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La Biblia en España, Tomo III (de 3)
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Lleváronme a la jefatura, donde está el despacho del corregidor, y me introdujeron en una vasta pieza, invitándome con el gesto a tomar asiento en un banco de madera. Luego se me puso uno a cada lado. Aparte de nosotros, había en la habitación unas veinte personas lo menos; con toda seguridad, empleados de la casa, a juzgar por su aspecto. Iban todos bien vestidos, a la moda francesa en su mayoría; y, sin embargo, harto se notaba lo que en realidad eran: alguaciles, espías y soplones. Si Gil Blas hubiera despertado de su sueño de dos siglos, los hubiese reconocido sin dificultad, a pesar de la diferencia de trajes. Lanzábanme ojeadas al pasar, según recorrían la habitación de arriba a abajo; luego se reunieron en un corro y empezaron a cuchichear. Le oí decir a uno de ellos:

– Entiende los siete dialectos del gitano.

Entonces, otro, andaluz sin género de duda, a juzgar por el habla, dijo:

– Es muy diestro; monta a caballo y tira el cuchillo tan bien como si fuera de mi tierra.

Al oírlo, se volvieron todos y me miraron con interés, mezclado, evidentemente, de respeto, como de seguro no lo hubieran sentido si hubiesen pensado que yo era tan sólo un hombre de bien que daba testimonio en la causa de la justicia.

Esperé pacientemente en el banco una hora lo menos, creyendo que me llamarían de un momento a otro a presencia del señor corregidor. Pero me figuro que no debieron de juzgarme digno de ver a tan eminente personaje, porque al cabo de ese tiempo un hombre de edad provecta – perteneciente, empero, al género alguacil– entró en el aposento y avanzó derechamente hacia mí.

– Levántese – dijo.

Obedecí.

– ¿Cómo es su nombre? – preguntó.

Se lo dije.

– Entonces – replicó mostrando un papel que tenía en la mano – , señor, su excelencia el corregidor manda que le llevemos a usted a la cárcel sin tardanza.

Me miraba fijamente al hablar, quizás con la esperanza de verme caer al suelo al oír el formidable nombre de cárcel; sin embargo, me limité a sonreír. Entonces entregó el papel, que supongo sería la orden de encarcelamiento, a uno de mis dos apresadores, y, obediente a la seña que me hicieron, eché a andar tras ellos.

Supe más adelante que tan pronto como sir Jorge tuvo noticia de mi arresto envió al secretario de la legación, Mr. Southern, a visitar al corregidor, y estuvo haciendo antesala la mayor parte del tiempo que yo permanecí en la jefatura. Al pedir audiencia al corregidor se proponía darle sus quejas y señalarle los peligros a que se exponía con el paso temerario que acababa de dar. El corregidor, muy terco, se negó a recibirle, pensando quizás que avenirse a razones redundaría en menoscabo de su dignidad; pero su conducta me favoreció por modo eficacísimo, porque después de tal ejemplo de gratuita insolencia nadie puso en duda la injusticia y el atropello de que me había hecho víctima.

Los alguaciles me llevaron por la Plaza Mayor a la Cárcel de la Corte, que así se llama. Al cruzar la plaza recordé que, en los buenos tiempos pasados, la Inquisición de España acostumbraba a celebrar allí sus solemnes autos de fe, y eché una mirada a los balcones de la Casa de la Villa, desde donde presenció el último rey de la dinastía austriaca el auto más solemne que se recuerda, y, después de ver quemar por grupos de cuatro o de cinco unos treinta herejes, hombres y mujeres, se enjugó el rostro, sudoroso por el calor y ennegrecido por el humo, y tranquilamente preguntó: «¿No hay más?»; ejemplar prueba de paciencia muy aplaudida por sus curas y confesores, que, andando el tiempo, le envenenaron.

– Y aquí estoy yo – iba yo pensando – , que he hecho en contra del papismo más que todos los pobres cristianos martirizados en esta maldita plaza, enviado simplemente a la cárcel, de la que estoy seguro de salir dentro de pocos días con buena opinión y aplauso. ¡Papa de Roma! Creo que sigues siendo tan maligno como siempre; pero de tan escaso poder, que da lástima. Te estás quedando paralítico, Batuschca, y tu cayado se ha convertido en una muleta.

Llegamos a la cárcel, sita en una calle estrecha, no lejos de la Plaza Mayor. Entramos en un pasadizo obscuro, a cuyo extremo había una verja. Llamaron mis conductores, y un rostro feroz se dejó ver a través de la verja; hubo un cambio de palabras, y a los pocos momentos me encontré dentro de la cárcel de Madrid, en una especie de corredor abierto a considerable altura sobre un patio, de donde subía fuerte rumor de voces y, en ocasiones, gritos y clamores salvajes. En el corredor, que servía como de oficina, había varias personas, una de ellas sentada detrás de un pupitre; hacia ella fueron los alguaciles, y, después de hablar un rato en voz baja, pusieron en sus manos la orden de arresto. La leyó con atención, y, levantándose después, se me acercó. ¡Qué tipo! Tendría unos cuarenta años, y su estatura hubiera sido de unos seis pies y dos pulgadas a no ir encorvado en forma que parecía una ese. Era más delgado que un hilo; diríase que un soplo de aire bastaba para llevárselo. Su rostro hubiera sido hermoso sin tan portentosa y extraordinaria delgadez. Tenía la nariz aguileña; los dientes blancos como el marfil; negros los ojos – ¡oh, qué negrura! – , de muy extraña expresión; atezada la piel, y el pelo de la cabeza como las plumas del cuervo. Sus facciones dilatábanse de continuo por una sonrisa profunda y tranquila, que con toda su tranquilidad era una sonrisa cruel, muy propia del semblante de un Nerón. «Mais en revanche personne n’étoit plus honnête.»

– Caballero– dijo – , permítame usted que me presente yo mismo: soy el alcaide de esta cárcel. Veo por este papel que durante cierto tiempo, muy corto, sin duda, tendré el honor de que me haga compañía bajo este techo; espero que desechará usted de su ánimo todo temor. Me encargan que le trate a usted con todo el respeto debido a la ilustre nación a que pertenece y a que tiene derecho un caballero de tan elevada condición. La verdad es que el encargo está de más, pues por mi propio impulso hubiera tenido yo gran placer en colmarle de atenciones y comodidades. Caballero, debe usted considerarse aquí más como huésped que como preso. Puede usted correr toda la casa a su antojo. Aquí encontrará usted cosas no del todo indignas de la atención de un espíritu reflexivo. Le ruego que disponga de los llaveros y empleados como de sus criados propios. Ahora voy a tener el honor de llevarle a su habitación, la única que hay vacía. La reservamos siempre para caballeros distinguidos. De nuevo me congratulo de que las órdenes recibidas coincidan con mi inclinación personal. No se le pondrá a usted cuenta ninguna, aunque el alquiler diario de ese cuarto llega a veces a una onza de oro. Le ruego, pues, que me siga, caballero, y me considere en todos tiempos y ocasiones como su afectísimo y obediente servidor.

Al decir esto, se quitó el sombrero y me hizo una profunda reverencia.

Tal fué el discurso del alcaide de la cárcel de Madrid, discurso pronunciado en puro y sonoro castellano, con mucho reposo, gravedad y casi dignidad; discurso que hubiera hecho honor a un magnate de ilustre cuna, a monsieur Bassompierre recibiendo en la Bastilla a un príncipe italiano, o al gobernador de la Torre de Londres recibiendo a un duque inglés acusado de alta traición. Pues bien: ¿quién era este alcaide? Uno de los mayores tunantes de España. Un individuo que más de una vez, por su rapacidad y avaricia, y por mermar las miserables raciones de los presos, había provocado insurrecciones en el patio, sofocadas en sangre con ayuda de la fuerza militar; un tipo de baja extracción, que cinco años antes era tambor en una partida de voluntarios realistas. Pero España es el país de los caracteres extraordinarios.

Seguí al alcaide hasta el final del corredor, donde había una verja muy espesa, y a cada lado de ella estaba sentado un llavero, tipos de horrenda catadura. Se abrió la verja, y, volviendo a la derecha, seguimos por otro corredor, donde había mucha gente paseándose: presos políticos, según supe más tarde. Al final del corredor, que abarcaba toda la longitud del patio, entramos en otro; la primer habitación que encontramos era la que me habían destinado. El aposento, espacioso y alto de techo, estaba en absoluto desprovisto de muebles, con excepción de una cuba de madera, destinada a contener mi ración diaria de agua.

– Caballero– dijo el alcaide– , como usted ve, el cuarto está desamueblado. Ya son las tres de la tarde; por tanto, le aconsejo a usted que, sin descuidarse, envíe a buscar a su posada una cama y las demás cosas que pueda necesitar; el llavero le hará a usted la cama. Caballero, adiós, hasta otra vista.

Seguí su consejo, y escribí con lápiz una nota a María Díaz, enviándosela por el llavero; hecho esto, me senté en la cuba, y caí en una especie de ensueño que me duró mucho tiempo.

Al cerrar la noche llegó María Díaz, acompañada de dos mozos de cordel y de Francisco, todos cargados. Encendieron una lámpara, echaron lumbre en el brasero, y la melancolía de la cárcel se disipó hasta cierto punto.

Cuando tuve silla donde sentarme, me levanté de la cuba y me puse a despachar algunos manjares que mi buena patrona no se había olvidado de traerme. De pronto, Mr. Southern entró. Se echó a reír de buena gana al verme ocupado en la forma que he dicho.

– Borrow – me dijo – , es usted hombre muy a propósito para correr mundo, porque todo lo toma usted con frialdad y como la cosa más natural. Pero lo que más me sorprende en usted es el gran número de amigos que tiene; no le falta a usted en la cárcel gente que se afane por su bienestar. Hasta su criado es amigo de usted, en lugar de ser, como en general ocurre, su peor enemigo. Ese vascongado es una criatura muy noble. No olvidaré nunca cómo habló de usted cuando llegó corriendo a la Embajada a llevar la noticia de su arresto. Tanto a sir Jorge como a mí, nos interesó mucho; si alguna vez desea usted separarse de él, avíseme, para tomarlo a mi servicio. Pero hablemos de otra cosa.

Entonces me contó que sir Jorge había ya enviado a Ofalia una nota oficial pidiendo reparaciones por el caprichoso ultraje cometido en la persona de un súbdito británico.

– Estará usted en la cárcel esta noche – dijo – ; pero tenga la seguridad de que mañana, si lo desea, puede salir de aquí en triunfo.

– De ningún modo lo deseo – repliqué – . Me han metido en la cárcel por hacer su capricho, y yo me propongo permanecer en ella por hacer el mío.

– Si el tedio de la cárcel no puede más que usted – dijo Mr. Southern – , creo que esa resolución es la más conveniente; el Gobierno se ha comprometido de mala manera en este asunto, y, hablando con franqueza, no lo sentimos, ni mucho menos. Esos señores nos han tratado más de una vez con excesiva desconsideración, y ahora se nos presenta, si continúa usted firme, una excelente oportunidad de humillar su insolencia. Voy al instante a decir a sir Jorge la resolución de usted, y mañana temprano tendrá usted noticias nuestras.

Con esto se despidió de mí; me acosté, y no tardé en dormirme en la cárcel de Madrid.

CAPÍTULO XL

Ofalia. – El juez. – Cárcel de la Corte. – El domingo en la cárcel. – Vestimenta de los ladrones. – Padre e hijo. – Un comportamiento característico. – El francés. – La ración carcelaria. – El valle de las sombras. – Castellano puro. – Balseiro. – La cueva. – La gloria del ladrón.

Ofalia comprendió en seguida que la prisión de un súbdito británico, hecha en forma tan ilegal, traería probablemente consecuencias graves. Si él en persona animó al corregidor en su conducta respecto de mí, es cosa imposible de decidir; probablemente, no lo hizo; pero el corregidor era un funcionario de su elección, y de sus actos eran hasta cierto punto responsables Ofalia y todo el Gobierno. Sir Jorge había presentado ya una protesta muy enérgica, y había llegado a decir en una nota oficial que desistiría de toda ulterior comunicación con el Gobierno español mientras no se me dieran las reparaciones amplias y completas a que tenía derecho por el atropello sufrido. Ofalia respondió que iban a adoptarse inmediatamente las disposiciones necesarias para mi excarcelación, y que mía sería la culpa si después continuaba preso. Sin dilación ordenó a un juez de la primera instancia que fuese a tomarme declaración y me soltara, amonestándome para que fuese más prudente en lo sucesivo. Pero mis amigos de la Embajada me habían aconsejado lo que debía hacer en aquel caso. Por consiguiente, cuando el juez, en la segunda noche de mi encarcelamiento, se presentó en la prisión y me llamó a su presencia, acudí, en efecto; pero al querer interrogarme, me negué en redondo a contestar.

– No tiene usted derecho para interrogarme – le dije – . No quiero faltar al respeto debido al Gobierno y a usted, caballero juez pero me han encarcelado ilegalmente. Un jurista tan competente como usted no puede ignorar que, conforme a las leyes españolas, yo, por ser extranjero, no puedo ser llevado a la cárcel bajo la inculpación que se me ha hecho, sin comparecer previamente ante el capitán general de esta real ciudad, cuyo deber es proteger a los extranjeros y ver si no se han infringido en sus personas las leyes de la hospitalidad.

Juez. – Vaya, vaya, Don Jorge, ya veo adónde quiere ir a parar; pero sea usted razonable: no le hablo como juez, sino como un amigo que desea su bien y que siente profunda reverencia por la nación británica. Todo este asunto es baladí; no niego que el jefe político ha procedido con alguna ligereza por informes de una persona quizás no muy digna de crédito; pero no se le han causado a usted graves daños, y a una persona de mundo como usted una aventurilla de este género más le sirve de diversión que de otra cosa. Sea usted razonable, olvide lo ocurrido; ya sabe que lo propio de un cristiano, y además su deber, es perdonar. Le aconsejo, Don Jorge, que salga de la cárcel al momento; me atrevo a decir que ya está usted cansado de ella. En este momento es usted libre de marcharse; váyase al punto a su casa, y yo le prometo a usted que a nadie se le permitirá ir a molestarle en lo sucesivo. Ya va siendo tarde, y las puertas de la cárcel se cerrarán dentro de poco. ¡Vamos, Don Jorge, a la casa, a la posada!

Yo. – Pero Pablo les dijo: «Nos han azotado públicamente sin oírnos en juicio, siendo romanos, y nos han arrojado en la cárcel. ¿Y ahora salen con soltarnos en secreto? No ha de ser así; sino que han de venir y soltarnos ellos mismos»11.

Luego le hice una reverencia al juez, que se encogió de hombros y tomó un polvo de tabaco. Al salir del aposento me volví al alcaide, que estaba de pie en la puerta, y le dije:

– Sepa usted que no saldré de esta cárcel hasta que haya recibido plena satisfacción del atropello que sufro. Usted puede expulsarme, si quiere; pero cualquier intento que usted haga lo resistiré con todas mis fuerzas.

– Usía tiene razón – dijo en voz baja el alcaide, inclinándose.

Sir Jorge, al enterarse de esto, me escribió una carta alabando mi resolución de permanecer por el pronto en la cárcel, y rogándome que le dijese qué cosas podrían enviarme de la Embajada para aliviar un poco mi situación.

Voy a dejar por un momento mis asuntos personales, y contaré algunas cosas relativas a la cárcel de Madrid y a sus huéspedes.

La Cárcel de la Corte, donde yo estaba, aunque es la principal prisión de Madrid, no dice nada, ciertamente, en favor de la capital de España. No he tenido ocasión de averiguar si fué construída precisamente para el destino que hoy tiene12; lo probable es que no, porque la práctica de levantar edificios adecuados para encarcelar a los delincuentes no se ha extendido hasta estos últimos años. En todos los países ha sido costumbre convertir en prisiones los castillos, conventos y palacios abandonados, práctica todavía en vigor en la mayor parte del continente, sobre todo en España e Italia, y a la cual se debe en buena parte la inseguridad de las prisiones, y la miseria, suciedad e insalubridad que generalmente reinan en ellas.

No me propongo describir detenidamente la cárcel de Madrid: verdad que sería casi imposible describir un edificio tan irregular y destartalado. Lo más característico son los dos patios, el uno detrás del otro, destinados al recreo y aireación de la masa principal de presos. Tres calabozos abovedados ocupan tres lados del patio, debajo justamente de las galerías de que antes hablé. Esos calabozos tienen capacidad para ciento o ciento cincuenta presos cada uno, y en ellos quedan encerrados por la noche con cerrojos y barras; pero durante el día pueden vagar por los patios a su antojo. El segundo patio era mucho más grande que el primero; pero sólo contenía dos calabozos, horriblemente inmundos y repugnantes; en este segundo patio se encierra a los ladrones de ínfima categoría. Uno de los calabozos es, si cabe, más horrible que el otro; le llaman la gallinería, y en él encerraban todas las noches la carne joven del presidio: chicuelos infelices de siete a quince años de edad, casi todos en la mayor desnudez. El lecho común de los huéspedes de estos calabozos era el suelo, sin que entre él y sus cuerpos se interpusiese nada, salvo a veces una manta o un delgado jergón; pero este último lujo era rarísimo.

Además de los calabozos que daban a los patios, había otros en diversos sitios de la cárcel; algunos completamente en tinieblas, destinados a recibir a quienes parecía conveniente tratar con especial rigor. Había también un departamento para mujeres. A la galería principal daban varios aposentos pequeños, donde residían los presos por deudas o por delitos políticos. Por último, había una pequeña capilla, donde los reos de muerte pasan los tres últimos días de su existencia, en compañía de sus directores espirituales.

No se me olvidará fácilmente el primer domingo que pasé en la cárcel. El domingo es día de gala en la cárcel, al menos en la de Madrid, y en ese día santo toda la ladronería de la cárcel exhibe sus galas y primores. No hay en el mundo gente más vanidosa que los ladrones, en general, ni más amiga de figurar y de llamar la atención de los camaradas por su apariencia fastuosa. En tiempos pasados, el célebre Sheppard se recreaba vistiendo un traje de terciopelo de Génova, y cuando se presentaba en público, llevaba generalmente al costado una espada con guarnición de plata. Vaux y Hayward, héroes más modernos, eran los hombres mejor vestidos en el pavé de Londres. Muchos bandidos italianos se engalanan con esplendidez, y hasta los ladrones gitanos sienten los encantos del vestir ricamente; sólo el gorro de Haram Pasha, jefe de la partida de gitanos caníbales que infestó a Hungría a fines del siglo pasado, llevaba adornos de oro y joyas evaluados en cuatro mil guilders. ¡Vean los frívolos y vanidosos cuán bien se armonizan el crimen y la vanidad! Los ladrones españoles son tan amigos de este género de ostentación como sus hermanos de otras tierras, y tanto en la cárcel como fuera de ella, su mayor contento es lucir su profusión de ropa blanca, ya recostados al sol, ya paseándose gentilmente de aquí para allá.

Ropa blanca como la nieve: tal es el rasgo principal de la vanidad de los ladrones de España. No llevan chaqueta encima de la camisa, cuyas mangas son anchas y flotantes; sólo usan un chaleco de seda verde o azul, con muchos botones de plata, que son más de adorno que de uso, pues rara vez los abrochan. Llevan, además, calzones anchos, un poco a la manera turca; rodeada a la cintura una faja carmesí, y anudado en torno de la cabeza un pañuelo de vivos colores, de los telares de Barcelona; zapatos finos y medias de seda completan el arreo del ladrón. Este vestido es bastante pintoresco, y muy apropiado al tiempo soleado y brillante de la Península; pero hay en él una chispa de afeminamiento, que cuadra mal con el arriesgado oficio de ladrón. No se crea, sin embargo, que cualquier ladrón puede permitirse semejante lujo: hay varias categorías de ladrones, algunos bastante pobres, que apenas tienen un harapo para cubrirse. Quizás en la cárcel de Madrid, tan poblada, no hubiera más de veinte que aparecieran vestidos en la forma que he tratado de describir; eran gente de reputación, ladrones encumbrados, casi todos jóvenes, que si bien no tenían dinero propio, los sostenían en la posición sus majas y amigas, mujeres de cierta clase que traban amistad con los ladrones y cuya mayor gloria y deleite consiste en satisfacer la vanidad de sus amigos con los gajes de su propia vergüenza y envilecimiento. Estas mujeres proveen a sus cortejos de ropa nívea, lavada quizás por sus propias manos en las aguas del Manzanares, para la parada del domingo, momento en que ellas, vestidas a la maja, aparecen en las galerías altas y miran con ojos de admiración a los ladrones pavoneándose en el patio.

Entre esta gente de la ropa nívea, dos tipos llamaron especialmente mi atención: eran padre e hijo. El primero, de unos treinta años, de atlética estatura, era ladrón nocturno, famoso por su habilidad en el oficio. Hallábase preso por una muerte atroz, perpetrada, a favor de una noche silenciosa, en una casa de Carabanchel, donde tuvo por único cómplice a su hijo, un niño de menos de siete años de edad. «La manzana – como dice Dauer – no ha caído lejos del árbol.» El retoño era en un todo un traslado de su padre, aunque en miniatura. Llevaba también las mangas de seda, el chaleco con botones de plata y el pañuelo rodeado a la cabeza, como los ladrones, y, cosa bastante ridícula, un enorme cuchillo manchego en la faja carmesí. Con toda evidencia, era el orgullo del rufián de su padre, que atendía con todos los cuidados imaginables a aquella cría de la horca; le columpiaba en sus rodillas, y a veces se quitaba el cigarro de sus labios bigotudos para ponérselo en la boca al pequeñuelo. El chico era el favorito del patio, porque su padre era uno de los valientes de la cárcel, y los que temían sus proezas y deseaban serle agradables estaban siempre mimando a su hijo. ¡Qué enigma es este mundo! ¡Qué obscuras y misteriosas las fuentes de lo que llaman crimen y virtud! Si aquel desventurado niño es, con el tiempo, un asesino como su padre, ¿podría culpársele por ello? Arrullado por ladrones, ya vestido de ladrón, hijo de un ladrón cuya historia fué quizás igual a ésta, ¿es justo…?

¡Oh hombre! ¡Hombre! No intentes penetrar en el misterio del bien y del mal morales; reconoce que eres un gusano, arrójate al suelo y murmura con los labios pegados al polvo: ¡Jesús! ¡Jesús!

Lo que más me sorprendió fué el buen comportamiento de los presos; lo llamo bueno después de considerar bien todas las cosas y de compararlo con el de la generalidad de los presos en otros países. Tienen en ocasiones sus estallidos de alegría salvaje, sus riñas, que habitualmente ventilan en el segundo patio cuchillo en mano; el resultado suele ser con frecuencia una muerte, o algún desgarrón espantoso en la cara o en el abdomen; pero, en general, su conducta era infinitamente superior a lo que podía esperarse de los huéspedes de tal lugar. Sin embargo, no era el resultado de la coacción, ni de vigilancia alguna especial que se ejerciese sobre ellos, pues quizás en ninguna parte del mundo están los presos tan abandonados a sí mismos y en tan extremado descuido como en España: las autoridades no se preocupan más que de impedir su fuga; no prestan la más mínima atención a su conducta moral, ni consagran un solo pensamiento a su salud, comodidad o mejoramiento mental mientras los tienen encerrados. Con todo, en esta cárcel de Madrid, y puede decirse que en las prisiones españolas en general, pues he sido huésped de más de una, los oídos del visitante no se sienten nunca lastimados con las horrendas blasfemias y obscenidades que se oyen en las cárceles de otros países, especialmente en las de la civilizada Francia; ni ofendidos sus ojos e insultado personalmente, como lo sería de seguro en Bicêtre al querer mirar al patio desde las galerías, y eso que en la cárcel de Madrid se hallaban tipos de lo más perdido de España, rufianes que tenían a su cargo atrocidades y crueldades espeluznantes. Pero la gravedad y la calma son los caracteres que predominan en los españoles; y hasta el ladrón, salvo en los instantes en que está entregado a sus faenas (y entonces no le hay más sanguinario, más despiadado ni más rapaz y ansioso de botín), puede ser hombre cortés y afable, que gusta de conducirse con templanza y decoro.

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