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Fin del Capítulo 6.


CAPÍTULO 7

Akira le mostró la biblioteca a Micaela al tercer día, y eso no fue como suelen mostrar las bibliotecas, cuando te llevan de la mano y dicen: mira, aquí están los libros, sino que él simplemente abrió una puerta en el suelo, esa misma puerta que Micaela no había notado antes, aunque llevaba dos días caminando por esa habitación, y la escalera bajaba hacia la oscuridad, y olía a papel viejo y a algo más, algo cuyo nombre no sabía, pero que era familiar, como es familiar el olor de la casa, que no puedes nombrar pero reconoces al instante.

— Aquí está lo que leo —dijo Akira, y su voz era más baja de lo habitual, como si temiera despertar lo que dormía abajo, y Micaela fue tras él, y los escalones estaban fríos bajo los pies descalzos, pues ella se había quitado los zapatos en la puerta, sin saber por qué, simplemente se los quitó, y eso estaba bien, pues a la biblioteca se entra descalzo, como a un templo, y Micaela no sabía que era así, pero lo sabía, y ese saber no estaba en la cabeza, sino en los pies, y los pies sabían más que la cabeza.

La biblioteca era enorme. No en el sentido en que son enormes las salas con techos altos y lámparas, sino en el sentido en que es enorme una habitación donde los libros no están en estantes, sino en las paredes, en el suelo, en los rincones, y parece que hay más libros que espacio, y crecen como plantas, y Micaela caminaba entre ellos y pensaba que este es ese lugar del que ella leía en sus libros, ese lugar donde el vacío se vuelve hogar, y no se equivocaba, y eso no asustaba, sino que parecía correcto.

— Aquí está todo lo que he escrito —dijo Akira, y tomó de un estante un libro, delgado, con tapa gris, y se lo extendió a Micaela, y ella lo tomó, y lo abrió, y vio la primera línea, esa misma que había leído en Buenos Aires, a las tres de la madrugada, con una copa de malbec, y las lágrimas corrieron por sus mejillas, y no las limpió, pues eran necesarias, eran lo que lava lo viejo, y después de ellas vendrá lo nuevo, y ese nuevo comenzó aquí, en esta biblioteca, con este libro en las manos.

— ¿Por qué me mostró esto? —preguntó Micaela, y su voz tembló, y no intentó esconderlo, pues ya no quería esconder nada, ni de él, ni de sí misma.

Akira la miró. Mucho tiempo. Con atención. Como se mira lo que no puedes perder, pero temes perder, y en esa mirada había algo que ella no había visto antes, no cansancio ni culpa, sino eso que estaba debajo, eso que él había escondido toda la vida y solo ahora empezaba a mostrar, como se muestra una cicatriz que sanó hace tiempo pero aún recuerda el dolor.

— No lo sé —dijo Akira. Y era una respuesta honesta. No una evasiva. No coquetería. La verdad. — Quizá porque usted es la única que me ha leído como yo escribí. Quizá porque quiero que alguien lo vea. Quizá porque estoy cansado de esconder.

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