La jauría perdida
La jauría perdida

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La jauría perdida

Язык: Русский
Год издания: 2026
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—Entonces vamos a tener que encontrar la manera de que sí lo permita. No puedo tratar lo que no puedo examinar.

Caminaron juntas hacia una sala privada al final del pasillo, lejos de las zonas más transitadas del hospital. La habitación tenía las paredes pintadas de un verde suave, una camilla baja cubierta con sábanas limpias, y ningún objeto metálico visible que pudiera asustar todavía más al niño. Carla se preguntó si aquel diseño era deliberado, pensado para pacientes exactamente como el que llevaba en brazos.

—Vamos a intentarlo despacio —dijo la doctora, dejando la tablilla sobre una mesa auxiliar—. Siéntese con él en la camilla. Voy a acercarme solo para mirar, nada más.

Carla se sentó, y el niño se acomodó contra ella sin soltarla, con las piernas todavía enredadas alrededor de su cintura. La doctora Vázquez se aproximó despacio, con las manos visibles, en un gesto que a Carla le recordó incómodamente al suyo propio unas horas antes, junto a la furgoneta.

—Hola —dijo la doctora, con una voz que sorprendió a Carla por su suavidad, tan distinta del tono clínico que había empleado hasta entonces—. No voy a hacerte nada que duela. Solo quiero mirar.

El niño gruñó, bajo pero constante, sin apartar los ojos de las manos de la doctora. No atacó, pero tampoco relajó ni un poco la tensión de su cuerpo.

—Va a necesitar radiografías, análisis de sangre, un examen físico completo —dijo la doctora, sin dejar de observarlo—. Con la resistencia que está mostrando, lo habitual sería sedarlo.

—No.

—Señorita Ávila, entiendo su instinto de protegerlo, pero...

—No es solo instinto. Si lo sedamos ahora, después de lo que acaba de vivir, va a despertar en un sitio desconocido, sin nadie familiar cerca, y no tengo ni idea de cómo va a reaccionar. Podría empeorar las cosas.

La doctora Vázquez se quedó callada un momento, estudiando a Carla con la misma atención clínica que acababa de dedicarle al niño.

—¿Tiene alguna alternativa mejor?

—Dele tiempo. Y déjeme intentar ayudar con el examen, en lugar de sedarlo.

Tardaron casi una hora en completar lo que en circunstancias normales habría llevado quince minutos. Carla sostenía cada parte del cuerpo del niño mientras la doctora la examinaba desde una distancia prudente, describiendo en voz alta lo que veía para que una enfermera lo anotara todo sin necesidad de acercarse más de lo estrictamente necesario. El niño toleraba el proceso a duras penas, con gruñidos constantes y algún que otro intento de morder cuando la doctora se acercaba demasiado, pero no llegó a atacar en serio mientras Carla siguiera sosteniéndolo.

La enfermera, una mujer joven de nombre Priscilla que Carla no había visto antes en el hospital, se movía por la habitación con una eficiencia silenciosa, entregando instrumentos a la doctora sin necesidad de que se los pidiera en voz alta, anotando cifras y observaciones en una tablilla propia. En un momento dado, cuando el niño gruñó con especial fuerza al ver acercarse un termómetro, Priscilla simplemente retrocedió un paso y esperó, sin ninguna expresión de miedo ni de impaciencia, como si aquella clase de reacciones formara parte de su rutina habitual de trabajo.

—Múltiples fracturas antiguas, mal consolidadas —dictó la doctora, examinando el brazo izquierdo del niño con los ojos entornados—. Radio y cúbito, probablemente hace dos o tres años. Nunca recibió atención médica adecuada. Se soldaron solas, torcidas.

Carla notó que se le revolvía el estómago, aunque llevaba diez años viendo cadáveres sin pestañear.

—¿Y eso qué significa?

—Que alguien le rompió el brazo y lo dejó sanar sin más. —La doctora pasó a examinar las piernas, deteniéndose especialmente en el tobillo derecho, donde la marca circular que Carla ya había visto junto a la furgoneta resultaba, bajo la luz del hospital, todavía más inquietante—. Esto es una marca de sujeción crónica. Años de un grillete metálico, ajustado una y otra vez conforme crecía. El tejido está completamente deformado alrededor del hueso.

—¿Cuántos años lleva así?

—Es difícil de calcular con precisión, pero la profundidad de la marca sugiere que empezó siendo muy pequeño. Puede que desde bebé.

El niño, ajeno a la conversación que discutía su propio cuerpo con tanto detalle clínico, había apoyado la cabeza contra el pecho de Carla y parecía haberse calmado ligeramente, aunque sus ojos seguían moviéndose sin descanso entre la doctora, la enfermera y la puerta de la habitación.

—Voy a necesitar una muestra de sangre —dijo la doctora finalmente, sacando un pequeño kit de extracción de un cajón—. Esto va a doler un poco, y probablemente va a resistirse.

—Déjeme intentarlo yo.

La doctora Vázquez le tendió el kit sin discutir, algo que Carla no había esperado del todo, y le explicó en voz baja cómo sujetar el brazo del niño y dónde exactamente insertar la aguja. Carla habló con él durante todo el proceso, con la misma voz baja y constante que había empleado junto a la furgoneta, y aunque el niño se tensó y gruñó cuando sintió el pinchazo, no llegó a morder a nadie.

—Bien hecho —dijo la doctora, cuando terminaron, con una nota de aprobación genuina que suavizó por primera vez su expresión clínica—. La mayoría de mis colegas habría terminado con al menos un mordisco.

—No es la primera vez que trato con algo asustado y peligroso.

—Me lo imagino, dado su trabajo.

Llevaron las muestras al laboratorio del propio hospital, un espacio pequeño pero bien equipado al fondo del edificio, mientras una enfermera se quedaba con el niño en la habitación, manteniendo una distancia respetuosa que él pareció tolerar mejor de lo esperado, probablemente agotado por la tensión acumulada de las últimas horas.

—Necesito preguntarle algo —dijo la doctora, mientras preparaba las muestras para el análisis—. ¿Está segura de que es por entero humano?

Carla se quedó momentáneamente descolocada por la pregunta.

—¿Qué quiere decir?

—Sus ojos. El anillo ámbar alrededor de la pupila no es una característica humana normal, ni siquiera en casos de heterocromía. Y su forma de moverse, la manera en que olfatea el aire, la agresividad tan específica cuando se siente acorralado... todo eso apunta a una fisiología mixta.

—¿Licántropo?

—Posiblemente. Pero necesito los resultados del análisis para confirmarlo.

Los resultados tardaron cuarenta minutos en llegar, tiempo que Carla pasó sentada junto a la camilla, observando cómo el niño finalmente cedía al agotamiento y se quedaba dormido contra su costado, con el sueño todavía tenso e interrumpido de alguien acostumbrado a no confiar en la seguridad de ningún lugar. Le apartó con cuidado un mechón de pelo de la frente, y esta vez el niño ni siquiera se estremeció ante el contacto.

Durante aquella espera, Carla se permitió, por primera vez desde que había recibido la llamada de Daniel, quedarse completamente quieta, sin ningún protocolo que seguir ni ninguna decisión urgente que tomar. Miró las manos pequeñas del niño, todavía cerradas sobre la tela de su camiseta incluso dormido, y pensó en lo poco que sabía sobre criar o cuidar a un niño de cualquier tipo. Sabía hablar con los muertos. Sabía leer una escena de crimen, rastrear un vampiro renegado, negociar con el Maestro de una ciudad entera. No sabía absolutamente nada sobre qué hacer con un niño que llevaba, probablemente, toda su vida corta aprendiendo que el mundo entero era una amenaza constante.

Cuando la doctora Vázquez regresó, traía una expresión que Carla ya empezaba a reconocer como su forma particular de mostrar preocupación: una tensión mínima alrededor de los ojos, apenas perceptible bajo la fachada profesional.

—Los resultados son... complicados —dijo, sentándose en una silla frente a la camilla, con la tablilla apoyada sobre las rodillas—. Tiene marcadores genéticos de licantropía, eso está confirmado. Pero no coinciden limpiamente con ninguna línea conocida.

—¿Qué quiere decir con que no coinciden?

—Que hay rastros de al menos tres patrones genéticos distintos superpuestos. Como si alguien hubiera combinado deliberadamente varias líneas de licántropos diferentes en un mismo individuo.

Carla notó que un escalofrío le recorría la espalda, uno que no tenía nada que ver con ningún fantasma ni ninguna consciencia levantada de entre los muertos.

—Eso no ocurre de forma natural.

—No. —La doctora bajó la vista hacia la tablilla, como si necesitara un segundo antes de continuar—. Esto no es un niño que se perdió en el bosque y fue criado por lobos, señorita Ávila. Alguien lo diseñó. O al menos, diseñó la combinación genética que lo hizo posible.

El niño se removió ligeramente en sueños, sin llegar a despertar, y Carla bajó instintivamente una mano hacia su espalda, como si aquel simple gesto pudiera protegerlo de una verdad que ya era demasiado tarde para cambiar.

—¿Puede saber quién?

—No con lo que tengo aquí. Pero puedo decirle una cosa con bastante certeza: esto no es un caso aislado. Nadie perfecciona una combinación genética así con un solo intento. Tiene que haber habido otros antes que él. Probablemente muchos otros.

La palabra quedó suspendida en el aire de la habitación, mientras fuera, en algún pasillo del hospital, una máquina emitía un pitido constante y lejano. Carla miró al niño dormido contra su costado, con sus cicatrices, sus fracturas mal curadas, la marca del grillete en el tobillo, y pensó en la gasolinera abandonada, en el cuerpo destrozado junto a los surtidores, en todo lo que todavía no sabían y que, sospechaba, iba a resultar mucho peor de lo que cualquiera de ellos estaba preparado para descubrir.

—Necesito hacer unas llamadas —dijo finalmente, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.

—¿A quién?

—A alguien que sepa más de licántropos que cualquiera de las dos.

La doctora Vázquez asintió, apuntando algo en su tablilla antes de levantarse.

—Voy a preparar una habitación para que pueda quedarse esta noche. Algo me dice que no va a querer alejarse de él, y sospecho que eso, de momento, es lo único que lo mantiene tranquilo.

—Gracias.

—No me dé las gracias todavía —dijo la doctora, ya en la puerta, con una expresión que había perdido por completo la distancia clínica de las primeras horas—. Algo me dice que esto apenas empieza.

Carla se quedó sola con el niño dormido, en la penumbra tranquila de la habitación, escuchando el pitido lejano de alguna máquina en otro pasillo del hospital. Sacó el teléfono con cuidado, procurando no mover el brazo donde el niño mantenía apoyada la cabeza, y marcó el número de Rafael sin pensarlo demasiado. Era tarde, casi mediodía ya, pero sabía que él respondería de todas formas.

—Ávila —contestó Rafael al segundo tono, con la voz todavía ronca de sueño—. Son las doce del mediodía. Espero que sea importante.

—Necesito que vengas al Ángeles de Misericordia.

—¿Estás bien?

—Yo sí. Necesito que veas a alguien.

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que Carla reconocía en Rafael cuando algo en su tono le había puesto en alerta antes incluso de escuchar los detalles.

—Dame veinte minutos.

—Rafael.

—¿Sí?

—Trae toda la paciencia que tengas. La vas a necesitar.

Colgó antes de que él pudiera preguntar nada más, y se quedó mirando al niño dormido, preguntándose cuántas capas más de aquella historia quedaban todavía por descubrir, y cuántas de ellas iba a poder soportar sin que se le rompiera algo por dentro que ya no supiera cómo volver a recomponer.

Veinte minutos después, tal como había prometido, escuchó pasos rápidos acercándose por el pasillo, y la puerta de la habitación se abrió con el cuidado de alguien que ya intuía, incluso antes de entrar, que debía moverse despacio. Rafael llevaba todavía la ropa con la que probablemente había dormido, el pelo oscuro revuelto y una expresión de alerta que sustituyó de inmediato cualquier resto de somnolencia en cuanto sus ojos se posaron sobre el niño dormido contra el costado de Carla.

Se quedó inmóvil junto a la puerta, sin acercarse más, con las fosas nasales dilatándose ligeramente mientras el aire de la habitación le llegaba con toda la información que sus sentidos humanos jamás podrían haber captado.

—Carla —dijo, en voz muy baja—. ¿De dónde ha salido este niño?

—Eso es exactamente lo que necesito que me ayudes a averiguar.

Rafael no se movió todavía, con los ojos fijos en el niño dormido, y durante un instante Carla vio pasar por su rostro algo que no supo nombrar del todo: una combinación de reconocimiento profesional y un horror mucho más personal, el de alguien que empezaba a sospechar, antes incluso de acercarse lo suficiente para confirmarlo, exactamente qué clase de historia tenía delante.

Ejercicios de vocabulario

Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.

1. El niño fue llevado directamente a la ______ del hospital especializado.

2. La doctora propuso ______ al niño para poder examinarlo sin peligro.

3. El brazo izquierdo mostraba una ______ antigua que nunca recibió atención médica.

4. Los técnicos pidieron una ______ para confirmar el estado exacto del hueso.

5. El ______ reveló marcadores genéticos de al menos tres líneas distintas.

6. Las costillas marcadas eran un signo evidente de ______ prolongada.

7. Durante el ______, el niño gruñó cada vez que alguien se acercaba demasiado.

8. El niño se ______ a cualquier intento de la enfermera de tocarlo directamente.

9. Carla lo sostuvo con cuidado mientras lo colocaban sobre la ______.

10. La doctora abrió un nuevo ______ para registrar cada hallazgo del caso.

Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.

1. inusual: a) диагноз

2. la fisiología: b) необычный

3. el diagnóstico: c) сдерживать, удерживать

4. contener: d) физиология

5. consolidarse: e) срастаться (о кости)

Gramática: Necesitar que + subjuntivo

En este capítulo Carla usa varias veces la construcción «necesito que + subjuntivo» para pedir ayuda o exigir algo de otra persona. Es una de las estructuras más útiles del español para expresar necesidad dirigida hacia otra persona.

1. La regla básica

Cuando el sujeto que necesita algo es distinto del sujeto que debe realizar la acción, el segundo verbo va obligatoriamente en subjuntivo:

Necesito que vengas. (yo necesito, pero tú vienes: dos sujetos distintos, subjuntivo)

Compara con: Necesito venir. (el mismo sujeto para las dos acciones: infinitivo, sin que)

2. Ejemplos del capítulo

«Necesito que vengas al Ángeles de Misericordia», «necesito que veas a alguien», «necesito hacer unas llamadas». En el último ejemplo, Carla es quien necesita y quien llama, así que se usa el infinitivo, no el subjuntivo.

3. Otras expresiones con la misma estructura

La misma lógica se aplica a otros verbos de influencia: quiero que, prefiero que, espero que, pido que. Todos exigen subjuntivo cuando el sujeto de las dos acciones es diferente.

Ejemplo adicional: La doctora quiere que el niño se quede esta noche. Carla espera que Rafael llegue pronto.

Respuestas

Ejercicio 1:

1. urgencias · 2. sedar · 3. fractura · 4. radiografía · 5. análisis de sangre · 6. desnutrición · 7. examen físico · 8. resistía · 9. camilla · 10. expediente médico

Ejercicio 2:

1-b, 2-d, 3-a, 4-c, 5-e

Capítulo 3. No es un coyote

Vocabulario del capítulo

Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.

la línea (genética) — линия, порода (генетическая)

mezclar / la mezcla — смешивать / смесь

el cachorro — детёныш

la manada — стая

heredar / heredado — наследовать / унаследованный

sobrevivir — выживать

el híbrido — гибрид

forzar (una transformación) — принуждать (к превращению)

el control (sobre el cambio) — контроль (над превращением)

confiar (en alguien) — доверять (кому-то)

la protección — защита

el territorio — территория

la traición — предательство

silenciar (algo) — заставить замолчать, скрыть (что-то)

reclamar (a alguien) — заявить права (на кого-то), потребовать

Rafael no se movió durante casi un minuto entero.

Se quedó junto a la puerta, con la espalda apoyada contra el marco, los ojos fijos en el niño dormido y las fosas nasales dilatándose apenas de forma perceptible con cada respiración. Carla lo conocía lo suficiente como para reconocer aquel silencio: no era indecisión, sino un proceso mucho más antiguo que cualquier palabra, algo que su cuerpo hacía antes de que su mente terminara de entender lo que estaba percibiendo.

—Rafael.

—Dame un segundo.

Cerró los ojos. Carla lo había visto hacer eso antes, en otras ocasiones, cuando necesitaba concentrarse exclusivamente en el olfato sin la distracción de la vista. Contó mentalmente los segundos, once, doce, trece, hasta que Rafael finalmente abrió los ojos de nuevo y avanzó hacia la camilla con una lentitud calculada, cada movimiento medido para no provocar ninguna reacción brusca.

Se detuvo a poco más de un metro de distancia, arrodillándose despacio hasta quedar a la altura de los ojos del niño, aunque este seguía dormido. Olfateó el aire de nuevo, esta vez más cerca, y Carla notó cómo la expresión de Rafael cambiaba, capa a capa, de la curiosidad profesional inicial a algo mucho más sombrío.

—Coyote —dijo finalmente, en voz muy baja—. Hay coyote ahí. Pero no es solo eso.

—¿Qué más?

—Lobo. Y algo que no reconozco enteramente. Algo más viejo.

El niño se removió en sueños, y Rafael se quedó completamente inmóvil, como si su propio cuerpo hubiera decidido, por instinto, minimizar cualquier posibilidad de asustarlo. Cuando el niño no despertó, Rafael se relajó apenas un poco, aunque sin apartar la vista de él ni un segundo.

—Explícamelo —dijo Carla—. Como si no supiera nada de licantropía, porque en el fondo es así.

Rafael se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, en una postura que a Carla le pareció más animal que humana, las rodillas dobladas cerca del pecho, los brazos relajados sobre ellas.

—Las líneas de licántropos no se mezclan así, Carla. Nunca. Hay una razón biológica y también una razón cultural, y las dos son igual de importantes.

—Empieza por la biológica.

—Cada línea, coyote, lobo, lo que sea, lleva generaciones de adaptación genética muy específica. El cuerpo de un licántropo está diseñado, por decirlo de alguna manera, para transformarse de una forma concreta. Los huesos se alargan de cierta manera. Los músculos se reorganizan siguiendo un patrón que el cuerpo ya conoce, porque lo ha heredado. Cuando intentas mezclar dos líneas distintas de forma natural, casi siempre el cuerpo del cachorro no sabe qué patrón seguir. La mayoría no sobrevive a la primera transformación completa.

—¿La mayoría?

—Los híbridos naturales existen, pero son rarísimos, y casi siempre resultan en muertes tempranas o en transformaciones incompletas que dejan al individuo atrapado entre dos formas, incapaz de controlar bien ninguna de las dos. Por eso las manadas evitan los cruces entre líneas distintas. No es solo tradición. Es supervivencia.

Carla se quedó pensando en aquello, en la palabra supervivencia repetida como un mantra silencioso a lo largo de generaciones de licántropos que habían aprendido, probablemente a base de tragedias que ella nunca llegaría a conocer del todo, exactamente qué límites no se podían cruzar.

—¿Y la cultural? Dijiste que había dos razones.

—La cultural es más complicada de explicar a alguien que no ha crecido dentro de una manada. —Rafael se frotó la nuca, buscando las palabras—. Para nosotros, la línea no es solo genética. Es identidad. Es historia. Cada manada tiene sus propias costumbres, su propia relación con la luna, sus propios rituales de transformación que se transmiten de generación en generación. Mezclar líneas no es solo un riesgo físico. Es, para mucha gente mayor, casi una traición a lo que se supone que eres.

—¿Tú piensas así?

—Yo pienso que un niño no eligió nada de esto, y que cualquier tradición que lo condene por algo que otros le hicieron es una tradición que merece ser cuestionada. Pero no todo el mundo en las manadas grandes piensa igual que yo.

Carla bajó la vista hacia el niño, hacia sus brazos delgados, sus costillas marcadas bajo la ropa prestada que le habían puesto en el hospital.

—Y él tiene tres líneas distintas.

—Según la doctora, sí. Y sigue vivo. Y según parece, ya se ha transformado al menos una vez, porque esas cicatrices no son de garras humanas ni de ningún arma. —Rafael se pasó una mano por la cara, un gesto de cansancio que Carla rara vez le veía hacer—. Eso no debería ser posible. A menos que alguien haya encontrado la manera de forzarlo.

—¿Forzarlo cómo?

—No lo sé. Nunca he oído hablar de nada parecido. Pero si alguien ha conseguido que un cuerpo con tres líneas mezcladas sobreviva a la transformación, eso significa años de experimentación. Décadas, tal vez. Con muchos fracasos antes de llegar a un solo éxito.

El silencio que siguió se instaló entre ambos con un peso casi físico. Carla pensó en el laboratorio del hospital, en la voz clínica de la doctora Vázquez explicando que aquello no podía ser un caso aislado, que tenía que haber habido otros antes que él, probablemente muchos otros. Pensó también en el cuerpo destrozado junto a los surtidores de la gasolinera, en las heridas que no encajaban con ningún patrón conocido de ataque licántropo.

—La víctima de esta noche —dijo, pensando en voz alta—. ¿Podría haber sido él?

Rafael se quedó pensativo un momento, estudiando al niño dormido con una mezcla de compasión y cálculo profesional que Carla reconocía de sus años trabajando juntos en casos difíciles.

—Es posible. Las heridas que describes, el frenesí sin control, encajan con una transformación forzada en un cuerpo que nunca aprendió a manejarla. Un cachorro normal aprende a controlar el cambio poco a poco, guiado por su manada, durante años. Si a este niño lo obligaron a transformarse sin ningún tipo de guía, sin nadie que le enseñara a mantener algo de control...

—Entonces mató a ese hombre sin saber realmente lo que estaba haciendo.

—O sin poder evitarlo. Hay una diferencia entre las dos cosas, aunque el resultado final sea el mismo.

El niño abrió los ojos en ese momento, de golpe, como si algo en la conversación, tal vez el tono de las voces, tal vez algún cambio sutil en el ambiente de la habitación, lo hubiera arrancado del sueño. Se incorporó de inmediato, con todo el cuerpo en tensión, y sus ojos se posaron directamente sobre Rafael.

No gruñó.

Carla contuvo la respiración, esperando la reacción violenta que había presenciado con cada persona nueva que se había acercado desde la gasolinera. Pero el niño se quedó quieto, observando a Rafael con una fuerza distinta a la del miedo puro, algo más parecido a la curiosidad cautelosa de un animal que se encuentra con otro de una especie que reconoce, aunque no completamente.

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