«El Despertar del Hombre»
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Y a los 15-30 minutos, alguna modelo con ojos de jirafa tonta me hacía una mamada en el acogedor baño del «Prada», sentada con su lindo trasero en la tapa del inodoro, mostrando sus jugosos y jóvenes pechos…

Al contar esto, muestro que viví como vive ahora la gran mayoría de los hombres de nuestro país, que llevan en su cabeza una vagina como si fuera su sombrero de Napoleón, que perdió la guerra de 1812.

La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos. —Marco Aurelio

Niebla

¡Mamá! —grité siguiendo a la persona más querida del universo, tratando de soltarme de las manos del cojo Mijálich. ¡No le importo a nadie! —estalló en mi cabeza. Mamá se iba con la espalda recta, en silencio, sin mirar atrás ni despedirse con la mano…

Para «estar lejos del pecado», me encerraron en un despacho con una única mesa. Subiéndome a esa mesa, lloré amargamente, tratando de entender por qué mamá me había abandonado… En fila de cinco, los niños del orfanato hacían ejercicios, repitiendo los movimientos de una mujer joven y esbelta con chándal azul, que estaba de espaldas a mí. Yo estaba sentado tras la reja, mirando con mirada vacía y lágrimas congeladas… Uno-dos, uno-dos…

La puerta se abrió detrás de mí, pero yo, sin prestar atención, seguía mirando fijamente por la ventana del segundo piso, enrejada con barras de hierro oxidadas. Acompañado por dos educadoras y el cojo Mijálich detrás, me sacaron del despacho bajo custodia. Mijálich resoplaba ruidosamente en mi nuca con su hedor a alcohol de baja calidad, diciendo: «No temas, chico, pronto crecerás y lo olvidarás todo…»

Pasaron los años. Pasaron muchos años. Pasó medio siglo, y lo recuerdo todo como si fuera ayer…

El hedor a alcohol de Mijálich, ya bien bebido desde la mañana con su aguardiente casero, me recordó el olor de mi padrastro Pedro, borracho en casa. Me llevaron al almacén de ropa. Estábamos entre fardos y cajas de cartón de todo tipo…

Mijálich comenzó a escoger ropa para mí, impregnada de un fuerte olor a naftalina y lejía, mezclado con el olor a humedad vieja y moho de sótano… La indiferencia y las ganas de vivir me habían abandonado. Me quedé callado, con la total indiferencia de quien ha perdido el mundo, compuesto por mi madre y mi padre, a quien no recuerdo y de cuya protección tanto necesitaba…

Un nudo de dolor y pena se atoró en mi garganta, y no podía tragarlo ni escupirlo. Me desvistieron hasta los calzoncillos. La ropa de casa la tiraron al suelo de hormigón sucio, con manchas grises de grasa. Luego me vistieron todo de marrón oscuro. Pantalones marrones, camisa, chaquetilla, abrigo e incluso calcetines y zapatos eran de color marrón. Y todo era dos tallas más grande… Al mirar un gran espejo roto en varios sitios, que estaba junto a la salida, vi mi reflejo, parecido a la caca marrón más solitaria y triste del mundo…

En mi clase era el niño más pequeño y delgado. Durante muchos años de escuela fui un adolescente muy indeciso. Por eso me pegaban a menudo, porque nunca me defendía. Me golpeaban, y yo me quedaba quieto y callado, igual que cuando mi padrastro me pegaba por la tabla de multiplicar…

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