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Miel y sangre
Cruzaron de nuevo el pasillo de los retratos antiguos, y esta vez Carla se permitió detenerse un momento frente a uno de ellos: un hombre de mirada severa vestido con ropas de otro siglo, pintado con un estilo que a ella le pareció español, quizás del periodo colonial.
—¿Quién es? —preguntó, señalando el cuadro con un gesto breve.
—El propio Pablo —respondió Sebastian, sin sorprenderse de la pregunta—. Pintado poco después de su transformación, en Nueva España. Le gusta conservarlo como recordatorio de quién era antes de convertirse en lo que es ahora.
—¿Y quién era?
—Un hombre ambicioso, según cuenta la leyenda de la casa. Un segundo hijo sin herencia que decidió que la muerte no iba a impedirle conseguir poder de todas formas —Sebastian esbozó una sonrisa breve, casi nostálgica, aunque él mismo no había vivido esa época—. Cuatrocientos cincuenta años después, diría que lo consiguió.
Carla observó el retrato un momento más, buscando en los ojos pintados algo del hombre que acababa de conocer en el salón. Encontró, en cambio, la misma expresión calculada y serena que Pablo mostraba en persona, como si el tiempo no hubiera cambiado en absoluto la manera en que decidía presentarse ante el mundo.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Sebastian, cuando finalmente llegaron a la puerta principal.
—Puede preguntar. No prometo responder.
—¿De verdad cree que alguien de dentro podría estar involucrado en esto?
Carla lo estudió un momento antes de contestar, evaluando la pregunta con la misma cautela que aplicaba a cualquier información nueva en un caso todavía tan abierto. —No sé todavía qué creer, señor Vale. Pero le diré lo mismo que le he dicho a Pablo: cuando lo sepa, decidiré con mucho cuidado a quién se lo cuento primero.
Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Sebastian, aunque desapareció tan rápido como había llegado. —Justa respuesta. Buenas noches, señorita Ávila. Conduzca con cuidado.
Carla salió de la mansión hacia la noche cálida de Texas, caminando por el sendero iluminado con lámparas de gas hasta su coche, todavía aparcado donde lo había dejado. El aire olía a jazmín y a tierra húmeda, un contraste extraño con la tensión que todavía sentía en los hombros después de la conversación. Condujo de vuelta hacia el centro de la ciudad con las ventanas cerradas esta vez, necesitando el silencio del interior del coche para procesar todo lo que acababa de escuchar.
Pablo no era el villano obvio que ella había esperado encontrar. Era algo mucho más complicado: un gobernante inteligente, cuidadoso, capaz de ceder terreno estratégicamente cuando le convenía, pero también capaz de sembrar dudas y sospechas con la misma precisión con la que sembraba cortesías. Le había dado información valiosa esa noche, la posibilidad de un traidor dentro de su propia corte, pero también le había dejado claro, sin decirlo directamente, que confiar en cualquiera relacionado con su casa podía ser un error costoso.
Cuando llegó a su apartamento, ya pasada la medianoche, revisó su teléfono por costumbre antes de entrar. Tenía un mensaje de Daniel preguntando si todo había salido bien, al que respondió brevemente que sí, que le contaría los detalles al día siguiente. No tenía ningún mensaje de Angel, lo cual no le pareció extraño en ese momento, ya que su amiga solía acostarse temprano cuando le tocaba turno de mañana en la central de emergencias.
Se metió en la cama sin quitarse del todo la ropa, demasiado cansada para preocuparse por los detalles, con la mente todavía dando vueltas alrededor de las palabras de Pablo. Un traidor posible dentro de la corte. Una deuda antigua que nadie parecía recordar con claridad. Tres vampiros muertos, elegidos por razones que todavía no lograba entender del todo. Y en algún rincón de la ciudad, un club llamado MIEL, esperando a que ella encontrara finalmente un motivo lo bastante fuerte como para cruzar su puerta.
Antes de cerrar los ojos, pensó de nuevo en la pregunta que Pablo le había hecho al principio de la noche, la hipótesis que nunca llegó a convertirse en amenaza real: qué pasaría si él decidiera obligarla por la fuerza. Se preguntó si esa pregunta había sido solo una manera elegante de medirla, como él mismo había admitido después, o si en el fondo Pablo consideraba esa posibilidad más seriamente de lo que quería aparentar. Un gobernante que llevaba cuatrocientos cincuenta años en el poder no sobrevivía tanto tiempo sin estar dispuesto a usar la fuerza cuando la cortesía dejaba de funcionar. Carla lo sabía, y sospechaba que Pablo sabía que ella lo sabía, lo cual, de alguna manera extraña, hacía que confiara un poco más en él, no menos.
Se durmió sin saber que, a la mañana siguiente, la investigación estaba a punto de convertirse en algo mucho más personal de lo que había sido hasta entonces.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. Carla decidió ______ a trabajar formalmente para Pablo, para no comprometer su neutralidad.
2. Resolver disputas internas de los vampiros no entra dentro de la ______ de Carla.
3. Si aceptara ese trabajo, perdería la ______ que le permite investigar casos con ambas partes.
4. Pablo propuso un ______ informal: intercambio de información sin compromiso oficial.
5. Carla insistió en seguir siendo ______ entre humanos y vampiros.
6. Pablo nunca alza la voz; su ______ se basa en siglos de poder acumulado.
7. Pablo terminó por ______ ante la firmeza de Carla, sin insistir más esa noche.
8. Carla dijo que, si Pablo llegara a ______ cooperación por la fuerza, dejaría de ser útil para cualquiera.
9. Antes de despedirse, Pablo le dio una última ______ sobre el peligro real de la situación.
10. Carla empezó a ______ que la conversación tenía un propósito distinto al evidente.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. firmeza: a) внутреннее дело
2. la corte (vampírica): b) вампирский двор, ближайшее окружение правителя
3. el traidor: c) твёрдость характера, упорство
4. el asunto interno: d) предатель
5. inquietante: e) тревожный, вызывающий беспокойство
Respuestas
Ejercicio 1:
1. negarse · 2. jurisdicción · 3. neutralidad · 4. acuerdo · 5. imparcial · 6. autoridad · 7. ceder · 8. exigir · 9. advertencia · 10. sospechar
Ejercicio 2:
1-c, 2-b, 3-d, 4-a, 5-e
Capítulo 5. Angel desaparece

Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
desaparecer — исчезать, пропадать
el secuestro — похищение
la garra — коготь
forzar (una entrada) — взломать (проникнуть силой)
el rastro — след, отпечаток
el forcejeo — борьба, сопротивление
la mancha de sangre — пятно крови
el señuelo — приманка
la escena del secuestro — место похищения
temblar — дрожать
la determinación — решимость
contaminar (una escena) — загрязнить, испортить (место преступления)
arrastrar — тащить, волочить
el umbral — порог
la cautela — осторожность
Carla se despertó con el sonido de su propio teléfono vibrando contra la mesita de noche, y por un instante, todavía medio dormida, pensó que se trataba de otra llamada de Daniel sobre algún nuevo cadáver. Miró la pantalla y vio el nombre de su supervisora en la central de emergencias, una mujer llamada Rita a quien Carla solo había visto dos o tres veces en persona, en cumpleaños o reuniones familiares con Angel.
Contestó con la voz todavía ronca por el sueño. —¿Rita?
—Carla, perdona que te llame tan temprano. Estoy intentando localizar a Angel y no contesta el teléfono. Sé que sois amigas cercanas, pensé que quizás tú sabrías algo.
Carla se incorporó de golpe en la cama, la somnolencia desapareciendo de inmediato. —¿No ha ido a trabajar?
—No se ha presentado a su turno, y eso nunca le pasa. Llevo dos horas llamándola sin respuesta. He mandado a alguien a su apartamento, pero nadie contesta a la puerta tampoco —Rita hizo una pausa breve, y Carla pudo escuchar la preocupación genuina en su voz, no la simple molestia de una jefa con un empleado ausente—. Sé que suena exagerado, pero Angel jamás falta sin avisar. Ni siquiera cuando estuvo enferma el año pasado dejó de mandar un mensaje con veinte minutos de antelación.
—Voy para allá ahora mismo —dijo Carla, ya levantándose de la cama y buscando su ropa con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra—. Avísame si sabes algo más antes de que llegue.
Colgó y se vistió en menos de tres minutos, sin molestarse esta vez en pensar demasiado en lo que se ponía. Salió de su apartamento con el corazón latiendo más rápido de lo que le habría gustado admitir, repitiéndose a sí misma que probablemente no era nada, que Angel se había quedado dormida después de un turno especialmente largo, que había perdido el teléfono, que existían mil explicaciones normales para una ausencia como esa. Pero una parte de ella, la parte que llevaba diez años trabajando con la muerte de cerca, sabía reconocer cuándo una explicación normal empezaba a sonar como un intento desesperado de no pensar en las anormales.
El trayecto hasta el apartamento de Angel le pareció más largo de lo habitual, aunque condujo casi todo el camino superando el límite de velocidad. Cuando llegó, encontró la puerta del edificio abierta, sin nadie vigilando la entrada como solía ocurrir a esa hora, y subió las escaleras de dos en dos hasta el tercer piso.
La puerta del apartamento de Angel estaba cerrada, pero no con llave. Carla llamó dos veces, esperó, y al no obtener respuesta, giró el pomo con cuidado. Se abrió sin resistencia.
—¿Angel?
El silencio que recibió su voz tenía una calidad distinta a la de un apartamento simplemente vacío. Carla entró despacio, con los sentidos alerta de una manera que solo se activaban cuando su instinto profesional reconocía algo que su mente todavía no había procesado del todo. La sala estaba en orden, sin señales evidentes de lucha, pero había algo extraño en el aire, un olor apenas perceptible que Carla identificó de inmediato porque lo había sentido antes, en decenas de escenas de crimen relacionadas con lo sobrenatural.
Olor a vampiro. Ese rastro particular, frío y ligeramente dulzón, que dejaban tras de sí cuando pasaban tiempo en un lugar cerrado.
Caminó hacia el dormitorio de Angel con el pulso acelerado, encontrando la cama deshecha, como si su amiga hubiera estado a punto de levantarse para ir a trabajar. El teléfono de Angel estaba sobre la mesita de noche, con la pantalla resquebrajada, como si hubiera caído al suelo con fuerza antes de que alguien lo recogiera y lo devolviera a su sitio. Carla lo tomó con manos que empezaban a temblar ligeramente, algo que rara vez le ocurría incluso frente a los cadáveres más perturbadores.
Fue entonces cuando notó las marcas en el marco de la ventana. Dos pequeños arañazos, casi invisibles si no se sabía qué buscar, del tipo que dejaban las garras de un vampiro al forzar una entrada silenciosa, sin romper el cristal, sin hacer el ruido suficiente como para despertar a los vecinos. Carla se acercó y examinó el alféizar con atención profesional, notando también un rastro apenas visible de polvo dorado, casi como polen, esparcido sobre la madera.
Se agachó junto a la ventana, estudiando el ángulo exacto de los arañazos con la misma disciplina con la que examinaba cualquier escena del crimen, aunque cada segundo que pasaba le costaba más mantener esa distancia profesional. Los arañazos no mostraban señales de prisa ni de torpeza. Quien había entrado por ahí sabía exactamente lo que hacía, había calculado el ángulo justo para no romper el cristal ni hacer ruido, lo cual descartaba de inmediato la posibilidad de que se tratara de un vampiro joven o inexperto. Fuera quien fuera, tenía práctica. Y probablemente no era la primera vez que entraba en una casa ajena sin ser invitado, algo que además, según las leyes básicas que gobernaban a los vampiros, exigía cierto tipo de permiso previo o de artimaña ritual para poder cruzar el umbral sin la autorización directa del dueño.
Volvió al dormitorio y se arrodilló junto a la cama, pasando la mano con cuidado bajo el colchón y detrás de la mesita de noche, buscando cualquier objeto que pudiera haberse caído durante el forcejeo. No encontró nada más al principio, hasta que su mirada se detuvo en una pequeña grieta en la pared, cerca del suelo, del tamaño exacto de la punta de un dedo. Angel debía de haberse aferrado a algo durante el ataque, arañando la pared en un intento desesperado de resistirse, y ese pequeño detalle, insignificante para cualquiera que no conociera bien a su amiga, le confirmó a Carla algo que necesitaba saber con urgencia: Angel había luchado. No se había dejado llevar sin resistencia, lo cual significaba que, fuera quien fuera el que se la había llevado, había tenido que emplear fuerza real para conseguirlo.
Sacó su teléfono y llamó a Daniel de inmediato.
—Necesito que vengas al apartamento de Angel ahora mismo —dijo, sin darle tiempo a saludar—. Creo que se la han llevado.
—¿Qué? —la voz de Daniel se llenó de alarma al instante—. ¿Estás segura?
—Hay marcas de garras en la ventana, su teléfono está roto en el suelo del dormitorio, y hay un olor a vampiro por todo el apartamento. Ella nunca deja la puerta sin cerrar con llave, ni siquiera para bajar a por el correo —Carla cerró los ojos un instante, luchando contra el pánico que amenazaba con nublarle el juicio precisamente cuando más necesitaba mantenerlo claro—. Voy a examinar el resto del apartamento antes de que lleguen los forenses y contaminen la escena.
—Estoy saliendo ahora mismo.
Carla colgó y respiró profundamente varias veces, obligándose a pensar como la profesional que era y no como la amiga aterrorizada que en realidad sentía ser en ese momento. Recorrió el resto del apartamento con atención meticulosa, buscando cualquier detalle que pudiera indicar quién había estado allí o hacia dónde se habían llevado a Angel. En la cocina encontró una taza de café a medio terminar, ya fría, abandonada sobre la encimera como si Angel hubiera sido interrumpida en mitad de su rutina matutina. En el suelo, cerca de la puerta principal, había una pequeña mancha oscura que Carla examinó de cerca, reconociendo con un nudo en el estómago que se trataba de sangre. No mucha, apenas unas gotas, pero suficiente para confirmar que Angel no se había marchado por su propia voluntad.
Fue entonces cuando su teléfono vibró con un mensaje de un número desconocido.
Lo abrió con manos que ya no intentaba disimular que temblaban.
—Investiga. Ella vuelve a casa.
No había firma, ni ninguna otra información. Solo esas cuatro palabras, escritas con una precisión que a Carla le pareció deliberadamente ambigua, diseñada para confirmar lo que ella ya sospechaba sin revelar absolutamente nada más. Alguien tenía a Angel. Y ese alguien sabía quién era Carla y qué hacía para ganarse la vida.
Se quedó mirando la pantalla durante varios segundos, sintiendo cómo el miedo inicial se transformaba, poco a poco, en algo mucho más frío y mucho más útil: determinación. Había pasado diez años aprendiendo a controlar sus emociones frente a la muerte ajena. Nunca había necesitado aplicar esa misma disciplina a un miedo tan personal, pero descubrió, en ese momento, que el entrenamiento servía de todas formas.
Daniel llegó doce minutos después, acompañado de dos agentes uniformados que Carla reconoció vagamente de otros casos. Le enseñó el mensaje sin decir nada, dejando que él mismo leyera las cuatro palabras y llegara a las mismas conclusiones que ella ya había alcanzado.
—Esto no es un secuestro cualquiera —dijo Daniel, con la mandíbula tensa—. Esto es un mensaje dirigido específicamente a ti.
—Lo sé —Carla se cruzó de brazos, intentando contener el temblor que todavía le recorría las manos—. Quien está detrás de las muertes de los vampiros sabe que estoy investigando. Y decidió que la mejor manera de detenerme, o de controlarme, era llevarse a la persona más importante de mi vida.
—¿Crees que es la misma persona que mató a los tres vampiros?
—No lo sé con certeza, pero tiene sentido. El mensaje del vampiro decapitado hablaba de una deuda antigua. Si alguien está resolviendo cuentas pendientes con la comunidad vampírica, y yo empiezo a acercarme demasiado a la verdad, secuestrar a Angel es la manera más eficaz de hacerme retroceder sin tener que enfrentarme a mí directamente —Carla caminó hacia la ventana, examinando de nuevo las marcas de garras con una mezcla de rabia y concentración clínica—. Pero el mensaje también dice que ella vuelve a casa. Eso significa que quien la tiene no planea matarla, al menos no todavía. Me está dando algo a cambio de mi cooperación. O de mi silencio.
Daniel se acercó a examinar las marcas también, con el ceño fruncido en la expresión concentrada que Carla había aprendido a reconocer como su modo de trabajo más serio. —¿Qué vas a hacer?
—Investigar. Es exactamente lo que me está pidiendo el mensaje, así que voy a hacerlo, aunque no de la manera que probablemente espera —Carla se giró para mirarlo directamente—. Hasta ahora he estado avanzando con cautela, tratando de no molestar a nadie más de lo estrictamente necesario. Eso se acaba ahora. Voy a ir a MIEL esta misma noche. Ya no me importa si el dueño del club nota que alguien está siguiendo su rastro. Angel no tiene tiempo para que yo siga siendo prudente.
—Iré contigo.
—No —Carla negó con la cabeza, firme—. Si quien tiene a Angel me está vigilando de cerca, aparecer con un detective de homicidios podría interpretarse como una provocación, y no puedo arriesgarme a eso mientras ella siga desaparecida. Necesito entrar en ese club como una persona cualquiera, haciendo preguntas discretas, no como parte de una investigación policial visible.
Daniel apretó los labios, visiblemente en desacuerdo, pero después de un momento asintió. Conocía a Carla lo suficiente como para saber que discutir con ella cuando había tomado una decisión de ese calibre era, en el mejor de los casos, una pérdida de tiempo.
—Al menos déjame hacer algo útil desde aquí —dijo finalmente—. Voy a revisar las cámaras de seguridad de los edificios cercanos, a ver si alguna captó algo la noche pasada. Y voy a mandar a analizar esa mancha de sangre y el polvo dorado que encontraste junto a la ventana, aunque me imagino que ya sabes lo que es.
—Es polvo de hada —dijo Carla, con una certeza amarga—. O algún tipo de componente ritual relacionado. No es común encontrarlo en un secuestro normal de vampiro, lo cual me confirma que quien se llevó a Angel no es un vampiro trabajando solo. Hay magia involucrada en esto, probablemente la misma combinación de nigromancia y brujería que el vampiro de la primera escena mencionó antes de morir.
Se quedó un momento más en el apartamento, examinando cada rincón con la atención meticulosa que su trabajo le había enseñado, buscando cualquier detalle que hubiera pasado por alto en su primer repaso apresurado. Encontró, finalmente, junto a la pata de la cama, un pequeño fragmento de tela oscura, quizás arrancado de la ropa de quien había entrado en el apartamento durante el forcejeo. Lo guardó cuidadosamente en una bolsa de plástico que llevaba siempre consigo para este tipo de situaciones, aunque nunca había imaginado que tendría que usarla en la casa de su mejor amiga.
Antes de marcharse, se detuvo un momento en el umbral de la puerta, mirando hacia atrás el apartamento que conocía tan bien, donde había pasado tantas tardes riendo con Angel sobre cosas sin importancia, hablando de trabajo, de vida, de todo lo que hacía que su amistad fuera uno de los pocos anclajes estables en un mundo tan lleno de muerte y de sombras. La idea de que alguien hubiera irrumpido en ese espacio, hubiera arrastrado a Angel fuera de su vida cotidiana precisamente para llegar hasta Carla, le provocaba una furia fría que no había sentido en mucho tiempo.
Salió del edificio ya con un plan formándose con claridad en su mente. Iría a casa a prepararse, reuniría todo lo que pudiera necesitar para una noche que sabía que iba a ser larga y probablemente peligrosa, y en cuanto cayera la noche, cruzaría por primera vez la puerta de MIEL, dispuesta a encontrar las respuestas que llevaba días persiguiendo con demasiada cautela.
De camino al coche, marcó el número de Lucía, esperando que esta vez su llamada tuviera mejor suerte que la visita frustrada del día anterior. La voz de la bruja contestó al tercer tono, cálida pero alerta, como si hubiera percibido de inmediato que algo grave había ocurrido.
—Carla, iba a llamarte precisamente ahora. He estado estudiando las fotografías que me dejaste, y hay algo que deberías saber cuanto antes.
—Va a tener que esperar unas horas, Lucía. Se han llevado a Angel.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, cargado de una preocupación genuina que Carla agradeció sin tener tiempo de expresarlo del todo. —Dios mío. ¿Está viva?
—Eso creo. Recibí un mensaje diciendo que volverá a casa si sigo investigando —Carla llegó a su coche y se detuvo un momento antes de entrar, apoyando la mano libre sobre el techo caliente por el sol de la mañana—. Voy a necesitar tu ayuda esta noche, después de que vaya a un sitio primero. ¿Puedes prepararme algo de protección extra? Algo fuerte, por si las cosas se complican en MIEL.
—Claro que sí. Ven a la tienda en cuanto puedas, tendré todo listo —la voz de Lucía se volvió más seria, casi maternal—. Y Carla, ten cuidado. Lo que vi en esas fotografías no es obra de un aficionado. Sea quien sea, sabe lo que está haciendo, y no creo que dude en usar a Angel como algo más que un simple señuelo si las cosas no salen como espera.
—Lo sé —respondió Carla, con la voz más firme de lo que en realidad se sentía—. Por eso mismo no pienso darle esa oportunidad.
Angel volvería a casa. Carla se lo prometió a sí misma mientras conducía de regreso, con las manos firmes sobre el volante y la mandíbula apretada por una determinación que no pensaba dejar que nada, ni nadie, le arrebatara. Fuera quien fuera la persona que había orquestado todo aquello, estaba a punto de descubrir que había cometido un error muy grave al tocar a la única familia real que Carla tenía en el mundo.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. Rita llamó a Carla porque Angel había ______ sin avisar a nadie.
2. Las marcas de ______ en la ventana confirmaron que un vampiro había entrado por ahí.
3. Alguien tuvo que ______ la ventana, porque Angel nunca la deja abierta por la noche.
4. Carla encontró un pequeño ______ que el agresor había dejado cerca de la cama de su amiga.
5. La grieta en la pared demostraba que había existido un verdadero ______ antes del secuestro.
6. En el suelo, cerca de la puerta, Carla vio una pequeña ______ que confirmaba que Angel no se había ido por su propia voluntad.
7. Carla no quería que los agentes llegaran antes de terminar, para no ______ ninguna prueba importante.
8. El mensaje anónimo sugería que Angel era, por el momento, solo un ______ para controlar a Carla.
9. A pesar del miedo, Carla sintió que su ______ se hacía más fuerte con cada minuto que pasaba.
10. Antes de salir, se detuvo un momento en el ______ del apartamento, mirando hacia atrás.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.









