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SUS ÚLTIMOS PASOS

Alex Akimoto
SUS ÚLTIMOS PASOS
Глава
SUS ÚLTIMOS PASOS
PRÓLOGO DEL AUTOR
Este libro nació de una pregunta que no tiene respuesta.
¿Qué pasa cuando dejas de correr? ¿Qué pasa cuando dejas de construir muros, de escribir libros para llenar el vacío, de fingir que la soledad es un refugio?
¿Qué pasa cuando alguien entra en tu casa, en tu silencio, en tu última línea, y no pide permiso para quedarse?
He escrito sobre la soledad durante treinta años. He escrito sobre el dolor, sobre la muerte, sobre la belleza de lo que se pierde. Pero nunca escribí sobre lo que ocurre cuando encuentras algo que no sabías que buscabas.
Esta novela no es sobre mí. Pero podría serlo.
Es sobre un hombre que construyó su vida sobre el vacío. Sobre una mujer que cruzó el océano para encontrar una firma y encontró una razón para vivir. Sobre un hermano que quiso ser el primero y terminó siendo el último. Sobre una madre que eligió el deber sobre el amor. Y sobre una sombra que se convirtió en luz.
No sé si esta historia te llegará. No sé si te hará sentir algo. Pero sé una cosa: si has llegado hasta aquí, es porque también tú has caminado por ese corredor oscuro. También tú has buscado una salida. También tú has esperado que alguien dijera tu nombre en la oscuridad.
Esta novela es para quienes caminan. Para quienes no se rinden. Para quienes saben que el último paso no es el final.
Espero que al cerrar este libro sientas que has dado un paso más. No hacia mí. Hacia ti.
Alex Akimoto
PRÓLOGO
Akira se sacudió una mota de polvo invisible de la manga de su chaqueta y, sin mirar atrás, se dirigió hacia la salida del casino. Su silueta, recta y segura, se perdía entre la multitud que corría hacia sus propios destinos, pero la chica lo habría reconocido entre mil.
Se quedó inmóvil junto a una columna, apretando la correa de su bolso entre los dedos, e inspiró hondo para intentar calmar el pulso, que latía en su garganta.
Él se subió al coche y el motor rugió con un sonido grave y depredador. Mikaela dio un paso adelante, a punto de chocar con un camarero que pasaba corriendo, y caminó rápido tras él, manteniendo la distancia. En su cabeza, una y otra vez, aparecían fragmentos de su último libro—esas reflexiones sobre el vacío y la forma que describían con tanta exactitud su propia existencia a su lado.
El coche se deslizó suavemente desde el aparcamiento, fundiéndose con el flujo nocturno de luces de Tokio. Mikaela se detuvo al borde de la acera, mirando las luces traseras rojas que se alejaban. Sabía que él nunca la notaría entre la multitud de admiradores o entre los conocidos de la alta sociedad; para él, ella era solo parte del ruido de la ciudad, un rostro más en el mar infinito de personas.
Sin embargo, el deseo de estar cerca pesaba más que cualquier sentido común. Sacó el teléfono, pidió un taxi, sabiendo de antemano la ruta que Akira solía tomar después de las fiestas. Era su pequeña locura diaria—acompañarlo en silencio, sin que él siquiera supiera que existía.
Cuando el coche frenó frente a un complejo residencial de lujo con seguridad en la entrada, Mikaela salió a la acera y se arregló el cabello. En las ventanas de los pisos superiores se encendían luces, y allá arriba, Akira se quitaba la chaqueta, quizás sirviendo vino caro en copas o sentándose a escribir una nueva reflexión sobre la futilidad de la existencia terrenal. Sonrió, sintiendo una extraña cercanía con aquel desconocido.
Se acercó a la verja, esperando que el guardia la dejara pasar con su vestido sencillo y sus zapatos gastados. Cada vez sentía un leve escalofrío: el miedo a ser rechazada se mezclaba con una excitante anticipación. Esta vez, el guardia, aburrido y acostumbrado a las hordas de admiradoras, solo asintió perezosamente, abriéndole el paso.
Mikaela subió lentamente en el ascensor, contando los pisos y apretando en su mano un papel con el número de su apartamento. Cuando las puertas se abrieron, se encontró en un pasillo impecablemente limpio, con moqueta suave que amortiguaba el sonido de sus pasos. Olía a perfume caro y soledad.
Se detuvo frente a una maciza puerta de madera oscura y se quedó quieta. El corazón volvió a latir con fuerza, recordándole lo inapropiada que era su presencia allí. Cerró los ojos un instante, tratando de recordar las palabras de su madre sobre que a los hombres les gusta la audacia, pero en ese momento toda su confianza se había desvanecido.
Se oyó el sonido de una cerradura al abrirse, y la puerta se deslizó lentamente hacia un lado. En el umbral apareció Akira. Sin chaqueta, con una camisa blanca y las mangas arremangadas, parecía menos formal, pero igual de inalcanzable. Su mirada—fría, escrutadora—se posó en ella con evidente desconcierto.
—¿Quería algo? —preguntó con tono uniforme. No había hostilidad en su voz, solo una distancia cortés, que dolía más que cualquier rechazo brusco.
Mikaela abrió la boca, pero las palabras se atascaron en su garganta. Lo miró de abajo arriba, sintiendo cómo el perfume caro y el silencio de su casa pesaban más que su mirada. En ese momento comprendió con claridad que todo su empeño por acortar la distancia entre ellos podría convertirse en una decepción aún mayor.
Akira inclinó ligeramente la cabeza, esperando una respuesta. Su rostro permanecía impasible, pero en el fondo de sus ojos oscuros brilló un destello de curiosidad, como si intentara recordar dónde la había visto antes. Ese breve titubeo le dio fuerzas a Mikaela, aunque sus manos seguían temblando.
—Yo... no quería molestarlo —logró decir, sintiendo el calor subirle a las mejillas—. Es que sus libros son muy importantes para mí, y pensé que podría pedirle...
Se detuvo al mirar sus propios dedos, que jugueteaban nerviosos con el borde del bolso. Su voz sonaba demasiado baja, casi lastimera, frente al silencio imponente de aquel amplio vestíbulo. Parecía que el propio apartamento—con sus líneas severas y la ausencia de detalles superfluos—exigía la misma perfección de quien entraba.
—¿Que le firme mi libro? —terminó la frase Akira, y en su tono asomó una leve ironía. No parecía molesto, sino más bien sorprendido de que alguien hubiera llegado hasta la puerta de su casa para pedir un autógrafo, en lugar de esperar a un encuentro oficial.
—¡Sí! —exclamó ella un poco más alto de lo necesario—. Por favor.
El hombre guardó silencio unos segundos, haciendo que Mikaela se sumergiera por completo en una vergüenza humillante. Ya estaba a punto de disculparse e irse, cuando él de repente dio un paso atrás, dejando el camino libre.
—Pase, si tanto lo necesita —dijo, con un gesto que la invitaba a entrar—. Pero sea breve. Tengo poco tiempo.
Con paso inseguro, Mikaela entró en el apartamento y sintió cómo el olor a tabaco caro y cuero la envolvía por todos lados. Caminó tras él por un largo pasillo, procurando no tocar las paredes ni mirar con demasiada curiosidad, pero no pudo evitar admirar el minimalismo de su hogar. Todo allí respiraba esa misma calma majestuosa que encontraba en sus textos.
Akira se detuvo junto a una imponente mesa de ébano, sobre la que reposaban papeles en perfecto orden y un portátil fino. Tomó un bolígrafo, sin mirarla, y alargó la mano pidiendo el libro. Mikaela sacó rápidamente de su bolso el ejemplar con las esquinas dobladas, procurando no dejarlo caer por los nervios. El libro se abrió solo—en la página que había releído más veces. La esquina estaba doblada, y en ese pliegue estaba todo su secreto, su amor absurdo y secreto. Sus dedos rozaron la palma de él—solo un instante—, pero ese contacto le produjo una descarga eléctrica que hizo que su corazón saltara un latido.
—Lee mis libros con tanto afán, como si buscara respuestas a preguntas que todavía no ha formulado —comentó él, trazando en la guarda unos trazos rápidos y afilados con su firma.
Devolvió el libro, y ahora estaban muy cerca. Mikaela sentía el olor de su colonia, oía su respiración pausada. De repente comprendió que ya no podía callarse e irse. El miedo se desvanecía, dando paso a una necesidad ardiente de decir algo significativo, algo que la distinguiera de las cientos de otras lectoras.
—Dígame qué le gustó de mis libros —exigió él, cruzando los brazos y observando atentamente su reacción—. Y qué le faltó en ellos. Sea honesta.
Mikaela tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Observó su perfil—la línea perfecta de su mandíbula y el brillo frío de sus ojos, que ahora parecían casi negros. La audacia le llegó de repente: recordó toda la soledad que había compartido con sus líneas por las noches, en su pequeña habitación.
—Me faltaba vida —respondió en voz baja, levantando la mirada hacia él—. Su vacío es demasiado perfecto. Es hermoso, pero es imposible respirar en él mucho tiempo. ¿No siente frío usted mismo?
Las cejas de Akira se alzaron ligeramente. Por primera vez, su máscara de absoluta calma se resquebrajó; en su expresión apareció algo parecido a un sincero asombro. No esperaba una respuesta tan directa de una chica con las mejillas encendidas y las manos temblorosas. Entre ellos se tendió un silencio espeso, lleno de incertidumbre y de una tensión nueva y apenas perceptible.
—¿Cree que sufro en este vacío? —Akira acortó lentamente la distancia, su voz se volvió más grave y profunda—. ¿O piensa que debería simular la alegría de vivir para su comodidad?
Mikaela sintió que su presencia llenaba todo el espacio, desplazando el aire y los pensamientos. Quiso retroceder, pero sus piernas parecían pegadas al suelo. Sonrojándose aún más, intentó reunir los restos de su confianza para no parecer ridícula ante sus ojos.
—No lo sé —susurró, mirándolo directamente a la cara—. Pero a veces parece que detrás de tanta perfección se esconde alguien que también necesita respirar. Alguien que busca una salida tan desesperadamente como todos los demás.
Akira se quedó quieto, escudriñando sus rasgos como si intentara comprender de dónde había sacado tanta audacia aquella muchacha frágil. Su mirada se deslizó hacia sus labios, y luego volvió a sus ojos. En ese silencio había más sentido que en miles de palabras de sus novelas; vibraba con preguntas no formuladas y una tensión que no se atrevía a nombrarse.
—Se ha acercado peligrosamente a la verdad —dijo por fin, y en su tono asomó por primera vez algo humano—. Pero la verdad rara vez trae alivio. Normalmente solo trae la conciencia de lo atrapados que estamos.
Dio un paso casi imperceptible hacia ella, y Mikaela sintió el calor de su cuerpo. El aire a su alrededor se volvió denso y pesado. Veía cada una de sus pestañas, cada movimiento de los músculos de su rostro, y todo le parecía infinitamente hermoso y aterrador al mismo tiempo.
—¿Quiere decir que incluso en su mundo hay lugar para el dolor? —Mikaela notó que su voz temblaba, pero no apartó la mirada—. ¿O es solo parte de la imagen que vende a sus lectores?
Akira soltó una risa amarga, casi furiosa. Se giró bruscamente y se dirigió al bar del salón; ella lo siguió, incapaz de romper ese extraño vínculo que había surgido entre ellos.
—Todos buscan en la literatura un reflejo de su propio sufrimiento para no sentirse solos —dijo, sirviendo un líquido transparente en dos vasos, sin ofrecerle siquiera a elegir—. Pero nadie quiere saber el precio de esa sinceridad. ¿Ha venido por un autógrafo y ha encontrado una decepción?
Mikaela aceptó el vaso y sintió cómo el hielo quemaba sus dedos. El alcohol era fuerte y áspero, le quemó la garganta y la hizo fruncir el ceño. Akira observaba su reacción con frío interés, mientras hacía girar su propio vaso.
—No me es indiferente —dijo ella en voz baja, volviendo a su pregunta—. Usted escribe sobre el vacío como si lo conociera de primera mano. Pero ¿qué pasará con usted si alguien lo llena? ¿O está demasiado acostumbrado a estar solo?
—La costumbre es la forma más peligrosa de comodidad —respondió él, y por un instante brilló en su mirada un cansancio tan profundo que Mikaela deseó tender la mano y tocar su hombro—. Váyase a casa, muchacha. Ya tiene su firma. No tenemos nada más que hablar.
Sin esperar tal atrevimiento de sí misma, lo miró con desafío y preguntó:
—¿Ha estado alguna vez en Argentina?
Akira se quedó inmóvil con el vaso cerca de los labios. El hielo tintineó suavemente contra el cristal, y su expresión cambió—ahora mostraba un desconcierto sincero, mezclado con un leve fastidio. Dejó el vaso lentamente sobre la superficie pulida de la barra, sin apartar la mirada de ella.
—¿De dónde salen esas preguntas? —su voz se volvió fría, casi de acero—. ¿Qué relación tiene mi geografía de viajes con esta conversación?
Mikaela apretó el vaso con más fuerza, sintiendo cómo el frío del líquido se transmitía a sus dedos.
—En sus últimas obras hay muchas descripciones del sol del sur, del olor a hierbas amargas y del polvo que se posa en la piel. Pensé... quizá buscaba algo allí.
—Buscaba silencio —cortó él, pero en su mirada ya no había la indiferencia de antes. Ahora la miraba como si la viera por primera vez—. Que ya no existe en Japón.
—¿Y lo encontró? —Mikaela dio medio paso adelante, acortando la distancia—. ¿O el vacío lo sigue a todas partes, incluso a través de los océanos?
Akira no respondió. Solo la miró fijamente, y en ese silencio Mikaela sintió un extraño desafío. Había algo en su presencia que la hacía olvidar las normas y el miedo; sentía que en ese momento se decidía el desenlace de aquella noche—si se iría con las manos vacías o si podría dejar una huella en su mundo perfecto.
Calló durante tanto tiempo que Mikaela casi se arrepintió de su audacia. Pero entonces Akira dejó el vaso sobre la barra con un golpe sordo y acortó lentamente la distancia entre ellos. Cuando estuvo a su lado, se inclinó hacia su oído, y ella sintió el calor de su aliento, mezclado con el aroma del whisky caro.
—Es demasiado perspicaz para ser una simple admiradora —dijo casi en un susurro. Su voz ya no era fría; ahora tenía una tensión extraña y contenida—. ¿Cómo sabe lo de las hierbas amargas y el sol que quema la piel?
Mikaela contuvo la respiración, sintiendo cómo su corazón latía desbocado.
—Porque recuerdo ese olor. Recuerdo cómo el sol seca la tierra hasta que se agrieta, convirtiendo todo lo vivo en ceniza. Ese es mi hogar.
Akira se apartó para mirarla a la cara. En sus ojos brilló algo parecido al reconocimiento o, quizás, a una profunda nostalgia. Por un instante, la máscara de indiferencia cayó por completo, dejando ver el verdadero rostro de un hombre que había estado demasiado tiempo oculto tras sus palabras.
—Argentina, entonces —dijo en voz baja. Sus dedos rozaron la superficie de la barra, muy cerca de la mano de ella—. Quizás por eso nota lo que los demás pasan por alto. No ve la forma del texto, sino su esencia.
—Es peligroso ver la esencia de las cosas —respondió Mikaela, sorprendida por su propia seguridad.
—Sin duda. Sobre todo cuando se trata de alguien como yo.
De repente, él tomó su mano, y sus dedos estaban calientes, casi ardientes. Mikaela se sobresaltó, pero no intentó apartarse. No había rudeza ni imposición en ese gesto; solo un reconocimiento mudo de su derecho a estar allí, en ese espacio estéril que había creado para su soledad.
—No se parece a quienes suelen buscar mi atención —dijo Akira, sin soltar su mano. Su pulgar rozó apenas su muñeca, donde latía la vena—. Ellos solo quieren tocar la fama o recibir la aprobación del autor. Pero usted... me mira como si yo fuera un criminal que ha cometido algo terrible.
Mikaela sonrió con timidez, sintiendo el calor extenderse por su cuerpo. Intentó bromear para disimular su nerviosismo, pero su voz tembló.
—¿Criminal? No, qué va. Más bien rehén de su propio talento. Ha creado un mundo tan denso a su alrededor que ni siquiera usted puede escapar de él.
Akira sonrió, y fue la primera emoción sincera que ella le veía. Soltó su mano lentamente, pero no se apartó ni un paso. Ahora solo los separaban unos centímetros—un espacio peligroso y magnético, lleno de palabras no dichas.
—Entonces, ¿su misión es salvarme? —en su voz asomó un tono irónico, pero ahora más suave—. Es un impulso muy noble para una chica que hace diez minutos apenas se atrevía a hablarme.
—No pienso salvarlo —replicó Mikaela, alzando la cabeza y encontrando su mirada—. Solo quiero saber cuánto cuesta su silencio. ¿Vale la pena estar tan solo en una casa tan grande?
En ese momento, Akira dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia al mínimo. Mikaela sintió que él acaparaba toda su atención; el resto del mundo dejó de existir. Solo quedaban dos personas en el salón a media luz, rodeadas de sombras de muebles caros y el olor a papel viejo y whisky.
Entonces, desde la habitación contigua, entró corriendo un perro. La cola le vibraba de alegría, y en sus grandes ojos brillaba una felicidad genuina. Al ver a su dueño, el perro ladró de alegría y se lanzó hacia él, saltando para alcanzar su mano.
El hombre cambió por completo. La frialdad desapareció, y en su lugar apareció una calidez inesperada; recibió el embate del animal con una sonrisa. Akira se agachó, dejando que el perro le lamiera la cara, y rió en voz baja—un sonido que Mikaela nunca había oído en sus entrevistas o apariciones públicas.
—Tranquilo, Hachi, tranquilo —dijo entre risas, acariciándole la nuca—. ¿Ves? Tenemos visita.
El perro, al oír la voz de su dueño, se calmó y miró a la chica con curiosidad. Mikaela se quedó paralizada, observando esa escena; el contraste entre el escritor severo y su apego al perro era tan grande que contuvo el aliento. Ese momento rompió toda la atmósfera de artificio que impregnaba el apartamento.
—Disculpe —dijo Akira, levantándose y arreglándose la camisa, mientras lanzaba una mirada rápida a Mikaela—. No sabe comportarse con extraños.
—Es maravilloso —dijo ella en voz baja, sintiendo una extraña ligereza.
Akira ya no parecía el dios inalcanzable de sus libros ni el intelectual enigmático de las portadas de las revistas. En ese instante era solo un hombre que quería a su perro y que, quizás, necesitaba compañía más de lo que estaba dispuesto a admitir incluso ante sí mismo. Su mirada se volvió pensativa, y volvió a posarla en ella, pero ahora no había desafío, solo una pregunta silenciosa.
—¿Puedo acariciarlo? —preguntó Mikaela casi en un susurro, dando un paso cauteloso hacia adelante.
Akira dudó, mirando alternativamente a la chica y al perro, que ya se había echado en el suelo con esperanza, esperando permiso. La tensión que había entre ellos un momento antes se disipó, dando paso a algo más sencillo y vivo. Él asintió ligeramente, apartándose para darle acceso a Hachi.
Mikaela se arrodilló, sintiendo el frío del suelo en sus rodillas. El perro le hundió el hocico húmedo en la palma, emitiendo un sonido suave y lastimero. Ella rió, hundiendo los dedos en el pelaje espeso detrás de sus orejas; el perro cerró los ojos con expresión de felicidad, buscando su caricia. El perro le lamió la mano. Calor. Áspero. Real. Y Mikaela comprendió de repente: era el primer contacto en un mes del que no había querido apartarse.
—Es muy bueno —comentó, levantando la mirada hacia Akira.
El escritor estaba de pie, con los brazos cruzados, observándola en silencio. En la penumbra del salón, su silueta parecía aún más solitaria, pero en su rostro ya no estaba esa máscara rígida que la había recibido en la puerta.
—Es el único en esta casa que dice la verdad —respondió en voz baja—. Los perros no mienten, a diferencia de las personas y las palabras.
Mikaela siguió acariciando al perro, sintiendo cómo la respiración rítmica del animal calmaba su propio corazón. La distancia entre ella y Akira ya no parecía insalvable; se había convertido en un espacio que podía llenarse no solo con las palabras de los libros, sino con algo más auténtico.
—A veces la verdad es demasiado simple para que la noten —dijo, levantándose y sin soltar la pata de Hachi—. Pero son esas cosas las que nos hacen humanos.
Akira no respondió, pero en el fondo de sus ojos brilló un respeto extraño. Tomó lentamente su vaso. Bebió un sorbo. Sin apartar la mirada de ella. Así no se mira a quien ha cambiado el orden. Así se mira a quien ha entrado en la casa y no ha tenido miedo del silencio. Y esa mirada asustó a Mikaela más que sus preguntas.
FIN DEL PRÓLOGO
CAPÍTULO 1. La golondrina
Akira se sacudió una mota de polvo invisible de la manga de su chaqueta y, sin mirar atrás, se dirigió hacia la salida del casino. Su silueta, recta y segura, se perdía entre la multitud que corría hacia sus propios destinos, pero la chica lo habría reconocido entre mil.
Se quedó inmóvil junto a una columna, apretando la correa de su bolso entre los dedos, e inspiró hondo para intentar calmar el pulso, que latía en su garganta.
Él se subió al coche y el motor rugió con un sonido grave y depredador. Mikaela dio un paso adelante, a punto de chocar con un camarero que pasaba corriendo, y caminó rápido tras él, manteniendo la distancia. En su cabeza, una y otra vez, aparecían fragmentos de su último libro—esas reflexiones sobre el vacío y la forma que describían con tanta exactitud su propia existencia a su lado.
El coche se deslizó suavemente desde el aparcamiento, fundiéndose con el flujo nocturno de luces de Tokio. Mikaela se detuvo al borde de la acera, mirando las luces traseras rojas que se alejaban. Sabía que él nunca la notaría entre la multitud de admiradores o entre los conocidos de la alta sociedad; para él, ella era solo parte del ruido de la ciudad, un rostro más en el mar infinito de personas.
Sin embargo, el deseo de estar cerca pesaba más que cualquier sentido común. Sacó el teléfono, pidió un taxi, sabiendo de antemano la ruta que Akira solía tomar después de las fiestas. Era su pequeña locura diaria—acompañarlo en silencio, sin que él siquiera supiera que existía.
Cuando el coche frenó frente a un complejo residencial de lujo con seguridad en la entrada, Mikaela salió a la acera y se arregló el cabello. En las ventanas de los pisos superiores se encendían luces, y allá arriba, Akira se quitaba la chaqueta, quizás sirviendo vino caro en copas o sentándose a escribir una nueva reflexión sobre la futilidad de la existencia terrenal. Sonrió, sintiendo una extraña cercanía con aquel desconocido.
Se acercó a la verja, esperando que el guardia la dejara pasar con su vestido sencillo y sus zapatos gastados. Cada vez sentía un leve escalofrío: el miedo a ser rechazada se mezclaba con una excitante anticipación. Esta vez, el guardia, aburrido y acostumbrado a las hordas de admiradoras, solo asintió perezosamente, abriéndole el paso.
Mikaela subió lentamente en el ascensor, contando los pisos y apretando en su mano un papel con el número de su apartamento. Cuando las puertas se abrieron, se encontró en un pasillo impecablemente limpio, con moqueta suave que amortiguaba el sonido de sus pasos. Olía a perfume caro y soledad.
Se detuvo frente a una maciza puerta de madera oscura y se quedó quieta. El corazón volvió a latir con fuerza, recordándole lo inapropiada que era su presencia allí. Cerró los ojos un instante, tratando de recordar las palabras de su madre sobre que a los hombres les gusta la audacia, pero en ese momento toda su confianza se había desvanecido.
Se oyó el sonido de una cerradura al abrirse, y la puerta se deslizó lentamente hacia un lado. En el umbral apareció Akira. Sin chaqueta, con una camisa blanca y las mangas arremangadas, parecía menos formal, pero igual de inalcanzable. Su mirada—fría, escrutadora—se posó en ella con evidente desconcierto.






