La puerta de Vallumbra
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Язык: Русский
Год издания: 2026
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Vocabulario 1: 1. litera 2. armario empotrado 3. prefecta 4. madrugar 5. manta 6. encajar 7. internado 8. altiva

Vocabulario 2: 1-b, 2-e, 3-f, 4-d, 5-c, 6-a

Vocabulario 3: 1-b, 2-b, 3-b, 4-a, 5-b

Vocabulario 4: 1. Porque es ropa usada de un alumno que se marchó el año anterior. 2. Una costumbre de la última noche de octubre: se encienden luces y se dejan fuera para que los que están fuera encuentren el camino de vuelta. 3. Porque era la única torre con una cama libre. 4. Si cruzó sola, si sabía que iba a cruzar, si tiene familia que haya cruzado, si ha hecho magia y si tiene hambre; la importante es la última. 5. Ve el roble madre iluminado y una hoja que cae recta y deprisa.

Vocabulario 5: 1. Falso 2. Verdadero 3. Falso 4. Verdadero 5. Verdadero

Gramática 1: 1. empezó a comprender / se fue dando cuenta 2. acaba de ver 3. no volvió a hablar 4. Hay que levantarse 5. suele leer

Gramática 2: 1. Llevo / pensando 2. lleva contando / suele contar 3. se fue quedando 4. estuvo a punto de caerse 5. acabaron aceptando

Gramática 3: 1. Acabo de volver. 2. Dejó de escribir. 3. Volvió a abrir el libro. 4. Llevamos tres años viviendo aquí. 5. Hay que esperar.

Capítulo 5. Una alumna sin magia

Vocabulario clave

un aula — аудитория, класс

un pupitre — парта

una tiza — мел

un fracaso — провал, неудача

torpe — неуклюжий

avergonzado/a — пристыжённый

burlarse de — насмехаться над

un enfoque — подход

descartar — отбрасывать, исключать

una destreza — сноровка, умение

el trazo — штрих, линия

un pergamino — пергамент

exigente — требовательный

rendirse — сдаваться

un vínculo — связь

Una alumna sin magia

La primera clase de Alba en Vallumbra fue Correspondencias Elementales, a las ocho de la mañana, en un aula del ala oeste con las paredes cubiertas de mapas.

No eran mapas geográficos. Eran diagramas: círculos unidos por líneas, tablas de símbolos, esquemas donde una palabra aparecía en un extremo y otra palabra distinta en el otro, con una flecha en medio. Alba se quedó mirándolos desde la puerta hasta que Nuria la empujó suavemente hacia un pupitre libre en la tercera fila.

—No te sientes delante el primer día —susurró—. Y tampoco al fondo. El fondo es peor.

El profesor entró tres minutos después. Era un hombre de unos cincuenta años, delgado, de movimientos económicos, con el pelo gris muy corto y una manera de mirar que parecía medir a la gente antes de saludarla. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y una vara de madera oscura, casi negra, con una banda de metal en el mango.

—Ferrán —murmuró Nuria—. El de las hojas.

El profesor Ulises Ferrán dejó el cuaderno sobre la mesa, escribió una cifra en la pizarra con una tiza y subrayó dos veces.

40.

—Buenos días —dijo—. Cuarenta hojas. Ayer eran cuarenta y una. La media histórica es de una hoja diaria, con desviaciones de hasta tres en años de viento. Repito esto todas las mañanas porque quiero que os acostumbréis a mirar un número antes de opinar sobre él.

Nadie dijo nada. Ferrán borró la cifra con el canto de la mano.

—Hoy no vamos a dar materia nueva. Tenemos una alumna incorporada y un contexto excepcional, y el reglamento me obliga a explicar el contexto excepcional. —Se volvió hacia el aula—. Serrano.

Alba levantó la mano media cuarta, sin saber si eso se hacía allí.

—Ponte de pie, por favor.

Se puso de pie. Veinticuatro cabezas giraron.

—¿Cuánto sabes de correspondencias?

—Nada.

—¿Cuánto sabes de magia?

—Nada.

—Bien. Eso es una respuesta honesta y ahorra mucho tiempo. —Ferrán se apoyó en la mesa—. Escuchad todos, porque esto también os sirve a vosotros aunque llevéis seis años aquí. La magia no crea nada. La magia es la administración de vínculos que ya existen. Si esta tiza y esa ventana están vinculadas, puedo mover una moviendo la otra. Mi trabajo no consiste en inventar el vínculo, sino en encontrarlo, comprobarlo y decidir en qué dirección lo recorro. ¿Alguna pregunta?

Un chico de la primera fila levantó la mano.

—¿Y de dónde salen los vínculos?

—De la historia de las cosas. Del hecho de haber estado juntas, de haberse tocado, de haberse parecido, de haber sido nombradas con la misma palabra. —Ferrán señaló los diagramas de la pared—. Todo lo que veis ahí es un inventario. Un mago competente es, básicamente, alguien con muy buena memoria y ningún entusiasmo.

Hubo una risa breve por el aula. Alba, todavía de pie, tuvo la incómoda sensación de que la frase iba dirigida a ella.

—Siéntate, Serrano. Vas a hacer los ejercicios como todos. Si no te sale nada, no pasa nada: es lo esperable.

Un chico de la última fila levantó la mano.

—Profesor, ¿y las cosas que no se han tocado nunca? ¿Esas no tienen vínculo?

—Todas las cosas de este mundo han estado juntas alguna vez —dijo Ferrán—. El problema no es que no exista el vínculo. El problema es que sea tan largo que no puedas recorrerlo con una vida entera de trabajo. —Cogió la tiza y dibujó dos puntos muy separados en la pizarra—. Un mago mediocre busca vínculos fuertes. Un buen mago busca vínculos cortos. Y un mago excelente sabe cuándo dejar en paz un vínculo que no le corresponde tocar.

Borró los dos puntos.

—Eso último no entra en el examen y no lo va a apuntar ninguno de vosotros, y dentro de veinte años los que sigáis vivos entenderéis por qué lo he dicho.

Los ejercicios consistían en mover una piedra pequeña de un lado a otro del pupitre.

Cada alumno tenía delante dos piedras idénticas, sacadas del mismo río el mismo día, y por lo tanto vinculadas por su origen. El procedimiento, según Ferrán, era sencillo: sostener la vara, fijar la atención en el vínculo, mover la primera piedra con la mano y esperar a que la segunda repitiera el movimiento.

A Nuria le funcionó al tercer intento. A la chica de delante, al primero. Un chico del fondo consiguió que su segunda piedra saltara por los aires y golpeara una lámpara, lo cual provocó un aplauso y una mirada de Ferrán que lo apagó al instante.

Alba lo intentó cuarenta veces.

Le habían dado una vara vieja del armario del aula, un palo de fresno sin ningún adorno. La sostuvo como le indicaron. Miró la primera piedra. Movió la primera piedra. La segunda se quedó donde estaba, con esa quietud absoluta que solo tienen los objetos cuando quieren humillarte.

—Concéntrate en el vínculo, no en la piedra —dijo Nuria en voz baja.

—Es lo que hago.

—¿Sientes algo?

—Siento que tengo un palo en la mano.

Al cabo de veinte minutos, Alba había empezado a sudar y a apretar los dientes, y notaba las orejas calientes. No era la primera vez en su vida que se le daba algo mal, pero sí era la primera vez que se le daba mal delante de veinticuatro personas que lo hacían sin esfuerzo.

La chica de delante se dio la vuelta en la silla.

—Prueba a no mirar la piedra —dijo, no sin amabilidad—. En serio. Cierra los ojos y piensa en el río del que las sacaron.

Alba cerró los ojos. Pensó en un río que no había visto nunca, en dos piedras iguales rodando por un fondo de grava, en el agua fría. Movió la primera.

Abrió los ojos. La segunda seguía exactamente donde estaba, con la misma sombra en el mismo sitio.

—Ya —dijo la chica—. Bueno. A mí me funcionó.

Detrás oyó un cuchicheo y una risa mal contenida.

—Déjalo —murmuró Nuria—. En serio. No pasa nada.

—Sí pasa.

—Alba.

—Una más.

La cuarenta y una tampoco funcionó.

La campana del cambio de hora sonó dos veces y nadie se movió, porque Ferrán no había dado permiso.

La campana del cambio de hora sonó dos veces y nadie se movió, porque Ferrán no había dado permiso.

Ferrán se acercó por el pasillo y se detuvo junto a su pupitre. Cogió la vara de fresno, la sopesó, la dejó otra vez sobre la mesa.

—No es la vara —dijo.

—Ya me lo imaginaba.

—Tampoco es que no tengas capacidad. Todo el que cruza tiene capacidad, porque cruzar es un acto mágico, y solo se cruza si algo tuyo responde. —Se cruzó de brazos—. Lo que ocurre es que no te sirve este enfoque. Estás intentando aprender el idioma de otro.

—¿Y cuál es el mío?

—Esa es la pregunta que deberías haberte hecho antes de intentarlo cuarenta veces. —Ferrán se dio la vuelta y volvió hacia la pizarra—. Recogedlo todo. Quedan siete minutos.

Alba se quedó mirando la piedra inmóvil con una mezcla de rabia y vergüenza que le duró todo el trayecto hasta la clase siguiente, y toda la clase siguiente, y la comida.

En la comida, Mateo se sentó enfrente sin pedir permiso y le puso medio pan al lado del plato.

—Lo de esta mañana lo sabe todo el colegio —dijo alegremente.

—Gracias, me encuentro mucho mejor.

—No, escucha, es buena noticia. Lo que sabe todo el colegio es que la forastera lo intentó cuarenta veces. —Se metió media patata en la boca—. Aquí la gente lo deja a la sexta. A la sexta te ríes, dices que la vara es mala y te vas a merendar. Cuarenta impresiona.

—Cuarenta y una.

—Todavía mejor.

Alba se quedó mirando el plato.

—Es que pensaba que se me iba a dar bien —dijo, y le salió más pequeño de lo que pretendía—. No sé por qué. Cruzo un umbral, aparezco en un colegio de magia y doy por hecho que la parte de la magia es la fácil.

—Ya. —Mateo dejó de masticar—. Mira, yo llevo dos años aquí y sé hacer tres cosas y media. Y una de las tres la hago mal. Esto no es un sitio donde la gente descubre que es especial. Es un sitio donde la gente descubre en qué es normal.

—Eso es bastante deprimente.

—Es carísimo, además. Mi madre paga.

Por la tarde no tenía clase. Nuria se fue a la biblioteca, Mateo tenía entrenamiento de algo que le explicó a gritos desde el otro lado del claustro y que Alba no llegó a entender. Ella se sentó sola en el borde del pozo, sacó el cuaderno y empezó a hacer lo único que sabía hacer.

Dibujó el claustro.

Midió a pasos los lados. Contó las columnas: doce en cada lado, cuarenta y ocho en total, salvo que en el lado norte había once y un hueco donde faltaba una, tapado con un contrafuerte de época posterior. Anotó la posición del pozo, que no estaba en el centro exacto sino desplazado casi un metro hacia el este. Dibujó el arranque de las cuatro galerías y marcó con una crucecita las tres puertas por las que había visto entrar y salir gente.

Tardó más de una hora. Cuando levantó la cabeza, se dio cuenta de dos cosas: de que se le había pasado el enfado, y de que había un cuervo sentado en el brocal del pozo a medio metro de su rodilla, mirando el cuaderno.

—No te lo voy a dar —dijo Alba.

El cuervo bajó la cabeza y picoteó una vez, con mucha suavidad, sobre el papel. Justo encima de la crucecita del lado norte, la que ella había puesto donde faltaba la columna.

Alba miró el dibujo. Miró el claustro. Se levantó y fue hasta allí.

El contrafuerte era un bloque de piedra pegado a la pared, más claro que el resto, de un metro de ancho. No tenía ninguna función estructural evidente: el muro no cedía por ese punto ni por ninguno. Alba pasó la mano por el borde y encontró, en la unión con la pared, una junta de mortero mucho más nueva.

Se apartó tres pasos y miró el conjunto con los ojos entornados, que era lo que hacía siempre que algo no le encajaba. El lado norte era más corto que el sur en tres pasos largos, y sin embargo por fuera los dos muros medían igual. Lo comprobó dos veces andando por el interior de la galería y contando en voz baja.

Volvió al cuaderno y añadió una línea de puntos detrás del contrafuerte, hacia el interior del muro, indicando lo que su instinto de dibujante de mapas le decía que tenía que haber allí: un hueco. Un pasillo. Algo.

En cuanto terminó el trazo, el lápiz se calentó.

No mucho. Como una taza que lleva diez minutos servida. Alba lo soltó de golpe y el lápiz rodó por la piedra del brocal, y la línea de puntos que acababa de dibujar se quedó un segundo de un color más oscuro que el resto del grafito, casi negro, antes de volver a la normalidad.

Alba se quedó completamente quieta.

Luego, muy despacio, volvió a coger el lápiz y dibujó otra línea de puntos en un sitio cualquiera del papel, en mitad del jardín, donde sabía que no había nada.

El lápiz no se calentó.

Borró esa línea, volvió al contrafuerte del dibujo y repitió el trazo original.

Calor. Otra vez.

—Vale —dijo en voz alta, con la voz un poco rara—. Vale, vale, vale.

El cuervo, desde el brocal, la miró con un ojo y luego con el otro, y a Alba le pareció, aunque sabía perfectamente que era imposible, que aquel bicho llevaba toda la tarde esperando exactamente eso.

Ejercicios de vocabulario

1. Completa las frases

1. La primera clase fue en un ______ con las paredes cubiertas de diagramas.

2. Alba se sentó en un ______ de la tercera fila.

3. Ferrán escribió el número con una ______ y lo subrayó dos veces.

4. Después de cuarenta intentos, Alba sintió que era un ______ total.

5. Algunos alumnos empezaron a ______ de ella en voz baja.

6. Ferrán le dijo que necesitaba otro ______, no otra vara.

7. Al dibujar, Alba descubrió una ______ que nadie le había enseñado.

8. La magia consiste en administrar un ______ que ya existe.

2. Relaciona

1. torpe 2. exigente 3. rendirse 4. descartar 5. el trazo 6. un pergamino

a. штрих b. пергамент c. требовательный d. неуклюжий e. сдаваться f. исключать

3. Elige la opción correcta

1. Si alguien está avergonzado: a) siente vergüenza b) tiene sueño c) está orgulloso

2. Rendirse significa: a) insistir b) abandonar la lucha c) ganar

3. Una destreza es: a) una habilidad práctica b) un error c) una herramienta

4. Descartar una idea es: a) desarrollarla b) eliminarla de las posibilidades c) escribirla

5. Un profesor exigente: a) pide mucho a sus alumnos b) no pone deberes c) llega tarde

4. Responde según el capítulo

1. Según Ferrán, ¿qué es exactamente la magia?

2. ¿De dónde salen los vínculos entre las cosas?

3. ¿En qué consistía el ejercicio de clase y qué le ocurrió a Alba?

4. ¿Qué le dijo Ferrán cuando se acercó a su pupitre?

5. ¿Qué descubrió Alba dibujando el claustro?

5. Verdadero, falso o no se menciona

1. Ferrán apunta cada día el número de hojas del roble.

2. Alba consiguió mover la piedra al cuadragésimo intento.

3. Nuria le aconsejó dejarlo.

4. Al lápiz le ocurrió algo cuando dibujó una línea falsa en el jardín.

5. En el lado norte del claustro falta una columna.

Gramática

El presente de subjuntivo: formación y primeros usos

El subjuntivo no es un tiempo, sino un modo: no informa sobre cuándo ocurre algo, sino sobre cómo lo presenta el hablante. El indicativo declara hechos; el subjuntivo presenta la acción como deseada, dudosa, valorada o todavía no verificada.

Formación

Se parte de la primera persona del presente de indicativo, se quita la -o y se cambia la vocal: los verbos en -ar toman -e, los verbos en -er / -ir toman -a.

hablar: hable, hables, hable, hablemos, habléis, hablen

comer: coma, comas, coma, comamos, comáis, coman

vivir: viva, vivas, viva, vivamos, viváis, vivan

Como se parte de la primera persona, las irregularidades se conservan en todas las formas: tengo da tenga, tengas, tenga…; salgo da salga; conozco da conozca; pido da pida.

Seis irregulares que no siguen la regla

ser: sea · estar: esté · ir: vaya · haber: haya · saber: sepa · dar: dé

Primeros usos obligatorios

Deseo y voluntad: quiero que, espero que, prefiero que, necesito que, te pido que. Ferrán quiere que los alumnos miren un número antes de opinar.

Consejo, orden y prohibición: te aconsejo que, te digo que, no permito que. Nuria le aconseja que lo deje.

Emoción y valoración: me alegra que, me molesta que, es normal que, es una pena que. Es normal que te sientas así el primer día.

La regla de los dos sujetos: si el sujeto de las dos partes es el mismo, se usa infinitivo, no subjuntivo.

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