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Stephen Goldin
Asalto A Los Dioses


“No puedo prometer nada, no hasta que yo sepa por qué estás aquí y cuáles son tus intenciones. Cuéntame tu historia y permíteme decidir por mí misma.”

“No la puedo contar. Los dioses me matarían.”

Un fugitivo. En lugar de ser un espía para los dioses, este nativo estaba huyendo de ellos. O parecía agresivo ni hostil, a pesar de ello; Dev supo que este delito era más de naturaleza herética.

“Estás seguro aquí. Los dioses no pueden escucharte mientras estés adentro de la nave.” Se arriesgó lo suficiente como para dar un paso hacia el nativo y no se alejó. “Dime por qué estás aquí y veré qué puedo hacer para ayudarte.”

El nativo se enderezó lentamente y la miró. La expresión de su úrsido rostro era imposible de leer, pero Dev se permitió imaginarse que se veía triste y suplicante.

Justamente una voz salió desde la escotilla sobre ella. “No te preocupes, Dev, vamos en camino. Lo atraparemos.” Hubo un ligero traqueteo y un resonante ruido sordo al tiempo que la alta figura de Roscil Larramac bajó al piso al lado de ella. “¿Dónde está?” preguntó. Sus palabras viajaron en voz alta a través de la bodega.

El nativo, quien apenas comenzaba a creer en la tranquilidad y los tonos razonables de Dev, entró en pánico. Amoldándose como mejor podía entre el estrecho pasadizo entre ambas filas de cajas, el polizón corrió en dirección opuesta, hacia la pared más retirada de la bodega. Dev supo que el polizón se sintió engañado.

Dev se dio la vuelta hacia su jefe, sin ni siquiera preocuparse por mantener su temperamento bajo control. “Maldición, ¿por qué tenía que hacer eso? Tenía todo listo para lograr que se rindiera. Sudé sangre intentando razonar con él, y apenas estaba comenzando a creerme cuando usted se lanzó desde el techo como toda una manada de cuadrodontes en celo. Ahora está completamente asustado de nuevo, doblemente asustado, y todos tendríamos que sacarlo de aquí. ¿Exactamente en qué lugar del espacio cree que estamos?”

Larramac se mantuvo en su lugar. Dado que es un hombre de negocios, tenía años de experiencia en discusiones de negocios. Su técnica para lidiar con confrontaciones consistía en dar una respuesta. “Pensé que la estaba rescatando. Creí que usted estaba en problemas. Debí saber que una eoana sería muy orgullosa para admitir que necesita ayuda.”

Esa ráfaga de rabia sacó las frustraciones de Dev. Se sintió culpable por lo que había demostrado, pero sólo un poco. Incluso los eoanos reconocían el efecto catártico de los estallidos emocionales. “Las emociones violentas pueden limpiar el alma,” había dicho Anthropos. “Como las drogas, deben usarse de manera terapéutica—más debe evitarse la adicción.”

Al estar más calmada, miró a su empleador con una mirada que indicaba calma. “Podríamos seguir culpándonos uno a otro durante toda la noche, pero nuestra preocupación principal por ahora es atrapar al polizón. Al parecer, es un fugitivo; sospecho que hizo algo que ofendió a los dioses locales y quiere ocultarse aquí. Probablemente tenga tanto miedo a nosotros como a los dioses. No creo que pueda estar armado con algo más terrible que un cuchillo, pero una persona que se ve amenazada siempre es peligrosa.”

Por la expresión sorprendida en el rostro de Larramac, Dev decidió que se encontraba listo para una batalla de gritos. “¿Qué sugiere que hagamos?”

“Estamos tan atados de manos como él; no quiero poner en riesgo a ninguno de nosotros para capturar a nuestro visitante. Además, probablemente cuatro personas no sean suficientes para hacer el trabajo—y no tan asustados como la criatura en este momento. Creo que mejor dejamos que los robots lo busquen.”

“¿Cuatro personas?” Larramac parpadeó y miró a su alrededor. “¿Dónde está Zhurat?”

“Es una espeluznante y larga historia de terror.” Dev caminó hacia la escalera y subió hacia la sala de almacenamiento de robots. Después de abrir la puerta comenzó a reactivar los robots e indicarles qué hacer. “El nativo deben ser capturado vivo y sin armas,” insistió. “Sean gentiles pero firmes. Está atemorizado, pero su cuchillo no debe ser una gran amenaza para ustedes.”

La compañía del Foxfire contenía veinte robots de tipo pesado. Eran cilindros altos y esbeltos, pesando algo más de unos cien kilos cada uno y con formas físicas vagamente humanoides, pero con mayor fuerza y resistencia. Los robots tenían inteligencia limitada, por lo que requerían de un supervisor; pero las órdenes de Dev—capturar al intruso alienígena—habían sido dadas de la manera más sencilla posible.

Dev desplegó sus tropas mecanizadas enviando grupos de cuatro por cada pasillo hacia el lado más retirado de la bodega. Los robots se movían lentamente y con mucha precaución; el hecho de verlos traía a la mente de Dev monjes medievales caminando al ritmo de cantos gregorianos. Sintió una punzada de lástima por el pobre nativo atemorizado, quien vería acercarse a él a estas amenazantes criaturas, pero no había otra forma. El intruso debía ser capturado tan pronto como fuese posible de una manera segura.

Mientras los robots se acercaban sin tregua hacia su objetivo, Dev le contó a Larramac y a Bakori sobre los eventos que sucedieron anteriormente esa noche en el pueblo. Ambos hombres estaban aturdidos al saber sobre la muerte de Zhurat causada por un rayo divino, además del discurso del ángel. Sin profundizar demasiado sobre sus suposiciones sobre la naturaleza de los dioses, Dev les contó que encender los escudos meteoroides haría que sus conversaciones adentro de la nave fuesen seguras.

Los robots se acercaban al nativo al final de la bodega. Este ser, similar a un osito, se encontraba atrapado pero se negaba a rendirse ante los abrumadores extraños. Al darse cuenta de que su cuchillo podría ser inútil contra las grandes máquinas, miró a su alrededor buscando otra arma para usar. Desesperado, tomó una gran caja entre sus manos y la arrojó contra el robot más cercano. La máquina levantó uno de sus brazos para defenderse y fácilmente esquivó al misil. La caja se estrelló contra una pila de cajas, las cuales cayeron en la fila siguiente, interponiéndose en el camino de los demás robots, causándoles demora en su persecución y regando sus contenidos por el piso.

Mientras los robots se detuvieron para recoger la mercancía y abrirse paso entre las cajas caídas, el polizón vio una apertura temporal. Moviéndose con una velocidad casi inconsistente con su cuerpo rechoncho, el nativo se arrojó entre el grupo de robots en un pasillo y se evadió bajo sus brazos que se sacudían ferozmente. Se puso tras las máquinas que habían intentado capturarlo, haciendo una loca carrera por la libertad—aunque era un misterio para Dev hacia dónde esperaba ir.

Por el momento, a pesar de ello, fue directamente hacia su ingeniero. “¡Dunnis!” gritó ella—innecesariamente. El gran hombre ya había visto venir al nativo.

Dunnis sólo tenía que dar tres pasos hacia su derecha para estar en posición de interceptar al alienígena. Mientras la peluda criatura corría hacia él, el pelirrojo ingeniero se agachó y abrió sus brazos para atrapar al fugitivo. El daschamés tenía tantas ganas de escapar de los robots que ni siquiera notó la presencia del humano hasta estar a unos cuatro metros de distancia, ya para ese momento, era demasiado tarde para fijarse en su avance. Los dos seres chocaron con un golpe discordante que Dev pudo sentir a mitad de la bodega.

El ingeniero cerró sus enormes brazos alrededor del nativo, quien luchó fieramente por liberarse. Los otros tres humanos corrieron para ayudar a Dunnis y Dev silbó para solicitar asistencia por parte de varios robots, los cuales se encontraban parados alrededor preguntándose qué hacer. Aunque el alienígena dio una buena pelea, fue reducido rápidamente y conferido a la custodia de dos robots.

“Llévenlo a la cabina de Zhurat y enciérrenlo. Luego permanezcan en guardia en ambos lados de la puerta para asegurarse de que no escape,” le ordenó Dev a las máquinas. “Tenemos que arreglar este desorden antes de interrogarle.”

Mientras los robots se movían para obedecer, miró a su alrededor el caos en la bodega. Varias docenas de cajas grandes habían sido arrojadas de sus pilas y estaban regadas sobre el suelo. Dev notó con interés que era una esta era una sección de la bodega que había sido un misterio para ella; Larramac se había negado a decirle qué había en esas cajas particulares y cuál planeta era su destino. Dev no había tocado el tema, consciente de la forma como su predecesor había perdido su trabajo; pero ahora sería imposible para su jefe evitar que ella descubra el secreto de su carga.

Al tiempo que caminaba hacia la mercancía derramada, tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener su sorpresa bajo control. El piso estaba repleto de armas de todo tipo, desde pistolas láser, pasando por rifles, granadas, armas automáticas que pudieran arrasar pueblos—equipo lo suficientemente letal para surtir a una pequeña armada. Y eso estaba sólo en las cajas que se habían abierto al romperse. ¿Cuánto más arsenal continuaba en los contenedores sellados?

Roscil Larramac era un traficante de armas.

***

Aunque Larramac sabía que ella había visto la carga, ninguno dijo una palabra al respecto. Dev tenia muchos otros problemas que requerían su atención inmediata y prefería darse el lujo de trabajar en una a la vez. Guardó el asunto de las armas en el último lugar de su mente para un comentario en el futuro—pero no estaba olvidado.

“¿Podrían ustedes tres dirigir a los robots en la limpieza?” le pidió a Larramac. “Me imaginé que, ya que comencé a hablarle a nuestro cautivo con anterioridad, yo también podría continuar con ese trabajo, si no tienen ustedes alguna objeción.”

“No, no, adelante. Nos encargaremos de las cosas aquí, si está segura de que estará bien arriba.” El dueño de la nave habló rápidamente, tratando de ocultar alguna culpa latente acerca de la carga.

Voluntariamente, Dev dejó la limpieza en manos de los hombres y las máquinas mientras subió hacia el núcleo central de la nave al nivel de los cuarteles de la tripulación. Según sus instrucciones, los robots habían cerrado con llave la puerta del camarote de Zhurat y un robot permanecía de pie a cada lado de ella.

“Estoy entrando,” le dijo a ambos guardias robots. “Si el alienígena intenta escapar, atrápenlo—pero no lo lastimen.” Con eso, abrió la puerta y entró.

El alienígena se sentó en la cama plegable al extremo más retirado de la pequeña cabina, escondiéndose contra el tabique y mirándola. Por su estilo de ropa y estructura corpórea general, ella concluyó que su cautivo era un varón de su especie.

“Hola otra vez,” dijo con calma, cerrando la puerta tras de ella y apoyándose casualmente contra ella para darle un sutil refuerzo al concepto de que él era su prisionero. Su pistola estaba ahora en su funda; sus manos estaban vacías y abiertas en señal de paz. “A pesar de toda la agitación de la última media hora, realmente nada ha cambiado. No somos una amenaza para ti. Podríamos haberte matado, pero no lo hicimos. Eso debería probar nuestras buenas intenciones. Ahora, debes probar las tuyas. Ya te dije mi nombre. ¿Cómo te llamas?”

El alienígena la miró durante un largo rato. Finalmente, al darse cuenta de que no tenía otra alternativa sino creerle, dijo “Grgat Dranna Rzinika.”

“Muy bien, Grgat Dranna Rzinika, ¿te importaría decirme por qué abordaste mi nave?”

“Estaba huyendo.”

“¿De quiénes?”

“De los dioses.” La computadora traducía las palabras de manera casi monótona, pero a Dev no hacía falta tener un diploma en alienología detectar la amargura y disgusto en la voz de una criatura.

“¿¿Por qué?” Cuando el nativo dudó por un momento, Dev agregó, “Recuerda que no podrán oírte mientras estés en esta nave. Puedes hablar libremente.”

“¡Los odio!” explotó Grgat repentinamente. “Son crueles e insensibles. Preferiría apoyar a los demonios del espacio exterior que seguir viviendo bajo el dominio de estos dioses.”

“Así que, ¿soy un demonio?”

Grgat la miró cuidadosamente. “No, pareces un mortal como yo, aunque sí tienes poderes místicos. Pero vienes del reino sostenido por los demonios, y... Y yo quisiera que me llevaras contigo.”

Dev se apartó de la puerta hacia la cama donde estaba sentado su nativo. Se sentó en la esquina opuesta, con precaución de no hacer ningún movimiento repentino o amenazante. “No intento discutir,” dijo, “pero debo saber tus motivos. ¿Por qué odias a los dioses? ¿Por qué arriesgas tu vida para escapar de ellos?”

Las manos en forma de garras del alienígena temblaban nerviosamente. “Porque asesinaron a mi esposa, Sennet. La mataron sin piedad sólo por seguir sus instintos naturales. Ellos—”

Dev interrumpió su incipiente discurso. “¿Sennet se pronunció en contra de ellos?”

“No, esa es la ironía. Era una leal y auténtica creyente. Siempre me regañaba para que fuera más entregado.”

“Entonces, ¿por qué la mataron?”

“Porque se embarazó. Nuestro pueblo ya alcanzó su cuota máxima asignada, incluso después que algunas personas murieron—incluyendo a nuestra única hija—nos negaron el permiso para incrementar la población. Debía ser nuestro turno, pero cuando Sennet quedó encinta los dioses enviaron a uno de sus mensajeros a sacar al bebé de su vientre. Frente a todo el pueblo, le rogó y le suplicó al ángel que no se llevara a nuestro bebé. Fue más respetuosa a medida que rogaba, pero aún así—sólo para mostrarle la futilidad de discutir con los dioses—la mataron. Luego, porque nuestro pueblo está muy bajo la cuota, le dieron la asignación a la próxima pareja en la lista.”
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