Galletas de los viernes
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Джулс Хониг

Galletas de los viernes

Глава

GALLETAS DE LOS VIERNES

Джулс Хониг

А1-А2

Una novela romántica para estudiantes de español

Capítulo 1. Una nueva vida

Vocabulario del capítulo


Español

Русский


volver

возвращаться


la ciudad

город


el pueblo

небольшой город, посёлок


la pastelería

кондитерская


el restaurante

ресторан


el trabajo

работа


el sueño

мечта


alquilar

арендовать


el local

помещение


la calle

улица


la ventana

окно


vacío / vacía

пустой / пустая


cambiar

менять, изменять


empezar

начинать


tener miedo

бояться

Capítulo 1. Una nueva vida

El primer lunes de octubre, Lera volvió a su pueblo después de varios años en una ciudad grande. El viaje en autobús duró casi cuatro horas. Durante todo el camino miró por la ventana. Los campos eran amarillos y marrones, los árboles tenían hojas rojas y naranjas, y el cielo estaba gris. A Lera siempre le había gustado octubre. No hacía mucho frío todavía, pero el verano ya estaba lejos. Para ella, octubre era un mes tranquilo, un mes perfecto para cambiar algo.

Lera tenía veintinueve años. Era alta, tenía los ojos claros y el pelo completamente blanco. No era rubio muy claro. Era blanco, como la nieve. Cuando era adolescente, muchas personas le preguntaban por su pelo. Algunas pensaban que lo pintaba, otras querían tocarlo. Antes, aquellas preguntas la molestaban. Ahora ya no. Su pelo blanco era una parte de ella y le gustaba. Aquella mañana lo llevaba recogido en una coleta sencilla y vestía un abrigo beige, unos vaqueros y unas botas marrones.

Durante cinco años, Lera había trabajado en un restaurante de una ciudad grande. Era pastelera. Preparaba tartas, pasteles, galletas y postres para bodas, cumpleaños y cenas importantes. Al principio estaba muy contenta con su trabajo. El restaurante era bonito, la cocina era moderna y sus compañeros sabían hacer cosas increíbles. Lera aprendió mucho allí. También ganaba bastante dinero y podía vivir sola en un pequeño apartamento cerca del centro.

Sin embargo, durante el último año algo había cambiado. Lera se levantaba muy temprano, trabajaba muchas horas y volvía a casa cansada. Los viernes y los sábados eran especialmente difíciles. Había muchos clientes y siempre faltaba tiempo. A veces empezaba a trabajar a las siete de la mañana y terminaba después de las diez de la noche. Cuando llegaba a casa, no quería hablar con nadie. Comía algo sencillo, se duchaba y se iba a dormir.

Lo peor no era el cansancio. Lo peor era que ya no sentía alegría cuando preparaba un postre. Antes podía pasar una hora pensando en una nueva galleta de chocolate o en una crema diferente. Ahora miraba una lista de pedidos y solo pensaba en terminarla. Un domingo de septiembre, mientras preparaba cuarenta tartas pequeñas para una fiesta, comprendió que no quería vivir así durante otros cinco años.

Esa noche llamó a su madre. Su madre todavía vivía en el pueblo donde Lera había nacido. Era un lugar pequeño, con calles tranquilas, casas bajas, un parque, dos escuelas y una plaza central. Lera había querido salir de allí cuando tenía dieciocho años. Entonces soñaba con una ciudad enorme, restaurantes famosos y una vida rápida. Once años después, la idea de volver ya no parecía triste.

-Mamá, creo que voy a dejar el restaurante.

-¿Ha pasado algo?

-No. Ese es el problema. No ha pasado nada. Trabajo, vuelvo a casa, duermo y vuelvo a trabajar.

-¿Y qué quieres hacer?

-No lo sé exactamente.

-Entonces no decidas hoy. Piensa un poco.

-Llevo meses pensando.

-¿Quieres volver a casa?

-Quizá.

Después de aquella conversación, Lera no pudo dormir. Se preparó un té y se sentó junto a la ventana de su apartamento. Abajo había coches, luces y personas que caminaban deprisa. Su vida estaba allí, pero por primera vez no sintió que aquella ciudad fuera su casa. Pensó en el pueblo, en las calles que conocía desde niña y en la cocina de su madre. Después pensó en algo que llevaba años guardando como un pequeño secreto.

Lera quería tener su propia pastelería. No soñaba con un restaurante grande ni con una cafetería elegante. Quería un local pequeño donde pudiera preparar galletas cada mañana. Imaginaba una ventana grande, una mesa de madera, cajas bonitas y el olor a canela. Quería conocer a sus clientes y saber qué galletas les gustaban. Quería trabajar mucho, sí, pero quería trabajar para algo suyo.

La idea no era nueva. Tenía una carpeta en su ordenador con fotografías, recetas y notas. La carpeta se llamaba simplemente “Mi tienda”. La había creado tres años antes. A veces la abría después del trabajo, miraba las fotografías durante diez minutos y después la cerraba. Siempre encontraba una razón para esperar. No tenía suficiente dinero. No sabía nada de negocios. Quizá nadie compraría sus galletas. Quizá era mejor tener un trabajo seguro.

Pero aquella noche abrió la carpeta y no la cerró. Escribió en una hoja cuánto dinero tenía, cuánto podía gastar y cuánto necesitaba para vivir durante algunos meses. Las cifras no eran perfectas. Tendría que ser cuidadosa. No podía alquilar un local caro ni comprar muebles nuevos. Aun así, por primera vez su sueño parecía una posibilidad y no solo una fotografía en una pantalla.

Dos semanas después, Lera habló con el jefe del restaurante y dejó el trabajo. Sus compañeros se sorprendieron. Una amiga le dijo que era muy valiente. Otro compañero le preguntó si ya tenía clientes. Lera respondió que no. Cuando dijo que quería abrir una pequeña tienda de galletas en su pueblo, algunos sonrieron y otros no entendieron la decisión. Lera tampoco estaba completamente segura, pero ya había decidido intentarlo.

Ahora, sentada en el autobús aquel lunes de octubre, tenía miedo. Lo podía admitir. Tenía miedo de perder dinero, de cometer errores y de descubrir que su sueño era más bonito en su imaginación que en la vida real. Pero también sentía algo que no había sentido durante mucho tiempo: curiosidad. No sabía qué iba a pasar. Y eso, de una manera extraña, le gustaba.

El autobús llegó al pueblo poco después de las doce. La madre de Lera la esperaba en la pequeña estación. Llevaba una chaqueta azul y sostenía un paraguas rojo porque empezaba a llover. Cuando vio a su hija, levantó una mano y sonrió. Lera bajó con una maleta grande y dos bolsas. Había enviado otras cajas unos días antes.

-Mira quién ha vuelto.

-Solo llevo una maleta.

-Y cinco cajas en mi pasillo.

-Son cosas importantes.

-Una de las cajas dice “moldes para galletas”.

-Exactamente. Muy importantes.

Las dos se rieron y caminaron hasta el coche. Mientras su madre conducía, Lera miró las calles. Algunas cosas eran diferentes. Había una farmacia nueva, una cafetería donde antes estaba una tienda de ropa y un edificio moderno cerca de la plaza. Pero muchas cosas seguían iguales. El parque todavía tenía los mismos bancos verdes. La panadería de la esquina seguía abierta. Frente a la escuela había niños con mochilas de colores.

La casa de su madre estaba a diez minutos del centro. Lera iba a vivir allí durante los primeros meses. No quería gastar dinero en un apartamento mientras empezaba el negocio. Su antigua habitación todavía tenía una estantería blanca, un escritorio y varias fotografías de sus años de colegio. Su madre había puesto flores secas en un jarrón y una manta nueva sobre la cama.

Después de comer, Lera quiso descansar, pero no pudo. Tenía demasiadas ideas en la cabeza. Abrió el ordenador y empezó a buscar locales para alquilar. Había seis anuncios. Dos eran demasiado grandes, uno estaba lejos del centro y otro era demasiado caro. El quinto parecía interesante: treinta y ocho metros cuadrados, una calle tranquila cerca del parque, una ventana grande y un alquiler que podía pagar.

Lera llamó inmediatamente. El propietario se llamaba Serguéi y podía enseñarle el local esa misma tarde. A las cuatro, Lera salió de casa. Ya no llovía. El aire olía a hojas mojadas y a tierra. Caminó hacia el centro lentamente. Había vivido tantos años lejos que ahora observaba cada esquina como si visitara el pueblo por primera vez.

La calle del local era pequeña y estaba a cinco minutos de la plaza. Había una floristería, una librería, una tienda de regalos y una peluquería. No era una calle con mucho tráfico, pero pasaban bastantes personas. Al final de la calle empezaba el parque. Lera pensó que en otoño era especialmente bonito. Los árboles formaban un techo naranja sobre la acera.

Serguéi ya estaba esperando delante de una puerta verde. Era un hombre de unos cincuenta años, serio pero amable. Saludó a Lera y abrió la puerta. El local estaba vacío. Las paredes eran blancas, aunque necesitaban pintura. En el suelo había algunas cajas viejas. En una esquina había una pequeña habitación que podía convertirse en cocina. No era perfecto.

Entonces Lera vio la ventana. Ocupaba casi toda la pared que daba a la calle. Desde dentro se veían los árboles del parque y las personas que caminaban bajo ellos. En el cristal había pequeñas gotas de la lluvia de aquella mañana. Una hoja roja se había quedado pegada en una esquina. Lera se acercó y puso una mano sobre el marco.

-La ventana es preciosa.

-Sí. Antes había aquí una tienda de flores.

-¿Cuánto tiempo lleva vacío?

-Casi cuatro meses.

-¿Hay calefacción?

-Sí. Y agua en la habitación de atrás.

-¿Puedo poner un horno?

-Tenemos que revisar algunas cosas, pero creo que sí.

Lera caminó por el local otra vez. Intentó no enamorarse de él demasiado rápido. Tenía que pensar como una persona responsable. Preguntó por el alquiler, la electricidad, el agua y los documentos. Tomó fotografías y escribió todo en su teléfono. Después dio las gracias a Serguéi y dijo que respondería al día siguiente.

Cuando salió, se quedó unos minutos frente a la ventana. Intentó imaginar el lugar terminado. En su mente ya no había cajas viejas. Había una mesa de madera cerca de la entrada. En la pared había estantes con frascos. La vitrina estaba llena de galletas de chocolate, manzana, canela y caramelo. En octubre habría pequeñas calabazas y hojas secas. En diciembre pondría luces.

Una mujer pasó junto a ella con un perro pequeño. Después pasaron dos adolescentes. Una pareja salió de la librería cercana. Lera empezó a contar a las personas que caminaban por la calle. Diecisiete en diez minutos. No era mucho, pero tampoco estaba mal para una tarde lluviosa de lunes.

Sacó el teléfono y llamó a su amiga Katia. Se conocían desde la escuela. Katia nunca había salido del pueblo durante mucho tiempo y ahora trabajaba en una oficina cerca del centro. Cuando Lera le dijo que estaba frente a un posible local, Katia tardó solo unos segundos en responder.

-No firmes nada.

-Ni siquiera he dicho que voy a firmar.

-Te conozco. Si hay una ventana bonita, ya quieres comprar cortinas.

-No quiero cortinas.

-Eso no es importante.

-Ven mañana conmigo.

-Claro. Alguien tiene que hacer preguntas normales mientras tú piensas en galletas.

-Hago preguntas normales.

-¿Has preguntado cuánto cuesta la electricidad?

-Sí.

-Bien. Estoy orgullosa de ti.

Lera sonrió. Katia tenía razón en una cosa: la ventana ya le gustaba demasiado. Sin embargo, esta vez no quería tomar una decisión solo con el corazón. Volvió a casa y pasó toda la tarde con una libreta y una calculadora. Escribió los gastos posibles. Después escribió cuánto podía ganar si vendía veinte, cuarenta o sesenta cajas de galletas al día. No sabía si aquellas cifras eran reales, pero necesitaba empezar por algún sitio.

Su madre entró en la habitación a las nueve con dos tazas de té. Miró las hojas sobre el escritorio y se sentó en la cama.

-¿Ya has encontrado una tienda?

-Quizá.

-Eso ha sido rápido.

-Solo es un local. Está vacío y necesita trabajo.

-Pero te gusta.

-Mucho.

-Entonces mañana míralo otra vez.

-Tengo miedo, mamá.

-Lo sé.

-¿Y si nadie viene?

-Entonces tendrás un problema y buscarás una solución.

-¿Y si pierdo dinero?

-Entonces aprenderás algo caro.

-No ayudas mucho.

-No quiero decirte que todo va a ser perfecto. No lo sabemos. Pero llevas años hablando de esta tienda.

Lera miró la libreta. Su madre no era una persona que decía que todos los sueños se hacían realidad. Quizá por eso sus palabras ayudaban. Abrir una pastelería podía salir mal. También podía salir bien. Ninguna de las dos cosas estaba decidida todavía.

Antes de dormir, Lera volvió a mirar las fotografías del local. En una de ellas aparecía la gran ventana y, detrás del cristal, los árboles naranjas. Amplió la imagen. De pronto tuvo una idea. Abrió una página nueva de su libreta y escribió varios nombres para la tienda. “Dulce otoño”. “La galleta”. “Canela”. Ninguno le gustó mucho.

Después escribió una frase sencilla: “Galletas de los viernes”. No sabía por qué. Quizá porque los viernes siempre habían sido los días más difíciles en el restaurante y quería convertirlos en algo diferente. Miró las palabras durante unos segundos y dibujó un pequeño corazón al lado.

A la mañana siguiente, Katia llegó a las diez. Llevaba un café en cada mano y una expresión muy seria, como si fueran a comprar un edificio enorme y no a visitar un local de treinta y ocho metros cuadrados. Lera se puso su abrigo. Su pelo blanco estaba suelto aquella mañana y caía sobre sus hombros. Katia la miró y sonrió.

-Pareces preparada para empezar una nueva vida.

-Solo voy a mirar un local.

-Claro.

-No empieces.

-No he dicho nada.

Caminaron juntas hacia el centro. El sol había salido y las hojas mojadas brillaban sobre la acera. Cuando llegaron a la calle, Lera vio la puerta verde desde lejos. Esta vez intentó observar todo con más calma. Katia miró el barrio, contó las tiendas cercanas y preguntó dónde podían aparcar los clientes. Dentro del local revisó las paredes, abrió las ventanas y tomó fotografías de la pequeña habitación de atrás.

Serguéi respondió a todas sus preguntas. Algunas respuestas eran buenas y otras significaban más gastos. Había que mejorar parte de la instalación eléctrica antes de poner un horno profesional. También era necesario pintar y cambiar una puerta. Lera sintió que su entusiasmo bajaba un poco. Eso era bueno. Necesitaba ver los problemas.

Después de la visita, las dos fueron a una cafetería. Katia abrió una libreta y escribió dos columnas: “Sí” y “No”. En la primera puso la ubicación, la ventana, el tamaño y el precio. En la segunda puso la electricidad, la pintura y el dinero para empezar.

-¿Qué piensas? -preguntó Lera.

-Pienso que estás un poco loca.

-Gracias.

-Pero el local puede funcionar.

-¿De verdad?

-Sí. Es pequeño, pero eso también significa que no tienes que pagar por un espacio que no necesitas.

-La ventana es perfecta.

-Sabía que ibas a hablar de la ventana.

Lera tomó un poco de café y miró hacia la calle. Por primera vez desde que había dejado el restaurante, no estaba pensando en lo que había perdido. Pensaba en lo que podía construir. No tenía clientes. No tenía tienda. Todavía no tenía ni una mesa para poner las galletas. Pero tenía experiencia, algunos ahorros, una amiga que hacía preguntas incómodas y una madre que no le prometía milagros.

Aquella tarde llamó a Serguéi.

-Quiero alquilar el local.

-¿Está segura?

-No completamente.

-Eso es bastante normal.

-Pero quiero intentarlo.

Cuando terminó la llamada, Lera se quedó quieta en medio de su antigua habitación. Había imaginado aquel momento muchas veces. En sus sueños siempre estaba segura y feliz. En realidad, tenía las manos frías y el corazón le latía muy rápido. Se sentó en la cama y empezó a reír.

Su madre apareció en la puerta.

-¿Qué has hecho?

-He alquilado un local.

-Ah.

-¿Solo “ah”?

-Dame un minuto. Estoy intentando decidir si felicitarte o empezar a preocuparme.

-Puedes hacer las dos cosas.

Su madre se acercó y la abrazó. Lera cerró los ojos. Olía a té, a crema de manos y a casa. Durante los últimos años había pensado muchas veces que volver al pueblo significaría retroceder. Ahora no lo sentía así. No estaba regresando a su antigua vida. Estaba empezando otra.

Por la tarde volvió sola al local. Serguéi le había dado una llave para que pudiera medir las paredes antes de firmar los últimos documentos. Lera abrió la puerta verde y entró. El espacio estaba silencioso. La luz de octubre entraba por la gran ventana y dibujaba rectángulos claros sobre el suelo.

Lera caminó hasta el centro de la habitación. No había música, clientes ni olor a galletas. Solo paredes vacías y cajas viejas. Aun así, pudo imaginarlo todo otra vez. Vio una vitrina junto a la pared. Vio frascos con chocolate y canela. Vio cajas de colores. Vio a personas entrando para comprar algo dulce después del trabajo.

Se acercó a la ventana. Fuera, el viento movía las hojas. Una niña pasó de la mano de su padre. La niña señaló el local y dijo algo que Lera no pudo oír. Después siguieron caminando.

Lera sacó su libreta. En la primera página escribió la fecha: 6 de octubre. Debajo escribió: “Hoy empieza mi tienda”. Después añadió una lista. Pintar las paredes. Revisar la electricidad. Comprar un horno. Buscar una mesa. Preparar recetas. Hacer cajas. Había muchísimo trabajo.

Al final de la página escribió una última frase: “No tener miedo”. La leyó y negó con la cabeza. No era realista. Tachó la frase y escribió otra: “Tener miedo y empezar igualmente”.

Aquella versión le gustó más. Lera cerró la libreta y miró su reflejo en la ventana. Vio su abrigo beige, sus ojos cansados y su pelo blanco iluminado por el sol de la tarde. Detrás de su reflejo estaba la calle de otoño. Por primera vez en muchos meses, tenía ganas de que llegara el día siguiente.

Todavía no sabía que aquel pequeño local cambiaría mucho más que su trabajo. No sabía quién iba a entrar por aquella puerta, qué problemas tendría que resolver ni por qué, unas semanas después, los viernes serían los días más importantes de su nueva vida.

Por ahora solo tenía una llave en el bolsillo, una tienda vacía y una idea. Y era suficiente para empezar.

Ejercicios de vocabulario

Ejercicio 1. Relaciona

1. volver


2. el sueño


3. alquilar


4. el local


5. vacío


6. cambiar


7. la ventana


8. tener miedo


9. empezar


10. la calle

a. начинать


b. улица


c. бояться


d. окно


e. возвращаться


f. пустой


g. помещение


h. мечта


i. менять


j. арендовать

Ejercicio 2. Completa las frases

Completa con: pueblo, trabajo, pastelería, ventana, sueño, alquilar, vacío, cambiar.

1. Lera quiere __________ su vida.

2. Su __________ es tener una tienda propia.

3. Lera vuelve a su __________ en octubre.

4. Antes tenía un __________ en un restaurante.

5. El local está __________ cuando Lera lo visita.

6. La gran __________ da a una calle tranquila.

7. Lera decide __________ el local.

8. Quiere abrir una pequeña __________.

Ejercicio 3. Elige la opción correcta

1. Lera vuelve / alquila a su pueblo después de varios años.

2. El local tiene una calle / ventana muy grande.

3. Lera quiere cambiar / tener miedo su vida.

4. Su sueño es abrir una pastelería / ciudad.

5. Al principio, el local está vacío / empezar.

6. Lera tiene miedo, pero decide empezar / restaurante.

Respuestas. Vocabulario

Ejercicio 1: 1-e, 2-h, 3-j, 4-g, 5-f, 6-i, 7-d, 8-c, 9-a, 10-b.

Ejercicio 2: 1. cambiar; 2. sueño; 3. pueblo; 4. trabajo; 5. vacío; 6. ventana; 7. alquilar; 8. pastelería.

Ejercicio 3: 1. vuelve; 2. ventana; 3. cambiar; 4. pastelería; 5. vacío; 6. empezar.

Gramática. Ser y estar

В этой главе повторяем два испанских глагола со значением «быть»: ser и estar.Они не взаимозаменяемы. На уровне A1-A2 важно научиться видеть, какую информацию мы сообщаем: характеристику предмета или человека либо его состояние и местонахождение.

Когда употребляется ser

SER используем для относительно постоянных характеристик, профессии, происхождения, описания личности и определения того, чем является предмет или человек.

• Lera es pastelera. Лера кондитер.

• El local es pequeño. Помещение маленькое.

• Katia es su amiga. Катя ее подруга.

• Lera es de este pueblo. Лера из этого города.

Когда употребляется estar

ESTAR используем для местонахождения и состояний, которые могут меняться: настроение, усталость, готовность, открыто или закрыто помещение и т. д.

• El local está cerca del parque. Помещение находится рядом с парком.

• Lera está cansada. Лера устала.

• La tienda está vacía. Магазин пуст.

• Katia está en la cafetería. Катя находится в кафе.

Формы в настоящем времени


Лицо

SER

ESTAR


yo

soy

estoy


eres

estás


él / ella / usted

es

está


nosotros/as

somos

estamos


vosotros/as

sois

estáis


ellos / ellas / ustedes

son

están

Ejercicios de gramática

Ejercicio 1. Ser o estar

1. Lera ______ pastelera.

2. El local ______ cerca del parque.

3. Las paredes ______ blancas.

4. Lera ______ cansada después del viaje.

5. Katia ______ amiga de Lera.

6. La tienda ______ vacía.

7. El pueblo ______ pequeño.

8. Lera y su madre ______ en casa.

9. Serguéi ______ el propietario del local.

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