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Miel y sangre
La residencia de Pablo de León se encontraba en las afueras de la ciudad, en una zona de mansiones antiguas rodeadas de árboles centenarios, lejos del ruido y del tráfico del centro. Carla condujo casi cuarenta minutos hasta llegar a una verja de hierro forjado que se abrió automáticamente cuando su coche se detuvo frente a ella, como si alguien dentro de la propiedad hubiera estado esperando su llegada con precisión milimétrica. El camino de entrada serpenteaba entre jardines cuidados con un gusto que hablaba de siglos de práctica, iluminados por pequeñas lámparas de gas que daban al lugar un aire anticuado y, al mismo tiempo, extrañamente elegante.
La mansión en sí era un edificio de piedra clara, de dos plantas, con ventanas altas y una entrada flanqueada por columnas que recordaban vagamente a la arquitectura colonial española. Carla aparcó donde le indicó un hombre uniformado que apareció de la nada en cuanto detuvo el motor, y caminó hacia la puerta principal con la sensación familiar de estar entrando en un territorio que no le pertenecía y en el que las reglas del juego las ponía siempre otra persona.
La puerta se abrió antes de que llegara a tocarla. Un hombre de unos treinta y cinco años de aspecto, piel clara y el pelo castaño peinado hacia atrás con precisión, vestido con un traje gris impecable, la recibió con una sonrisa que resultaba, de alguna manera, tan calculada como sincera.
—Señorita Ávila —dijo, extendiendo una mano que Carla estrechó con cautela—. Soy Sebastian Vale, consejero del Maestro de la Ciudad. Le agradezco que haya aceptado venir con tan poco tiempo de aviso.
—No es que tuviera muchas opciones —respondió Carla, sin molestarse en suavizar el comentario.
Sebastian rio suavemente, un sonido agradable que no lograba disimular del todo la evaluación constante que sus ojos hacían de ella. —Pocos las tienen, cuando se trata de una invitación del Maestro. Pero le aseguro que esta noche solo se trata de una conversación. Nada más —hizo un gesto hacia el interior de la casa—. Sígame, por favor. Pablo la espera en el salón principal.
El interior de la mansión sorprendió a Carla por su sobriedad. Había esperado excesos, el tipo de ostentación que muchos vampiros viejos mostraban como prueba de su longevidad y su riqueza, pero en cambio encontró pasillos de paredes claras, muebles antiguos pero discretos, y una colección de arte que parecía elegida con un criterio genuinamente refinado más que con la intención de impresionar a los visitantes. Todo en la casa transmitía la misma sensación que transmitía Sebastian: control absoluto, ejercido con la mínima ostentación posible.
Cruzaron un pasillo largo, flanqueado por retratos antiguos que Carla no tuvo tiempo de examinar con detalle, hasta llegar a unas puertas dobles de madera oscura. Sebastian las abrió sin llamar, dejando ver un salón amplio iluminado por lámparas de pie que proyectaban una luz cálida y baja sobre una sala decorada con estanterías llenas de libros, un par de sofás de cuero envejecido y una chimenea apagada, ya que el calor texano hacía innecesario cualquier fuego, aunque la presencia de la chimenea sugería que la casa había sido construida en una época en la que ese detalle sí importaba.
De pie junto a una de las ventanas, con las manos entrelazadas a la espalda, esperaba un hombre de aspecto cuarentón, delgado y de estatura media, vestido con un traje oscuro sin corbata que le daba un aire más de diplomático que de gobernante sobrenatural. Tenía el pelo oscuro, con las primeras canas visibles en las sienes, y unos ojos castaños tan oscuros que parecían casi negros bajo la luz tenue del salón.
—Señorita Ávila —dijo Pablo de León, girándose para mirarla con una cortesía cuidadosamente medida, aunque sin disimular del todo la curiosidad—. Gracias por venir. Espero que el viaje no haya sido demasiado molesto.
—He tenido viajes peores —respondió Carla, quedándose de pie cerca de la entrada, sin aceptar todavía la invitación implícita de acercarse más.
Pablo sonrió, un gesto breve que apenas movió las comisuras de sus labios. —Imagino que sí, dado su trabajo. Por favor, siéntese. Esto será mucho más sencillo si no pasamos toda la conversación mirándonos desde extremos opuestos de la habitación.
Carla dudó un instante, evaluando la situación con la misma cautela profesional que aplicaba siempre al entrar en territorio desconocido. Sebastian permanecía cerca de la puerta, observándola con una atención discreta, y Pablo seguía de pie junto a la ventana, sin hacer ningún movimiento amenazante, pero tampoco ningún gesto que sugiriera prisa. Decidió finalmente sentarse en uno de los sofás, eligiendo un lugar desde el que pudiera ver tanto la puerta como a los dos vampiros presentes en la sala.
—Usted ya sabrá por qué la he hecho venir —dijo Pablo, tomando asiento frente a ella con un movimiento tan controlado que casi parecía coreografiado.
—Tres vampiros muertos en diez días —respondió Carla—. Todos destruidos de la misma manera. Imagino que a estas alturas ya conoce todos los detalles que la policía tiene, probablemente mejor que yo.
—Conozco los detalles técnicos, sí. Lo que no conozco es quién está detrás de esto, ni por qué mi ciudad se ha convertido de repente en un coto de caza —la voz de Pablo se mantenía perfectamente serena, sin el más mínimo rastro de la ira que Carla habría esperado en un gobernante que veía amenazada su autoridad—. Y por eso, señorita Ávila, quiero pedirle algo.
—Puede pedir —dijo Carla, con cuidado—, pero eso no significa que vaya a aceptarlo.
Sebastian se movió ligeramente junto a la puerta, un gesto casi imperceptible que, sin embargo, Carla registró de inmediato. Pablo, en cambio, no mostró ninguna reacción visible ante la respuesta. Se limitó a inclinar la cabeza levemente, como si esperara exactamente ese tipo de resistencia y, de alguna manera, la apreciara.
—Por supuesto —dijo, entrelazando de nuevo los dedos sobre su regazo—. No esperaría menos de alguien con su reputación de independencia. Pero antes de que decida nada, permítame explicarle lo que tengo en mente, y por qué creo que nuestros intereses, en este caso particular, coinciden más de lo que usted podría suponer en este momento.
—La escucho —dijo Carla, aunque su tono dejaba claro que escuchar no era lo mismo que aceptar.
Pablo se tomó un momento antes de continuar, el tipo de pausa que solo se permitían quienes habían aprendido, a lo largo de siglos, que el silencio bien administrado valía más que cualquier discurso apresurado. —Necesito que encuentre a la persona responsable de estas muertes. No como agente de la policía humana, sino trabajando directamente para mí. Tendría acceso a información que Mercer y su departamento jamás podrán conseguir: registros internos de los clanes, testimonios de vampiros que nunca hablarían frente a un humano, y recursos que ninguna orden judicial podría igualar.
—¿Y a cambio?
—A cambio, una compensación generosa. Y, si me permite ser sincero, algo que considero todavía más valioso para alguien en su posición: mi protección personal, y la de la ciudad entera, extendida sobre usted de manera explícita —Pablo la miró con una intensidad tranquila, como si estuviera acostumbrado a que la gente tardara en comprender el verdadero peso de lo que ofrecía—. Eso significa mucho, señorita Ávila, en un mundo donde no todos los vampiros respetan tanto como yo las leyes humanas.
Carla se quedó en silencio un momento, sopesando la oferta con la misma frialdad con la que examinaba cualquier escena de un crimen. Sabía que aceptar trabajar directamente para el Maestro de la Ciudad la colocaría en una posición extraña, atrapada entre dos lealtades que rara vez coincidían del todo: la policía humana, que confiaba en ella precisamente porque la consideraba neutral, y ahora un gobernante sobrenatural que quería comprar esa misma neutralidad para sus propios fines.
—Con todo respeto —dijo finalmente—, mi trabajo depende de que la gente, humana y sobrenatural, confíe en que no estoy del lado de nadie. Si acepto trabajar para usted, esa confianza desaparece. Y sin ella, no puedo hacer bien mi trabajo con nadie, ni siquiera con usted.
Algo cambió en la expresión de Pablo, apenas una sombra, tan breve que Carla no habría podido asegurar si la había imaginado o no. —Entiendo su posición. Es, de hecho, exactamente la posición que esperaba que defendiera —se levantó del sofá con un movimiento fluido y caminó de nuevo hacia la ventana, dándole la espalda por un instante—. Dígame entonces, señorita Ávila: si no acepta trabajar para mí de manera oficial, ¿estaría al menos dispuesta a mantenerme informado de manera... informal? Un intercambio de cortesías entre profesionales, nada más. Usted continúa su investigación exactamente como la habría continuado de todas formas, y simplemente comparte conmigo lo que considere oportuno compartir.
—Eso suena mucho más razonable —admitió Carla, aunque sin bajar completamente la guardia—. Pero el intercambio funciona en ambas direcciones. Si quiere que comparta información con usted, también voy a necesitar que usted comparta información conmigo. Empezando por cualquier cosa que sepa sobre una posible deuda antigua relacionada con estas muertes.
Pablo se giró de nuevo hacia ella, y por primera vez desde que Carla había entrado en la sala, algo parecido a una genuina sorpresa cruzó su rostro, controlada casi al instante, pero no lo suficientemente rápido como para que ella no lo notara.
—¿Una deuda antigua?
—Es lo que dijo la última víctima antes de apagarse para siempre. Que la persona que lo mató habló de pagar una deuda antigua —Carla observó atentamente la reacción de Pablo, buscando cualquier señal de que aquello significara algo más de lo que su expresión dejaba entrever—. ¿Le suena de algo?
Sebastian, todavía junto a la puerta, se movió de nuevo, esta vez de manera algo más visible, y Pablo levantó una mano casi imperceptible en su dirección, un gesto que Carla interpretó sin dificultad como una orden silenciosa para que su consejero permaneciera callado.
—No de manera inmediata —respondió Pablo, con una calma que a Carla le pareció, de repente, un poco más cuidadosa de lo habitual—. Pero San Antonio tiene siglos de historia, señorita Ávila, y la mayoría de esa historia está llena de deudas que nadie recuerda ya con claridad. Le prometo que voy a pensar en ello con atención.
Carla asintió, aunque anotó mentalmente la reacción de Pablo para analizarla más tarde con calma, lejos de la influencia directa de su presencia. Había algo en la manera en que había pronunciado esa última frase, demasiado cuidadosa, demasiado medida, que le decía que el Maestro de la Ciudad sabía más de lo que estaba dispuesto a admitir esa noche.
Carla se acomodó en el sofá, sin bajar la guardia ni un instante, consciente de que la verdadera conversación, la que realmente importaba, apenas estaba empezando. Fuera lo que fuera lo que Pablo de León tuviera pensado pedirle, sabía que la respuesta que ella le diera esa noche iba a determinar mucho más que el curso de una simple investigación policial.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. El mensajero llevaba un sobre cerrado con el ______ oficial del Maestro de la Ciudad.
2. Carla sabía que ______ la invitación sin una buena razón podría interpretarse como una falta de respeto.
3. Pablo de León gobierna San Antonio como ______ desde hace siglos.
4. Sebastian Vale es el ______ de Pablo y se encarga de recibir a los visitantes.
5. Ignorar la invitación podría tener graves ______ para el trabajo de Carla.
6. La reunión se celebró en la ______ de Pablo, en las afueras de la ciudad.
7. El mensajero se despidió con una ligera ______, un gesto de cortesía formal.
8. Cada clan vampírico defiende su propio ______ dentro de la ciudad.
9. Sebastian recibió a Carla con mucha ______, aunque sus ojos no dejaban de evaluarla.
10. Pablo confía en la ______ de sus consejeros más cercanos.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. cortesía: a) человек, доставляющий официальное сообщение
2. mensajero: b) вежливость, учтивое поведение
3. linaje: c) отказаться, не подчиниться приказу или просьбе
4. desafiar: d) клан или род вампиров
5. lealtad: e) верность, преданность
Respuestas
Ejercicio 1:
1. sello · 2. rechazar · 3. Maestro de la Ciudad · 4. consejero · 5. consecuencias políticas · 6. mansión · 7. inclinación de cabeza · 8. territorio · 9. cortesía · 10. lealtad
Ejercicio 2:
1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e
Capítulo 4. El Maestro de San Antonio
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
negarse (a hacer algo) — отказываться (что-то делать)
la jurisdicción — юрисдикция, сфера полномочий
la neutralidad — нейтралитет
el acuerdo — соглашение, договорённость
imparcial — беспристрастный
la autoridad — власть, авторитет
ceder — уступать
exigir — требовать
la advertencia — предупреждение
sospechar — подозревать
el asunto interno — внутреннее дело
la firmeza — твёрдость (характера)
la corte (vampírica) — двор (вампирский)
el traidor / la traidora — предатель / предательница
inquietante — тревожный, вызывающий беспокойство
El silencio que siguió a las palabras de Pablo se prolongó más de lo que resultaba cómodo. Carla lo dejó extenderse a propósito, sin llenar el vacío con ninguna pregunta ni ningún comentario innecesario. Había aprendido, con los años, que el silencio incomodaba a los vampiros tanto como a cualquier humano, aunque la mayoría de ellos fingiera exactamente lo contrario.
Observó la sala mientras esperaba, fijándose en detalles que no había tenido tiempo de examinar al entrar. Las estanterías estaban llenas de libros verdaderos, no de decoración vacía: lomos desgastados, algunos en español antiguo, otros en idiomas que ni siquiera reconoció. Sobre una mesa auxiliar descansaba un ajedrez a medio terminar, con las piezas colocadas en una posición que sugería una partida interrumpida hacía tiempo, quizás años, esperando pacientemente a que alguien decidiera continuarla. Todo en aquella habitación hablaba de un hombre acostumbrado a pensar con calma, a dejar que las cosas maduraran antes de actuar, una cualidad que Carla encontraba, a partes iguales, tranquilizadora y profundamente inquietante en alguien con tanto poder real sobre la vida y la muerte de otros.
Pablo fue el primero en romper el silencio, aunque lo hizo con la misma calma medida que había mostrado durante toda la conversación.
—Permítame ser más directo, señorita Ávila —dijo, volviendo a sentarse frente a ella—. Le pido formalmente que encuentre a la persona responsable de estas muertes. No como una sugerencia amable entre profesionales, sino como una petición seria, respaldada por todo lo que puedo ofrecerle a cambio.
—Y yo le he dicho que no puedo aceptar esa petición sin comprometer la única cosa que hace útil mi trabajo —respondió Carla, sin dejar que la formalidad de Pablo la presionara a suavizar su propia postura—. Si empiezo a resolver crímenes para el Maestro de la Ciudad, cualquier vampiro con un problema legal en San Antonio va a asumir que trabajo para usted. Y cualquier humano con un problema relacionado con vampiros va a asumir lo mismo. Eso destruye exactamente la neutralidad que me permite investigar casos como este en primer lugar.
Sebastian, que había permanecido callado durante casi toda la conversación, se adelantó un paso desde la puerta. —Con todo respeto, señorita Ávila, tal vez subestima el peligro real de la situación. Si esta persona continúa matando a vampiros de la ciudad, las consecuencias no se limitarán a la comunidad sobrenatural. Historias así terminan filtrándose a la prensa humana. Y cuando eso ocurre, el miedo no distingue entre vampiros culpables e inocentes.
—Entiendo el peligro perfectamente, señor Vale —respondió Carla, sin apartar la vista de Pablo—. Lo entiendo mejor que la mayoría, de hecho, porque soy yo quien tiene que levantar a los muertos y escuchar lo que queda de ellos antes de que se apaguen para siempre. Pero entender el peligro no significa que deba resolverlo trabajando exclusivamente para usted.
Pablo levantó una mano, un gesto pequeño que bastó para que Sebastian retrocediera de nuevo hacia la puerta sin decir una palabra más. La autoridad de Pablo, notó Carla, no necesitaba nunca elevar la voz. Le bastaba con moverse, con mirar, con dejar que el peso de siglos de poder acumulado hiciera el trabajo por él.
—Dígame entonces —continuó Pablo—, qué pasaría si yo simplemente le exigiera su cooperación, en lugar de pedírsela con cortesía. ¿Qué haría usted, señorita Ávila, si yo decidiera que su neutralidad ya no me sirve de nada, y que prefiero tenerla trabajando directamente bajo mi autoridad, con o sin su consentimiento?
La pregunta quedó flotando en el aire del salón, cargada de una amenaza que Pablo nunca había pronunciado directamente, pero que tampoco había intentado disimular del todo. Carla sintió el peso de la pregunta, consciente de que la manera en que respondiera podía definir no solo esa conversación, sino toda su relación futura con el gobernante más poderoso de la comunidad sobrenatural de San Antonio.
—Si usted decidiera eso —respondió, con la voz firme pero sin levantar el tono—, yo seguiría negándome. Y usted tendría que decidir si de verdad le conviene obligar por la fuerza a la única nigromante certificada de la ciudad dispuesta a trabajar con la policía humana en casos como este. Porque si me obliga, dejo de ser útil para cualquiera, incluido usted. Una persona que trabaja bajo coacción no investiga igual que una persona que elige investigar.
Algo cambió en el rostro de Pablo entonces, una expresión que Carla no supo interpretar del todo al principio, hasta que comprendió que se trataba, sorprendentemente, de aprobación.
—Bien —dijo Pablo, con una sonrisa breve que por primera vez en toda la noche pareció genuina—. Esa es exactamente la respuesta que esperaba escuchar.
Carla frunció el ceño, desconcertada por el giro repentino en la conversación. —¿Perdón?
—Señorita Ávila, llevo cuatrocientos cincuenta años gobernando distintos territorios, y en ese tiempo he aprendido a distinguir con bastante precisión entre las personas que ceden bajo presión y las que no. Si usted hubiera aceptado trabajar para mí solo porque yo insinué una amenaza, habría dejado de confiar en usted en este mismo instante. Necesito a alguien capaz de decirme que no, precisamente porque eso significa que también será capaz de decirme la verdad cuando la encuentre, aunque esa verdad no me convenga —Pablo se recostó en su asiento, entrelazando de nuevo los dedos—. No voy a obligarla a nada, señorita Ávila. Continúe su investigación como la habría continuado de todas formas. Y si en algún momento decide que necesita algo de mí, sabrá dónde encontrarme.
Carla lo observó con una desconfianza que no intentó disimular. Había esperado resistencia, presión, quizás incluso una amenaza más explícita. No había esperado que Pablo simplemente aceptara su negativa con tanta facilidad, casi con satisfacción, como si aquello hubiera sido exactamente el resultado que buscaba desde el principio.
—Eso ha sido demasiado fácil —dijo, sin poder evitarlo.
Pablo rio, un sonido bajo y contenido que apenas alteró la expresión serena de su rostro. —Tal vez. O tal vez usted simplemente no está acostumbrada a que alguien con poder respete sus límites sin necesidad de ponerlos a prueba primero. No todos los que gobiernan confunden el poder con la crueldad, señorita Ávila, aunque entiendo que su experiencia con vampiros de mi edad le haya enseñado a esperar lo peor.
—Mi experiencia me ha enseñado a no confiar en nadie que consiga lo que quiere sin ningún esfuerzo aparente —respondió Carla, poniéndose de pie—. Y usted acaba de conseguir que yo siga investigando este caso exactamente igual que ya lo estaba haciendo, sin tener que ceder nada a cambio. Perdóneme si eso me hace sospechar que la conversación de esta noche tenía un propósito distinto al que parecía.
La expresión de Pablo no cambió, pero algo en sus ojos oscuros pareció, por un instante, evaluarla con un interés renovado. —Es usted más perceptiva de lo que la mayoría de la gente asume al conocerla, señorita Ávila. Eso habla bien de usted, y mal de sus enemigos futuros —se levantó también, ajustándose la chaqueta con un gesto casi mecánico—. Le seré sincero, ya que parece apreciar la sinceridad más que la cortesía vacía: sí, esta conversación tenía otro propósito además del evidente. Necesitaba ver cómo reaccionaba usted bajo presión, antes de decidir cuánto podía confiarle sobre la situación real de mi corte.
—¿Y qué situación real es esa?
Pablo intercambió una mirada breve con Sebastian, una comunicación silenciosa que Carla no pudo descifrar del todo, antes de responder. —Digamos que no todos los que me rodean están tan satisfechos con mi gobierno como podría parecer desde fuera. Tres muertes en diez días, ocurridas bajo mi supuesta protección, son exactamente el tipo de debilidad que ciertos elementos de mi corte podrían aprovechar para cuestionar mi capacidad de mantener el orden. Si usted resuelve este caso trabajando de manera independiente, sin ninguna conexión visible conmigo, el resultado me beneficia de todas formas, sin que nadie pueda acusarme de haber comprado la solución.
Carla asintió lentamente, comprendiendo por fin la verdadera naturaleza de la petición de Pablo. No había querido comprarla. Había querido comprobarla, medir su carácter, y al mismo tiempo sembrar en ella la idea de que su éxito o su fracaso en este caso tendría consecuencias que iban mucho más allá de atrapar a un asesino.
—¿Está usted diciéndome que alguien dentro de su propia corte podría estar detrás de esto? —preguntó, con una frialdad calculada que ocultaba el peso real de la pregunta.
—Estoy diciéndole que no lo descarte —respondió Pablo, sin comprometerse del todo—. Y estoy diciéndole también que, si llega a esa conclusión, tendrá que decidir con mucho cuidado a quién se lo comunica primero. No todos en esta casa merecen la misma confianza, señorita Ávila. Ni siquiera todos los que llevan mucho tiempo a mi servicio.
Carla percibió, más que vio, la tensión repentina que recorrió a Sebastian junto a la puerta, aunque él no dijo nada ni cambió su expresión de manera visible. Se preguntó, brevemente, si aquel comentario de Pablo había sido dirigido a ella o a su propio consejero, presente en la sala durante toda la conversación.
—Voy a tener eso en cuenta —dijo finalmente, dirigiéndose hacia la puerta.
—Una última cosa, señorita Ávila —la voz de Pablo la detuvo justo antes de que alcanzara la salida—. Cuídese. Sinceramente. No por cortesía política, sino porque quien está haciendo esto ha demostrado ya tres veces que es capaz de destruir a vampiros mucho más viejos y más fuertes que la mayoría de las amenazas que usted ha enfrentado hasta ahora. Si esa persona llega a considerarla un obstáculo, no creo que dude en tratarla con la misma eficiencia con la que ha tratado a mis vampiros.
Carla se giró para mirarlo una última vez. —Gracias por la advertencia. Aunque, si le soy sincera, ya había llegado sola a esa conclusión.
Pablo sonrió de nuevo, esa misma sonrisa breve y controlada. —No esperaba menos.
Sebastian la acompañó de vuelta hasta la entrada principal en un silencio que contrastaba notablemente con la cortesía habladora que había mostrado al recibirla. Carla lo observó de reojo durante el trayecto, preguntándose si el comentario de Pablo sobre la confianza había sido realmente dirigido a él, y si Sebastian lo sabía tan bien como ella sospechaba.









