A través de los hombres, à mi misma
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A través de los hombres, à mi misma

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Uliana Sunny

A través de los hombres, à mi misma

A través de los hombres, à mi misma


Contents

Libros

Nos casamos

Volví a ser una mujer completa

Cuál fue en realidad mi fuerza

Nunca es demasiado tarde mientras sigas viva

La verdad

Quiero escribir la verdad sobre mí misma, esa misma verdad que he llevado dentro durante tanto tiempo, con el temor de que resultara excesiva...

En las páginas de este libro se asentarán mis vivencias, mis recuerdos y mis sentimientos. Escribiré sobre las decisiones de las que me siento orgullosa, del mismo modo en que una se enorgullece de un hijo que costó concebir. Y sobre las cosas que he hecho y de las que todavía me avergüenzo, aquellas que dejaron cicatrices en mi memoria y aún me provocan pesadillas.

Verás a una niña de pueblo que, cada noche, pedía un deseo a una estrella y le rogaba un destino diferente. Verás a una mujer que se rompió en mil pedazos y, sin embargo, volvió a recomponerse pedazo a pedazo, haciéndose más fuerte cada vez. Verás el camino de una persona que anduvo a tientas por habitaciones a oscuras hasta que aprendió a escuchar su propia voz.

Sé que la memoria es mentirosa. Rellena detalles, confunde el orden de los acontecimientos y pinta el pasado con los matices que más nos convienen. Pero dejaré ese juego a un lado. Conservaré lo que de verdad importa: el sabor salado de las emociones que he atravesado y los callos que dejaron en mi corazón las lecciones que marcaron mi vida.

Escribo esto para mí y para esa mujer que tal vez hoy se encuentre al borde de su propio abismo, buscando la mano de alguien. Quizás se reconozca en mi confesión. Quizás encuentre en la oscuridad justo la respuesta que tanto andaba buscando.

Y si, entre estas líneas, te topas de repente con tu propio reflejo, seré feliz. Si encuentras una respuesta, habré cumplido mi propósito. Y si no es así, deja que este libro sea para ti, sencillamente, la experiencia de otra persona. El testimonio de que ni siquiera el camino más tortuoso es infinito. De que todo empieza con una elección. Con ese preciso instante en el que decides no sufrir, sino actuar. Con la decisión de no esperar a que el dolor pase, sino de elegirte a ti misma. De elegir vivir y seguir avanzando, incluso cuando el camino no se vislumbra por ninguna parte.

Esta es mi verdadera historia. El orgullo por lo que he hecho y el dolor por lo que he soportado. Párrafo a párrafo.

Empiezo...

Una niña de pueblo

Imagina una capital del mundo. Londres. Tokio. Nueva York. París. Pekín. Nueva Delhi. Ciudades donde la gente corre al trabajo vestida con trajes caros, donde los rascacielos reflejan el sol, donde los restaurantes están llenos de personas que hablan de negocios, viajes, inversiones y planes de futuro. Ahora imagina un lugar a unos mil quinientos kilómetros al sur de una capital así. Un pueblo. Allí nací yo. Un lugar donde un niño prácticamente no tiene oportunidades. Nací en el seno de una familia formada por un simple chófer y una contable. Nuestra casa era pequeña, vieja, de barro y caña. El retrete estaba afuera. Traíamos el agua en cubos desde una bomba. Mamá y papá prácticamente vivían en el trabajo. No trabajaban para viajar, tener una vida hermosa o hacer grandes compras. Trabajaban para alimentarnos a mi hermano y a mí. Para que tuviéramos comida. Para que pudiéramos ir a la escuela. Para que algún día nuestra familia tuviera una casa normal de ladrillo. Mientras mis padres estaban en el trabajo, yo me convertí en el ama de la casa. Era una niña, pero dejé de sentirme solo una niña muy pronto. Una niña a la que le correspondía jugar, pasear y esperar a sus padres. Yo limpiaba, ayudaba en la casa y cuidaba del hogar. Me resultaba tan natural que ni siquiera me preguntaba por qué tenía que ser así. Probablemente porque en nuestra vida no existía otra opción. Eran los años noventa. Crisis, pobreza, falta de un trabajo digno, incertidumbre. Fue una época difícil para muchas familias. Para la nuestra también. Mis padres intentaron escapar de aquella vida durante años. Pero el dinero nunca alcanzaba. A lo largo de toda nuestra infancia, casi lo único que lograron ahorrar fue para la construcción de una casa de ladrillo. Ladrillo a ladrillo. Año tras año. Y todo lo que lograban ganar iba a parar allí. De modo que casi nunca había dinero para nosotros, los niños. Nada de ropa cara. Nada de ordenador. Nada de teléfonos. Nada de dulces. Ninguna posibilidad de comprar todo lo que queríamos. A veces nos faltaban las cosas más corrientes que otros niños daban por sentadas. Pero por aquel entonces yo no lo entendía. Simplemente vivía. Y comprendí una cosa muy pronto: si no tienes dinero, lo único que nadie te puede quitar es el conocimiento. Así que estudié en la escuela con una constancia increíble. Estaba segura de ello: la educación era mi único billete hacia una vida diferente. No faltaba a una sola clase. Me esforzaba mucho. Pero al mismo tiempo, en la escuela no me consideraba inteligente. Al contrario. Mis amigas sacaban todo sobresalientes. Yo era la «más tonta» entre ellas, al menos eso me parecía a mí. Tenía dos notables. Solo dos. Pero al lado de chicas que prácticamente solo tenían sobresalientes, sentía que me quedaba muy atrás. Solo mucho después me di cuenta de que aquel entorno fue un inmenso regalo para mí. Las miraba y pensaba: «Si ellas pueden, yo también debería poder». Intentaba mantener el ritmo. Fue entonces cuando comprendí por primera vez hasta qué punto nos moldean las personas que nos rodean. A veces no necesitas a alguien que te repita sin cesar: «Tú puedes». A veces basta con ver a alguien que ya lo ha conseguido. Y te da vergüenza rendirte.

El patito feo

En la escuela me consideraba fea. Un día se lo dije a mi madre. Me miró y me contestó: «Por ahora eres un patito feo. Pero pronto te convertirás en un hermoso cisne». Por aquel entonces no le creí. En absoluto. Era muy delgada, con una melena negra y larga y unas cejas gruesas y pobladas. No tenía ningún rasgo facial llamativo o memorable. Un rostro común y corriente, aspecto asiático, piel morena. Pero yo quería ser diferente. Quería tener rasgos eslavos. Me parecía que esa era la auténtica belleza. Ahora pienso en aquella niña y sonrío. Qué crueles somos a veces con nosotras mismas. Cuántos años podemos pasarnos mirándonos a través de los estándares ajenos sin percatarnos de nuestra propia belleza. En aquel tiempo no sabía que la gente hermosa no responde a un único patrón. La belleza adopta formas distintas. Y, tal vez, no haya personas feas. Hay personas que todavía no han aprendido a verse. Yo era una de ellas.

La universidad

A los diecisiete años obtuve mi título escolar. Dos notables, el resto sobresalientes. Y me marché a estudiar al centro regional. Ingresé en una universidad pública para convertirme en profesora de Matemáticas e Informática. Tenía diecisiete años. Salí del pueblo rumbo a la ciudad prácticamente sola. Mis padres rara vez podían darme dinero. Me ayudaba mi abuela. Cuando cobraba su pensión, apartaba una pequeña suma para mis gastos. Y eso era todo. Prácticamente no había ninguna otra ayuda. Mi hermano también estudiaba en la universidad, en la misma que yo. A él a veces lo ayudaba mi abuelo. Vivía con él porque su piso estaba cerca de la universidad. Yo, en cambio, tenía que valerme casi siempre por mí misma. Y entonces comprendí otra cosa: si no hay dinero, hay que ganárselo de otra manera. Así que me esforcé por estudiar lo bastante bien como para recibir dos becas. Tuve que ganarme literalmente la oportunidad de continuar con mis estudios. Aun así no bastaba. Pero seguí adelante. Estudiar. Trabajos a tiempo parcial. Ahorrar. Y estudiar de nuevo. En verano trabajaba en una fábrica, en una tienda de comestibles. El sueldo era poco. Pero era mío. Al mismo tiempo, ayudaba a mis padres con su primer pequeño negocio. En un momento dado, mamá y papá dejaron sus empleos y decidieron probar a trabajar por su cuenta. Mi padre compró un coche barato de color rojo. Varias lecheras. Una desnatadora para procesar la leche y la nata y hacer requesón. Nuestra familia tenía un poco de ganado propio, era prácticamente imposible sobrevivir en el pueblo sin él. Pero no bastaba. De modo que mis padres compraban leche a los vecinos, a la granja, a la gente común. Y empezaron a vender productos lácteos por los patios del centro de la ciudad. Ahora suena casi romántico. Pero por aquel entonces no tenía nada de romántico. Era una lucha constante. Eran cuatro perras. Y esas cuatro perras daban para comer. A veces, para ropa. Y ahorraban para la construcción de la casa. Eso era todo. No había más ahorros. Ni grandes planes. Solo un día más.

Primer amor

Terminó el primer año de universidad. Pasé a segundo. Tenía dieciocho años. Y un día, una amiga y yo fuimos a un conocido bar de la zona llamado «Prado». En aquel entonces no pensaba para nada en chicos. Ni un poco. Tenía otros planes. Estudiar. Y volver a estudiar. Me encantaba la música y bailar (en el colegio iba a clases de coro y de baile). La música terminó, empezó la siguiente canción, me aparté del grupo de chicas y me dirigí hacia la salida, solo para tomar un poco de aire. Y allí lo conocí. Mi primer novio. El hombre con quien pasaría los siguientes cinco años. No sabía entonces que estaba conociendo a mi primer amor. ¿Y sabes lo que es el primer amor? Es cuando una persona pasa a formar parte de tu vida tan rápido que dejas de entender dónde termina él y dónde empiezas tú. Era guapo, educado, interesante. Trabajaba como capitán de altura y a menudo salía a la mar. Para mí, en aquel momento, aquello sonaba casi como una vida de película. Solo me llevaba dos años. Yo tenía dieciocho. Él, veinte. Había tenido muchas novias antes de mí. Yo nunca había tenido novio. Él fue mi primero en todo. Y sabía cómo encandilar. Muy bien. Me cuidaba. Me ayudaba económicamente. Me apoyaba en lo moral. Estaba ahí para mí. Y yo lo amaba como, tal vez, solo puede amar alguien que le ha abierto de verdad su corazón a otra persona por primera vez. Le fui fiel. Incluso cuando se iba al mar. Incluso cuando estábamos lejos el uno del otro. Lo esperaba. Por aquel entonces, me parecía que aquello era el amor. Que, sin duda, él se convertiría en mi marido. Que era mi destino. Aún no sabía que el destino a veces primero nos da a una persona a la que amamos con todo el corazón, y luego nos la arrebata para hacernos encontrar con nosotras mismas.

Cinco golpes

Pasó el tiempo. Terminé la universidad. Obtuve mi título como profesora de matemáticas e informática. Entré en el posgrado. Ya llevaba un año estudiando. Y entonces ocurrió algo en mi vida que todavía recuerdo como uno de los periodos más terribles. No fue una sola tragedia. Fueron varias a la vez. Una tras otra.

Primero. Mi madre cayó enferma. Un tumor cerebral. La enfermedad avanzó con rapidez. Perdió la memoria. Perdió la salud. Poco a poco quedó prácticamente incapacitada. Miraba a mi madre y no entendía cómo podía siquiera estar pasando algo así. Apenas ayer era una persona que trabajaba, cuidaba de todos, mantenía unida a la familia. Y ahora su salud se apagaba ante nuestros ojos. Mucho trabajo. Estrés. Pobreza. Años de tensión constante. Parecía que todo le había pasado factura al fin.

Segundo. Mi abuela murió. La misma abuela que me ayudaba. Murió en mis brazos y en los brazos de mi tío. Todavía recuerdo aquel momento. Recuerdo la espuma que le salía de la boca. Recuerdo el miedo. Recuerdo la sensación de absoluta impotencia. La quería muchísimo. Y en ese instante, perdí a una persona que había sido uno de mis pilares durante muchos años.

Tercero. Mi hermano estaba lejos. Después de la universidad, sirvió en el ejército. Muchos chicos pasaron por eso. Y él también tenía que cumplir con su deber. Pero para mí significaba una sola cosa: no estaba a mi lado.

Cuarto. Papá se marchó a otra ciudad a trabajar. Vender leche ya no daba los mismos ingresos. Cada vez aparecían más tiendas que vendían leche más barata, aunque no fuera de la mayor calidad. El pequeño negocio familiar empezó a apagarse. Y mi padre volvió a marcharse para buscar trabajo.

Quinto. Y fue entonces cuando ocurrió lo más doloroso. Mi primer amor me traicionó. Me fue infiel. Vi un mensaje de otra chica. Recuerdo ese momento. Y lo más terrible es que él sabía por lo que yo estaba pasando. Sabía lo de la enfermedad de mamá. Sabía lo de la muerte de la abuela. Sabía que papá estaba lejos. Sabía que mi hermano estaba en el ejército. Lo sabía todo. Y yo, en mi tercer año, lo había esperado una vez durante un año entero mientras él estaba en el ejército. Le fui fiel. Y ahora, justo en este momento, me traicionó. Me pidió perdón, se disculpó durante mucho tiempo, se puso de rodillas, pero no pude perdonarlo. «Murió» a mis ojos. Y después se marchó a otra travesía.

Y me quedé sola con mis golpes. Me quedé sobre las ruinas de mi vida. Y me moría por dentro. Decir que viví un estrés extremo es quedarse corta. Antes de esto, creía que ya había visto mucho en la vida. Las enfermedades de mis familiares. Las riñas y peleas de mis padres. Su casi divorcio. La traición de «amigos». Mi propia pelea con cinco chicas en el colegio, tras la cual terminé prácticamente con sangre por todo el cuerpo. La ausencia de todo lo que un niño normal desearía. Ahora a todo esto se le podría llamar pequeñeces. Pero para un niño estas no son pequeñeces. Sin embargo, todo aquello, comparado con lo que ocurrió entonces, de verdad parecía una pequeñez. Porque cinco golpes llegaron casi a la vez. Y casi acaban conmigo. Pero solo casi. Porque no me quedaba otra opción que reunir todas mis fuerzas y actuar.

Salvación

Primero, mamá. Decidí que la salvaría. No sabía cómo. No sabía de dónde sacaría el dinero. No sabía quién me ayudaría. Pero tenía que hacer algo. Con enorme dificultad, conseguí arrancar un cupo para una operación en un instituto de investigación de la capital con el mejor neurocirujano. Fui al departamento de salud. Allí me mostraron un despacho entero lleno de pilas de hojas, donde todo el mundo esperaba su turno para la cirugía. Lo entendía todo, pero no tenía más opción que rogar. Llorar. Pedir ayuda. Reuní documentos. Y volví a pedir. Nos aprobaron el cupo para la cirugía. El dinero para los otros gastos de mamá se recaudó no sin la ayuda de la gente. Familiares. Vecinos. Conocidos. Todos ayudaron como pudieron. Y por fin se llevó a cabo la operación. Operaron a mamá. Poco a poco, a lo largo de seis meses, volvió al estado de una persona sana. No de inmediato. No fácilmente. Pero volvió. Por supuesto, hubo secuelas de la operación; se dañó una arteria de su cerebro y perdió la visión en un campo visual. Pero está viva, salió adelante. Y era algo con lo que podía vivir. Y entonces, por primera vez, sentí con total claridad: a veces una persona no tiene que ser fuerte sola. A veces la fuerza consiste en admitir que necesitas ayuda. Y en permitir que la gente te ayude.

Abuela. Enterramos a la abuela. Con familiares. Todo el pueblo. La quería muchísimo. Que la tierra le sea leve.

Padre y hermano. Luego mi padre regresó. Mi hermano terminó su servicio y también regresó. Regresaron por turnos. Y con cada regreso, sentía un poco más de alivio.

Por fin volvía a haber gente en casa. Mamá estaba viva. Padre regresó. Hermano regresó. Pero eso no resolvía el quinto problema. Mi amor estaba destruido. Y entonces tomé la primera decisión verdaderamente importante para mí. Decidí mudarme a la capital. Con mi tía, la hermana de mi madre. Rara vez nos visitaba. Pero según lo que entendíamos, era casi una persona de otro mundo. Era de la capital. Y la capital, para nosotros, era algo enorme, lejano y casi inalcanzable.

Dos títulos y un billete a la capital

Para entonces, estaba terminando mi maestría. Redactando mi tesis de maestría. Rindiendo los exámenes de Estado. En esa época, compaginaba dos trabajos con los estudios de maestría. En la universidad, como especialista principal en el departamento científico y profesora de análisis matemático para los estudiantes de primer año. Y los viernes, iba a un internado para niños con discapacidades a enseñarles matemáticas. Concluí con éxito mi maestría; gracias a mi esfuerzo, logré aprobar los exámenes de Estado con las calificaciones más altas y defender con éxito mi tesis. Acto seguido, renuncié a todos mis trabajos y compré de inmediato un billete de avión a la capital. Aquella noche hubo muchas lágrimas en mi casa. Les anuncié a mis padres que me marchaba. Mamá ya estaba en casa para entonces y se sentía bien. Mi hermano había conseguido un buen trabajo y acababa de casarse. Su esposa, embarazada, se mudó con nosotros. Yo, por mi parte, les pedí prestado un poco de dinero a mis padres, que vendieron un par de vacas para darme algo de fondos, y luego preparé mi maleta. Tomé mis dos títulos y volé a conquistar la capital. Sola. Eso era, en esencia, todo lo que tenía. Dos títulos. Una maleta pequeña. Y un deseo enorme de cambiar mi vida. Creí que lo peor ya había quedado atrás. Qué equivocada estaba... Lo peor apenas comenzaba...

La capital que nunca vi

Llegué a la capital con dos títulos, mi pequeña maleta y la certeza de que ahora mi vida definitivamente cambiaría. De inmediato quise trabajar en una universidad. Me parecía lógico continuar con una carrera académica: matemáticas, informática, educación y ciencia. Había estudiado durante tantos años precisamente para eso. Pero la capital se encargó de explicarme muy pronto una cosa muy sencilla: aquí a nadie le importaba cuánto hubieras soñado. Tenías que empezar desde el lugar que te dieran. Y me dieron una escuela. Una escuela local en la periferia de la ciudad, donde vivía mi tía. Recuerdo mi primera impresión. Yo venía de un pueblo pequeño donde todos se conocían, donde los niños podían saludar a su maestra por la calle y los adultos sabían de qué familia procedía cada criatura. Aquí era diferente. Los niños de la capital eran agresivos y arrogantes. Algunos de ellos, en quinto grado, se sabían las palabrotas mejor que la tabla de multiplicar. Llegué allí como profesora de matemáticas y de informática. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que no me dejarían ser solo profesora. Tenía que serlo todo a la vez. Una profesora. Una psicóloga. Una trabajadora social. Tutora de varias clases. A veces, una madre. A veces, una persona que simplemente debía escuchar a un niño. Llegaba a la escuela una hora antes de que empezaran las clases. Y a veces salía a las diez de la noche. Tenía dos trabajos a tiempo completo. Con mi sueldo les compraba dulces a los niños, intentando establecer algún tipo de contacto. A veces aceptaban los dulces y aun así se mostraban desagradecidos. Había niños de familias desfavorecidas. Sí, ese tipo de familias también existen en la capital. Me enojaba. Lloraba. Me agotaba. Volvía a casa. Y por la mañana, iba de nuevo allí. Era como una pesadilla de la que resultaba imposible despertar. Y lo más terrible: apenas vi la ciudad. Vine a conquistar la capital, pero solo conocía la ruta: casa, escuela, escuela, casa. Ni paseos, ni teatros ni museos, ni restaurantes, ni calles hermosas, nada de vida urbana en absoluto. Estaba tan ocupada sobreviviendo que ni siquiera tuve tiempo de asimilar con exactitud dónde estaba viviendo. Pero la escuela era solo la mitad del problema. La otra mitad me aguardaba en casa.

Tía

Mi tía, la hermana de mi madre, resultó ser una persona sumamente difícil. Caprichosa. Exigente. Controladora. Tenía sus propias reglas, sus propias convicciones y una cantidad enorme de quejas hacia mí. Esto no se hacía así. Aquello no estaba bien. No puedes ir allá. No te relaciones con esta gente. No salgas a ningún lado. Solo el apartamento y la escuela. Todo el dinero que ganaba se iba en comida, en el apartamento y en los gastos de ella. A veces conseguía comprarme algo de ropa. Y eso era todo. Al mismo tiempo, la comprendía. Ella misma era de pueblo. También ella se había escapado en su día a la capital. Se casó. Luego su marido falleció joven. Había tenido una discapacidad durante toda su vida y no trabajaba; vivía de una pensión de invalidez. Quizá su vida tampoco había sido nada fácil. Cuando llegué, su vida se volvió un poco más sencilla. Pero, a la par de eso, comenzó a controlarme todavía con más fuerza. A los ocho meses, me dijo: "Elige. O vives así y te lego mi apartamento, o te regresas al pueblo y te quedas sin nada. Y no se te ocurra volver". Me manipulaba. Y yo lloraba. Quería estar con mamá. No deseaba vivir bajo un control tan total, ver descontento y miradas extrañas todos los días. No quería vivir solo para ella y quedarme esperando el maná del cielo. Ya me encontraba en un estado emocional difícil; era mentalmente inestable. Y su presión constante me consumía aún más por dentro. Deseaba volver a casa. Viví con ella durante nueve meses. Trabajé en la escuela un año lectivo. Y regresé. No vi verdaderamente la capital. Al menos, no la ciudad que había imaginado. Y entonces decidí que, tal vez, la capital simplemente no era para mí. Creía que allí vivía una clase especial de personas. Fuertes. Duras. Seguras de sí mismas. Y yo, tal vez, era demasiado débil. Pensaba: "No seré parte de este mundo". Me equivocaba. Pero en aquel entonces aún no lo sabía.

El primer y último regreso

Cuando tomé el vuelo de regreso a casa, besé literalmente la tierra de mi pueblo. Qué bien me sentía. Por fin volvía a estar de verdad en casa. Pagué la deuda de mis padres, ayudé a mi hermano con dinero (un regalo de bodas de mi parte) y hasta me quedó un poco para mí. Así que decidí: ya está. Viviré cerca de mis padres. Conseguí de inmediato un empleo como profesora en el liceo del distrito. El trabajo era mucho más tranquilo. El sueldo, regular. Y pensé: "¿Acaso necesito esta capital?". Estaba cerca de mis padres. Mamá estaba viva y bien. Papá estaba en casa. Mi hermano había vuelto del ejército, se había casado y su esposa ya había dado a luz a un niño. Yo tenía trabajo. ¿Qué más necesitaba? Sin embargo, en mi interior fue asomando poco a poco un sentimiento que al principio intenté ignorar. Comencé a perder el interés por esta clase de vida. No como ser humano, sino como la persona que yo era, que quería más. Tenía estudios. Tenía experiencia. Sabía que podía hacer más. Pero cada día sucedía exactamente lo mismo. Escuela. Casa. Pueblo. Y otra vez la escuela. Al cabo de un tiempo, empecé a hacerme preguntas: "¿Esto es todo?". "¿De verdad quiero pasarme toda la vida aquí?". "¿Voy a trabajar en una escuela de pueblo, ganar un sueldo modesto, vivir con mis padres, mi hermano, su esposa y sus hijos?". "¿Voy a pasarme toda la vida al servicio de la familia y olvidarme de mí misma?". Solo cabía una respuesta: no. Pero qué hacer después, no lo sabía. Ya había pasado por la traición en el amor. Dejarlo marchar había sido sumamente difícil. Sufría de un modo literalmente físico. Continuaba destrozándome por dentro a base de soledad y recuerdos. Pero, con el tiempo, el dolor empezó a apaciguarse. Pasó otro año. Gané experiencia como profesora en el liceo. Armé un buen expediente. Y por fin lo comprendí: tenía que seguir adelante.

El primer "negocio"

Y entonces decidí abrir un negocio. El primero de mi vida. Pedí un préstamo considerable. Me compré un coche. Compré un puesto en el mercado. Me parecía que lo había pensado todo al detalle. Mi madre y yo fuimos a comprar ropa. Ella me ayudó. Contraté a una dependienta. Y los fines de semana y días festivos, me ponía yo misma detrás del mostrador. Miraba mi puesto y pensaba: «Ya está. Ahora soy empresaria». Pero el negocio no despegó. En absoluto. La ropa no era la adecuada. La ubicación no era la adecuada. El público no era el adecuado. La gente entraba. Admiraba. Miraba. Preguntaba el precio. Y se marchaba. Les resultaba demasiado caro. La gente estaba acostumbrada a comprar cosas al precio más bajo posible. Y yo traje mercancía que costaba dos o tres veces más de lo que solían pagar. Lo entendí todo en unos tres meses. Tuve que cerrar el puesto. Lo vendí por la mitad de su precio. Y me quedé con el préstamo. Finales de verano. Me senté y pensé: «Bueno, se acabó. Ahora sí que no va a salir nada bien». Me llamé estúpida a mí misma. Sin talento. Fracasada. Pensé que lo había arruinado todo otra vez. Menos mal que seguía trabajando como profesora en paralelo. De lo contrario, sencillamente no habría tenido de qué vivir. Pero fue este fracaso el que, de manera inesperada, hizo algo muy importante por mí. Me obligó a detenerme por primera vez y a analizar mi propia vida. Me pregunté: «¿Qué quiero?». No mis padres. No mis familiares. No la sociedad. No un hombre. No la escuela. Yo. ¿Qué quiero *yo*? ¿Cómo quiero vivir? ¿Es este el final? ¿O puedo empezar de nuevo? Me miré y me di cuenta: «No quiero vivir así». Pero ¿qué hacer a continuación? No lo sabía. Pero decidí: al menos *algo*.

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