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Galletas de los viernes
• tener hambre = быть голодным: Tengo hambre.
• tener sed = хотеть пить: Tengo sed.
• tener miedo = бояться: Lera tiene miedo.
• tener tiempo = иметь время: No tengo tiempo.
• tener razón = быть правым: Katia tiene razón.
3. Mucho, mucha, muchos, muchas
Mucho согласуется с существительным в роде и числе: mucho chocolate, mucha canela, muchos clientes, muchas galletas.
4. Poco, poca, pocos, pocas
Poco также согласуется с существительным: poco dinero, poca vainilla, pocos clientes, pocas cajas.
5. Числа и количество
После конкретного числа артикль обычно не нужен: cinco sabores, doce galletas, siete clientes. Для вопроса о количестве используем ¿Cuánto? / ¿Cuánta? / ¿Cuántos? / ¿Cuántas?
Ejercicios de gramática
Ejercicio 1. Completa con tener
1. Yo ______ cinco sabores de galletas.
2. Lera ______ una tienda pequeña.
3. Katia y Lera ______ mucho trabajo.
4. Tú ______ razón.
5. Los clientes ______ muchas opciones.
6. Nosotros ______ poco tiempo.
7. La niña ______ hambre.
8. Lera ______ miedo de no vender suficiente.
Ejercicio 2. Mucho, mucha, muchos o muchas
1. Hay ______ galletas en la vitrina.
2. Lera prepara ______ chocolate.
3. No hay ______ clientes por la mañana.
4. Las galletas tienen ______ canela.
5. Lera tiene ______ cosas que hacer.
6. Katia hace ______ fotos.
Ejercicio 3. Poco, poca, pocos o pocas
1. Al principio hay ______ clientes.
2. Lera tiene ______ tiempo para descansar.
3. La tienda gana ______ dinero el primer día.
4. Hay ______ personas en la calle por la mañana.
5. Lera usa ______ vainilla.
6. Quedan ______ cajas grandes.
Ejercicio 4. Traduce al español
1. У Леры есть пять вкусов печенья.
2. В витрине много печенья.
3. Утром мало клиентов.
4. У меня мало времени.
5. Катя права.
6. У девочки есть три печенья.
7. У Леры много работы.
8. Сколько печений осталось?
Respuestas. Gramática
Ejercicio 1: 1. tengo; 2. tiene; 3. tienen; 4. tienes; 5. tienen; 6. tenemos; 7. tiene; 8. tiene.
Ejercicio 2: 1. muchas; 2. mucho; 3. muchos; 4. mucha; 5. muchas; 6. muchas.
Ejercicio 3: 1. pocos; 2. poco; 3. poco; 4. pocas; 5. poca; 6. pocas.
Ejercicio 4: 1. Lera tiene cinco sabores de galletas. 2. Hay muchas galletas en la vitrina. 3. Hay pocos clientes por la mañana. 4. Tengo poco tiempo. 5. Katia tiene razón. 6. La niña tiene tres galletas. 7. Lera tiene mucho trabajo. 8. ¿Cuántas galletas quedan?
Fin del capítulo 3
Capítulo 4. Doce galletas
Vocabulario del capítulo
Español
Русский
entrar
входить
pedir
просить, заказывать
llevar
брать с собой, нести
la caja
коробка
doce
двенадцать
el abrigo
пальто
oscuro / oscura
тёмный / тёмная
alto / alta
высокий / высокая
esperar
ждать
mirar
смотреть
preguntar
спрашивать
responder
отвечать
preferir
предпочитать
para llevar
с собой, навынос
¿cuál? / ¿cuáles?
какой? / какие?
Capítulo 4. Doce galletas
Una semana después de la apertura, Lera ya entendía algunas cosas sobre su nueva tienda. Sabía que las mañanas eran tranquilas, que después de las cinco entraban más clientes y que nunca debía preparar demasiadas galletas de vainilla. También sabía que Valentina prefería las de manzana y canela, que Marina siempre compraba una de chocolate con su café y que la niña de la silla amarilla se llamaba Polina.
No era una gran cantidad de información, pero a Lera le gustaba aprender pequeños detalles sobre las personas que entraban en la tienda. En el restaurante de la ciudad casi nunca veía a quienes comían sus postres. Ahora podía mirar a un cliente cuando probaba una galleta y saber inmediatamente si le gustaba.
La primera semana había sido difícil. Después del primer viernes, Lera preparó menos galletas. El sábado vendió casi todas. El domingo cerró para descansar, aunque pasó dos horas en casa calculando precios y escribiendo ideas. El lunes abrió otra vez con cuatro sabores en lugar de cinco. El martes añadió uno nuevo con naranja y chocolate.
Poco a poco, la vitrina empezó a tener una cantidad más razonable. Ya no estaba llena al final del día. Algunas tardes incluso quedaban solo diez o quince galletas. Lera todavía no ganaba mucho dinero, pero al menos ya no sentía que cada bandeja era una amenaza.
Aquel viernes era el segundo viernes desde la apertura. Lera llegó a la tienda a las seis y media de la mañana. Afuera hacía frío y había una niebla fina sobre el parque. Se recogió el pelo blanco, encendió el horno y empezó con las galletas de chocolate. Después preparó manzana y canela, caramelo, nueces y naranja.
Había decidido que los viernes siempre tendría cinco sabores. Le gustaba la idea de que aquel día fuera especial. Además, el nombre de la tienda parecía exigirlo. Si se llamaba Galletas de los viernes, los viernes tenían que ser buenos.
A las nueve y media, la tienda olía a mantequilla, chocolate y canela. Lera colocó las últimas galletas en la vitrina y escribió en la pizarra: “Viernes: cinco sabores”. Debajo dibujó una pequeña galleta. No dibujaba muy bien. La galleta parecía una patata con puntos.
Marina entró a las nueve y cincuenta, diez minutos antes de la apertura. Ya tenía la costumbre de entrar cuando veía la puerta abierta.
-Eso no es una galleta -dijo Marina, mirando la pizarra.
-Claro que es una galleta.
-Parece una patata.
-Katia dijo exactamente lo mismo.
-Entonces Katia tiene razón.
-Nadie respeta mi talento artístico.
-Por suerte, cocinas mejor de lo que dibujas.
Marina pidió un café y una galleta de naranja. Se quedó cinco minutos junto al mostrador mientras Lera terminaba de preparar las cajas. Después volvió a su floristería. A las diez, Lera puso el cartel de abierto.
La mañana fue tranquila, como siempre. Entraron dos personas antes de las once. Después llegó una mujer con un niño y compró cuatro galletas. A mediodía aparecieron tres estudiantes. Una de ellas había estado allí el primer día. Esta vez trajo a dos amigas.
Lera empezó a reconocer algunas caras. Eso le daba seguridad. Cuando alguien volvía, significaba que la primera visita no había sido un error.
A las dos, Katia apareció durante su pausa para comer. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía tener mucha prisa.
-Tengo quince minutos.
-Entonces no te sientes.
-Qué amable.
-¿Quieres comer?
-Una de caramelo y café.
-Eso no es comida.
-Lo sé. Por eso es perfecto.
Lera preparó el café mientras Katia miraba la vitrina. Había menos galletas que la semana anterior a esa hora.
-Vendes más.
-Un poco.
-Te lo dije.
-No empieces.
-¿Cuántas vendiste ayer?
-Cuarenta y ocho.
-¿Y el primer viernes?
-No quiero hablar del primer viernes.
-Yo sí. Es importante comparar.
-Pareces mi contable.
-Tu contable te cobraría. Yo solo quiero una galleta gratis.
Katia tenía razón. Las ventas mejoraban. La página de la tienda también ayudaba. Lera publicaba una fotografía cada mañana. No escribía textos largos. Solo mostraba las galletas del día, la gran ventana o una taza de café. Algunas personas compartían las fotos. La tienda todavía era pequeña y poco conocida, pero ya no era invisible.
A las tres empezó a llover. Primero fueron unas gotas pequeñas. Después la lluvia se hizo más fuerte y la calle quedó casi vacía. Lera se acercó a la ventana. Las hojas mojadas se pegaban a la acera. La floristería de Marina tenía una luz cálida y bonita al otro lado de la calle.
Durante casi una hora no entró nadie. Lera aprovechó el tiempo para limpiar la cocina y preparar masa para el sábado. También revisó las cajas. Solo quedaban veinte grandes. Tendría que pedir más.
A las cuatro y diez sonó la campanilla. Entró Valentina con un paraguas azul.
-Hace un tiempo horrible.
-Sí. ¿Quiere un café caliente?
-Quiero café y cuatro de manzana.
-¿Sus nietos vienen otra vez?
-No. Estas son para mí.
-Entonces no voy a hacer más preguntas.
-Muy inteligente.
Valentina se sentó junto a la ventana. Ya no preguntaba si podía hacerlo. La silla verde se había convertido en su silla favorita. Bebió café lentamente y miró la lluvia.
Antes de irse, dejó una pequeña bolsa sobre el mostrador. Dentro había servilletas de papel con hojas naranjas.
-Las vi ayer y pensé en tu tienda.
-No tenía que comprarme nada.
-Ya lo sé.
-Son preciosas. Gracias.
-Úsalas. No las guardes para un día especial.
-Los viernes son días especiales.
-Entonces perfecto.
Después de que Valentina se fue, Lera puso las servilletas junto a la máquina de café. Eran pequeñas cosas, pero la tienda empezaba a llenarse de regalos y objetos con historias. Las flores de Marina, la campanilla de Katia, la mesa de su tío, las servilletas de Valentina. Lera había querido crear un lugar suyo, pero poco a poco otras personas también dejaban algo allí.
A las cinco dejó de llover. El cielo seguía gris, pero la calle volvió a tener movimiento. Entraron dos mujeres de la oficina cercana. Después un hombre compró una caja para llevar a casa. A las cinco y cuarenta llegó una madre con dos niñas. Las niñas tardaron casi diez minutos en elegir cuatro galletas.
Lera no tenía prisa. Le gustaba verlas discutir sobre chocolate y caramelo como si fuera una decisión muy importante.
A las seis, la tienda volvió a quedarse tranquila. Lera preparó un té para ella y se sentó detrás del mostrador durante unos minutos. Le dolían los pies. Había empezado a trabajar hacía casi doce horas.
Miró el reloj. Faltaban dos horas para cerrar. A las seis y veintisiete, estaba colocando unas cajas nuevas debajo del mostrador cuando escuchó la campanilla. Se levantó. El hombre que acababa de entrar no le resultaba conocido.
Era alto y llevaba un abrigo oscuro. Tenía el pelo castaño muy oscuro, un poco desordenado por el viento, y una bufanda gris. Parecía tener poco más de treinta años. Cerró la puerta detrás de él y miró alrededor antes de acercarse a la vitrina.
Lera dejó la caja que tenía en las manos.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
El hombre miró las galletas sin decir nada. Lera esperó. Había aprendido durante la semana que algunos clientes querían ayuda inmediatamente y otros necesitaban tiempo. Él parecía pertenecer al segundo grupo.
Se acercó un poco más al cristal. Primero miró las de chocolate. Después las de manzana y canela. Luego las de nueces.
-¿Son todas de hoy? -preguntó.
-Sí. Las preparo cada mañana.
-¿Aquí?
-Sí. La cocina está detrás.
-Bien.
Lera esperó otra vez. El hombre parecía muy serio para alguien que estaba mirando galletas.
-¿Quiere probar alguna?
-Quiero doce.
-¿Doce?
-Sí.
Lera miró la vitrina. No era una cantidad extraña. Valentina ya había comprado doce el primer día. Sin embargo, aquel hombre había dicho el número antes de elegir un sabor.
-Claro. ¿Cuáles?
-Elige tú.
Lera levantó la vista.
-¿Yo?
-Sí.
-¿No tiene un sabor favorito?
-Todavía no.
-¿Hay algo que no le guste?
-No.
-¿Nueces?
-También.
-¿Chocolate?
-Sí.
-¿Canela?
-Sí.
-Me está haciendo el trabajo muy difícil.
-Pensaba que era más fácil.
Por primera vez, el hombre sonrió un poco. No fue una gran sonrisa, pero cambió completamente su expresión. Lera notó que tenía los ojos marrones.
Sacó una caja grande. Decidió poner tres galletas de chocolate, tres de manzana y canela, dos de caramelo, dos de nueces y dos de naranja.
-Doce -dijo Lera.
-Perfecto.
-Para llevar, supongo.
-Sí.
Mientras cerraba la caja, Lera pensó que probablemente eran para una familia. Doce galletas eran muchas para una sola persona. Quizá tenía hijos. O una novia. O una esposa. La última idea apareció en su cabeza sin ninguna razón útil.
El hombre sacó la cartera.
-¿Cuánto es?
-Ochocientos cuarenta.
-¿Puedo pagar con tarjeta?
-Sí.
Pagó y guardó la tarjeta. Lera le entregó la caja.
-Aquí tiene.
-Gracias.
-Espero que le gusten.
-Estoy seguro.
-Todavía no las ha probado.
-Pero huele muy bien aquí.
Lera sonrió. El hombre tomó la caja, pero antes de irse miró otra vez la tienda. Sus ojos se detuvieron un momento en la mesa junto a la ventana.
-¿Hace mucho que está abierta?
-Una semana.
-¿Solo una semana?
-Sí.
-Parece que lleva aquí más tiempo.
-¿Eso es bueno?
-Creo que sí.
Se dirigió a la puerta.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
La campanilla sonó y el hombre salió. Lera lo vio caminar por la calle con la caja en una mano. Después giró a la derecha, hacia el parque, y desapareció detrás de los árboles.
Lera volvió al mostrador. No sabía su nombre. Eso le pareció extraño. Normalmente, después de una conversación tan larga, sabía al menos cómo se llamaba una persona. Pero no había preguntado. Él tampoco había preguntado su nombre. Miró la vitrina. El espacio donde habían estado las doce galletas ahora estaba casi vacío.
A las seis y cuarenta y cinco entró Marina. Quería comprar dos galletas antes de cerrar su floristería.
-Acabo de ver salir a un hombre con una caja enorme.
-Doce galletas.
-¿Doce?
-Sí.
-Buen cliente.
-No sabía cuáles quería.
-¿Y qué hizo?
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