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El Aroma De Los Días
El Aroma De Los Días

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El Aroma De Los Días

Язык: es
Год издания: 2020
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Las mujeres, desde la mañana, se habían puesto en acción para preparar lo mejor de sus manjares. Giulia escondía ansia y agitación en un silencio ocupado que le hacía comprobar sin ningún motivo las cacerolas en el fuego y volver continuamente la mirada a la ventana, sabiendo que la hora en que llegarían todavía estaba lejos.

–¡Ahí están, ahí están! ―la voz de Antonino resonó alegre y todos corrieron hacia la puerta de entrada.

Los niños, en un abrir y cerrar de ojos, salieron al exterior y saltaron alrededor de la carreta antes incluso de que se parase totalmente. Ada y María salieron al porche y Giulia se quedó inmóvil en el umbral de la puerta, casi como queriendo asegurarse de que fuese él realmente, antes de correr  a su encuentro.

–Despacio, despacio ―Giovanni intentaba calmarlos y salvar a Rudi de sus efusiones.

–Tened cuidado, el tío está herido, tened cuidado…

Rudi se había inclinado y no se substraía a sus abrazos, aunque intentando defender el hombro dolorido.

–Antonino, eres ya un hombre… Clara… ven aquí, dame un beso… y vosotros dos, os habéis convertido en unos jovencitos.

Cuando el entusiasmo se calmó consiguió, por fin, saludar a Ada y María.

Giulia se había acercado y lo miraba fijamente sin decir una palabra. Bastó poco para intuir como la felicidad del hermano estaba ofuscada por un velo de inquietud, enraizada en él hasta el punto de disipar su habitual despreocupación. Rudi estaba muy delgado y su aspecto era el de un hombre joven que sufría, en el que resurgía una alegría sincera pero provisional, como si hubiese dejado en un lugar lejano las raíces de la frivolidad.

–¡Giulia! ―en cuanto se liberó de los brazos que lo rodeaban se acercó a ella y se estrecharon con fuerza sin hablar.

Los días que transcurrió en casa pasaron rápidamente, rodeado por las atenciones de los adultos y por el afecto de los niños. A pesar del baño caliente, la cena abundante y el perfume olvidado de las sábanas frescas recién lavadas, la primera noche no consiguió liberarse del cansancio mortal que lo oprimía. Con los ojos cerrados, inmerso en el silencio de la oscuridad de la habitación, intentaba gozar de aquella paz pero enseguida el vacío se llenaba con los ruidos y los gritos, los gemidos y el fango, hasta que el rostro putrefacto de un compañero caído lo sobresaltaba con la sensación de caerse en un pozo. Bañado de sudor abría los ojos de par en par y se encontraba atenazado a las mantas intentando parar aquel descenso destructivo, con el hombro dolorido por el esfuerzo de aferrarse a un punto de apoyo. Jadeaba fatigosamente e intentaba calmar los latidos del corazón esperando no haber gritado y no haber despertado a alguien.

Al alba escuchó los primeros ruidos suaves de la casa. La luz que se filtraba desde las ventanas lo ayudó a expulsar las visiones de la noche y finalmente consiguió dormirse. Se volvió a despertar cuando los muchachos mayores ya habían vuelto de la escuela y todos lo estaban esperando para comer.

Día tras día reponía las fuerzas y recobraba su color natural. Giulia lo observaba con atención cuando él no la miraba, anhelante por tirar abajo aquel muro involuntario que la separaba dolorosamente de él, en busca de una grieta que pudiese hacerla penetrar en su alma turbada e inquieta. Rudi sentía aquella mirada introducirse en sus silencios e imaginaba con dolor su preocupación. Fingía no darse cuenta de nada hasta que conseguía sacársela de encima y participar en la vida cotidiana, dejando en ella la esperanza de que antes o después todo pasaría y que sólo era necesario esperar.

El físico joven le ayudó a reponerse enseguida y de su rostro parecieron desaparecer los signos del sufrimiento más profundo. Después de tres semanas comunicó que se iría anticipadamente para quedarse algunos días en casa de un amigo antes de volver al batallón.

Capítulo VIII Rudi y Fosco en Milano

Fosco lo esperaba en la estación central. Apoyado en el estribo del tren Rudi vio la figura desgarbada de él que sobrepasaba la multitud y repasaba con los ojos las ventanillas de los vagones.

–¡Fosco! ―gritó mientras agitaba la mano.

El amigo se giró y sonriendo levantó el bastón en señal de saludo.

Su forma de caminar era todavía deficiente.

–Viejo pirata, pensaba que ya no venías. Estoy contento de verte aquí. ¿Cómo estás? ¿En casa están todos bien?

–Sí, gracias… ¿y tú? ¿Cuándo tirarás este trozo de palo? ¿O se ha convertido en un signo de distinción…? me apuesto los que sea a que así eres más interesante.

–¡Justo,tengo a mis pies todas las bellezas de Milano, sobre todo las casadas!

–¿No hay nada para mí?

–Tranquilo, te dejo alguna.

Se fueron hacia la salida dándose golpecitos sobre la espalda y riendo como quien desde hace tiempo espera verse, mientras la fría noche de primeros de diciembre se iluminada lentamente con las farolas de las calles.

Fosco vivía solo. La casa, en el corazón de la ciudad vieja, era un pequeño apartamento de tres habitaciones, tapizado de libros y revistas esparcidas por todas partes, en un desorden no querido pero que estaba de acuerdo con su propietario. A pesar de las protestas insistentes para dejarle el dormitorio, a él le bastaría con el sofá del estudio en el que dormía  a menudo hasta la mañana.

–¿Cuanto te puedes quedar? ―le dijo.

–Pocos días, dentro de una semana me debo presentar en el cuartel

–Yo no vuelvo más… ―dijo en tono serio ―la pierna me duele todavía… no creo que vuelva a ser como antes… ¡malditos boches! ―la afirmación, ahora ya habitual, tenía el  poder de alejar los pensamientos más tristes y devolverle la sonrisa.

–Es tarde, vamos a cenar. Hay un sitio justo aquí abajo. Con la cocina soy un desastre.

La zona de la cocina era, realmente, pura desolación y Rudi, que no despreciaba una buena comida, apoyó la idea con decisión.

La trattoria estaba cerca de casa, al dar la vuelta a la esquina. Un pequeño local en el que se respiraba un placentero aire familiar. Se sentaron en una mesa al lado de la pared. Rudi observó los cuadros colgados de los muros: dibujos, caricaturas, autógrafos, tan numerosos que casi la cubrían totalmente.

–Los dejan los pintores para cancelar sus deudas ―explicó Fosco. ―Totò, el propietario, no se lamenta, dice que antes o después alguno se convertirá en famoso y con su cuadro pagará también por los otros.

–¡Es fantástico Totò!

–Es simpático pero no te creas, como buen napolitano sabe lo que se hace. ¿Te gusta el estofado? No lo preparan nada mal.

Totò había subido los dos escalones que separaban la cocina de la sala y había aparecido en el umbral de la puerta.

–Buenos días, licenciado5 ―dijo volviéndose hacia Fosco.

El tono amigable se adaptaba perfectamente a su figura corpulenta. La cabeza redonda y casi sin cuello estaba derecha y atenta, encuadrada por cabellos un poco largos, negros y rizados. Los ojos, grandes y además oscuros, con un vistazo habían atravesado toda la sala y se habían parado en ellos. Era verdad, el aspecto astuto que revelaba el sentido práctico el comerciante, suscitaba simpatía porque no estaba escondido sino que se revelaba abiertamente.

Fosco respondió en tono también familiar.

–Buenos días, Totò, hoy hay un amigo conmigo. Lo habitual, para dos, y vino tinto, ¡del bueno, eh!

–¡Cómo no! ―respondió el tabernero riendo y volvió a bajar.

Se había sentado manteniendo la pierna rígida apoyada en el bastón puesto de través. Durante toda la cena, en la que comió poco pero en compensación bebió bastante, habló del trabajo con el que se había reincorporado a la redacción y con la esperanza de poder volver a trabajar de enviado especial. Dijo que estaba intentando escribir los recuerdos de lo que había visto y vivido y que, junto con los artículos expedidos al periódico durante la permanencia en el frente, querría recopilar en un libro.

Los cuatro días que Rudi estuvo en Milano los ocuparon visitando la ciudad. El amigo le mostraba los rincones escondidos a la mayoría, ligados a recuerdos personales, a eventos trágicos o curiosos. Era un buen conversador, agudo y vivaz, al que se escuchaba con atención y curiosidad. Rudi se sentía en plena sintonía con su visión aparentemente despreocupada del mundo. Había comprendido como bastaba mirar más allá de aquella fachada para detectar el deseo de conocer y analizar los acontecimientos, una capacidad de trabajar hasta la extenuación sometiendo a esta necesidad cualquier exigencia personal.

Hablaron de los últimos acontecimientos de la guerra, de los horrores que habían conocido y Fosco reafirmó con pasión las razones que lo habían llevado a defender la no intervención en una empresa que costaba tantos sacrificios.

Se despidieron en la estación. Fosco parecía más sereno como si en aquellos cuatro días hubiese podido aligerar la mente de visiones y palabras demasiado tiempo contenidas. Rudi, por su parte, ocultaba la clara conciencia de haber descubierto un territorio ignorado y de haber conocido al guía justo para introducirse en él.

Capítulo IX 1918

De vuelta a su batallón Rudi fue empleado en la retaguardia, ya no en el frente. Desde allí la guerra le pareció menos horrible.

Después de aquel terrible 24 de octubre de 1917 cuando los austro-húngaros atravesaron las líneas italianas e invadido Friuli, tuvieron lugar distintos acontecimientos. El 9 de noviembre Cardona había dejado el puesto al general Armando Díaz. Lo que más hacía temer por la suerte de la guerra era la situación de Rusia, donde el 8 de noviembre los bolcheviques había tomado el poder y ahora se preparaban a firmar el armisticio para controlar mejor sus luchas internas. Un problema enorme para la Triple Alianza con la paz de Brest-Litovsk, el 3 de marzo de 1918, que veía retirarse de sus fuerzas al ejército ruso.

Se temía lo peor. Fueron llamados a las armas los chicos del 99. Quien había nacido en diciembre de aquel año no había cumplido todavía los 18 años.

El nuevo mando italiano intentaba reorganizarse con rapidez. En el frente las tropas resistían valerosamente soportando el inmenso embate de los enemigos.

La última y decisiva ofensiva comenzó en el monte Grappa el 24 de octubre del 18 y el 3 de noviembre el ejército italiano, victorioso, estaba en Trento. A las seis de la tarde en Villa Giusti fue firmado el armisticio.

El 4 de noviembre Italia conoció la noticia por los periódicos:


La bandera tricolor en Trento y Trieste

Cuartel General, 3 de noviembre (19 horas)

Nuestras tropas han ocupado Trento y han desembarcado en Trieste. La bandera tricolor italiana ondea sobre el Castello del Buon Consiglio y sobre la Torre di San Giusto. Patrullas avanzadas de caballería han entrado en Udine.

Firmado A. Díaz


Aquel lunes, todos los italianos leyeron o hicieron que les leyesen una y otra vez el boletín de guerra número 1278, mandado por el Cuartel General:


La guerra contra Austria-Hungría que, bajo la guía de S.M. el Rey-Duce Supremo, el ejército italiano, inferior en número y por medios, comenzó el 24 de mayo de 1915 y con fe inquebrantable y valor tenaz condujo de manera interrumpida y durísima durante 41 meses, ha sido vencida.

La gigantesca batalla comenzada el 24 del último mes de octubre y en la cual tomaban parte 51 divisiones italianas, tres británicas, dos francesas, una checoslovaca, y un regimiento americano contra 73 divisiones austro-húngaras ha terminado.

El meteórico y esperado avance del 29 cuerpo de la Armada sobre Trento, bloqueando los caminos de la retirada a los ejércitos enemigos del Trentino a occidente por las tropas de la séptima armada y a oriente por las de la primera, sexta y cuarta, ha determinado ayer la debacle total del frente adversario.

Desde el Brenta al Torre el empuje irresistible de la 12º, de la 8ª y de la 10ª armada y de las divisiones de caballería empujan cada vez más atrás al enemigo que huye.

En la llanura S.A.R el Duca de Aosta, avanza rápidamente a la cabeza de su invicta tercera armada, anhelante por volver sobre las posiciones que ella, ya victoriosamente, había conquistado y nunca había perdido.

El ejército austro-húngaro esta vencido: ha sufrido pérdidas gravísimas en la tozuda resistencia de los primeros días de lucha y en la persecución; ha perdido cantidades ingentes de material de todo tipo y casi enteramente sus almacenes y los depósitos; ha dejado hasta ahora en nuestras manos más o menos 300 mil prisioneros y el entero Estado Mayor y no menos de 5 mil cañones.

Los restos de lo que fue uno de los más potentes ejércitos del mundo remontan en desorden y sin esperanza los valles que habían descendido con orgullosa seguridad.

Firmado A. Díaz


Acababa una larga pesadilla.

Giovanni había vuelto precipitadamente del pueblo después de haber comprado el periódico y ahora, rodeado por las mujeres y sentado a la mesa de la cocina, con la voz que de vez en cuando se le rompía, leía en voz alta las noticias de las últimas horas.

María estrujaba el delantal con un gesto nervioso y susurraba, Demos gracias a Dios, ¡finalmente todo ha acabado! , Ada  mantenía las manos sobre el pecho, casi como para contener su corazón que latía tan rápido que le impedía hablar.

Giulia, en pie detrás de Giovanni, con los ojos ávidos recorría en silencio las líneas que él leía en voz alta, deseosa de llegar al final de la página.

–Rudi vuelve a casa, todos vuelven a casa ―repetía casi para sí misma. La última carta era de dos meses atrás y la había tranquilizado sobre su estado de salud. Podría por fin abrazarlo y volver a la vida cotidiana.

Giovanni acabó de leer con los ojos húmedos.

–Voy al pueblo. Están organizando un desfile para celebrar la victoria. Llevo a los niños conmigo.

–Sólo a Antonino y Clara, no a los pequeños ―dijo alarmada Giulia.

–Es un día memorable, lo recordaremos siempre. ¿Por qué no dejarlos ir? Estará todo el pueblo…

–Justo ―rebatió ―podrían perderse.

–Yo voy encantada ―dijo Ada, a quien el nudo en la garganta, al desaparecer, dejó el puesto a una agitación que la había temblar y que sabía que sólo descargaría moviéndose.

–¿Y vosotras? ―dijo Giovanni volviéndose hacia las otras.

–Yo prefiero quedarme en casa ―respondió Giulia.

–También yo ―se unió María.

Justo el tiempo de prepararse y subieron a la carreta. Los niños sentían en el aire la emoción de los adultos y enarbolaban banderines de papel que los gemelos habían coloreado, se apisonaron en el asiento sentándose unos sobre otros. Se dirigieron festivos al pueblo, donde todos habían bajado a la calle y donde la banda entonaba tanto la Marcha Real como Fratelli d’Italia.

Llegaron justo a tiempo para ver la llegada del desfile. Clara y Antonino bajaron de la calesa y escaparon bajo el palco improvisado en el que las autoridades, por turnos, celebraban la hazaña de las tropas italianas. La banda musical insertaba himnos patrióticos entre una y otra intervención. Todos aplaudían al sonido altisonante de las palabras Patria e Italia.

Ser libres de corretear en medio de la multitud emocionaba a los más pequeños que corrían y gritaban entre la tolerancia general. Los ancianos veterano enarbolaban las banderas y las mujeres se abrazaban felices. Agnese y Lucia hubieran querido seguir a sus hermanos, pero las manos de Ada los mantenían firmemente sujetos y a menudo su figura oronda se tambaleaba cuando uno tiraba de una parte y el otro de la otra. Hasta que, con un tirón volvía todo a su orden. Giovanni se había alejado y discutía animadamente en el centro de la plaza con un grupo de hombres.

Cuando el desfile terminó en una multitud vociferante, Ada se acercó a él y le pidió volver a casa. Se sentía cansada y el aire fresco y húmedo de noviembre la había convencido para volver a pesar de que las celebraciones continuaban, preocupada porque los más pequeños pudieran enfermar. Volvieron a casa entre las protestas y el descontento de los más jóvenes para los cuales la jornada debería haber sido infinita.

Ada sentía un fuerte dolor de cabeza y dijo que se iría a la cama mientras que cada uno de ellos tenía, a su manera, una montaña de cosas que contar.

A la mañana siguiente no se levantó, el dolor de cabeza había empeorado y también tenía un poco de fiebre. Prohibieron a los muchachos que entrasen en su habitación, pidiéndoles que no hiciesen mucho ruido. Estaban acostumbrados a escuchar, No hagáis ruido, la tía Ada está enferma, y ese día escogían ocupaciones menos animadas.

En los días sucesivos las condiciones de la enferma empeoraron. La fiebre había aumentado y se quejaba de dolores en las articulaciones. Los escalofríos la estremecían y ninguna manta conseguía que entrase en calor.

Hicieron venir al médico. Después de haberla visto el doctor Marinucci bajó a la cocina con aire preocupado.

–Giovanni, lo siento, temo que sea la gripe española ―dijo desconsolado ―Pensaba que la epidemia ya había pasado, que lo peor había acabado, pero todavía hay algunos enfermos en el pueblo y creo que Ada sea uno de estos.

La noticia, temida por todos, los dejó sin palabras.

–¿La gripe española? ¿Está seguro, doctor?

–Me temo que sí. He visto muchos casos similares.

–¿Qué podemos hacer? ―preguntó Giovanni suspirando.

–Dadle quinina por la mañana y por la noche. Esperemos que no sea tan virulenta como al principio.

–¿Y los niños? ―preguntó Giulia.

–Es inútil llevarlos a otro sitio. La posibilidad del contagio está por todas partes. Intentad mantenerlos alejados de la tía y ventilad a menudo las habitaciones. No se puede hacer más. Mañana vendré a verla de nuevo.

Acompañado por Giovanni el doctor se dirigió hacia la salida dejando a las mujeres con su silencio.

–Lo sabes mejor que yo ―le dijo cuando estuvieron en el umbral ―no se puede esperar mucho. En estos últimos tiempos he visto morir en pocos días a gente muy joven que rebosaba salud. Esta es la última tragedia de la guerra. Quizás ha sido justo esta la guerra que hemos combatido en casa. Valor. Nos vemos mañana.

Se despidieron con un apretón de manos. A Giovanni se le había encogido el corazón por la preocupación. Marinucci lo había visto nacer a él y a sus hijos, era un viejo médico que había desarrollado su trabajo con dignidad, sufriendo con los medios limitados que la medicina ponía a su disposición. En aquellas pocas palabras habían aflorado el cansancio y la desesperación de quien no consigue ya soportar la carga de tanto dolor que, sumado al lastre de los años, estaban convirtiéndose en un fardo tan pesado que le obligaría a jubilarse.

La epidemia había sido terrible y había golpeado por igual niños, jóvenes y ancianos. Habían muerto en el pueblo tanto que no había cajas para enterrarlos y los cadáveres eran llevados al cementerio en un carro y depositados bajo tierra. Se había abatido como algo horrible y oscuro sobre la población ya duramente castigada por los años de guerra. Familias enteras habían sido diezmadas. Sólo algunas semanas antes habían muerto, en el arco de pocos días, dos hermanas muy jóvenes y el dolor de la madre, entre otros muchos, había conmocionado a todos los ciudadanos.

La mente de Giovanni fue atravesada por estos pensamientos y su peso pareció recaer de repente sobre sus hombros. Luchó consigo mismo para intentar alejarlos y recuperar un poco de esperanza que le permitiese volver a entrar en casa y difundir un poco de ésta entre los otros.

Capítulo X Ada

Los días siguientes estuvieron repletos del ir y venir de las mujeres que se turnaban para asistir a la enferma.

Las condiciones de Ada empeoraban. La fiebre muy alta no le daba tregua y en poco tiempo su hermoso cuerpo se había consumido tanto como para no ser reconocido. Habían llamado a Lucia para que ayudase en casa. Se ocupaba de los más pequeños mandándoles a menudo fuera, aunque los días días eran demasiado fríos. Si Antonino y Clara, conscientes de lo que estaba sucediendo, se movían silenciosos entre los adultos, los gemelos intentaban enseguida sacarse de encima la tristeza que advertían dentro de los muros de casa. Bastaba que saliesen para volver a su vitalidad y despreocupación. A ellos se les unía Andrea ya que la madre, no teniendo a nadie con quien dejarlo, lo llevaba consigo cuando iba con los Barrieri, y esto se convertía en motivo de vivacidad adicional. Por la noche, más cansados de lo normal por los juegos al aire libre, eran mandados a dormir más temprano.

Durante la noche las mujeres se alternaban en el lecho de la enferma. Intentaban aliviar su sufrimiento poniendo en la frente paños húmedos. La fiebre la devoraba y en los últimos dos días los estertores de su respiración parecían expandirse por el aire, agigantase y llenar toda la casa. La muerte de Ada dejó el tremendo vacío de las muertes inesperadas y un sentimiento de incredulidad. El hecho, tan imprevisto y trágico, obligó a los adultos a convivir con el pensamiento de la precariedad de la existencia. Este sentimiento, unido al cansancio y a la consternación, vaciaba sus cuerpos de toda energía. Giovanni daba vueltas por la casa sin decidirse a volver a trabajar, María pareció en pocos días envejecer años, silenciosa y muy delgada en su vestido negro. Giulia, de repente, había tomado el toro por los cuernos y se había encerrado en un silencio doloroso y eficiente. Cuando comprendió que no había nada más que hacer, había cambiado inmediatamente de actitud. Sin tener en cuenta ningún tipo de consideración, a la que, a hechos consumados, tendría todo el tiempo para dedicarse, organizó la vida de la familia de manera que pudiesen sobrevivir todos de la mejor manera a aquellos días de tempestad. Hablaba muy poco e incansablemente, día y noche, siguió cada instante de la enfermedad. María y los otros seguían sus órdenes, como marineros que, en situación de peligro, reconocen en el capitán, no a aquel que da las órdenes, sino al único en que poder confiar completamente.

Los chicos habían reaccionado de distinta manera ante la noticia de la muerte. Antonino había llorado mucho y, perdido en su dolor, se había refugiado muchas veces entre los brazos de la madre y de la tía. Nunca había entrado en la habitación de la enferma y tampoco ahora, después de muerta, quería verla. Clara se había quedado casi apartada. No preguntaba nada. Miraba a su alrededor cada vez más silenciosa, que se encerraba todas las tardes en su habitación, olvidada por todos, para salir sólo cuando el hermano iba a verla para buscar compañía y consuelo, y juntos bajaban a comer.  A la pregunta del padre de si quería despedirse por última vez de la tía, había respondido que sí. Con él de la mano se había acercado al lecho en el que el cuerpo de tía Ada reposaba ya sin vida, vestida como la había visto en los días de fiesta, con el chal negro en la cabeza y el  rosario entre las manos. La observó durante un rato y pensó que parecía de cera, la nariz delgada y el cuerpo suave, siempre dispuesto para un abrazo cálido, ahora rígido y hostil. Advirtió su alejamiento y Giovanni sintió que la mano encerrada en la suya era recorrida por un ligero temblor nervioso. Le rodeó los hombros y la acercó  hacia él, intentando protegerla de aquel dolor que por primera vez, sin lágrimas, le rompía el alma. La hizo salir de la habitación manteniéndola apoyada a su pierna y ella pudo advertir el olor cálido que la consolaba imperceptiblemente.

Capítulo XI Preocupaciones

En el funeral no había mucha gente. El miedo al contagio flotaba en el aire y muchos debían volver de la guerra. En la iglesia, sentadas en los primeros bancos estaban sobre todo las mujeres, vestidas de negro con grandes pañuelos oscuros que cubrían sus cabellos. Unos poco hombres permanecían en el fondo, en pie, con los sombreros en la mano. Antes de que el féretro saliese de casa había vuelto Rudi. Se había enterado de la noticia a través de Fosco, con quien se había hospedado los días siguientes al fin de la guerra. Se había marchado enseguida y el amigo no había querido dejarlo solo así que lo había acompañado hasta Viterbo.

Giulia se lo encontró en el umbral de la puerta.

–Rudi… has llegado a tiempo…

–Giulia…

Se abrazaron con fuerza, en silencio y durante un instante ella pensó que aquel ya no era el muchacho que había partido unos años antes.

–He traído conmigo a Fosco… estaba en su casa… fue allí donde el ejército me ha comunicado la noticia… había dejado su dirección…

–Has hecho bien… no sabíamos cómo encontrarte y…

–Giovanni…

Rudi se acercó al cuñado que estaba bajando las escaleras de las habitaciones y se intercambiaron un apretón de manos que no necesitaba de las palabras.

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