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Galletas de los viernes
1. ______ una mesa cerca de la ventana.
2. La mesa ______ al lado de la ventana.
3. ______ dos sillas en la tienda.
4. Las sillas ______ delante de la mesa.
5. ______ una estantería cerca de la puerta.
6. La lámpara ______ sobre la estantería.
7. ______ flores en el mostrador.
8. Los frascos ______ vacíos.
9. ______ una habitación pequeña detrás.
10. Katia y Lera ______ en el local.
Ejercicio 2. Elige el artículo correcto
1. Hay un / el mostrador blanco.
2. El / Un mostrador está delante de la pared rosa.
3. Hay una / la lámpara verde.
4. La / Una lámpara está sobre la estantería.
5. Hay unas / las cajas de colores.
6. Las / Unas cajas están sobre la mesa.
7. Hay unos / los frascos vacíos.
8. Los / Unos frascos están en la estantería.
Ejercicio 3. Traduce al español
1. В магазине есть большой стол.
2. Стол находится рядом с окном.
3. Есть два разных стула.
4. Стулья находятся перед столом.
5. На полке есть банки.
6. Лампа находится рядом с цветами.
7. В помещении пока нет клиентов.
8. В задней комнате есть духовка.
Respuestas. Gramática
Ejercicio 1: 1. Hay; 2. está; 3. Hay; 4. están; 5. Hay; 6. está; 7. Hay; 8. están; 9. Hay; 10. están.
Ejercicio 2: 1. un; 2. El; 3. una; 4. La; 5. unas; 6. Las; 7. unos; 8. Los.
Ejercicio 3: 1. Hay una mesa grande en la tienda. 2. La mesa está al lado de la ventana. 3. Hay dos sillas diferentes. 4. Las sillas están delante de la mesa. 5. Hay frascos en la estantería. 6. La lámpara está al lado de las flores. 7. No hay clientes en el local todavía. 8. Hay un horno en la habitación de atrás.
Fin del capítulo 2
Capítulo 3. El primer día
Vocabulario del capítulo
Español
Русский
abrir
открывать
cerrar
закрывать
el cliente / la clienta
клиент / клиентка
vender
продавать
comprar
покупать
la galleta
печенье
el sabor
вкус
el chocolate
шоколад
la canela
корица
la manzana
яблоко
el caramelo
карамель
la nuez
грецкий орех
la vitrina
витрина
quedar
оставаться
elegir
выбирать
Capítulo 3. El primer día
El día de la apertura llegó más rápido de lo que Lera esperaba. Era un viernes de octubre. A las cinco y veinte de la mañana, abrió los ojos y miró el techo de su antigua habitación. Afuera todavía estaba oscuro. Durante unos segundos quiso quedarse en la cama. Después recordó que aquel no era un viernes normal. Era el primer día de Galletas de los viernes.
Lera se levantó sin hacer ruido. Se duchó, se recogió el pelo blanco en un moño alto y se puso unos pantalones cómodos, una camiseta clara y un jersey. Encima llevaría su nuevo delantal rosa cuando llegara a la tienda. Había comprado el delantal dos días antes. Era una de las pocas cosas nuevas que se había permitido comprar simplemente porque le hacía ilusión.
En la cocina de su madre preparó café y comió un yogur. No tenía mucha hambre. Sobre la mesa estaba la lista del día: encender el horno, preparar cinco tipos de galletas, colocar las cajas, limpiar la vitrina, escribir los precios, encender las luces y abrir a las diez. Había leído aquella lista tantas veces que podía repetirla de memoria.
A las seis menos cuarto salió de casa. Su madre todavía dormía. Lera había dejado una nota junto a la cafetera: “No vengas demasiado temprano. Todo está bien”. Sabía perfectamente que su madre ignoraría la segunda frase.
La mañana era fría. El cielo empezaba a ponerse azul detrás de los edificios y las farolas todavía estaban encendidas. Lera caminó deprisa con una mochila y dos bolsas. Cuando llegó a la calle de la tienda, vio hojas naranjas delante de la puerta. Las barrió antes de entrar.
La campanilla sonó cuando abrió. A Lera le gustó aquel pequeño sonido. Encendió las luces. La tienda estaba terminada, o al menos suficientemente terminada para abrir. El mostrador blanco estaba delante de la pared rosa. La mesa vieja y las dos sillas diferentes estaban junto a la gran ventana. En la estantería había frascos con cacao, azúcar, canela y nueces. Las flores de Marina seguían bonitas.
La nueva vitrina había llegado tres días antes. Era más pequeña de lo que Lera había imaginado, pero cabía perfectamente junto al mostrador. Ahora estaba vacía. Lera pasó un paño por el cristal y miró su reflejo. Tenía los ojos un poco cansados, pero estaba sonriendo.
La cocina de atrás también había cambiado. El electricista había terminado su trabajo y el horno estaba instalado. Había un frigorífico, una mesa de acero y varias cajas con ingredientes. No era la cocina profesional del restaurante, pero tenía todo lo necesario.
Lera se lavó las manos, se puso el delantal y empezó a trabajar. Primero preparó las galletas de chocolate. Eran las más sencillas y también sus favoritas. Mezcló mantequilla, azúcar, harina y cacao. Después añadió pequeños trozos de chocolate negro. Mientras trabajaba, sus manos se movían con seguridad. Aquella parte no le daba miedo. Sabía hacer galletas.
El segundo sabor era manzana y canela. Lera cortó las manzanas en trozos muy pequeños y añadió canela. El olor llenó la cocina. Después preparó galletas con nueces, galletas de caramelo y unas galletas sencillas de vainilla. Había pensado hacer seis sabores, pero la noche anterior decidió que cinco eran suficientes para el primer día.
A las ocho, la primera bandeja salió del horno. Lera dejó las galletas sobre una rejilla. Miró cada una con atención. Algunas eran un poco más grandes que otras, pero estaban bonitas. Probó una. Estaba caliente, blanda por dentro y tenía mucho chocolate.
-Bien -dijo en voz baja.
-¿Hablas con las galletas?
Lera se giró. Katia estaba en la puerta de la cocina con dos cafés en las manos. Llevaba un abrigo largo y una bufanda amarilla.
-¿Cómo has entrado?
-La puerta estaba abierta.
-Eso no es muy seguro.
-Es tu primer día y esa es tu primera preocupación.
-Mi segunda preocupación es que todavía tengo tres bandejas en el horno.
-Entonces he venido en el momento perfecto.
Katia dejó los cafés sobre la mesa y empezó a ayudar. No sabía cocinar, así que Lera le dio trabajos sencillos. Katia dobló cajas, pegó pequeñas etiquetas y escribió los nombres de los sabores en tarjetas. Su letra era mucho más bonita que la de Lera.
A las nueve llegó la madre de Lera, exactamente como Lera había previsto. Traía un pequeño ramo de crisantemos blancos y una bolsa con bocadillos.
-Te dije que no vinieras temprano.
-Y yo decidí no escucharte.
-Son las nueve.
-La tienda abre en una hora. Eso no es temprano.
-Para una clienta, sí.
-No soy una clienta.
-Hoy tienes que serlo.
-Perfecto. Entonces quiero descuento.
Las tres trabajaron juntas. Lera colocó las galletas en la vitrina. A la izquierda puso las de chocolate, después las de manzana y canela, las de nueces, las de caramelo y las de vainilla. Cada grupo tenía una tarjeta con el nombre y el precio. También preparó algunas cajas pequeñas con cuatro galletas y otras más grandes con ocho.
A las nueve y cincuenta y cinco, ya no quedaba nada que hacer. Al menos nada urgente. Lera se puso detrás del mostrador. Katia estaba junto a la ventana y su madre miraba las flores. Las tres observaban el reloj.
A las diez en punto, Lera abrió la puerta y colocó fuera un pequeño cartel: “ABIERTO. Galletas frescas”. Después volvió a entrar.
Pasó un minuto. Pasaron cinco. Pasaron diez. Nadie entró.
-Es viernes por la mañana -dijo Katia.
-Ya lo sé.
-La gente trabaja.
-Ya lo sé.
-Deja de mirar la puerta.
-No estoy mirando la puerta.
-Llevas diez minutos mirando la puerta.
Lera intentó ocuparse. Ordenó unas cajas que ya estaban ordenadas. Limpió una parte del mostrador que estaba limpia. Cambió una tarjeta de sitio y después la devolvió a su lugar original. Cada vez que escuchaba pasos en la calle, levantaba la cabeza.
A las diez y veintitrés sonó la campanilla. Entró una mujer mayor con un abrigo verde. Lera sintió que todo su cuerpo se ponía tenso. La mujer miró la vitrina y después miró a Lera.
-Buenos días.
-Buenos días -respondió Lera.
-¿Hoy es el primer día?
-Sí.
-Lo imaginaba. Vivo cerca y he visto el local cambiar cada semana.
-Espero que le guste.
-Eso depende de las galletas.
La mujer se acercó a la vitrina. Preguntó por cada sabor. Lera explicó que todas las galletas eran caseras y que las preparaba allí mismo. La mujer eligió dos de manzana y canela y dos de chocolate.
Lera puso las cuatro galletas en una caja. Cuando la mujer pagó, Lera tuvo que concentrarse para no sonreír demasiado. Era su primera venta. Una venta pequeña, pero real.
-¿Cómo se llama? -preguntó la mujer.
-Lera.
-Yo soy Valentina. Si están buenas, volveré.
-Espero verla otra vez.
-Primero tengo que probarlas.
La campanilla sonó de nuevo cuando Valentina salió. Lera miró a Katia. Katia levantó los brazos como si su equipo hubiera ganado un partido.
-¡Primera clienta!
-Habla más bajo.
-¡Primera venta!
-Katia.
-Estoy celebrando.
-Todavía puede volver y decir que no le gustan.
-Tú necesitas aprender a disfrutar cinco minutos de las cosas buenas.
Después de la primera clienta, Lera se relajó un poco. A las once entraron dos estudiantes. Compraron una galleta de chocolate cada una y se sentaron junto a la ventana. Hicieron varias fotografías de las galletas y de la pared rosa. Una de ellas preguntó si la tienda tenía una página en redes sociales. Lera dijo que todavía no.
Cuando se fueron, Katia miró a Lera con expresión seria.
-Necesitas una página.
-Necesito clientes.
-Una cosa ayuda a la otra.
-Esta noche.
-Hoy.
-Esta noche es hoy.
-Bien.
Poco antes de las doce llegó Marina, la florista. Compró una caja con ocho galletas para llevar a su tienda. Eligió dos de cada sabor, excepto vainilla. Dijo que la vainilla era demasiado tranquila para un viernes.
A mediodía, la madre de Lera volvió a casa. Katia también tuvo que ir a trabajar. De repente, Lera se quedó sola detrás del mostrador. Había tenido cuatro clientes. La vitrina seguía casi llena.
Durante la siguiente hora no entró nadie. Lera miró las bandejas. Por la mañana le habían parecido pequeñas. Ahora parecían enormes. Había preparado demasiadas galletas. Lo sabía. Había calculado las cantidades pensando en un día ideal, no en un primer día real. A la una y veinte entró un hombre con una niña de unos seis años. La niña fue directamente a la vitrina y señaló las galletas de caramelo. El padre quería comprar dos. La niña quería cuatro. Después de una negociación muy seria, compraron tres.
-¿Puedo comer una ahora? -preguntó la niña.
-Después de comer -dijo su padre.
-Pero estamos en una tienda de galletas.
-Eso no cambia la hora.
-Sí la cambia.
Lera tuvo que mirar hacia otro lado para no reírse. Antes de salir, la niña se volvió.
-La tienda es bonita.
-Gracias.
-Me gusta la silla amarilla.
-A mí también.
Aquella frase alegró a Lera más de lo esperado. Cuando la puerta se cerró, miró la silla amarilla. Katia había dicho que no combinaba con la verde. Tal vez no todo tenía que combinar.
A las dos y media entró una pareja. Compraron café y dos galletas de nueces. Se sentaron junto a la ventana durante veinte minutos. Lera escuchó partes de su conversación mientras limpiaba la máquina de café. Hablaban de un viaje y de un hotel. Era extraño y agradable tener personas dentro de su pequeño espacio.
Después volvió el silencio. A las cuatro, Lera empezó a preocuparse de verdad. Había vendido algunas galletas, pero muchas seguían en la vitrina. Contó las ventas. Siete clientes. No siete cajas grandes. Siete personas o grupos. Había imaginado una tienda llena, una pequeña cola, gente preguntando por sabores. La realidad era mucho más tranquila.
Abrió la libreta con sus cálculos. Si todos los días eran como aquel, tendría problemas. Intentó recordar que todavía era el primer día. Nadie conocía la tienda. No había publicidad. Ni siquiera tenía una página en internet. Aun así, una voz desagradable en su cabeza repetía: “¿Y si nadie viene?”
A las cuatro y cuarto, la puerta se abrió. Era Valentina, la primera clienta.
-Hola otra vez -dijo Lera.
-He vuelto.
-Lo veo.
-Las de manzana están muy buenas.
-Gracias.
-Mi marido se ha comido las dos de chocolate.
-Eso también es buena señal.
-Quiero seis de manzana y seis de chocolate.
Lera tardó un segundo en responder. Después sacó una caja grande.
-¿Doce?
-Sí. Mañana vienen mis nietos.
-Perfecto.
-Y dame una tarjeta, si tienes.
Lera no tenía tarjetas. Escribió el nombre de la tienda y el número de teléfono en una pequeña hoja. Cuando Valentina se fue con doce galletas, la vitrina parecía un poco menos llena.
A las cinco llegaron tres mujeres juntas. Trabajaban en una oficina cercana y Marina les había hablado de la nueva tienda. Compraron café y una caja para compartir. Una eligió chocolate, otra caramelo y la tercera quiso probar todas. Durante unos minutos hubo voces, risas y preguntas. Lera se movió detrás del mostrador con rapidez y sintió algo conocido. Era el ritmo del trabajo, pero sin gritos ni órdenes.
A las seis, la tienda volvió a quedarse vacía. Afuera empezaba a oscurecer. Las luces amarillas de la calle se encendieron. Lera miró el reloj. Había decidido cerrar a las ocho.
Todavía quedaban muchas galletas. Sacó una bandeja y empezó a contar. Diecisiete de chocolate. Catorce de manzana y canela. Doce de nueces. Diecinueve de vainilla. Once de caramelo. Setenta y tres galletas. Setenta y tres.
Lera apoyó las manos en el mostrador. Había vendido bastante menos de la mitad de lo que había preparado. Sintió vergüenza, aunque no había nadie allí para verla.
A las seis y media entró Katia después del trabajo.
-¿Cómo vamos?
-Tengo setenta y tres galletas.
-Eso no responde a mi pregunta.
-Responde perfectamente.
-¿Cuántas has vendido?
-No suficientes.
-¿Cuántos clientes?
-Más de siete. He dejado de contar personas y he empezado a contar ventas.
-Entonces has tenido clientes.
-Sí.
-En tu primer día.
-Sí.
-Sin publicidad.
-Sí.
-Y una clienta ha vuelto el mismo día.
-Sí.
-Entonces deja de mirar esas setenta y tres galletas como si fueran una tragedia nacional.
Lera se cruzó de brazos. Sabía que Katia intentaba ayudar, pero estaba cansada. Se había levantado antes de las cinco y llevaba más de doce horas en la tienda.
-He gastado dinero en ingredientes.
-Claro.
-Y mañana estas galletas no serán tan frescas.
-Entonces tenemos que pensar qué hacer con ellas.
-No quiero tirarlas.
-No las tires.
-¿Y qué hago?
-Primero, dame una de chocolate. Pienso mejor cuando como.
Lera le dio una galleta. Katia se sentó en la silla amarilla y abrió el teléfono. En diez minutos creó una página sencilla para la tienda. Puso la fotografía que Lera había tomado desde la calle y otra de la vitrina. Escribió la dirección y el horario.
-Ahora necesitamos una foto tuya.
-No.
-Sí.
-No quiero salir.
-Eres la pastelera. La gente quiere saber quién hace las galletas.
-Puede saberlo cuando venga.
-Ponte detrás del mostrador.
Lera protestó, pero al final aceptó. Se soltó el pelo blanco, porque Katia dijo que el moño parecía demasiado serio, y se colocó detrás de la vitrina. Katia hizo varias fotografías. En una, Lera sostenía una bandeja de galletas y sonreía de verdad.
Katia publicó la fotografía con un mensaje sencillo: “Hoy hemos abierto. Cinco sabores, café caliente y una pequeña mesa junto a la ventana”.
A las siete entraron dos chicos que habían visto la publicación porque una de las estudiantes de la mañana la había compartido. Compraron seis galletas. Diez minutos después entró una mujer con su hermana. Compraron cuatro.
Lera miró a Katia.
-No digas nada.
-No he dicho nada.
-Tu cara está diciendo muchas cosas.
-Mi cara dice que tengo razón.
A las siete y cuarenta ya no entró nadie más. Lera decidió cerrar diez minutos antes. Estaba demasiado cansada para esperar. Dio la vuelta al cartel de la puerta y apagó una parte de las luces.
Entonces volvió a contar las galletas. Quedaban cincuenta y nueve. Era mejor que setenta y tres, pero seguían siendo muchas. Katia ayudó a guardar algunas. Lera decidió llevar una caja a casa y otra a la floristería al día siguiente. También podía ofrecer pequeñas muestras durante el fin de semana. No era la solución perfecta, pero al menos no iba a tirar comida aquella noche.
Cuando Katia se fue, Lera se quedó sola unos minutos. La tienda olía a chocolate, café y canela. Había migas sobre una mesa, una taza en el fregadero y varias cajas menos en la estantería. Era la primera vez que el local parecía usado, vivido.
Lera abrió la caja donde guardaba el dinero del día y contó las ventas. La cantidad era pequeña. Mucho más pequeña que la cifra que había imaginado durante sus noches con la calculadora. Si comparaba el dinero con todos los gastos de las últimas semanas, casi daba risa.
Pero aquel dinero tenía algo especial. No venía de un salario. Lo habían pagado personas que habían entrado en su tienda y habían elegido algo que ella había preparado.
Pensó en Valentina, que había vuelto por doce galletas. Pensó en la niña de la silla amarilla. Pensó en las estudiantes que habían hecho fotografías y en Marina, que había enviado a sus amigas.
Quizá un negocio no empezaba con una tienda llena. Quizá empezaba así: una persona, después otra, después alguien que volvía.
Lera escribió los números del día en su libreta. Debajo añadió tres frases: “Preparar menos mañana. Crear tarjetas. Publicar una foto cada día”.
Después miró la vitrina. Cincuenta y nueve galletas seguían siendo demasiadas. No iba a fingir que todo había salido perfectamente. Había calculado mal. Había trabajado demasiado y preparado más producto del necesario. Tendría que aprender.
Sin embargo, no quería cerrar. Eso era importante. En el restaurante, después de un día de catorce horas, soñaba con no volver a la mañana siguiente. Ahora estaba agotada y preocupada por el dinero, pero ya estaba pensando en qué sabor podía preparar mañana. Apagó la última lámpara, se puso el abrigo y salió. Antes de cerrar, miró una vez más el interior. La luz de la calle entraba por la ventana y dejaba ver la mesa, las sillas y la vitrina casi llena.
En el cristal estaba su reflejo. Su pelo blanco parecía plateado bajo la luz amarilla. Lera cerró la puerta. Su primer día no había sido un gran éxito. Tampoco había sido un fracaso. Había sido un primer día.
Y por el momento, eso era suficiente.
Ejercicios de vocabulario
Ejercicio 1. Relaciona
1. abrir
2. cerrar
3. el cliente
4. vender
5. la galleta
6. el sabor
7. la vitrina
8. quedar
9. elegir
10. la canela
a. оставаться
b. выбирать
c. корица
d. открывать
e. закрывать
f. клиент
g. продавать
h. печенье
i. вкус
j. витрина
Ejercicio 2. Completa las frases
Completa con: abrir, clientes, vender, galletas, sabores, chocolate, canela, vitrina, quedan, elegir.
1. Lera va a ______ la tienda a las diez.
2. En la ______ hay cinco tipos de galletas.
3. El primer día no hay muchos ______.
4. Lera quiere ______ todas las galletas.
5. Prepara cinco ______ diferentes.
6. Sus favoritas son las galletas de ______.
7. También prepara galletas de manzana y ______.
8. Valentina vuelve para comprar doce ______.
9. Al final del día todavía ______ muchas galletas.
10. Cada cliente puede ______ su sabor favorito.
Ejercicio 3. Elige la opción correcta
1. Lera abre / cierra la tienda a las diez de la mañana.
2. Valentina es la primera clienta / vitrina.
3. Lera prepara cinco sabores / clientes.
4. La niña elige galletas de caramelo / cerrar.
5. Al final del día quedan / compran cincuenta y nueve galletas.
6. Katia ayuda a Lera a vender / canela más con una página en internet.
Respuestas. Vocabulario
Ejercicio 1: 1-d, 2-e, 3-f, 4-g, 5-h, 6-i, 7-j, 8-a, 9-b, 10-c.
Ejercicio 2: 1. abrir; 2. vitrina; 3. clientes; 4. vender; 5. sabores; 6. chocolate; 7. canela; 8. galletas; 9. quedan; 10. elegir.
Ejercicio 3: 1. abre; 2. clienta; 3. sabores; 4. caramelo; 5. quedan; 6. vender.
Gramática. Tener y las cantidades
В этой главе повторяем глагол tener и способы говорить о количестве. Tener означает «иметь», но используется и во многих устойчивых выражениях. Это один из самых важных неправильных глаголов испанского языка.
1. Presente de tener
Лицо
TENER
yo
tengo
tú
tienes
él / ella / usted
tiene
nosotros/as
tenemos
vosotros/as
tenéis
ellos / ellas / ustedes
tienen
• Tengo cinco sabores. У меня есть пять вкусов.
• La tienda tiene una vitrina pequeña. В магазине есть небольшая витрина.
• Tenemos muchos clientes hoy. Сегодня у нас много клиентов.
2. Tener в устойчивых выражениях









