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La Biblia en España, Tomo III (de 3)
En efecto, llevaba ropas mucho mejores que nunca. La chaqueta y los pantalones, de crudillo, eran casi nuevos. Tocábase aún con un sombrero andaluz, de forma cónica, pero no viejo ni raído, sino nuevo y lustroso, y de inmensa altura. En lugar del tosco palo que llevaba en Santiago y en Oviedo, traía ahora una recia caña de bambú, rematada por una disforme cabeza de oso o de león, prolijamente tallada en peltre.
– Parece usted un buscador de tesoros al volver de una expedición fructífera – exclamé.
– Más bien parece – interrumpió Antonio – uno que ha dejado de trabajar por cuenta propia y busca tesoros a costa ajena.
Pregunté detalladamente al suizo por sus aventuras desde que le vi por última vez en Oviedo, donde le dejé para continuar mi viaje a Santander. De sus respuestas colegí que me había seguido hasta este último punto, pero invirtiendo mucho tiempo en el camino, debilitado por el hambre y las privaciones. En Santander me perdió el rastro. Ya se le había agotado el pequeño socorro que yo le dí. Pensó entonces irse a Francia, pero no se atrevió a aventurarse en las provincias Vascongadas, donde ardía la guerra, para no caer en manos de los carlistas, que hubieran podido fusilarle por espía. Como nadie le socorría en Santander, se fué pidiendo limosna por los caminos, hasta que se encontró en Aragón, no podía decir exactamente dónde. «Mis calamidades eran tantas – dijo Benedicto – que estuve a punto de perder el juicio. ¡Oh, qué horror, vagar por los agrestes montes y las vastas planicies de España, sin dinero y sin esperanza! Algunas veces, encontrándome entre peñas y barrancos, quizás sin haber probado alimento desde la salida hasta la puesta del sol, me enfurecía. Entonces levantaba el palo hacia el cielo, y, blandiéndolo, gritaba: Lieber Herr Gott, ach lieber Herr Gott, ahora más que nunca necesito tu ayuda; si tardas en socorrerme estoy perdido; ¡ayúdame ahora, ahora! Y una vez, cuando deliraba de ese modo, me pareció oír una voz – más, estoy seguro de haberla oído – que sonaba en la cavidad de una peña, muy clara y muy fuerte, gritando: «Der Schatz, der Schatz, no hay que desenterrarlo todavía; a Madrid, a Madrid. El camino del Schatz pasa por Madrid.» De nuevo la idea del Schatz se apoderó de mi ánimo; reflexioné en lo feliz que sería si pudiese desenterrarlo. ¡No más mendigar, no más errar por hórridas montañas y desiertos! Blandí el palo, y noté, con sorpresa, que mi cuerpo y mis miembros se reanimaban con nuevas energías; anduve a buen paso, y no tardé en salir al camino real; mendigué, y proseguí como mejor pude hasta llegar a Madrid.
– ¿Y qué le ha sucedido después de llegar a Madrid? – pregunté – . ¿Ha encontrado usted el tesoro en las calles?
De pronto, Benedicto se volvió reservado y taciturno, cosa que me sorprendió en extremo, porque hasta entonces se había mostrado siempre muy comunicativo en lo tocante a sus cuentas y proyectos. Por lo que pude sacar de sus medias palabras e insinuaciones, parecía que al llegar a Madrid cayó en manos de ciertas personas que le trataron con bondad, proveyéndole de dinero y ropa; no por puro desinterés, sino con los ojos puestos en el tesoro. «Esperan mucho de mí – dijo el suizo – . Después de todo, acaso hubiera sido más ventajoso sacar el tesoro sin su ayuda, con tal que hubiese sido posible.» No sabía o no quiso decirme quiénes eran sus nuevos amigos, salvo que tenían muchísima influencia. Dijo algo acerca de la Reina Cristina, y de un juramento que había prestado ante un obispo, sobre un crucifijo y los cuatro Evangelien. Pensé que había perdido la cabeza, y dejé de preguntarle. En el momento de marcharse, me dijo: «Lieber Herr, dispénseme usted si no le he hablado con entera franqueza, debiéndole tanto como le debo, pero no me atrevo; ahora no me pertenezco. Además, siempre es de mal agüero hablar una palabra acerca de un tesoro antes de tenerlo en nuestro poder. Una vez, en mi país hubo un hombre que cavó en el suelo hasta descubrir un caldero de cobre que contenía un Schatz
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1
Regresó a Madrid el 30 de octubre (Knapp).
2
Pawnee, Pani: agua.
3
The Zincali.
4
La ciencia lingüística moderna difiere de tal modo de estas teorías, que sería muy difícil rectificarlas en una nota instructiva y no demasiadamente larga. Lo mejor será quizás prescindir de este capítulo completamente. (Nota de la edición Burke.)
5
Evangelioa San Lucasen Guissan. El Evangelio según San Lucas. Traducido al vascuence. Madrid. Imprenta de la Compañía Tipográfica, 1838.
6
A nadie que haya leído la obra de este Abbé se le ocurrirá citarlo como una autoridad seria. Se titula L’histoire des cantabres par l’Abbé d’Iharce de Bidassouet. París, 1825. Según el autor, el vascuence fué la lengua de los primeros hombres; Noah, que en vascuence significa vino, es el recuerdo etimológico de la intemperancia del patriarca (Burke).
7
Euscaldun anciña anciñaco, etc. Donostian, 1826. Con una introducción en español y muchas canciones bascas, con notación musical.
8
El 14 de enero de 1838 el jefe político, don Francisco de Gamboa, ordenó el secuestro.
9
Por el gobernador don Diego de Entena, sucesor de Gamboa. La prisión se decretaba: 1.º, por insultos al alguacil; 2.º, por repartir un libro impreso en Gibraltar. Era el Lucas en gitano (sin licencia de impresión), pero que todos sabían impreso en Madrid (Knapp).
10
En la fonda de Genieys (Knapp).
11
Hechos de los Apóstoles, XVI, 37.
12
El edificio llamado Cárcel de Corte, en la Plaza de Provincia, construído para prisión en 1644, comprendía lo que es hoy el ministerio de Estado, más un anejo a su espalda, que llegaba hasta la calle de la Concepción Jerónima.
13
Quizás Waterlóo. (Nota de Borrow.)