Miel y sangre
Miel y sangre

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Miel y sangre

Язык: Русский
Год издания: 2026
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1. temblar: a) осторожность, осмотрительность

2. arrastrar: b) дрожать

3. la cautela: c) тащить, волочить силой

4. el secuestro: d) исчезать, пропадать без вести

5. desaparecer: e) похищение человека

Respuestas

Ejercicio 1:

1. desaparecido · 2. garras · 3. forzar · 4. rastro · 5. forcejeo · 6. mancha de sangre · 7. contaminar · 8. señuelo · 9. determinación · 10. umbral

Ejercicio 2:

1-b, 2-c, 3-a, 4-e, 5-d

Capítulo 6. Miel

Vocabulario del capítulo

Antes de leer, repasa estas palabras. Son clave para entender la escena.

el portero — вышибала, охранник у входа

la pista de baile — танцпол

el ambiente — атмосфера

el propietario — владелец

el encanto — обаяние, очарование

desconfiar — не доверять

el aroma — аромат

la barra (del bar) — барная стойка

observar — наблюдать

la frialdad — холодность

el privilegio — привилегия

encapuchado / encapuchada — в капюшоне

el indicio — признак, улика

la grabación (de seguridad) — запись (видеонаблюдения)

intrigar — интриговать, заинтересовывать

Lucía tenía razón sobre casi todo, y Carla lo comprobó en cuanto llegó a La Luna Verde esa tarde. La bruja la recibió con un abrazo breve pero sincero, del tipo que solo se permitía en ocasiones verdaderamente graves, y después la hizo pasar a la trastienda, donde ya tenía preparada una pequeña bolsa de tela con varios amuletos.

—Esto es sal consagrada, mezclada con hierro molido —explicó, señalando un frasco pequeño—. Sirve contra casi cualquier tipo de encantamiento defensivo que un vampiro pueda usar para intentar confundirte. Y esto —añadió, sacando un colgante de cuarzo ahumado—, te avisará si alguien intenta leer tu mente o manipular tus emociones. Se pondrá caliente contra tu piel. No es infalible, pero te dará un segundo de ventaja, que a veces es todo lo que se necesita.

Carla se colgó el cuarzo junto a la cruz de plata de su abuela, agradecida por el peso añadido, aunque sabía que ningún amuleto podía sustituir la cautela real. Lucía le explicó también, con más detalle del que había podido darle por teléfono, lo que había descubierto en las fotografías de los símbolos rituales: una mezcla extraña entre trazos de nigromancia clásica y otros que pertenecían, sin lugar a dudas, a una tradición de brujería de sangre que llevaba generaciones prohibida entre las comunidades mágicas organizadas de Texas. No era una combinación que cualquiera pudiera improvisar. Requería años de estudio en ambas disciplinas, algo que muy pocas personas en el mundo podían presumir de dominar.

—Ten mucho cuidado esta noche —le dijo Lucía al despedirse, sujetándole las manos con una firmeza que sorprendió a Carla—. Y si algo te parece demasiado fácil, confía en ese instinto. La gente peligrosa rara vez se presenta como peligrosa.

Carla pensó en esas palabras mientras conducía hacia el centro de la ciudad, ya con la noche completamente caída sobre San Antonio. El calor del día seguía atrapado entre los edificios, esa humedad pesada que nunca terminaba de disiparse ni siquiera después de la puesta de sol, pero las calles del centro habían cobrado una vida distinta, iluminadas por letreros de neón y llenas de gente que salía a cenar o a bailar, ajena por completo a que, a pocas manzanas de distancia, existía un mundo que la mayoría de ellos preferiría no conocer.

Encontró MIEL sin dificultad. El club ocupaba un edificio antiguo de ladrillo restaurado, con una entrada discreta señalada solo por un pequeño letrero dorado sobre la puerta, una abeja estilizada que brillaba tenuemente bajo una luz ámbar. No había ningún cartel llamativo, ninguna cola de gente esperando entrar, nada que sugiriera desde fuera la clase de lugar que era en realidad. Eso, más que cualquier otra cosa, le confirmó a Carla que MIEL no necesitaba anunciarse. La clientela que buscaba ya sabía dónde encontrarlo.

Un hombre enorme, vestido completamente de negro, custodiaba la entrada con los brazos cruzados y una expresión que no invitaba a la conversación. Carla se acercó con paso decidido, consciente de que la vacilación nunca funcionaba bien frente a ese tipo de guardianes.

—Necesito hablar con el propietario —dijo, sin rodeos.

El portero la miró de arriba abajo con una lentitud deliberada, evaluando algo que Carla no podía identificar del todo. —el señor Lindström no recibe visitas sin cita previa.

—Dígale que se trata de los tres vampiros asesinados en la ciudad durante las últimas dos semanas. Y de una mujer humana secuestrada esta misma mañana. Creo que le va a interesar hacer una excepción —Carla sostuvo la mirada del portero sin parpadear, dejando que el peso de sus palabras hiciera el trabajo que su presencia física, mucho más pequeña que la de él, no podía hacer por sí sola.

El hombre la observó un momento más, después habló en voz baja hacia un pequeño auricular que Carla no había notado hasta entonces. Recibió una respuesta que no llegó a escuchar, asintió y se apartó de la puerta con un movimiento casi mecánico.

—Puede pasar. Alguien la acompañará hasta él.

El interior de MIEL golpeó a Carla como un cambio de mundo completo. Después del calor pegajoso de la calle, el club recibía a sus visitantes con un aire fresco, casi frío, perfumado con algo entre incienso y miel de verdad, un aroma dulce pero nunca empalagoso. Las paredes estaban cubiertas de terciopelo oscuro, casi negro bajo la luz tenue, mientras que detalles dorados brillaban aquí y allá: los marcos de los espejos, el borde de la barra, las lámparas que colgaban del techo como gotas suspendidas de miel líquida. La música sonaba baja, casi hipnótica, y la gente que ocupaba las mesas y la pista de baile tenía esa cualidad indefinible que Carla había aprendido a reconocer con los años: la belleza demasiado perfecta, los movimientos demasiado elegantes, la manera en que algunos de ellos parecían flotar en lugar de caminar. Humanos y vampiros compartían el mismo espacio, aunque no resultaba difícil distinguir a unos de otros si se sabía qué buscar.

Una mujer joven, vestida con un vestido dorado que parecía cosido con hilos de luz, se acercó a Carla con una sonrisa profesional y la guio a través de la sala principal hacia una escalera discreta situada al fondo, medio oculta tras una cortina de terciopelo. Subieron en silencio hasta una planta superior mucho más tranquila que la de abajo, donde la música apenas se filtraba como un murmullo distante, y llegaron finalmente a una puerta de madera oscura sin ningún letrero.

La mujer llamó una vez y abrió sin esperar respuesta.

—Señorita Ávila —anunció, y se retiró de inmediato, dejando a Carla sola frente al umbral de una oficina amplia, decorada con el mismo gusto discreto y lujoso que el resto del local.

El hombre de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle a través de un cristal que dejaba entrar la luz de los letreros de neón sin mostrar realmente nada del exterior, era, sin lugar a dudas, el ser más alto que Carla había visto en mucho tiempo. Debía de medir casi dos metros, unos veinte centímetros más que ella, con una complexión atlética que llenaba su camisa negra sin resultar exagerada, hombros anchos pero sin la masa excesiva de alguien que dependiera de la fuerza bruta para intimidar. Tenía el pelo corto, de un rubio trigueño pálido, ligeramente despeinado como si acabara de pasarse la mano por él, y cuando se giró para mirarla, Carla se encontró con unos ojos de un gris azulado tan frío que por un instante pensó, absurdamente, en el hielo que se formaba en los lagos del norte, lugares que ella nunca había visitado pero que de alguna manera aquellos ojos parecían evocar sin esfuerzo.

—Señorita Ávila —dijo el vampiro, con una voz grave y un acento apenas perceptible, suavizado por siglos de práctica, pero no del todo desaparecido—. Eric Lindström. He oído hablar de usted.

—Yo no había oído hablar de usted hasta hace un par de días —respondió Carla, sin molestarse en suavizar la franqueza del comentario.

Algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Eric, breve y controlada, aunque a diferencia de la sonrisa de Pablo, esta le pareció, extrañamente, más genuina. —Eso no me sorprende. Prefiero mantener un perfil discreto. Es más fácil dirigir un negocio cuando la gente no está constantemente vigilando lo que uno hace —le indicó con un gesto uno de los sillones frente a su escritorio—. Siéntese, por favor. Su mensajero mencionó tres asesinatos y un secuestro. Eso merece toda mi atención.

Carla se sentó, aunque mantuvo la espalda recta y las manos visibles sobre su regazo, una postura que había aprendido a adoptar automáticamente en presencia de cualquier vampiro cuyo poder real todavía no había logrado medir. —Hace unos días, levanté temporalmente la consciencia de un vampiro decapitado en un almacén cerca del río. Antes de apagarse para siempre, mencionó algo sobre una deuda antigua. Y después dijo tres palabras: la miel arde.

Eric se sentó también, con un movimiento fluido que a Carla le recordó, incómodamente, al de un depredador que decide no atacar todavía porque prefiere observar primero. —Y por eso vino directamente a mi club.

—Por eso vine directamente a su club —confirmó Carla—. ¿Significa algo para usted esa frase?

—Significa que alguien conocía el nombre de mi negocio —respondió Eric, con una calma que no lograba disimular del todo cierto interés genuino—. Lo cual no es exactamente un secreto bien guardado, señorita Ávila. MIEL es uno de los locales más conocidos de la comunidad sobrenatural de esta ciudad. Que un vampiro moribundo pronunciara su nombre podría significar mucho, o podría no significar nada en absoluto.

—¿Estuvo aquí la noche que murió?

Eric la observó un momento antes de contestar, con una atención que Carla encontró casi física, como si la estuviera examinando capa por capa, evaluando cada palabra antes de decidir su respuesta. —Voy a necesitar una descripción más precisa antes de poder responder con honestidad. Recibo a cientos de personas cada noche, humanas y sobrenaturales.

—Aproximadamente doscientos años, cabello oscuro, complexión delgada. No llevaba ninguna identificación encima —Carla lo observó con la misma atención clínica que él le dedicaba a ella—. Aunque imagino que ya lo sabe, si de verdad presta tanta atención a quién entra por su puerta.

La expresión de Eric no cambió, pero algo en sus ojos se agudizó ligeramente, como si la respuesta de Carla hubiera confirmado alguna sospecha que ya tenía. —Presto mucha atención, sí. Y sí, recuerdo a ese vampiro. Vino hace unas dos semanas, solo, y se sentó en la barra durante casi una hora antes de que alguien se uniera a él.

Carla sintió que el pulso se le aceleraba, aunque mantuvo el rostro tan sereno como pudo. —¿Quién?

—Una mujer. No la reconocí en ese momento, y sigo sin poder identificarla con certeza, lo cual, para alguien que dirige este negocio desde hace más de una década, resulta bastante inusual —Eric se inclinó ligeramente hacia adelante, entrelazando los dedos sobre el escritorio—. Llevaba el rostro parcialmente cubierto con una capucha, algo que normalmente no permito dentro del local, pero que esa noche, por razones que todavía no comprendo del todo, mi personal de seguridad no detuvo.

—¿Cree que usó magia para pasar desapercibida?

—Es la explicación más razonable que se me ocurre —Eric se recostó de nuevo en su asiento, observándola con una intensidad que Carla empezaba a encontrar tan incómoda como fascinante, aunque no pensaba admitir lo segundo ni siquiera para sí misma—. Y eso, señorita Ávila, me preocupa mucho más de lo que probablemente imagina. Que alguien pueda entrar en mi propio establecimiento sin que yo lo note es un problema de seguridad que afecta directamente a mi negocio y a mis clientes.

Carla estudió su expresión, buscando cualquier señal de que estuviera mintiendo o exagerando su propia preocupación por conveniencia, pero no encontró nada que confirmara esa sospecha. Eso, de alguna manera, la inquietaba todavía más que si hubiera detectado un engaño evidente.

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