en cuanto tengamos algo más sólido que unas cuantas facturas parcialmente ilegibles.
—¿Una empresa veterinaria comprando material para esto?
—O alguien usando una empresa veterinaria legítima como tapadera para conseguir suministros sin levantar sospechas. Jeringuillas, sedantes, material quirúrgico. Todo eso se puede justificar fácilmente si tienes la documentación correcta y nadie se molesta en investigar demasiado a fondo.
Carla notó que aquella información se sumaba al resto del peso que ya cargaba desde la noche anterior, otra pieza más de un rompecabezas que empezaba a sugerir una operación mucho más organizada, mucho más protegida por capas de legitimidad aparente, de lo que había imaginado al principio.
Pensó en la pregunta que Rafael había planteado unas horas antes, sobre cuántos más como aquel niño podían seguir ahí fuera, y sintió que la respuesta, fuera cual fuera, iba a resultar mucho peor de lo que cualquiera de ellos estaba preparado para asumir.
—Voy a volver al hospital —dijo finalmente—. Necesito estar con él cuando se despierte. Y necesito pensar en cómo voy a decirle, aunque no pueda entender las palabras, que ahora sabemos su nombre.
Rafael la acompañó hasta el coche, con la placa ya guardada en una bolsa de evidencia sellada que Carla llevaba consigo, autorizada expresamente por Daniel para poder compartirla con la doctora Vázquez.
—¿Vas a contárselo a él? —preguntó Rafael, mientras Carla arrancaba el motor—. Lo de su nombre, quiero decir.
—No sé si va a significar algo para él ahora mismo. Pero sí. Voy a decírselo. Merece saber que alguien, en algún momento de todo esto, lo vio como algo más que un número.
El trayecto de vuelta al hospital transcurrió en un silencio cargado de todo lo que ninguno de los dos había dicho todavía en voz alta. Carla pensó en la palabra viable, en cómo aquel término clínico, diseñado para describir experimentos de laboratorio, se había aplicado a un niño real, con miedo real, con la capacidad real de aferrarse a la ropa de una desconocida en busca de protección. Pensó también en las otras treinta y seis placas, en los treinta y seis intentos anteriores que probablemente nunca llegarían a tener nombre alguno, ni justicia, ni ningún tipo de reconocimiento más allá de un número grabado en metal oxidado.
Cuando llegaron al hospital, encontraron a Angel sentada en el suelo de la habitación, con las piernas cruzadas, mostrándole al niño las páginas de uno de los libros de cartón que había traído por la mañana. El niño seguía manteniendo la distancia, sentado sobre la camilla con las rodillas pegadas al pecho, pero sus ojos seguían el movimiento de las páginas con una atención que Carla no le había visto dedicar a nada más desde que lo conocía.
—Ha estado mirando los dibujos durante casi una hora —dijo Angel, en voz baja, sin apartar la vista del niño—. No sé si entiende lo que representan, pero parece que le gustan los colores.
La doctora Vázquez entró poco después, con una tablilla bajo el brazo y la misma expresión de eficiencia contenida de siempre, aunque algo en su forma de moverse sugería que también ella llevaba el peso acumulado de un día especialmente largo.
—Me dijeron que encontraron documentación en el sótano —dijo, dirigiéndose directamente a Carla—. ¿Es cierto?
—Un registro parcial. Muy dañado por la humedad, pero legible en algunas partes.
Carla le entregó las copias que Daniel había conseguido adelantarle antes de salir de la gasolinera, y la doctora las examinó con la misma atención clínica que había dedicado horas antes al cuerpo del niño, pasando las páginas despacio, deteniéndose de vez en cuando para releer algún fragmento con más cuidado.
—Esto confirma varias cosas —dijo finalmente, sin levantar la vista de los papeles—. La combinación de líneas genéticas no fue accidental. Siguieron un protocolo específico, ajustando variables entre cada intento. Esto es investigación aplicada, no experimentación caótica.
—¿Eso qué significa para nosotros?
—Significa que quien diseñó este programa tenía formación científica real. No es alguien improvisando en un sótano por diversión enfermiza. Es alguien que entendía genética, que entendía fisiología licántropa a un nivel que muy poca gente en esta ciudad posee.
—¿Cuánta gente tiene ese nivel de conocimiento en San Antonio?
—Contando solo a quienes trabajan legalmente en el campo, podría dar con una lista en un par de días. Pero si esta persona ha conseguido mantener esto en secreto durante al menos cinco años, según sus propios cálculos, dudo que aparezca en ninguna lista oficial de fácil acceso.
Angel, que había escuchado la conversación en silencio mientras seguía pasando las páginas del libro frente al niño, levantó la vista con una expresión pensativa.
—¿Y si no es alguien de aquí? Quiero decir, ¿y si vino de fuera, específicamente para hacer esto sin ser reconocido?
La doctora Vázquez consideró aquella posibilidad un momento, con el ceño ligeramente fruncido.
—Es posible. Pero eso complicaría bastante la investigación. Necesitaríamos buscar más allá de los registros locales.
—Vamos a encontrarlo de todas formas —dijo Carla, con una determinación que no dejaba espacio para la duda—. Local o no, alguien con ese nivel de conocimiento deja rastro. Publicaciones académicas, formación universitaria, algún tipo de historial profesional. Nadie llega a ese nivel de sofisticación sin que quede algún registro en alguna parte.
—Estoy de acuerdo. Pero puede llevar tiempo, y mientras tanto, tenemos a un niño real que necesita cuidados reales, hoy, no cuando terminemos de identificar a los responsables.
La doctora se acercó a la camilla, examinando al niño desde la distancia prudente que ya se había convertido en rutina entre ambas, y anotó algo en su tablilla antes de continuar.
—Su estado físico general está mejorando ligeramente. Ha empezado a comer algo de la comida que le hemos dejado, aunque solo cuando cree que nadie lo está observando directamente. Es un buen indicio.
—¿Y su estado psicológico?
—Eso es mucho más difícil de evaluar sin herramientas diseñadas específicamente para un caso como el suyo. No tenemos ningún precedente clínico documentado de un niño criado en estas condiciones exactas. Vamos a tener que aprender sobre la marcha, y eso significa cometer errores en el camino.
Carla sintió el peso de aquella honestidad, la incertidumbre real detrás de la fachada profesional que la doctora mantenía casi todo el tiempo, y por primera vez desde que se habían conocido esa misma mañana, sintió algo parecido a la afinidad genuina hacia aquella mujer que, bajo toda su frialdad clínica, parecía preocuparse tanto como cualquiera de ellos por el bienestar real del niño.
Carla se acercó despacio, sentándose en el borde de la camilla, y el niño la observó con la misma cautela de siempre, aunque algo en su postura, una tensión ligeramente menor en los hombros, sugería que empezaba a reconocerla como algo distinto de una amenaza constante.
—Tenemos que contarte algo —dijo, sacando con cuidado la placa metálica de la bolsa de evidencia, sosteniéndola de manera que el niño pudiera verla sin llegar a tocarla todavía—. Encontramos esto hoy. Tiene tu nombre.
El niño miró la placa, sin ninguna reacción visible al principio, y Carla sintió una punzada de decepción que se obligó a ignorar. No podía esperar que una pieza de metal significara nada para un niño que probablemente nunca había aprendido a asociar símbolos escritos con conceptos abstractos como la identidad o el nombre propio.
—Teo —dijo, pronunciando la palabra despacio, señalándolo suavemente a él mientras lo hacía—. Te llamas Teo.
El niño ladeó la cabeza, el mismo gesto que Carla había visto emplear con Rafael horas antes, y por un instante, algo en sus ojos pareció cambiar, aunque ella no habría sabido decir con certeza si aquello era simplemente su imaginación desesperada por encontrar una señal de reconocimiento donde probablemente no la había.
—Teo —repitió Angel, con la misma suavidad, señalándose a sí misma después—. Angel.
El niño no respondió, por supuesto, pero tampoco apartó la mirada, y durante un largo momento, la habitación pareció contener algo cercano a la esperanza, frágil y minúscula, pero real, suspendida en el aire entre los tres.
Carla guardó la placa de nuevo con cuidado, decidida a que aquel pequeño trozo de metal, la única prueba de que alguien había visto a Teo como algo más que un simple número, no se perdiera nunca en los archivos fríos de ninguna investigación, sin importar cuántas manadas, cuántos agentes estatales, o cuántas complicaciones burocráticas todavía estuvieran por llegar.
Se quedó un rato más sentada junto a la camilla, observando cómo Angel continuaba pasando las páginas del libro, cómo el niño, Teo, seguía mirando los dibujos con una atención que empezaba a parecerse cada vez más a la curiosidad genuina de cualquier niño de su edad. Pensó en las treinta y seis placas sin nombre, en todo lo que todavía no sabían, en la llegada inminente de Gabriel Navarro y en todo lo que aquella visita probablemente iba a complicar. Pero por primera vez desde que había recibido la llamada de Daniel la noche anterior, permitió que un hilo delgado de esperanza se abriera paso entre tanta oscuridad acumulada.
Teo tenía un nombre. Y mientras ella pudiera evitarlo, nadie iba a volver a reducirlo a un simple número nunca más.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. En la caja encontraron treinta y siete ______ metálicas numeradas.
2. Alguien había decidido ______ un nombre en una de ellas, a escondidas.
3. Según los documentos, el sujeto número treinta y siete fue considerado ______.
4. El ______ parcial mostraba fechas, líneas genéticas y resultados.
5. La mayoría de los datos estaban ______, imposibles de leer sin más contexto.
6. Dentro de una ______ protegida encontraron páginas todavía legibles.
7. Una empresa veterinaria podría haber servido de ______ para comprar material.
8. Necesitaban una ______ judicial antes de poder investigar la empresa.
9. Alguien con ese nivel de conocimiento científico siempre deja algún ______ profesional.
10. Los técnicos empezaron a ______ cada objeto encontrado en el sótano.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. la fachada (profesional): a) родство душ, симпатия
2. la afinidad: b) признак, намёк
3. el indicio: c) внешний облик, фасад
4. reconocer: d) снабжение, поставка
5. el suministro: e) узнавать, признавать
Gramática: El participio pasado como adjetivo
Este capítulo está lleno de participios pasados funcionando como adjetivos: dañado, codificado, protegida, numeradas, grabado. Vamos a repasar cómo funcionan y por qué son tan útiles para describir el estado de las cosas.
1. Formación
Los participios regulares terminan en -ado (verbos en -ar) o -ido (verbos en -er/-ir): dañar → dañado, proteger → protegido, cubrir → cubierto (irregular).
Cuando el participio funciona como adjetivo, concuerda en género y número con el sustantivo al que acompaña: un documento dañado, una carpeta protegida, unas placas numeradas.
2. La diferencia entre acción y estado
Compara: Alguien dañó los documentos (acción, verbo conjugado) frente a Los documentos estaban dañados (estado resultante, participio como adjetivo). El segundo tipo de frase describe el resultado final de una acción, sin centrarse en quién la realizó.
3. Ejemplos del capítulo
«Un registro parcial, muy dañado por la humedad», «una carpeta protegida de alguna manera del deterioro», «treinta y siete placas numeradas». En los tres casos, el participio describe cómo quedó algo, no quién lo dejó así.
Esta estructura resulta especialmente útil en el lenguaje forense e investigativo, donde a menudo se describe el estado de una prueba sin saber todavía quién la puso en esas condiciones.
Respuestas
Ejercicio 1:
1. placas · 2. grabar · 3. viable · 4. registro · 5. codificados · 6. carpeta · 7. tapadera · 8. orden · 9. rastro · 10. catalogar
Ejercicio 2:
1-c, 2-a, 3-b, 4-e, 5-d
Capítulo 6. La mujer de las cicatrices
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
el alfa (de la manada) — альфа (вожак стаи)
la desconfianza — недоверие
el recurso (disponible) — ресурс (доступный)
negociable / no negociable — подлежащий / не подлежащий обсуждению
la vigilancia — слежка, наблюдение
el combate (clandestino) — (подпольный) бой
apostar (dinero) — делать ставку (деньги)
el cabo suelto — незавершённая нить, слабое звено
la cadena de seguridad — дверная цепочка
desconfiado / desconfiada — недоверчивый
ocultar (la identidad) — скрывать (личность)
el expediente (policial) — (полицейское) дело
arrancar (una parte del cuerpo) — вырвать (часть тела)
condenado / condenada — обречённый
la protección (personal) — (личная) защита
Gabriel Navarro llegó al hospital poco después de las nueve de la noche, sin ningún tipo de anuncio previo más allá de una llamada breve de Rafael avisando que ya estaba en la ciudad.
Carla lo vio entrar por el pasillo desde la puerta de la habitación de Teo, y entendió de inmediato por qué Rafael había sonado tan tenso al mencionarlo. Era un hombre enorme, casi tan alto como Eric, aunque construido de una manera sin reservas distinta: no la elegancia atlética del vampiro, sino una masa muscular pesada, funcional, la de alguien que había pasado décadas resolviendo problemas con la fuerza bruta cuando la diplomacia no bastaba. Llevaba el pelo oscuro salpicado de canas cortado casi al rape, una barba corta bien cuidada, y una cicatriz que le atravesaba la ceja derecha, blanca contra la piel bronceada.
Se movía por el pasillo del hospital con la misma economía de gestos que Carla había observado en Rafael durante los últimos dos días, aunque en Gabriel aquella cualidad resultaba menos felina y más depredadora, como si cada paso estuviera calculado para cubrir el máximo territorio posible con el mínimo esfuerzo visible. Varias enfermeras que pasaban por el pasillo se apartaban instintivamente a su paso, sin que él pareciera darse cuenta siquiera del espacio que generaba a su alrededor.
—Así que esta es la nigromante —dijo, sin ningún preámbulo, deteniéndose a un par de metros de Carla con una evaluación silenciosa que a ella no le gustó nada—. Rafael me ha contado la versión resumida. Necesito la completa.
—Buenas noches también para usted.
Algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Gabriel, aunque no llegó del todo a sus ojos.
—Perdóneme. Los modales no son mi especialidad cuando hay niños licántropos apareciendo en escenas de crimen. Prefiero ir directo al problema.
—Entonces vamos al problema. —Carla cruzó los brazos, sin moverse de la puerta de la habitación—. El niño se llama Teo. Tiene entre seis y ocho años, según los cálculos de la doctora que lo está tratando. Fue encontrado anoche junto al cadáver de un hombre destrozado por lo que parecen ser garras. Su fisiología combina al menos tres líneas genéticas distintas de licántropo, algo que según Rafael no debería ser posible de forma natural. Y en el sótano donde probablemente pasó gran parte de su vida, encontramos treinta y siete placas numeradas, cada una correspondiente a un sujeto de experimentación distinto.
Gabriel escuchó todo aquello sin cambiar de expresión, aunque Carla notó cómo sus manos se cerraban lentamente en puños a los lados del cuerpo.
—¿Y el niño es el treinta y siete?
—Sí.
—¿Los otros treinta y seis?
—No lo sabemos todavía. Pero dado lo que hemos encontrado, no soy optimista.
Gabriel se quedó en silencio un momento, con la mandíbula tensa, mirando hacia la puerta cerrada de la habitación donde Teo dormía, ajeno a la conversación que decidía, una vez más, cuántas personas más iban a involucrarse en su historia.
—Rafael dice que confía en usted —dijo finalmente—. Yo no tengo ese lujo todavía. Pero voy a ofrecerle mis recursos de todas formas, porque lo que describe es exactamente el tipo de amenaza que ninguna manada puede permitirse ignorar.
—¿Y a cambio?
—A cambio, quiero acceso directo a cualquier información que encuentren. Sin filtros, sin retrasos burocráticos. Si hay más licántropos criados de esta manera ahí fuera, mi gente necesita saberlo tan pronto como ustedes, sin esperar a que la burocracia humana decida cuándo es momento de compartirlo.
Carla consideró aquella propuesta, sopesando el instinto protector que sentía crecer cada vez con más fuerza desde que había conocido a Teo contra la necesidad práctica de contar con todos los recursos posibles para encontrar a quien había hecho aquello.
—De acuerdo. Pero el niño no es negociable. No va a ninguna manada, no va a ningún programa de reasentamiento, no va a ninguna parte sin mi consentimiento explícito.
—Eso vamos a tener que discutirlo más adelante.
—No, Gabriel. Eso no es negociable ahora ni después.
Se sostuvieron la mirada durante varios segundos, ninguno de los dos dispuesto a ceder terreno, hasta que Rafael, que había permanecido en silencio observando el intercambio, finalmente intervino.
—Podemos discutir la custodia cuando sepamos más. Ahora mismo, lo urgente es encontrar a quien está detrás de esto antes de que produzca un número treinta y ocho.
Gabriel asintió, aunque la tensión entre él y Carla no desapareció por completo, simplemente quedó aparcada bajo la urgencia compartida de la investigación.
—¿Puedo verlo? —preguntó Gabriel, con un tono que sorprendió a Carla por su cambio repentino de registro, menos autoritario, casi vulnerable—. Solo un momento. Desde la puerta, si prefiere no dejarme entrar.
Carla lo estudió, intentando calibrar si aquella petición escondía alguna otra intención, pero no encontró nada en su expresión salvo lo que parecía ser una curiosidad genuina, tal vez incluso una necesidad personal de confirmar con sus propios ojos la magnitud de lo que Rafael le había descrito por teléfono.
—Desde la puerta. Y despacio.
Gabriel se acercó al cristal de la habitación, observando la figura pequeña del niño dormido bajo la luz tenue de la lámpara nocturna, con un rostro que se suavizó de una manera que Carla no había esperado presenciar en un hombre de su tamaño y reputación.
—Llevo treinta años liderando una manada —dijo, con la mirada fija del cristal—. He enterrado a más gente de la que me gustaría recordar. Pero nunca había visto algo así.
—¿Eso cambia su forma de pensar sobre él?
—Cambia mi forma de pensar sobre cuánto tiempo llevamos ignorando algo que debería haber sido imposible de esconder durante tanto tiempo.
Se apartó del cristal, recomponiendo de inmediato la fachada autoritaria con la que había entrado, y Carla entendió que aquel breve momento de vulnerabilidad no iba a repetirse fácilmente delante de los demás.
—Rafael menciona una empresa. Suministros Veterinarios del Sur.
—Todavía estamos esperando la orden judicial para investigarla oficialmente.
—Yo no necesito ninguna orden judicial.
Carla lo miró con algo a medio camino entre alarma y curiosidad reticente.
—¿Qué está sugiriendo?
—Que mientras ustedes esperan el papeleo, yo puedo tener a alguien vigilando esa empresa esta misma noche. Legalmente, mi gente tiene tanto derecho como cualquier ciudadano a observar un edificio desde la calle.
—Vigilar, no allanar.
—Por supuesto. —La sonrisa de Gabriel esta vez resultó todavía menos convincente que la anterior—. Nada que su detective no pudiera aprobar sin problemas.
Daniel, que llegó unos minutos después, apenas tuvo tiempo de procesar la presencia de Gabriel Navarro en el pasillo del hospital antes de que Carla lo pusiera al día sobre el acuerdo alcanzado. Su expresión dejó claro que compartía buena parte de las reservas de Carla, aunque también reconoció, con la pragmática resignación de un policía acostumbrado a trabajar con recursos limitados, que la ayuda adicional probablemente iba a resultar necesaria.
—Mientras nadie rompa ninguna ley que yo tenga que procesar después, no tengo ningún problema con vigilancia adicional —dijo, aunque su tono sugería que no confiaba del todo en que aquella condición se fuera a respetar sin fisuras—. Por cierto, tengo algo que podría interesaros a los dos.
Sacó su teléfono, mostrando una fotografía en la pantalla: un archivo policial antiguo, con la imagen de una mujer de rasgos latinos, pelo negro cortado a la altura de los hombros, una cicatriz visible cruzándole la mejilla izquierda, y una parte notable de la oreja del mismo lado ausente, como si hubiera sido arrancada hace años.
—¿Quién es? —preguntó Carla.









