Miel y sangre
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Язык: Русский
Год издания: 2026
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Джулс Хониг

Miel y sangre

Глава


Capítulo 1. El cadáver que habló

Vocabulario del capítulo

Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.

el cadáver — труп

decapitar / degollar — обезглавить

el almacén abandonado — заброшенный склад

la nigromancia / el nigromante — некромантия / некромант

resucitar (temporalmente) — воскресить (временно)

el hechizo / el conjuro — заклинание

la orden judicial — судебный ордер

el forense / forense (adj.) — судмедэксперт / судебный (прил.)

la escena del crimen — место преступления

el colmillo — клык

sangrar / la sangre — кровоточить / кровь

el detective de homicidios — детектив отдела убийств

desvanecerse — рассеиваться, исчезать

arder — гореть

la consciencia (del muerto) — сознание (умершего)

El teléfono sonó a las tres y diez de la madrugada.

Carla Ávila no necesitó mirar la pantalla para saber quién llamaba a esa hora. Solo un número aparecía en su celular pasada la medianoche, y ese número pertenecía al Departamento de Policía de San Antonio.

—Ávila —contestó, ya sentada en la cama, buscando sus botas con el pie.

—Necesitamos que vengas al almacén de la calle Somerset, cerca del río —dijo la voz al otro lado—. Es otro vampiro. Está muerto de verdad esta vez.

Carla cerró los ojos un segundo. No por sorpresa, sino por cansancio. Llevaba diez años trabajando como nigromante certificada, y en ese tiempo había aprendido que las palabras «muerto de verdad» significaban algo muy específico cuando se hablaba de un vampiro. Significaban que alguien había encontrado la manera de matarlo sin que su cuerpo pudiera regenerarse. Eso no era fácil. Y no era barato.

—Voy para allá —respondió, y colgó antes de que el oficial pudiera añadir nada más.

Se vistió en menos de cuatro minutos: jeans negros, una camiseta gris, la chaqueta de cuero que llevaba incluso en pleno verano texano porque tenía bolsillos suficientes para todo lo que necesitaba. Se recogió su melena negra, espesa y ondulada hasta casi la cintura, en una trenza gruesa apartándola del rostro, un gesto casi automático después de tantos años de trabajo. A sus veintinueve años, con la piel de tono oliva cálido y los pómulos marcados que había heredado de la familia de su padre, era sus ojos lo que la gente solía notar primero: un verde brillante e inusual, heredado de su abuela paterna, la misma que le había transmitido el don. Se colgó al cinturón la funda con la pistola, aunque sabía que probablemente no la usaría, y guardó en una bolsa de tela el resto de su equipo: sal negra, tiza ritual, un frasco pequeño de su propia sangre mezclada con hierbas, y el cuchillo ceremonial que había pertenecido a su abuela. Antes de salir, se puso al cuello la cruz de plata que su abuela le había dejado. No era exactamente religiosa, pero la cruz la hacía sentir acompañada, y en su trabajo eso valía más de lo que la gente creía.

San Antonio a esa hora era otra ciudad. Las calles del centro, tan llenas de turistas durante el día, estaban prácticamente vacías. Solo quedaban las luces de neón de algunos bares que cerraban tarde y el calor húmedo que nunca terminaba de desaparecer, ni siquiera de noche. Carla condujo con las ventanillas bajadas, dejando que el aire caliente le despertara del todo, mientras la ciudad pasaba a su alrededor como un decorado que conocía de memoria.

El almacén de la calle Somerset era uno de esos edificios abandonados que existían por toda la ciudad desde que la industria textil se había marchado hacía décadas. Tenía las ventanas rotas y una cerca metálica cubierta de carteles que prohibían la entrada, carteles que nadie respetaba nunca. Cuando Carla llegó, ya había dos patrullas y una furgoneta forense estacionadas frente al edificio, con las luces azules y rojas pintando las paredes de ladrillo.

El detective Daniel Mercer la esperaba junto a la entrada, con una taza de café que probablemente ya estaba fría. Era un hombre alto y fornido, con el pelo castaño oscuro cortado casi al rape y unos ojos grises que esa noche se veían más cansados de lo habitual. Llevaba la misma expresión de siempre, la de alguien que había dormido cuatro horas y pensaba dormir menos esa noche.

—Pensé que dirías que estabas ocupada —dijo cuando la vio acercarse.

—A las tres de la mañana nadie está ocupado, Mercer. Solo dormido o despierto por trabajo —contestó Carla, pasando junto a él hacia la entrada.

—Te va a gustar esto tanto como me gustó a mí —añadió Daniel, siguiéndola—. O tal vez no. Nunca sé cómo reaccionas a estas cosas.

—Reacciono trabajando. Es lo único útil que puedo hacer con un cadáver.

El interior del almacén olía a polvo, a metal oxidado y, debajo de todo eso, a algo más antiguo y más desagradable. Carla lo reconoció enseguida: el olor particular que dejaba la muerte definitiva de un vampiro, muy distinto del olor de un cuerpo humano. Los generadores portátiles de la policía iluminaban una zona amplia en el centro del espacio, donde varios técnicos forenses trabajaban en silencio, tomando fotografías y recogiendo muestras con guantes de látex.

En el centro de esa zona iluminada estaba el cuerpo.

Era un hombre joven, o al menos lo había sido antes de que lo convirtieran, con el cabello oscuro y una complexión delgada. Estaba tendido boca arriba, con los brazos extendidos de una manera que a Carla le pareció deliberada, casi ceremonial. Pero lo que hacía que la escena resultara realmente perturbadora era que le faltaba la cabeza. No había sido arrancada de cualquier manera: el corte era limpio, preciso, hecho probablemente con un arma bendecida o con plata pura, las dos únicas sustancias capaces de separar la cabeza de un vampiro sin que el cuerpo se regenerara después. La cabeza descansaba a poco más de un metro de distancia, colocada con un cuidado que no encajaba con la violencia del acto.

—Alguien se tomó su tiempo —murmuró Carla, agachándose junto al torso.

—Eso mismo pensamos nosotros —dijo Daniel—. No hay señales de lucha. Ni sangre en el suelo, más allá de lo normal para este tipo de heridas. Quien hizo esto sabía lo que estaba haciendo.

Carla se puso los guantes que siempre llevaba consigo y examinó el corte con atención profesional, sin dejar que el asco o la incomodidad le nublaran el juicio. Había aprendido, con los años, a mirar los cuerpos como lo que eran: fuentes de información, no solo tragedias. Eso no significaba que hubiera dejado de sentir nada. Solo significaba que había aprendido a guardar los sentimientos para después.

—¿Tenemos identificación? —preguntó.

—Todavía no. No llevaba nada encima. Ni cartera, ni teléfono, ni ningún tipo de documento vampírico. Por eso te llamamos a ti antes de esperar a que el laboratorio identifique restos de ADN, que con un vampiro de esta edad puede tardar días.

Carla asintió, aunque en realidad ya había supuesto que sería así. Por eso estaba allí, al fin y al cabo. La ciencia forense funcionaba de manera distinta cuando la víctima llevaba siglos muerta antes de morir de verdad. A veces el ADN no servía de nada. A veces la única testigo posible era la propia víctima.

—Necesito la orden —dijo, extendiendo la mano sin mirar a Daniel.

Él sacó del bolsillo interior de su chaqueta un papel doblado y se lo entregó. Carla lo desdobló con cuidado y leyó las líneas rápidamente, comprobando que todo estuviera en regla, como hacía siempre. La ley del Código Nocturno de Texas era estricta en ese punto: ningún nigromante podía levantar la consciencia de un muerto, humano o sobrenatural, sin el permiso explícito de la familia o, en su ausencia, una orden judicial firmada por un juez autorizado. La ley existía por una razón. Levantar a los muertos sin su consentimiento, aunque fuera solo unos minutos, era una violación grave, y Carla había visto lo que les pasaba a los nigromantes que decidían ignorarla.

—Está firmada por el juez Ibarra hace dos horas —confirmó Daniel—. Como no tenemos familia que localizar, el juez autorizó la interrogación forense directa.

—Perfecto —Carla dobló el papel y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta—. Necesito que todos se alejen al menos tres metros. Y que apaguen esas luces tan fuertes. La consciencia recién despertada es sensible a la luz artificial.

Los técnicos forenses miraron a Daniel, esperando confirmación, y él simplemente asintió con la cabeza. Uno por uno, se fueron retirando hacia los bordes del almacén, dejando a Carla prácticamente sola junto al cuerpo decapitado, con solo Daniel permaneciendo cerca, apoyado contra una columna de metal, observando con la atención incómoda de alguien que nunca terminaba de acostumbrarse a este tipo de trabajo, por muchas veces que lo hubiera presenciado.

Carla se arrodilló junto al torso y abrió su bolsa de tela. Sacó primero la tiza ritual, blanca y ligeramente perfumada con hierbas que ella misma preparaba, y comenzó a dibujar un círculo alrededor del cuerpo, con símbolos antiguos en cada uno de los cuatro puntos cardinales. Sus movimientos eran precisos, casi automáticos después de tantos años de práctica, pero nunca descuidados. Un símbolo mal trazado podía significar la diferencia entre una consciencia cooperativa y algo mucho peor.

Después colocó sal negra entre el torso y la cabeza, formando una línea recta que conectaba ambas partes, un puente simbólico y literal para que la voz pudiera pasar de una a otra. Finalmente, sacó el pequeño frasco con su mezcla de sangre y hierbas, y dejó caer tres gotas exactas sobre el pecho del cadáver.

—¿Cuánto tiempo dura normalmente? —preguntó Daniel en voz baja, como si temiera romper algo con su voz.

—Depende de la edad del vampiro y de cuánto tiempo lleve muerto —respondió Carla, sin levantar la vista de su trabajo—. Si llevaba solo unas horas cuando lo encontraron, tal vez tenga tres o cuatro minutos de consciencia real antes de que se apague para siempre. Si llevaba más tiempo, quizás solo unos segundos.

—¿Y si no despierta nada?

—Entonces habremos perdido una orden judicial y yo habré perdido energía que no recupero fácilmente —Carla lo miró un instante—. Pero normalmente despierta algo. Los muertos casi siempre tienen algo que decir. El problema es que no siempre dicen lo que uno espera escuchar.

Terminó de preparar el círculo y se sentó sobre los talones, respirando profundamente varias veces para concentrarse. Cerró los ojos y comenzó a murmurar las palabras del ritual, una mezcla de latín antiguo y expresiones en español que se habían transmitido en su familia durante generaciones, desde que su bisabuela emigrara del norte de México con ese don extraño que nadie más en el pueblo entendía. Las palabras no eran mágicas por sí mismas. Eran solo el vehículo. La verdadera magia venía de la voluntad de Carla, de su energía vital, ofrecida temporalmente como puente entre el mundo de los vivos y el silencio que dejaban los muertos.

El aire dentro del círculo cambió. Se volvió más denso, más frío, a pesar del calor húmedo que llenaba el resto del almacén. Daniel, que había presenciado este proceso docenas de veces, sintió de todas formas un escalofrío recorrerle la espalda, el mismo que sentía siempre en ese momento exacto, cuando la barrera entre la vida y la muerte se volvía, durante unos segundos, más delgada de lo que debía ser.

El torso decapitado se movió.

No fue un movimiento violento ni antinatural, como en las películas que la gente imaginaba cuando pensaba en nigromancia. Fue más bien un temblor suave, un suspiro contenido, como si el cuerpo recordara, por un instante, cómo se respiraba. Y entonces, desde la cabeza colocada a un metro de distancia, salió una voz. Ronca, quebrada, apenas más que un susurro, pero perfectamente audible en el silencio del almacén.

—¿Quién... quién me llama?

—Me llamo Carla Ávila —respondió ella, manteniendo la voz calmada y firme, tal como había aprendido a hacerlo con cada consciencia que despertaba, fuera humana o sobrenatural—. Soy nigromante certificada. Tienes permiso judicial para hablar conmigo. No voy a hacerte daño. Solo necesito que me digas qué pasó.

Hubo un silencio largo, tan largo que Carla temió haber perdido ya la consciencia recién despertada. Pero entonces la voz volvió, un poco más clara esta vez, cargada de algo que sonaba como miedo, aunque también como una extraña resignación.

—Me encontraron aquí. Me estaban esperando.

—¿Quién te esperaba?

—No... no puedo verle la cara. Llevaba algo... una capucha. Y olía a hierbas quemadas. Como en un ritual.

Carla intercambió una mirada rápida con Daniel, que había sacado discretamente su libreta y anotaba cada palabra.

—¿Era humano? ¿Vampiro? ¿Otra cosa?

—No lo sé —respondió la voz, más débil ahora—. Sentí dos tipos de poder al mismo tiempo. Uno frío, como el mío. Y otro... otro que quemaba por dentro. Nunca había sentido algo así en un solo ser.

Carla frunció el ceño. Dos tipos de poder combinados en un solo agresor no era algo común. La nigromancia y la brujería eran disciplinas distintas, con reglas distintas, y aunque técnicamente era posible que una misma persona dominara ambas, la ley las regulaba de manera tan diferente que casi nadie se molestaba en aprender las dos. Alguien que combinara nigromancia y brujería de sangre, además, no era simplemente un practicante talentoso. Era alguien dispuesto a cruzar líneas que la mayoría de los magos consideraban prohibidas por una buena razón.

—¿Por qué te mataron? —preguntó Carla, sintiendo que el tiempo se acababa. La voz sonaba cada vez más distante, como si viniera de más y más lejos con cada palabra.

—No lo sé —repitió el vampiro—. Dijo algo antes de cortar. Algo sobre... sobre pagar una deuda. Una deuda muy antigua.

—¿Qué deuda? ¿De quién?

El silencio esta vez fue distinto. No era la pausa de alguien buscando las palabras correctas, sino el silencio de una consciencia que empezaba a desvanecerse de verdad, arrastrada de vuelta hacia la oscuridad de la que Carla la había sacado por un momento tan breve. Ella sintió el cambio en el aire del círculo, la manera en que la energía comenzaba a apagarse, como una vela consumiéndose en sus últimos segundos.

—Rápido —susurró Carla, más para sí misma que para nadie más—. Dime algo más. Lo que sea.

Y entonces, justo cuando Carla ya se preparaba para aceptar que la consciencia se había ido sin darle nada más útil, la voz regresó una última vez, tan débil que ella tuvo que inclinarse hacia la cabeza para poder escucharla con claridad.

—La miel arde.

—¿Qué? ¿Qué significa eso?

Pero no hubo respuesta. El aire dentro del círculo volvió a su temperatura normal de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno. El torso quedó completamente inmóvil, y esta vez Carla supo, con la certeza que solo dan años de experiencia, que no volvería a despertar. La consciencia se había ido de verdad, esta vez para siempre, dejando atrás solamente un cuerpo vacío y tres palabras que no significaban nada todavía.

Se quedó arrodillada un momento más, respirando con dificultad, sintiendo el cansancio habitual que seguía a cada ritual, como si le hubieran quitado algo de energía propia además de la energía que había usado para el hechizo. Daniel se acercó, guardando su libreta en el bolsillo.

—¿Estás bien?

—Estoy cansada. No es lo mismo —Carla se puso de pie despacio, apoyándose un instante en la rodilla—. ¿Anotaste todo?

—Todo. Aunque no sé qué vamos a hacer con la mayoría de esto. Dos tipos de magia combinados, una deuda antigua, y la miel arde —Daniel negó con la cabeza—. Suena a algo que dirías en un sueño extraño, no a una pista de verdad.

—Tal vez lo sea —respondió Carla, borrando con el pie una parte del círculo de tiza para deshacer completamente el ritual. Era un hábito importante, casi tan importante como haberlo dibujado correctamente al principio: un círculo sin cerrar podía atraer cosas que nadie había invitado. —Pero los muertos no suelen desperdiciar sus últimas palabras en tonterías. Si dijo eso, es porque significaba algo para él. Y probablemente signifique algo para quien lo mató también.

Se quitó los guantes y los guardó en una bolsa aparte, junto con el resto de su material ritual. El olor a hierbas quemadas todavía flotaba en el aire, mezclado con el aroma metálico que siempre acompañaba a estos rituales, un recordatorio de lo que su trabajo realmente costaba, aunque el precio no siempre fuera visible.

—¿Se te ocurre algo? —preguntó Daniel, mientras caminaban juntos hacia la salida del almacén, dejando atrás a los técnicos forenses, que ya se preparaban para retirar los restos.

Carla se quedó pensando un momento, repasando mentalmente todos los lugares de San Antonio que pudieran tener alguna relación con la miel. Había mercados, había tiendas especializadas, había incluso un festival anual dedicado a la apicultura en las afueras de la ciudad. Pero también había algo más obvio, algo que cualquier persona que llevara más de un año viviendo en la ciudad conocería sin esfuerzo.

—Hay un club nocturno que se llama así —dijo finalmente, mientras salían al aire caliente de la madrugada—. MIEL. Es propiedad de un vampiro extranjero, bastante viejo y bastante rico. Nunca he tenido motivos para acercarme, pero tal vez ha llegado el momento de cambiar eso.

—¿Conoces al dueño?

—Solo de reputación —contestó Carla, mirando hacia el horizonte, donde el cielo empezaba apenas a perder algo de su negrura absoluta—. Y la reputación no siempre coincide con la realidad. Voy a tener que averiguarlo por mí misma.

Se despidió de Daniel con un gesto breve y caminó hacia su coche, con el cansancio del ritual todavía pesándole en los hombros, pero con algo más también: esa sensación familiar, casi incómoda, de que un caso apenas comenzaba a mostrar su verdadera forma, y que esa forma iba a ser mucho más complicada de lo que un simple cadáver decapitado dejaba entrever al principio. Tres palabras. Una deuda antigua. Dos tipos de magia que no deberían mezclarse jamás. Y un club llamado MIEL, esperando en algún lugar de la ciudad, guardando quizás las respuestas que Carla todavía no sabía que necesitaba con tanta urgencia.

Condujo de regreso a casa mientras el cielo empezaba a teñirse de un azul muy pálido en el horizonte, señal de que el amanecer llegaría pronto. Sabía que no dormiría mucho más esa noche. Su mente ya estaba ocupada trabajando en la siguiente pregunta, la que de verdad importaba: qué clase de deuda podía ser tan antigua, y tan grave, como para llevar a alguien a matar de esa manera, con tanta precisión y tanta paciencia. Fuera lo que fuera, Carla tenía la certeza de que aquello no había sido un crimen aislado. Y algo en su instinto, ese mismo instinto que la había mantenido con vida durante diez años de tratar con los muertos, le decía que aquella noche en el almacén de la calle Somerset había sido solamente el principio.

Ejercicios de vocabulario

Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.

1. Los técnicos ______ trabajaban con guantes de látex junto al cuerpo.

2. Nadie puede levantar a un muerto sin una ______ firmada por un juez.

3. El vampiro fue ______ con un arma de plata; por eso no pudo regenerarse.

4. Carla dibujó un círculo de tiza alrededor del ______ antes de comenzar el ritual.

5. La ______ de la víctima despertó solo unos segundos antes de apagarse para siempre.

6. Encontraron el cuerpo en un ______ cerca del río, lleno de polvo y metal oxidado.

7. Carla mezcló su propia sangre con hierbas para preparar el ______.

8. El olor a hierbas quemadas todavía flotaba en la ______ cuando llegaron los forenses.

9. Cuando la voz del vampiro se hizo más débil, empezó a ______ poco a poco.

10. Las palabras «la miel ______» fueron las últimas que pronunció antes de morir de verdad.

Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.

1. cadáver: a) человек, изучающий мёртвых для полиции

2. nigromante: b) безжизненное тело

3. forense: c) специалист по некромантии

4. colmillo: d) заклинание

5. hechizo: e) острый зуб вампира

Respuestas

Ejercicio 1:

1. forenses · 2. orden judicial · 3. decapitado / degollado · 4. cadáver · 5. consciencia · 6. almacén abandonado · 7. hechizo / conjuro · 8. escena del crimen · 9. desvanecerse (desvanecía) · 10. arde

Ejercicio 2:

1-b, 2-c, 3-a, 4-e, 5-d

Capítulo 2. Muertos de verdad

Vocabulario del capítulo

Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.

el patrón — модель, закономерность

la autopsia — вскрытие

el expediente — досье, дело

la pista — след, зацепка

el sospechoso — подозреваемый

regenerarse — регенерировать, восстанавливаться

el modus operandi — почерк преступника

el arma blanca — холодное оружие

la víctima — жертва

el informe forense — судебно-медицинское заключение

coincidir — совпадать

el móvil (del crimen) — мотив (преступления)

la vigilancia — наблюдение, слежка

el testigo — свидетель

sistemático / sistemática — систематический

Carla durmió solo tres horas después de volver del almacén de la calle Somerset. Se despertó con el sol ya alto, la boca seca y esa sensación pesada en el cuerpo que siempre le quedaba después de un ritual, como si le hubieran prestado energía de un banco que ahora exigía intereses. Se quedó mirando el techo un momento, repitiendo mentalmente las tres palabras que el vampiro había pronunciado antes de apagarse para siempre.

La miel arde.

No sonaba como una amenaza. Tampoco sonaba como una casualidad. Sonaba como algo que alguien diría solo si esperaba que fuera entendido, aunque fuera por una sola persona en el mundo.

Su celular vibró sobre la mesita de noche antes de que pudiera terminar de despertarse del todo. Era Daniel.

—Necesito que vengas a la comisaría —dijo, sin saludar siquiera—. Tengo algo que enseñarte, y no es algo que quiera explicar por teléfono.

—¿Puede esperar hasta que me tome un café?

—Tráete el café contigo. Esto no puede esperar mucho más.

Carla se duchó rápido, se puso ropa limpia y se detuvo en una cafetería cercana a su apartamento, donde compró dos cafés grandes, uno para ella y otro para Daniel, que casi nunca se acordaba de comer ni de beber nada mientras trabajaba en un caso complicado. Condujo hasta la comisaría central bajo un sol que ya calentaba con fuerza a pesar de ser todavía media mañana, uno de esos días de verano texano en los que el aire parecía tener peso propio.

La comisaría era un edificio gris de varios pisos, sin ninguna gracia arquitectónica, rodeado de coches patrulla y de un aparcamiento que nunca tenía suficientes plazas libres. Carla conocía el camino de memoria: entrada lateral, control de seguridad, ascensor hasta el tercer piso, donde trabajaba la unidad especial que se ocupaba de crímenes relacionados con lo sobrenatural. Era un departamento pequeño, apenas seis personas, pero Daniel llevaba allí más tiempo que casi todos los demás.

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