La puerta de Vallumbra
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La puerta de Vallumbra

Язык: Русский
Год издания: 2026
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Alba se sentó en el suelo del camino sin darse cuenta de que se estaba sentando.

—No estás en tu sitio.

La voz venía de la izquierda. Alba se levantó de un salto y estuvo a punto de caerse por la pendiente.

A unos diez metros había un chico de su edad, más o menos, con el pelo oscuro muy corto, una chaqueta de lana gris y una vara de madera clara metida en el cinturón como quien lleva un bolígrafo. Sostenía un cesto lleno de algo que parecían castañas y la miraba con una mezcla exacta de curiosidad y de alarma.

—Perdona —dijo Alba.

—No, perdona tú. Es que no se puede estar aquí. —El chico señaló vagamente hacia el bosque—. Bueno, sí se puede, pero no tú.

—¿Por qué yo no?

—Porque llevas ropa rarísima y no tienes vara y tienes cara de haber cruzado hace veinte minutos. —Hizo una pausa—. ¿Has cruzado hace veinte minutos?

—No sé qué significa cruzar.

—Vale. Sí has cruzado.

El chico dejó el cesto en el suelo, se acercó tres pasos y se paró, con la actitud cuidadosa de quien no quiere asustar a un animal.

—Me llamo Mateo Quiroga. Segundo curso, Torre del Zorro. Y tú tienes un problema, pero no es un problema gordo todavía, así que no te pongas nerviosa.

—Alba Serrano.

—¿Serrano? —Mateo frunció el ceño un segundo, como si el apellido le sonara de algo y no consiguiera situarlo—. Vale. Alba. ¿Vienes del otro lado?

—Vengo de un pueblo que se llama Vega del Olmo.

—Eso no me dice nada, o sea que sí. —Mateo se pasó la mano por la nuca—. Es treinta y uno, claro. Siempre es treinta y uno.

—¿Esto pasa a menudo?

—No. Pasa cada muchísimo tiempo y luego todo el mundo se pone insoportable durante un mes. —Recogió el cesto—. Tienes que venir conmigo. Cuanto antes te vea la directora, mejor te va a ir. Si te encuentra primero cualquier otro, la conversación es más larga y más fea.

Alba no se movió.

—¿Adónde vamos exactamente?

Mateo señaló el edificio del valle con la barbilla.

—Al Colegio de Vallumbra. Y antes de que preguntes: sí, es un colegio; sí, se enseña magia; no, no te va a pasar nada malo si vienes andando a mi lado y no tocas nada. Sobre todo eso último.

—No pensaba tocar nada.

—Todos dicen lo mismo y luego tocan la fuente.

—¿Qué le pasa a la fuente?

—Nada. Le pasa a la gente que la toca.

Alba lo miró de reojo mientras se ponía en marcha a su lado. Mateo tenía una manera de hablar que consistía en soltar la información en desorden y confiar en que el otro la recogiera.

—¿Y tú por qué me ayudas? Podrías haber avisado a alguien y ya está.

—Podría. —Mateo se cambió el cesto de brazo—. Pero llevo dos años oyendo la historia de la vez que se abrió el paso y de lo mal que se hizo todo, y da la casualidad de que hoy he salido a por castañas y me he encontrado a la protagonista sentada en el suelo con una linterna apagada. No pienso desaprovecharlo.

—Vaya. Qué generoso.

—También me caes bien —admitió—. Pero eso lo he decidido hace cuatro minutos y todavía puede cambiar.

Empezaron a bajar. El camino describía dos curvas largas entre bancales de piedra donde crecían árboles frutales cargados de fruta a destiempo. El cuervo los siguió un trecho y después se desvió hacia una de las torres.

—¿El pájaro es tuyo? —preguntó Alba.

—¿El cuervo? Ninguno de los cuervos es de nadie. Viven en la Torre del Cuervo desde antes que el colegio. —Mateo la miró de reojo—. Si te ha traído hasta el camino, tampoco lo cuentes mucho por ahí.

—¿Por qué?

—Porque a la gente le encanta interpretar cosas.

—Explícame el sitio —pidió Alba—. Rápido, antes de llegar. No quiero entrar ahí sin saber nada.

—Vale. Cuatro torres: Cuervo, Zorro, Roble y Alondra. No son casas rivales ni nada de eso, aunque hay gente que se lo toma así. Son cuatro maneras de trabajar. Cuervo estudia, Zorro prueba, Roble sostiene y Alondra escucha. Te lo explicarán mejor que yo.

—¿Y tú eres Zorro porque pruebas cosas?

—Soy Zorro porque a los once años metí la mano en un sitio donde ponía claramente que no metieras la mano. —Sonrió—. Salió bien, por cierto.

—¿Cuánta gente hay?

—Doscientos y pico alumnos. Doce profesores. Un bibliotecario que lleva aquí desde el principio de los tiempos y un campanero que se llama Bruno y que no habla con casi nadie.

—¿Y todos hacen magia?

Mateo tardó un poco en responder.

—Todos hacen algo. Magia es una palabra grande. Aquí la mayoría de la gente aprende dos o tres cosas pequeñas y las hace muy bien durante toda su vida. Lo de mover montañas es de los libros.

Cuanto más bajaban, más grande se volvía el edificio. Alba había pensado que estaba a un cuarto de hora y llevaban ya cuarenta minutos andando y todavía se veía lejos. Las torres eran mucho más altas de lo que parecían desde arriba. El campanario, ahora que lo miraba de frente, tenía una serie de aberturas estrechas en la parte superior, y dentro de esas aberturas se adivinaban formas colgadas.

—¿Cuántas campanas hay ahí? —preguntó.

Mateo tardó un poco en contestar.

—Once.

—¿Once?

—Once —repitió—. Y no preguntes por la doce, porque no hay doce, y a Bruno le sienta fatal esa broma.

Alba se paró en seco en mitad del camino. Mateo dio tres pasos más antes de darse cuenta y se giró.

—¿Qué pasa?

—Anoche oí una campanada que no existía —dijo Alba—. Justo antes de cruzar.

Mateo la miró en silencio. Por primera vez desde que había aparecido en el camino, la curiosidad de su cara se convirtió en otra cosa. No era miedo exactamente. Era el gesto de alguien que acaba de entender que la tarde le va a salir mucho más complicada de lo previsto.

—Vale —dijo por fin, y ajustó el cesto contra la cadera—. Andando. Y de eso último no le hables a nadie hasta que hables con la directora.

Ejercicios de vocabulario

1. Completa las frases

1. El suelo del bosque estaba cubierto de ______ de color cobre.

2. Alba siguió un ______ estrecho marcado con piedras planas.

3. Entre las raíces crecían ______ altos hasta la cintura.

4. El cuervo soltó un ______ corto y voló a otra rama.

5. Mateo llevaba una ______ de madera clara en el cinturón.

6. Para los alumnos del colegio, Alba era una ______.

7. El bosque se abrió y llegaron a un ______ lleno de luz.

8. Al principio Mateo ______ de ella, aunque decidió ayudarla.

2. Relaciona

1. aturdido 2. tropezar 3. a tientas 4. una arboleda 5. un ademán 6. una cerca

a. жест b. роща c. ошеломлённый d. ограда e. наощупь f. споткнуться

3. Elige la opción correcta

1. Si alguien está desorientado: a) no sabe dónde está b) tiene prisa c) está enfadado

2. Un forastero es: a) alguien del pueblo b) alguien de fuera c) un guardia

3. La hojarasca es: a) una rama seca b) el conjunto de hojas caídas c) una flor de otoño

4. Si andas a tientas: a) andas muy rápido b) andas tocando las cosas porque no ves c) andas cantando

5. Desconfiar de alguien significa: a) no fiarse b) admirarlo c) olvidarlo

4. Responde según el capítulo

1. ¿Qué hizo Alba para calmarse cuando comprendió que estaba en otro lugar?

2. ¿Qué detalle extraño notó al mirar el sol?

3. ¿Cómo llegó hasta el camino que domina el valle?

4. ¿Por qué Mateo dedujo enseguida que Alba había cruzado?

5. ¿Cuántas campanas hay en el campanario y por qué es importante?

5. Verdadero, falso o no se menciona

1. Al otro lado del arco hacía frío y había niebla.

2. Alba dibujó el arco en su cuaderno.

3. Mateo pertenece a la Torre del Cuervo.

4. Los cuervos pertenecen a un profesor del colegio.

5. Mateo le aconseja no hablar de la campanada con cualquiera.

Gramática

El pretérito perfecto y el pretérito pluscuamperfecto

Junto al indefinido y al imperfecto del capítulo anterior, el español usa dos tiempos compuestos que se forman con el verbo haber más el participio.

Pretérito perfecto: he / has / ha / hemos / habéis / han + participio

Se usa para acciones pasadas que el hablante siente todavía conectadas con el presente. Es el tiempo de la conversación cuando hablamos de hoy, de esta semana, de nuestra vida hasta ahora.

¿Has cruzado hace veinte minutos?

Esta mañana he perdido el autobús.

Marcadores típicos: hoy, esta semana, este mes, este año, ya, todavía no, nunca, alguna vez, últimamente, hace un rato.

Pretérito pluscuamperfecto: había / habías / había… + participio

Expresa una acción anterior a otra acción pasada. Es el pasado del pasado y resulta imprescindible en la narración, porque permite retroceder sin romper el hilo.

Alba había pensado que estaba a un cuarto de hora, pero llevaban cuarenta minutos andando.

Cuando llegó al claro, el sol no había bajado ni un dedo.

Participios irregulares frecuentes

Infinitivo — Participio:

abrir — abierto

decir — dicho

escribir — escrito

hacer — hecho

poner — puesto

romper — roto

ver — visto

volver — vuelto

morir — muerto

cubrir — cubierto

Atención: entre el auxiliar haber y el participio no puede entrar ninguna palabra. Se dice no he visto nunca, y no la construcción con el adverbio en medio. El participio de los tiempos compuestos nunca cambia de género ni de número: ella ha llegado, ellas han llegado.

Ejercicios de gramática

1. Pon el verbo en pretérito perfecto

1. Esta tarde Alba (cruzar) ______ un umbral de piedra.

2. Nosotros nunca (ver) ______ un valle como este.

3. ¿(tú, escribir) ______ ya el mapa del bosque?

4. Mateo todavía no (decir) ______ toda la verdad.

5. Los cuervos (volver) ______ a la torre.

2. Pon el verbo en pluscuamperfecto

1. Cuando Alba llegó al claro, el cuervo ya (posarse) ______ en la rama.

2. El sol no (moverse) ______ desde que ella (entrar) ______ en el bosque.

3. Mateo dijo que nunca (hablar) ______ con una forastera.

4. Alba comprendió que su abuela (dibujar) ______ aquel edificio de memoria.

5. La niebla (desaparecer) ______ antes de que ella se diera cuenta.

3. Elige el tiempo adecuado (perfecto o pluscuamperfecto)

1. Hoy (he aprendido / había aprendido) más cosas que en todo el mes.

2. Cuando quiso volver, la pared ya (se ha cerrado / se había cerrado).

3. Esta semana no (hemos tenido / habíamos tenido) noticias del campanero.

4. Alba reconoció el edificio porque lo (ha visto / había visto) en un cuaderno.

5. ¿Alguna vez (has estado / habías estado) en Vallumbra?

Respuestas

Vocabulario 1: 1. hojarasca 2. sendero 3. helechos 4. graznido 5. vara 6. forastera 7. claro 8. desconfió

Vocabulario 2: 1-c, 2-f, 3-e, 4-b, 5-a, 6-d

Vocabulario 3: 1-a, 2-b, 3-b, 4-b, 5-a

Vocabulario 4: 1. Sacó el cuaderno y dibujó el arco y los árboles. 2. Que el sol no se movía y la luz seguía siendo la misma. 3. Siguiendo a un cuervo que la guio de rama en rama. 4. Por su ropa, porque no llevaba vara y por su cara de recién llegada. 5. Hay once, y es importante porque Alba oyó una campanada más, que no debería existir.

Vocabulario 5: 1. Falso 2. Verdadero 3. Falso 4. Falso 5. Verdadero

Gramática 1: 1. ha cruzado 2. hemos visto 3. Has escrito 4. ha dicho 5. han vuelto

Gramática 2: 1. se había posado 2. se había movido / había entrado 3. había hablado 4. había dibujado 5. había desaparecido

Gramática 3: 1. he aprendido 2. se había cerrado 3. hemos tenido 4. había visto 5. has estado

Capítulo 3. La directora Beltrán

Vocabulario clave

un claustro — внутренний двор с галереей

un despacho — кабинет

un registro — реестр, журнал записей

un tomo — том

una advertencia — предупреждение

acoger — принимать, давать приют

un permiso — разрешение

un plazo — срок

la sien — висок

un escalofrío — озноб, дрожь

tutear — обращаться на «ты»

una excepción — исключение

irrevocable — необратимый

una hipótesis — гипотеза

encargarse de — брать на себя, заниматься

La directora Beltrán

La puerta principal de Vallumbra no era una puerta, sino tres arcos abiertos que daban a un claustro cuadrado. En el centro había un jardín con un pozo y, alrededor, columnas de piedra gastada por siglos de manos. Alba había esperado un vestíbulo solemne, silencioso, con retratos que la mirasen. Lo que encontró fue ruido.

Había unos cuarenta chicos y chicas cruzando el claustro en todas direcciones, con carpetas debajo del brazo y varas guardadas en los bolsillos, discutiendo a gritos sobre un examen. Dos niños pequeños perseguían algo que parecía una bola de lana y que se movía sola. Alguien había dejado un montón de calabazas junto a una columna y alguien más las había apilado formando una torre bastante inestable.

Todo se detuvo cuando la vieron.

No fue instantáneo, y por eso fue peor. Primero se callaron los dos que estaban más cerca. Después la conversación se apagó en círculos, como cuando se tira una piedra al agua al revés, hasta que Alba se encontró en mitad de un patio con cuarenta personas mirándola en silencio y un chico de segundo curso a su lado sosteniendo un cesto de castañas.

—Buenas tardes —dijo Mateo en voz muy alta—. Nada que ver. Seguid con vuestras vidas.

Nadie siguió con su vida.

—Es de fuera —dijo una niña de unos doce años, sin bajar la voz.

—Es del otro lado —corrigió un chico mayor—. Mírale los zapatos.

Alba se miró los zapatos. Eran unas botas normales de invierno, con la suela de goma llena de barro de Vega del Olmo. Al lado del calzado de los demás, de cuero cosido y suela clara, resultaban tan evidentes como un cartel.

—El despacho está por aquí —murmuró Mateo, y la sacó del claustro por una galería lateral.

Subieron dos tramos de escalera de caracol. El colegio no estaba iluminado con velas ni con antorchas, como Alba había supuesto vagamente, sino con unas esferas de cristal empotradas en la pared que daban una luz blanca y quieta. Al pasar junto a una, Alba vio que dentro no había ninguna llama: había una especie de arena luminosa que se movía muy despacio.

—¿Eso qué es?

—Luz de mineral. Se recarga sola con el sol.

—¿Y si hay una semana sin sol?

—Pues se apaga al sexto día y todo el mundo se queja. —Mateo señaló una esfera más apagada que las otras—. Esa lleva así desde el curso pasado y nadie la ha cambiado. Bienvenida a un colegio de verdad.

Alba se detuvo un momento delante de una hornacina donde alguien había dejado un jarrón con ramas secas y una placa de metal muy gastada. Se acercó a leerla. Ponía un nombre, una fecha de hace doscientos años y una sola frase: Cerró la puerta desde este lado. Debajo, en la piedra, había un montoncito de bellotas que alguien había colocado hacía poco.

—Eso lo hacen los de primero —dijo Mateo sin detenerse—. Es una costumbre. Trae suerte en los exámenes, supuestamente.

—¿Quién era?

—Ni idea. Hay como veinte placas iguales por todo el edificio.

Mateo se paró delante de una puerta de madera oscura. Escucha. Ahí dentro no adornes nada. La directora se da cuenta.

—No pensaba adornar nada.

—Y no le digas que soy amigo tuyo, que solo nos conocemos desde hace hora y media.

—Creía que eras amigo mío.

—Lo soy —dijo Mateo, y llamó a la puerta.

La directora Ondina Beltrán tendría unos sesenta años y una cara de esas que no dan ninguna información. Llevaba el pelo gris recogido en una trenza baja y una chaqueta larga de color verde botella. Su despacho era una habitación estrecha y muy alta, con estanterías hasta el techo por tres de sus lados y una ventana en el cuarto desde la que se veía el campanario entero.

No se levantó. Miró a Alba durante unos segundos que se hicieron incómodos y luego señaló una silla.

—Siéntate. Quiroga, gracias, puedes irte.

—Directora, ella no…

—Quiroga.

Mateo hizo un gesto de ánimo a Alba con la mano que la directora no podía ver, y salió.

Se quedaron solas. En la ventana, un cuervo se posó en el alféizar por fuera y se quedó allí, quieto, mirando hacia dentro.

—Nombre completo —dijo la directora.

—Alba Serrano Quintana.

La directora, que estaba abriendo un tintero, se detuvo con la mano en el aire durante medio segundo. Luego siguió abriéndolo.

—Edad.

—Diecisiete.

—Fecha de nacimiento.

—Catorce de febrero.

—Lugar de procedencia.

—Vega del Olmo. Es un pueblo del norte, en… —Alba se dio cuenta de que no sabía cómo terminar esa frase—. En mi mundo.

—En tu mundo. —La directora escribió algo—. ¿Cómo entraste?

—Por un arco tapiado, dentro de una ermita en ruinas. Sonó una campanada de más y los ladrillos desaparecieron.

La pluma se detuvo otra vez, y esta vez la pausa duró más.

—Repite eso último.

—Sonaron doce campanadas y después sonó una más. Vino del otro lado.

Ondina Beltrán dejó la pluma sobre la mesa y juntó las manos. Alba, que llevaba dos horas intentando leer las caras de todo el mundo, comprendió que aquella mujer estaba tomando una decisión sobre cuánta verdad iba a contarle.

—Voy a explicarte tres cosas —dijo por fin—. Y voy a hacerlo deprisa, porque no tenemos mucho tiempo y porque prefiero que estés asustada con información a que estés tranquila sin ella.

—De acuerdo.

—Primera. Este lugar y el tuyo se tocan. No están uno encima del otro ni uno dentro del otro: se rozan por los bordes, como dos telas que alguien ha puesto juntas. En ciertos puntos del roce, la costura se afloja. Vallumbra se construyó encima de uno de esos puntos hace ochocientos años, precisamente para vigilarlo.

—Y la ermita es otro.

—La ermita es el mismo. Visto desde tu lado.

Alba tardó un momento en asimilarlo.

—Segunda cosa —continuó la directora—. La costura no se afloja cuando quiere. Se afloja la última noche de octubre, y solo si el año ha sido el adecuado. La última vez fue hace cincuenta y siete años.

—¿Y la campanada?

—Esa es la tercera cosa, y es la que no me gusta. —Ondina se levantó y fue hasta la ventana—. Tenemos once campanas. Once, ni una más, desde que se levantó la torre. Cuando la costura se afloja, la torre produce un sonido que nadie toca, que no sale de ninguna de las once y que se oye a los dos lados. Aquí lo llamamos la campanada undécima, por prudencia, aunque todo el mundo sabe que es la duodécima de alguien.

—¿Y qué significa?

—Significa que el paso está abierto. —La directora se volvió hacia ella—. Y significa que se va a cerrar.

—¿Cuándo?

—Ahí está el problema. —Ondina volvió a la mesa y se sentó—. El paso permanece abierto mientras el roble madre conserve sus hojas. Es un árbol que está en el patio del ala este, y es viejísimo, y no le importa nada la meteorología: pierde una hoja al día, más o menos, desde el primero de noviembre. Cuando cae la última, la costura se cierra. Y no se vuelve a aflojar en cincuenta o cien años.

Alba sintió el escalofrío subirle desde la base de la espalda hasta la nuca.

—¿Y no se puede forzar? —preguntó—. Si es una costura, alguien podrá coserla o descoserla.

La directora la miró con algo que, en otra persona, habría sido casi aprobación.

—Esa pregunta se la hace todo el mundo, y normalmente tarda tres días en hacérsela. —Se apoyó en el respaldo—. Sí, se puede forzar. Y la respuesta corta es que no se hace. La respuesta larga ocupa cuatro tomos de la biblioteca y termina siempre igual: cuando se abre un paso por la fuerza, no se abre solo el paso. Se abre el borde entero. Ha ocurrido dos veces en ochocientos años y las dos veces desapareció un valle.

—¿Desapareció cómo?

—Desapareció. No quedó nada que describir. Por eso la ley aquí es muy sencilla: la costura se abre cuando le toca y se cierra cuando le toca, y nadie negocia con ella.

—¿Cuántas hojas le quedan?

—Se cuentan cada mañana. Ayer eran cuarenta y una.

Cuarenta y una. Alba hizo la cuenta sin querer y llegó a una fecha de diciembre, y luego se dio cuenta de que la fecha exacta no importaba lo más mínimo comparada con lo otro: que existía una cuenta atrás y que ella estaba dentro.

—Entonces me tengo que ir antes.

—Te tienes que ir antes —confirmó la directora—. Y hasta entonces, no puedes quedarte durmiendo en un pasillo. Voy a acogerte como alumna, con permiso provisional. Asistirás a clases, comerás en el comedor y dormirás en una torre. A cambio quiero tres cosas: que no salgas del valle, que no toques nada del campanario y que me informes si alguien te hace preguntas sobre cómo cruzaste.

—¿Por qué lo último?

—Porque no te lo van a preguntar por curiosidad.

—¿Y si no llego a tiempo?

—Llegarás. —La directora volvió a coger la pluma—. Pero para que quede dicho: si no llegaras, no te pasaría nada malo. Te quedarías. Tendrías que aprender un oficio, buscar una casa y hacerte a la idea, y sería duro, y no sería una tragedia. Lo digo porque la gente que cruza suele imaginar cosas peores.

Se hizo un silencio. El cuervo del alféizar cambió de pata.

—Una pregunta más —dijo Alba—. ¿Qué le pasa a la gente que se queda?

—No hay gente que se quede. Hay una persona que se quedó, en 1969, y del resto de las cuarenta y seis entradas de ese libro, treinta y nueve regresaron y seis murieron aquí de viejas. —La directora la miró—. Las seis vivieron vidas completas, con trabajo, con casa y con nombre. Este mundo no maltrata a los que llegan. Simplemente no los devuelve.

—¿Y mi padre? —preguntó Alba de repente—. Se va a despertar mañana y no voy a estar.

Por primera vez la directora bajó un poco la voz.

—El tiempo no corre igual a los dos lados, y no corre siempre en la misma proporción. Es lo único que puedo decirte con honestidad, porque es lo único que sabemos. Puede que allí hayan pasado unas horas. Puede que hayan pasado semanas.

—Eso no me tranquiliza nada.

—No pretendía tranquilizarte. Pretendía no mentirte.

Alba se quedó callada, mirándose las manos. Tenía tierra bajo las uñas del desván y una raya de tinta en el dedo corazón, y las dos cosas le parecieron de pronto pruebas de una vida que estaba ocurriendo muy lejos.

—Puedo preguntarle una cosa yo —dijo Alba.

—Puedes.

—Cuando le he dicho mi apellido, se ha parado.

La directora Beltrán no negó nada, lo cual sorprendió a Alba mucho más que si lo hubiera negado. Se levantó, fue a la tercera estantería y bajó un tomo enorme, encuadernado en piel marrón, con el canto reforzado con clavos de bronce. Lo dejó caer sobre la mesa con un golpe sordo.

—El registro —dijo—. Aquí se anota a todo el que cruza. En ochocientos años son cuarenta y seis nombres.

Pasó las páginas hasta el final. La caligrafía cambiaba de una entrada a otra, de una época a otra, y las últimas líneas estaban escritas con tintas distintas.

—Última apertura —dijo—. Otoño de 1969. Cruzaron dos personas.

Alba se inclinó sobre el libro.

En la penúltima línea, con una letra clara y pequeña, con las cifras anotadas al margen derecho y subrayadas dos veces, ponía:

Elena Serrano Quintana, 17 años. Regresó.

Y debajo, en la última línea, había un nombre tachado con tanta fuerza que la pluma había rasgado el papel, y a la derecha de ese nombre, en lugar de la palabra regresó, había otra palabra, escrita muy pequeña, casi con vergüenza.

No.

Ejercicios de vocabulario

1. Completa las frases

1. El colegio se organiza alrededor de un ______ cuadrado con un pozo en el centro.

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