Un beso en la oscuridad
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Un beso en la oscuridad

Язык: Русский
Год издания: 2026
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Se quedó unos segundos mirando el lugar vacío, con un escalofrío recorriéndole la espalda, antes de decidir que lo mejor era seguir sus indicaciones y salir del bosque cuanto antes. Caminó rápido, casi corriendo, mirando de vez en cuando por encima del hombro, con la extraña sensación de que alguien la observaba desde la penumbra creciente entre los árboles.

En efecto, diez minutos después llegó a la carretera que la llevaría de vuelta a casa, exactamente como el desconocido le había indicado. Aquello, en lugar de tranquilizarla, aumentó todavía más su desconcierto: ¿cómo podía alguien conocer aquel bosque con tanta precisión sin ser de allí desde hacía años?

Aquella noche, mientras cenaban, Lucía habló sin parar sobre su nueva amiga y su madre sonrió por primera vez en días. Sofía, en cambio, apenas participó en la conversación. No podía dejar de pensar en el joven del bosque, en su forma de mirarla, en la manera en que había desaparecido, y sobre todo, en la extraña sensación de que, de alguna forma, ya lo conocía.

—Estás muy callada —comentó Claudia, mientras servía el postre—. ¿Todo bien?

—Sí, solo estoy cansada. Caminé bastante hoy.

—Ten cuidado con el bosque, Sofía. En serio.

—Lo tendré, mamá.

Aquella noche, tumbada en la cama, Sofía repasó una y otra vez cada detalle del encuentro, intentando encontrar una explicación lógica que no llegaba. Se durmió tarde, con la imagen de aquellos ojos oscuros grabada en la memoria, sin sospechar todavía hasta qué punto aquel encuentro casual cambiaría el rumbo de su vida en Ravenwood.

Aquella noche, antes de dormir, Sofía sacó un pequeño cuaderno que solía usar para anotar ideas sueltas y, sin pensarlo demasiado, escribió una breve descripción del joven del bosque: sus ojos oscuros, su forma extraña de moverse, la manera en que había desaparecido sin dejar rastro. No sabía muy bien por qué sentía la necesidad de dejar constancia de aquel encuentro, pero algo le decía que no sería la última vez que lo vería.

De camino a casa aquella tarde, Sofía se cruzó con un anciano que paseaba a su perro por la calle principal, uno de los pocos vecinos que ya había visto varias veces desde su llegada. El hombre la saludó con un gesto de cabeza cordial, pero su mirada se detuvo un instante de más en la dirección del bosque, como si supiera exactamente de dónde venía ella.

—Cuidado con la hora, jovencita —le dijo, con una voz áspera por los años—. El bosque cambia después del atardecer.

—Lo tendré en cuenta, gracias.

Sofía continuó caminando, algo desconcertada por aquel comentario tan directo, preguntándose cuántos habitantes de Ravenwood sabían, o al menos sospechaban, más de lo que decían abiertamente sobre lo que realmente habitaba entre aquellos árboles.

Al llegar a casa aquella tarde, Sofía encontró a Lucía sentada en el porche, dibujando con tizas de colores sobre las tablas de madera. Se sentó a su lado un momento, observando el dibujo infantil de un bosque lleno de árboles altos y, entre ellos, una pequeña figura con ojos enormes.

—¿Quién es ese? —preguntó Sofía, señalando la figura.

—No lo sé. Lo soñé anoche. Vivía en el bosque y me miraba desde lejos, pero no daba miedo.

Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda ante aquel comentario tan inocente, preguntándose cuánto de lo extraordinario que habitaba en Ravenwood podían percibir, sin saberlo del todo, hasta los más pequeños.

Antes de encontrar el camino de vuelta gracias a las indicaciones de Adrian, Sofía había pasado varios minutos observando con atención las marcas extrañas talladas en la corteza de algunos árboles del sendero, símbolos antiguos que parecían formar parte de algún tipo de código olvidado, aunque en aquel momento no le dio mayor importancia, atribuyéndolo a travesuras de otros excursionistas.

—Esas marcas llevan ahí más tiempo del que imaginas —le dijo Adrian, notando hacia dónde miraba, justo antes de desaparecer aquella primera tarde—. Son límites territoriales, aunque no del tipo que sueles conocer.

Sofía no comprendió del todo aquel comentario en aquel momento, pero lo guardó en la memoria, otra pequeña pieza más del misterio que envolvía a aquel extraño desconocido del bosque.

Al llegar finalmente a la carretera aquella tarde, Sofía se permitió un momento para recuperar el aliento, mirando hacia atrás, hacia la espesura del bosque que acababa de abandonar, preguntándose cuántas otras sorpresas la esperarían entre aquellos árboles en las semanas venideras.

Capítulo 3. Demasiado rápido

Vocabulario del capítulo

el ciervo — олень

asustado/a — испуганный

esquivar — уклоняться, избегать

el reflejo — рефлекс; отражение

sujetar — держать, схватить

el aliento — дыхание

imposible — невозможный

exigir — требовать

el brazo — рука (от плеча до кисти)

el instinto — инстинкт

quedarse paralizado/a — оцепенеть

el crujido — хруст, треск

evitar — избегать

convencer — убеждать

la explicación — объяснение

rozar — задеть, коснуться слегка

recobrar (el aliento) — перевести (дыхание)

Durante los días siguientes, Sofía intentó convencerse de que el encuentro en el bosque no había sido más que una coincidencia extraña, el resultado de estar cansada y perdida en un lugar desconocido. Sin embargo, algo dentro de ella la empujaba a volver al mismo sendero cada tarde, con la excusa de que necesitaba aire fresco, aunque en el fondo sabía que en realidad esperaba encontrarse otra vez con el joven de la chaqueta oscura.

Empezaron las clases en la universidad comunitaria, y aunque Sofía intentó concentrarse en sus estudios, en el nuevo horario, en los nombres de profesores y compañeros que todavía confundía, su mente regresaba una y otra vez a aquel encuentro fugaz. Se sorprendió a sí misma, más de una vez, buscando con la mirada entre los estudiantes del campus, preguntándose si tal vez él también estudiaba allí, aunque algo le decía que no era el caso.

No lo volvió a ver durante casi una semana. Empezaba a pensar que quizás lo había imaginado todo, que el cansancio y la tristeza le habían jugado una mala pasada, cuando ocurrió algo que la obligó a aceptar que aquel joven era real, y que había algo profundamente extraño en él.

Durante esos días, Sofía notó también otros pequeños detalles extraños sobre el pueblo que antes había pasado por alto. Algunos vecinos, al mencionar el bosque, bajaban la voz y cambiaban de tema con rapidez. La dependienta del supermercado le había advertido, sin que ella preguntara nada, que no se internara demasiado después del atardecer. Aquellas señales, aisladas, no significaban gran cosa por sí solas, pero juntas empezaban a formar un patrón inquietante que Sofía no sabía cómo interpretar.

Era casi al anochecer. Sofía caminaba por el sendero, más cerca del límite del bosque de lo habitual, distraída con los auriculares puestos, cuando escuchó un crujido fuerte entre los arbustos, a solo unos metros de distancia. Antes de que pudiera reaccionar, un ciervo asustado salió disparado directamente hacia ella, huyendo de algo que Sofía no llegó a ver.

Todo ocurrió en apenas un segundo. El animal, aterrorizado, corría en línea recta, sin desviarse, directamente hacia el lugar donde ella estaba parada. Sofía se quedó paralizada, incapaz de moverse, incapaz siquiera de gritar, mientras el ciervo se acercaba a una velocidad que no le daba tiempo a esquivarlo. Pensó, en ese instante eterno que solo dura una fracción de segundo real, en su padre, en su madre, en Lucía, en todo lo que quedaría sin decir si aquel animal la golpeaba con la fuerza suficiente.

Y entonces, de repente, unos brazos fuertes la sujetaron por la cintura y la apartaron del camino con una fuerza y una rapidez imposibles. El ciervo pasó rozándola, tan cerca que sintió el aire de su carrera, y siguió corriendo hasta perderse entre los árboles.

Sofía tardó unos segundos en entender lo que había pasado. Cuando por fin logró recuperar el aliento, se dio cuenta de que estaba entre los brazos del joven del bosque, que la sostenía con firmeza, mirándola con una expresión que mezclaba preocupación y algo parecido al enfado.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz tensa.

—Yo... sí. Creo que sí.

Sofía se apartó un poco, todavía temblando por la impresión, e intentó ordenar sus ideas. Un segundo antes, el joven no estaba en ninguna parte visible; un segundo después, la había sujetado y apartado del peligro con una velocidad que ningún ser humano podía tener. El corazón le latía tan fuerte que casi podía escucharlo en los oídos, y no sabía si era por el susto del ciervo o por la cercanía repentina de aquel desconocido.

—¿Cómo has llegado hasta aquí tan rápido? —preguntó, mirándolo fijamente—. Estabas... no sé, a lo mejor a diez metros.

—Corrí.

—Nadie corre así de rápido.

El joven no respondió enseguida. Apartó la mirada un instante, como si estuviera decidiendo qué decir, y cuando volvió a mirarla, su expresión había recuperado la frialdad de la primera vez que se habían encontrado.

—Digamos que tengo buenos reflejos.

—Eso no es una explicación.

—Es la única que vas a conseguir por ahora.

Sofía se pasó una mano por el pelo, todavía intentando calmar los latidos de su corazón, y miró hacia el lugar por donde había desaparecido el ciervo, como si buscara alguna confirmación de que lo que acababa de vivir había sido real.

—Ese ciervo casi me atropella. Podría haber muerto.

—Pero no ha pasado. Estás bien.

—Gracias a ti, por lo visto. Aunque sigo sin entender cómo lo has hecho.

Sofía sintió que la frustración se mezclaba con una curiosidad que no había sentido en mucho tiempo. Después de meses sumida en la tristeza, aquella extraña situación era lo primero que conseguía despertar en ella algo distinto al dolor, y no estaba dispuesta a dejarlo pasar sin más.

—Al menos dime tu nombre. Ya que me has salvado la vida, sería lo justo.

El joven la observó durante un largo momento, como si estuviera midiendo hasta qué punto podía confiar en ella, y finalmente contestó.

—Adrian.

—Solo Adrian.

—Por ahora, sí.

—Yo soy Sofía.

—Lo sé.

—¿Cómo sabes mi nombre? No te lo he dicho.

—Es un pueblo pequeño, Sofía. Las noticias vuelan rápido.

La explicación no terminaba de convencerla, pero antes de que pudiera insistir, Adrian dio un paso atrás, alejándose ligeramente, como si de repente hubiera recordado que debía mantener las distancias.

—Deberías volver a casa. Se está haciendo tarde.

—Siempre me dices lo mismo.

—Porque siempre es verdad.

Antes de que pudiera preguntarle cómo era posible que ya supiera su nombre con tanta certeza, o insistir en obtener una explicación real sobre su velocidad imposible, Adrian dio otro paso atrás y, con la misma naturalidad inquietante de la primera vez, se alejó entre los árboles hasta desaparecer por completo, dejando a Sofía sola en el sendero, con el corazón todavía acelerado y mil preguntas sin respuesta.

Caminó de vuelta a casa despacio, todavía procesando lo ocurrido, mirando por encima del hombro cada pocos pasos, aunque no habría sabido decir si esperaba ver a Adrian otra vez o simplemente necesitaba confirmar que estaba realmente sola. Cuando llegó, encontró a su madre preparando la cena, ajena por completo a lo cerca que había estado su hija de sufrir un accidente serio.

—¿Qué tal el paseo? —preguntó Claudia, sin levantar la vista de la sartén.

—Interesante —respondió Sofía, sin entrar en detalles.

Esa noche, tumbada en la cama, mirando el techo de su nueva habitación, Sofía repasó una y otra vez lo ocurrido. Sabía que lo que había visto no tenía explicación lógica, y sin embargo, en lugar de sentir miedo, sentía una curiosidad que crecía con cada minuto que pasaba. Fuera lo que fuera Adrian, estaba decidida a averiguarlo, y aquella determinación, extrañamente, se convirtió en el primer sentimiento verdaderamente vivo que había experimentado desde la muerte de su padre.

Los días siguientes al incidente del ciervo, Sofía se sorprendió a sí misma prestando mucha más atención a los pequeños detalles del pueblo que la rodeaba, como si el encuentro con Adrian hubiera despertado en ella una curiosidad renovada por todo lo que hasta entonces había considerado simplemente aburrido.

—Últimamente andas muy distraída —le comentó Claudia durante la cena, observándola con atención—. ¿Va todo bien en las clases?

—Todo bien, mamá. Es solo que este pueblo es más interesante de lo que pensaba al principio.

—Me alegra escuchar eso.

Claudia sonrió, visiblemente aliviada de ver a su hija mostrando algo de entusiasmo después de meses de tristeza casi constante, sin sospechar ni remotamente la verdadera razón detrás de aquel cambio de actitud. Sofía, por su parte, guardó su secreto con el cuidado propio de quien ha descubierto algo demasiado extraordinario y demasiado frágil para compartirlo todavía con nadie.

Aquella noche, mientras se preparaba para dormir, Sofía revisó su teléfono y descubrió, con sorpresa, un mensaje de un número desconocido: apenas dos palabras, sin firma, que decían simplemente 'Buenas noches'. No tenía forma de comprobarlo con certeza, pero algo en su interior le dijo de inmediato que aquel mensaje solo podía venir de una persona.

—¿Cómo has conseguido mi número? —respondió ella, incapaz de resistirse a contestar.

La respuesta tardó varios minutos en llegar, tiempo suficiente para que Sofía empezara a dudar de su propia suposición, hasta que finalmente el teléfono vibró de nuevo.

—Tengo mis métodos —fue todo lo que decía el mensaje, seguido de nada más.

Sofía sonrió, guardando el teléfono bajo la almohada con una sensación cálida en el pecho, sin sospechar todavía que aquel gesto sencillo, un mensaje nocturno de buenas noches, se convertiría pronto en una de las pequeñas costumbres más entrañables de su relación con Adrian.

Días después del incidente del ciervo, Sofía decidió investigar un poco más sobre la fauna local, buscando información sobre los ciervos de la región y sus comportamientos habituales, con la esperanza de encontrar alguna explicación racional para la persecución tan repentina de aquel animal.

No encontró nada que explicara del todo lo ocurrido, ningún depredador natural de la zona que pudiera justificar semejante terror en la criatura, y aquella ausencia de respuestas lógicas solo confirmó, todavía más, la sospecha creciente de que algo verdaderamente inusual se escondía en aquel bosque.

Capítulo 4. Rumores en la ciudad

Vocabulario del capítulo

el rumor — слух

la advertencia — предостережение

alejarse — отдаляться, держаться подальше

sospechoso/a — подозрительный

el instituto — школа, учебное заведение

encajar — вписываться, подходить

el chisme — сплетня

inquietante — тревожный, беспокоящий

evitar (a alguien) — избегать (кого-то)

la costumbre — привычка

desde siempre — всегда, издавна

fijarse en — обращать внимание на

ocultar — скрывать

la biblioteca — библиотека

curioso/a — любопытный

el archivo — архив

amarillento/a — пожелтевший

El lunes siguiente, Sofía empezó las clases en la pequeña universidad comunitaria situada a las afueras de Ravenwood, un edificio de ladrillo rojo rodeado de árboles que, según le explicaron, compartía biblioteca con el instituto del pueblo. Al principio, adaptarse le resultó extraño: las clases eran mucho más reducidas que las que había dejado atrás, y todos parecían conocerse desde la infancia, algo que la hacía sentirse todavía más fuera de lugar.

El campus, pequeño en comparación con la universidad que había dejado atrás, tenía cierto encanto propio: edificios antiguos cubiertos de hiedra, un jardín central con bancos de piedra desgastados por el tiempo, y una cafetería diminuta donde el café, según decían todos, era el mejor de todo el condado. Sofía se sentó sola durante los primeros días, observando cómo los grupos de amigos de siempre se reunían en las mesas de siempre, hablando de temas que ella no compartía.

Sin embargo, no tardó en hacer una amiga. Se llamaba Marina, una chica de pelo rizado y sonrisa fácil que se sentó a su lado en la clase de Literatura Comparada y, al terminar, la invitó a tomar un café en la única cafetería del pueblo. Sofía aceptó, agradecida de tener, por fin, alguien con quien hablar.

—Entonces tú eres la chica nueva que vive en la casa de los Miller —dijo Marina, mientras removía el azúcar de su café.

—Supongo que sí. Aquí las noticias vuelan.

—Bienvenida a Ravenwood. Aquí todo el mundo sabe todo de todo el mundo. Es agotador, la verdad.

—Ya me he dado cuenta. Un chico del bosque supo mi nombre antes de que yo se lo dijera.

Hablaron durante un buen rato sobre clases, profesores y la vida en el pueblo. Marina le contó anécdotas sobre los profesores más estrictos, le explicó qué tiendas evitar y cuáles merecían la pena, y le habló con cariño de su propia familia, que llevaba tres generaciones viviendo en Ravenwood. Sofía, por su parte, se sorprendió compartiendo detalles de su vida anterior que no había planeado contar, incluida una mención breve, casi involuntaria, a la muerte de su padre.

—Lo siento mucho —dijo Marina, con una sinceridad que no sonaba forzada—. No hace falta que hables de ello si no quieres.

—Gracias. La verdad es que la mayoría de la gente no sabe qué decir, así que prefiero cambiar de tema rápido.

—Lo entiendo. Yo perdí a mi abuelo hace dos años y todavía hay días en los que no sé cómo manejarlo.

Aquella pequeña muestra de comprensión mutua estrechó de inmediato el vínculo entre ambas, y Sofía sintió, por primera vez desde que había llegado al pueblo, que quizás no todo en Ravenwood sería tan difícil como había imaginado. Continuaron hablando, y casi sin pensarlo, Sofía mencionó de pasada su encuentro en el bosque, sin dar demasiados detalles, solo para ver la reacción de su nueva amiga. El cambio en la expresión de Marina fue inmediato.

—Espera. ¿Un chico? ¿Alto, pelo oscuro, que parece que siempre lleva ropa de otra época?

—Sí... ¿lo conoces?

—Todo el mundo conoce a Adrian Blackwood. Bueno, conocer no es exactamente la palabra. Todo el mundo sabe quién es, pero nadie lo conoce de verdad.

Marina bajó la voz, como si el tema requiriera cierta discreción, aunque en la cafetería casi vacía nadie más podía escucharlos.

—Su familia lleva viviendo en la vieja mansión, junto al bosque, desde hace generaciones. Nunca se les ve en el pueblo, casi nunca van a la tienda, casi nunca hablan con nadie. Adrian aparece de vez en cuando, pero siempre solo, siempre de noche o al atardecer, y nunca se queda mucho tiempo.

—¿Y qué tiene eso de raro? A lo mejor son solo reservados.

—Puede ser. Pero hay algo más. Dicen que la familia Blackwood lleva viviendo aquí desde que se fundó el pueblo. Desde hace más de cien años.

Sofía soltó una risa nerviosa, intentando restarle importancia al comentario, aunque una sensación fría se instaló en su estómago.

—Eso es imposible. Serán descendientes, o algo así. Un nombre que se repite en la familia.

—Seguramente —respondió Marina, aunque su tono no sonaba del todo convencido—. En cualquier caso, mi consejo es que te mantengas alejada de él. No es que sea peligroso, exactamente, pero hay algo raro en toda esa familia. Mi abuela dice que hay que respetar el bosque y no meterse donde no te llaman.

—¿Y qué más dice tu abuela sobre ellos?

—Cosas antiguas, supersticiones de pueblo. Que los Blackwood nunca envejecen, que solo salen de noche, que hay que dejarles ofrendas si te los cruzas en el bosque. Tonterías, seguramente. Pero mi abuela nunca ha entrado en ese bosque después del atardecer en toda su vida, y eso también dice algo.

Aquella conversación, en lugar de disuadirla, alimentó todavía más la curiosidad de Sofía. Durante el resto de la semana, no pudo dejar de pensar en Adrian, en la manera en que se había movido aquella tarde en el bosque, en la frialdad calculada de sus respuestas, en el hecho de que ya supiera su nombre antes de que ella se lo dijera.

Las clases avanzaban con normalidad, y Sofía empezaba a acostumbrarse poco a poco al ritmo de la vida universitaria en Ravenwood. Los profesores eran cercanos, casi familiares, muy distintos a los catedráticos distantes que había conocido en su antigua universidad. Encontró en la literatura un refugio parecido al que encontraba en el bosque: un lugar donde su mente podía escapar, aunque fuera brevemente, del peso constante del duelo.

Un día, aprovechando un hueco entre clases, decidió acercarse a la biblioteca del instituto para buscar información sobre la historia del pueblo. La bibliotecaria, una mujer mayor de gafas gruesas llamada señora Whitfield, la recibió con amabilidad y, al enterarse de su interés por la historia local, la guio hasta una sala pequeña en la parte trasera del edificio, llena de estanterías repletas de documentos antiguos.

—Aquí guardamos todo lo relacionado con la fundación del pueblo —explicó la señora Whitfield—. Fotografías, actas municipales, recortes de periódico. Algunos documentos tienen más de cien años.

—¿Y hay algo sobre las familias más antiguas? Como los Blackwood, por ejemplo.

La bibliotecaria la miró con una expresión curiosa, casi de sorpresa, antes de responder con un tono ligeramente más cauto.

—Los Blackwood han estado siempre aquí, desde antes de que existieran registros oficiales. Hay algunas fotografías antiguas, si te interesan.

Encontró un pequeño archivo con fotografías antiguas, recortes de periódico amarillentos y actas municipales que se remontaban a más de un siglo atrás. Entre los documentos, encontró una fotografía en blanco y negro fechada en 1920, en la que aparecía la fachada de la mansión Blackwood, casi idéntica a como debía de verse hoy en día.

Lo que más le llamó la atención, sin embargo, fue un pequeño artículo de periódico, fechado en 1952, que mencionaba a un tal Adrian Blackwood como uno de los propietarios de la mansión familiar. El nombre coincidía exactamente con el del joven que había conocido en el bosque. Sofía leyó el artículo tres veces seguidas, buscando alguna explicación razonable que no llegaba a encontrar.

—Tiene que ser una coincidencia —se dijo Sofía en voz baja, aunque las manos le temblaban ligeramente mientras sostenía el recorte.

Siguió rebuscando entre los documentos y encontró otro artículo, esta vez de 1897, que hablaba de un incendio en la propiedad Blackwood durante el cual varios miembros de la familia habían fallecido. El texto mencionaba, entre otros nombres, a un joven llamado Adrian, hijo del propietario de entonces, del que no volvía a saberse nada en registros posteriores hasta la reaparición del nombre en 1952.

Guardó el artículo en su mochila, junto con una fotocopia del recorte de 1952 que la señora Whitfield le había hecho sin hacer demasiadas preguntas, decidida a seguir investigando. Aquella tarde, en lugar de sentir miedo, sintió que se acercaba, paso a paso, a un misterio que estaba empezando a atraerla más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Al salir de la biblioteca, con el sol ya bajo en el horizonte, no pudo evitar mirar hacia el límite del pueblo, hacia la línea oscura donde comenzaba el bosque, preguntándose si Adrian estaría allí en ese preciso momento, observándola sin que ella pudiera verlo. La idea, en lugar de asustarla, le provocó un cosquilleo extraño en el estómago que reconoció, con cierta sorpresa, como anticipación.

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