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Miel y sangre
Lo encontró en su despacho, rodeado de carpetas y con tres fotografías clavadas en una pizarra blanca detrás de su escritorio. Tenía el aspecto de alguien que no había dormido nada en absoluto, con la corbata suelta y una barba de dos días que no tenía nada de intencional.
—Café —dijo Carla, dejando uno de los vasos sobre su mesa.
—Gracias a Dios —Daniel lo tomó y bebió un trago largo antes de hacer ningún otro comentario—. Siéntate. Necesito que veas esto.
Carla se sentó frente al escritorio y dirigió la mirada hacia la pizarra. Reconoció inmediatamente la primera fotografía: era el almacén de la calle Somerset, con el cuerpo decapitado que había visto con sus propios ojos unas horas antes. Pero las otras dos fotografías mostraban escenas distintas, en lugares distintos, aunque con un patrón que resultaba imposible de ignorar una vez que se miraban con atención.
—¿Qué es esto? —preguntó, aunque ya sospechaba la respuesta.
—El de anoche no es el primero —dijo Daniel, señalando cada fotografía por turno—. Es el tercero. Hace diez días encontramos a este. Señaló la foto de la izquierda, un vampiro decapitado con la misma precisión quirúrgica que el de anoche. —Y hace cuatro días, desapareció este otro —la foto del centro mostraba el rostro de un vampiro sacado de algún registro empresarial, sin ningún cuerpo asociado—. Sin cadáver, sin escena del crimen. Solo encontramos su coche abandonado cerca del río, y un charco de sangre demasiado pequeño como para resultar concluyente por sí solo.
Carla se levantó de la silla para acercarse a la pizarra, estudiando cada imagen con la atención profesional que había aprendido a mantener incluso frente a las escenas más desagradables. Algo en la disposición de los cuerpos le resultaba familiar, aunque no podía identificar exactamente por qué.
—¿Por qué no me llamaron antes? —preguntó, sin apartar la vista de las fotografías.
—Porque durante los dos primeros casos no teníamos ninguna orden judicial para levantar al único cuerpo que llegamos a encontrar, y sin familia dispuesta a autorizarlo, no había forma legal de traerte. El juez Ibarra solo aceptó firmar anoche porque el patrón ya era demasiado evidente para ignorarlo —Daniel se pasó una mano por la cara, cansado—. El de anoche y el de hace diez días fueron destruidos de la misma manera: decapitación con un arma bendecida o de plata pura, el único método que impide la regeneración. Eso no es casualidad. Eso es un método. Alguien está siendo sistemático. El de hace cuatro días sigue oficialmente como desaparecido. Nunca encontramos un cuerpo, así que ni siquiera sabemos con certeza si está muerto.
Carla asintió lentamente, procesando la información. Sabía, mejor que casi nadie en esa ciudad, lo que costaba matar a un vampiro de verdad. La mayoría de la gente creía que bastaba con clavar una estaca en el corazón, gracias a décadas de películas y novelas que no tenían ni idea de cómo funcionaba realmente la fisiología vampírica. En realidad, un vampiro podía regenerarse de casi cualquier herida, incluso de la pérdida de extremidades, siempre que su cabeza permaneciera conectada al cuerpo y que tuviera suficiente sangre reciente para alimentar el proceso. Solo la decapitación total, hecha con plata o con un arma consagrada, evitaba que ese proceso comenzara.
—¿Tenemos identificación de las otras dos víctimas? —preguntó Carla.
—Del de hace diez días, no. No llevaba identificación, y su ADN no coincide con ningún registro que tengamos, igual que el de anoche. Del que desapareció hace cuatro días, ni siquiera eso. Nadie denunció su ausencia hasta que alguien reportó el coche abandonado. Sin cuerpo, no hay nada que analizar —Daniel dejó escapar un suspiro cansado—. Es como si alguien se hubiera asegurado deliberadamente de que no pudiéramos identificarlos con rapidez.
—¿Y qué tienen en común los tres?
—Esa es la pregunta que llevo dos días intentando responder —Daniel se sentó en el borde de su escritorio, cruzando los brazos—. No pertenecen al mismo clan. No trabajan en los mismos lugares. No hay ninguna conexión financiera evidente entre ellos. La única coincidencia real es el método de la muerte, y el hecho de que los tres ocurrieron en un radio de menos de ocho kilómetros, todos cerca del río, todos de noche, todos entre la una y las cuatro de la madrugada.
Carla se cruzó de brazos, pensando. Había algo en la precisión de los asesinatos que le recordaba a un ritual más que a un simple asesinato, por muy organizado que este fuera. La disposición cuidadosa de los cuerpos, la ausencia de sangre derramada más allá de lo estrictamente necesario, la elección deliberada de un método que garantizaba que la víctima no pudiera regresar. Todo eso apuntaba a alguien que no solo quería matar vampiros, sino que quería hacerlo de una manera muy específica, casi ceremonial.
—Anoche, antes de apagarse, el vampiro dijo algo —comentó Carla—. Dijo que sintió dos tipos de poder en la persona que lo atacó. Uno frío, como el suyo. Y otro que quemaba por dentro.
Daniel levantó la vista, interesado. —¿Necromancia y algo más?
—Eso parece. Y si es así, estamos hablando de alguien que domina dos disciplinas mágicas completamente distintas, lo cual ya de por sí es poco común. La mayoría de los nigromantes certificados que conozco apenas tienen paciencia para su propia especialidad, mucho menos para aprender brujería además —Carla volvió a mirar las fotografías, deteniéndose en los símbolos parcialmente visibles en el suelo de dos de las escenas—. ¿Estos símbolos se analizaron?
—El forense dice que son restos de un círculo ritual, pero no ha podido identificar la tradición mágica exacta. Le pedí que te mandara las fotos en alta resolución, por si tú reconoces algo que él no reconozca.
—Voy a necesitar enseñárselas a alguien con más experiencia en brujería que yo —dijo Carla, pensando ya en Lucía Serrano y en su pequeña tienda de hierbas y objetos mágicos. Lucía llevaba veinte años estudiando tradiciones rituales de todo tipo, y si alguien en San Antonio podía identificar una mezcla poco común de magias, era ella. —Pero antes necesito entender algo más. El vampiro de anoche mencionó una deuda. Dijo que la persona que lo mató habló de pagar una deuda antigua antes de cortarle la cabeza.
—¿Una deuda de quién? ¿Del vampiro? ¿De alguien más?
—No llegó a decírmelo. Se apagó antes —Carla suspiró, frustrada por la información incompleta que siempre parecía acompañar a estos casos—. Pero también dijo tres palabras justo antes del final. La miel arde.
Daniel frunció el ceño, repitiendo la frase mentalmente. —¿Tiene algún significado para ti?
—Hay un club nocturno en la ciudad que se llama así. MIEL. Ya te lo mencioné anoche —Carla se apoyó contra el borde de la mesa, cruzando los tobillos—. No sé todavía si la conexión es real o si estoy viendo patrones donde no los hay, pero es lo único concreto que tengo, y llevo diez años aprendiendo a no ignorar lo único concreto que tengo.
—¿Y qué piensas hacer con eso?
—Todavía nada. Un nombre no es una prueba, y presentarme allí sin nada más que tres palabras dichas por un moribundo solo serviría para que el dueño supiera que alguien está siguiendo su rastro antes de que yo entienda siquiera qué estoy buscando —Carla se separó de la mesa, recogiendo su vaso de café ya frío—. Prefiero esperar y ver si aparece alguna conexión más sólida antes de acercarme a un vampiro de esa edad haciendo preguntas incómodas. Primero necesito hablar con Lucía sobre los símbolos. Y también quiero pasar por casa de Angel antes de que se vaya a trabajar. Hace días que no la veo, y con todo esto pasando cerca del río, prefiero asegurarme de que está bien.
Daniel asintió, aunque su expresión mostraba que todavía tenía preguntas sin hacer. —Mantenme informada de cualquier cosa que descubras. Y ten cuidado, Ávila. Si esta persona está cazando vampiros de manera tan sistemática, no sabemos todavía si también está dispuesta a hacerle daño a alguien que se interponga en su camino.
—Siempre tengo cuidado —respondió Carla, dirigiéndose hacia la puerta.
—No, no lo tienes —dijo Daniel, casi sonriendo por primera vez esa mañana—. Pero al menos avisas antes de meterte en problemas. Eso ya es algo.
Carla salió de la comisaría con la cabeza llena de preguntas que no tenían todavía ninguna respuesta clara. Condujo hasta el pequeño apartamento de Angel, en un barrio tranquilo al este del centro, decidida a pasar al menos media hora con su mejor amiga antes de continuar con la investigación. Angel trabajaba como operadora del servicio de emergencias, y sus turnos eran tan impredecibles como los de cualquier policía de la ciudad, pero Carla sabía que esa mañana tenía libre, porque habían quedado hacía una semana en verse para desayunar juntas antes de que el trabajo de ambas lo hiciera imposible otra vez.
Encontró a Angel en la cocina, todavía en pijama, con su piel morena clara, su melena castaña y lisa recogida en un moño improvisado y los grandes ojos oscuros todavía hinchados de sueño, preparando café con la radio encendida a un volumen demasiado alto para esa hora del día.
—Llegas tarde —dijo Angel sin darse la vuelta, reconociendo los pasos de Carla incluso antes de verla—. Y hueles a ritual. Otra vez trabajando de madrugada, ¿verdad?
—Otra vez —Carla se sentó en uno de los taburetes altos junto a la barra de la cocina—. Tercer vampiro muerto en diez días. Mismo método cada vez.
Angel se giró, con la cafetera todavía en la mano, y su expresión cambió de inmediato de la broma cotidiana a algo más serio. Trabajando donde trabajaba, sabía perfectamente lo que significaba un patrón así, y lo poco que solía tardar la ciudad en empezar a asustarse cuando esos patrones se hacían públicos.
—¿Estás bien? —preguntó, sirviendo dos tazas sin esperar respuesta.
—Estoy cansada. Y confundida. Y con la sensación de que esto va a ser mucho más grande de lo que parece ahora mismo —Carla tomó la taza que le ofrecía su amiga, agradecida por el calor entre las manos—. Pero sí, estoy bien.
—Mentirosa —Angel se sentó frente a ella, con esa mirada directa que Carla conocía desde que ambas tenían catorce años y se habían hecho amigas en la misma escuela secundaria, en un pasillo donde ninguna de las dos conocía a nadie más—. Sabes que puedes contarme lo que sea, aunque no lo entienda del todo. No hace falta que finjas que todo te resbala.
—No estoy fingiendo nada. Solo estoy trabajando —Carla bebió un sorbo de café, evitando la mirada de Angel un segundo más de lo necesario—. Alguien está cazando vampiros de manera sistemática, con un método que impide que se regeneren, y todavía no sé si esa persona es humana, sobrenatural o alguna mezcla extraña de las dos cosas. Eso es todo lo que puedo decirte por ahora, aunque prometo contarte más en cuanto entienda algo yo misma.
—No hace falta que entiendas nada para tener cuidado —dijo Angel, con un tono que ya no tenía nada de broma—. Prométeme que no vas a hacer ninguna estupidez sola, de esas que se te ocurren siempre a las tres de la mañana.
—Nunca prometo eso. Sabes que no puedo cumplirlo —Carla sonrió, aunque el gesto de Angel dejaba claro que la broma no había servido para tranquilizarla del todo—. Pero prometo avisarte antes de hacer cualquier estupidez, para que al menos sepas dónde empezar a buscar si algo sale mal.
Angel entrecerró los ojos, sin dejarse convencer del todo por el tono despreocupado de Carla, pero decidió no insistir por el momento. Había aprendido, con los años, que presionar demasiado nunca funcionaba con ella. Carla hablaría cuando estuviera lista, o no hablaría en absoluto, y no había manera de acelerar ese proceso sin empeorar las cosas.
—Qué bien suena todo eso —dijo finalmente, con el sarcasmo que la caracterizaba desde siempre—. Un asesino en serie que decapita vampiros, símbolos rituales que nadie logra identificar, y tú, sola, en medio de todo, como siempre. Sacudió la cabeza, aunque una pequeña sonrisa se le escapó a pesar de la preocupación evidente en su voz. —Algún día vas a tener que contarme por qué elegiste esta profesión en vez de algo normal, como contabilidad.
—La contabilidad no me habría dejado hablar con los muertos —respondió Carla, sonriendo también por primera vez esa mañana.
—No, pero tampoco te habría puesto en peligro cada dos semanas.
Se quedaron un rato más hablando de cosas sin importancia, del trabajo de Angel en la central de emergencias, de una serie que ambas habían empezado a ver juntas hacía meses y que nunca terminaban de continuar por falta de tiempo. Fue un descanso breve pero necesario, uno de esos momentos que Carla sabía que debía aprovechar, porque en su trabajo nunca se sabía cuándo llegaría el próximo.
Cuando finalmente se despidió de Angel y volvió a su coche, el sol ya estaba alto sobre San Antonio, calentando el asfalto hasta hacerlo brillar en el horizonte. Todavía le quedaba toda la tarde por delante, tiempo suficiente para pasar por La Luna Verde y enseñarle a Lucía las fotografías de los símbolos rituales antes de que la tienda cerrara. Condujo hacia el centro con las ventanillas bajadas otra vez, dejando que el calor del día le recordara que, a pesar de todo lo extraño que rodeaba su trabajo, seguía siendo una mujer normal viviendo en una ciudad normal, aunque esa ciudad guardara secretos que la mayoría de sus habitantes preferían no conocer.
Tres muertes en diez días. Un método idéntico cada vez. Una deuda antigua sin nombre todavía. Y un nombre, MIEL, que por ahora era solo eso: un nombre, esperando en algún rincón de la noche a que Carla tuviera un motivo lo bastante sólido para llamar a su puerta.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Completa las frases con la palabra correcta del vocabulario.
1. Daniel señaló las tres fotografías en la pizarra: el mismo ______ se repetía en cada escena.
2. Un vampiro puede ______ de casi cualquier herida, siempre que conserve la cabeza unida al cuerpo.
3. El ______ forense del vampiro decapitado hace diez días no mostraba ninguna conexión con actividades criminales.
4. Todos los cortes fueron hechos con un ______ bendecida o de plata pura.
5. El médico ______ todavía no había entregado el informe completo sobre la tercera víctima.
6. Carla todavía no tenía ningún ______ claro para presentar ante un juez.
7. Los tres casos ______ en el método, aunque las víctimas no se conocían entre sí.
8. El forense no logró identificar la tradición mágica exacta de los símbolos en su ______.
9. Nadie había visto nada extraño esa noche; no había ningún ______ del crimen.
10. La policía todavía no entendía cuál era el ______ real detrás de los asesinatos.
Ejercicio 2. Relaciona cada palabra con su definición en ruso.
1. patrón: a) человек, подозреваемый в преступлении
2. sospechoso: b) закономерность, повторяющаяся модель
3. vigilancia: c) точное совпадение способа действия
4. modus operandi: d) наблюдение, слежка
5. sistemático: e) упорядоченный, действующий по системе
Respuestas
Ejercicio 1:
1. patrón · 2. regenerarse · 3. expediente · 4. arma blanca · 5. forense · 6. sospechoso · 7. coincidieron · 8. informe forense · 9. testigo · 10. móvil
Ejercicio 2:
1-b, 2-a, 3-d, 4-c, 5-e
Capítulo 3. Una invitación nocturna
Vocabulario del capítulo
Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.
la invitación formal — официальное приглашение
el Maestro de la Ciudad — Мастер города (глава клана вампиров)
el protocolo — протокол, этикет
rechazar — отклонить, отказать
las consecuencias políticas — политические последствия
la mansión — особняк
el consejero — советник
la cortesía — вежливость, учтивость
el linaje — клан, род (вампирский)
el sello (oficial) — печать (официальная)
el mensajero — посыльный, гонец
inclinar la cabeza — склонить голову (в знак почтения)
desafiar — бросать вызов, не подчиняться
el territorio — территория, владения
la lealtad — верность, лояльность
Lucía Serrano no estaba en La Luna Verde cuando Carla llegó esa tarde. Una nota escrita a mano colgaba de la puerta, explicando que había salido a comprar hierbas frescas para el fin de semana y que volvería antes del anochecer. Carla dejó las fotografías de los símbolos en un sobre cerrado, junto con una nota propia pidiéndole que las examinara en cuanto pudiera, y volvió a su apartamento con la sensación incómoda de haber avanzado muy poco en un día que, sin embargo, la había dejado completamente agotada.
Pasó el resto de la tarde revisando sus propios apuntes sobre los tres asesinatos, comparando fechas, horarios y ubicaciones en un mapa de la ciudad que había clavado en la pared de su pequeño despacho. Nada encajaba todavía de una manera que tuviera sentido completo, pero al menos las piezas empezaban a formar un contorno, aunque fuera borroso. Fue precisamente entonces, cuando el sol empezaba a bajar sobre los tejados de San Antonio, cuando alguien llamó a su puerta con una insistencia que no era la de un vecino ni la de un repartidor cualquiera.
Al abrir, se encontró con un hombre joven vestido con un traje oscuro impecable, de pie junto a la barandilla del pasillo, con las manos cruzadas frente a él en una postura demasiado formal para el barrio en el que Carla vivía. Tenía la piel pálida y los ojos de un color indefinido entre el gris y el verde, y aunque no llevaba ninguna insignia visible, Carla reconoció de inmediato lo que era. No hacía falta ser nigromante para notar cuando alguien no tenía pulso.
—Señorita Ávila —dijo el hombre, inclinando ligeramente la cabeza—. Traigo un mensaje del Maestro de la Ciudad de San Antonio.
Le entregó un sobre de papel grueso, color crema, cerrado con un sello de cera roja que mostraba un escudo antiguo: una corona pequeña sobre dos espadas cruzadas. Carla lo reconoció enseguida. Era el sello de Pablo de León, el vampiro que gobernaba San Antonio desde hacía siglos, aunque casi nadie fuera del mundo sobrenatural conocía su nombre completo ni la extensión real de su poder.
—¿Y si no quiero recibirlo? —preguntó Carla, sin tocar todavía el sobre.
El mensajero sonrió con una cortesía que no llegaba a los ojos. —Entonces tendría que informar al Maestro de que la señorita Ávila rechazó su invitación sin siquiera leerla, lo cual, imagino, no sería la decisión más inteligente para alguien que trabaja tan estrechamente con la comunidad sobrenatural de esta ciudad.
Carla tomó el sobre. No porque el tono del mensajero la hubiera intimidado, sino porque sabía, mejor que la mayoría de la gente, cómo funcionaba realmente el poder entre los vampiros de San Antonio. Pablo de León no era simplemente un vampiro rico y viejo. Era el Maestro de la Ciudad, el vértice de toda una estructura política que regulaba desde los negocios legales de los clanes hasta las disputas territoriales entre linajes rivales. Ignorar una invitación suya no era como ignorar la llamada de un cliente molesto. Era, en el mejor de los casos, una descortesía política. En el peor, podía interpretarse como un desafío directo.
—Gracias —dijo Carla, con más frialdad de la necesaria.
El mensajero volvió a inclinar la cabeza y desapareció escaleras abajo con un paso silencioso que a Carla siempre le resultaba levemente inquietante, incluso después de tantos años tratando con vampiros de todas las edades. Cerró la puerta y se quedó de pie en medio de su salón, mirando el sobre entre sus manos durante un momento antes de decidirse a abrirlo.
Dentro había una única hoja de papel, escrita con una caligrafía elegante y antigua, del tipo que ya casi nadie usaba salvo quienes habían aprendido a escribir mucho antes de que existieran los bolígrafos.
«Señorita Carla Ávila:
Su presencia es requerida esta noche, a las diez, en mi residencia. Se tratará un asunto que interesa tanto a usted como a mí, relacionado con los recientes sucesos ocurridos cerca del río. Confío en que comprenderá la importancia de acudir puntualmente y sin acompañantes armados de manera visible.
Quedo a su disposición para cualquier consulta previa.
Pablo de León Maestro de la Ciudad de San Antonio»
Carla leyó la carta dos veces, buscando entre líneas algo más que la cortesía formal que Pablo empleaba siempre en sus comunicaciones oficiales. No encontró ninguna amenaza explícita, pero tampoco esperaba encontrarla. Los vampiros como Pablo no necesitaban amenazar abiertamente. Su poder residía precisamente en la capacidad de pedir las cosas de la manera más educada posible, dejando claro, sin decirlo nunca directamente, lo que ocurriría si esa petición no se cumplía.
Se sentó en el sofá con la carta todavía entre las manos, pensando en las implicaciones. Que Pablo la llamara justo después de la tercera muerte no podía ser casualidad. Los tres vampiros asesinados pertenecían, de una manera u otra, a la comunidad que él gobernaba, y tres asesinatos sistemáticos en diez días eran exactamente el tipo de problema que un Maestro de la Ciudad no podía permitirse ignorar. Si la gente sobrenatural empezaba a sentirse insegura bajo su protección, su autoridad se debilitaba. Y los vampiros, más que casi cualquier otra criatura que Carla conocía, entendían el poder como algo que debía mantenerse visible en todo momento.
Llamó a Daniel antes de prepararse para la reunión.
—Pablo de León me ha invitado a su residencia esta noche —dijo, sin más preámbulo—. Quiere hablar sobre los asesinatos.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. —¿Vas a ir?
—No tengo mucha alternativa. Rechazar una invitación del Maestro de la Ciudad sin una razón muy sólida podría interpretarse como una falta de respeto grave, y ahora mismo necesito que la comunidad vampírica de San Antonio me vea como alguien neutral, no como alguien que se pone del lado de la policía contra ellos.
—No me gusta que vayas sola a la casa de un vampiro de cuatrocientos años.
—Tampoco me gustaría a mí que fueras tú, un humano sin ninguna protección mágica, así que estamos empatados —Carla se levantó del sofá, caminando hacia su habitación mientras hablaba—. Además, la carta especifica que vaya sin acompañantes armados de manera visible. Si apareces conmigo con una pistola en la cadera, lo único que conseguiremos será empezar la reunión con mal pie.
—¿Y tú vas a ir armada?
—Voy a ir con lo que siempre llevo encima. Nada que un vampiro de su edad no pueda notar de todas formas, así que no tiene sentido esconderlo —Carla abrió su armario, buscando algo que no fueran sus habituales jeans de trabajo. Las reuniones con el Maestro de la Ciudad exigían cierto nivel de formalidad, aunque fuera mínimo, y presentarse con ropa claramente pensada para una pelea callejera no era la mejor manera de empezar una conversación diplomática. —Avísame si no tienes noticias mías antes de medianoche. Aunque estoy segura de que no va a pasar nada. Pablo no gana nada matándome dentro de su propia casa.
—Eso espero —dijo Daniel, sin sonar del todo convencido.
Carla eligió al final unos pantalones negros ajustados y una blusa oscura de manga larga, lo suficientemente elegante como para no parecer fuera de lugar en una mansión, pero lo bastante práctica como para permitirle moverse con libertad si las cosas se complicaban. Se recogió el pelo en una trenza gruesa, se puso la cruz de plata de su abuela sobre la blusa, bien visible, y guardó en el bolsillo interior de su chaqueta un pequeño frasco de agua bendita, más por costumbre que por convicción real de que fuera a necesitarlo.









